Fátima
Capítulo 11
El café Nicola estaba tan oscuro que los rostros de los parroquianos sólo eran
reconocibles por sus siluetas. En las altas paredes, cuadros al óleo
ennegrecidos por el humo, escenas de la historia portuguesa bajo pátinas de
humo y polvo de aburrimientos. Mesas estrechas para servir café negro y
agua. Los árboles de la acera protegían la intimidad de su interior, atenuaban
el susurro de los diálogos. Y la gran plaza frontera se llenaba de ruidos y sol.
Antes de mediodía se daban cita allí los jóvenes intelectuales de la
oposición, que escondían sus comentarios tras los periódicos desplegados. Ya
por la tarde acudían caballeros mayores. Los mozos, con sus blancos
delantales manchados, se afanaban por atender a sus mismos clientes de
siempre, y daban pasitos, a veces de lado o hacia atrás, con agachadas y
vueltas, para elevar bandejas de perfil, con un ritmo como de samba.
—Uma bica, faz favor.
El paladeo del expresso se integraba a veces con sonoridades de staccato
a las melódicas charlas. Los camareros recogían de los oscuros mostradores,
los pocillos de café recién exprimido y lo servían con prontitud.
Un minuto antes de las cuatro, Augusto Benini penetró al Nicola. Estuvo a
punto de chocar con otro parroquiano y siguió hasta desaparecer tras la
cortina marrón que separaba el salón de los lavabos. Con «Mastix» se había
pegado un bigote que entonaba con su pelo, cortado a la Cristóbal Colón. Del
bolsillito de su blazer inglés, afloraba el cuidadoso triángulo de un pañuelo
blanco, con la cenefa bordada en oro. Nadie se habría parecido más a un
gigoló.
Le había sido muy fácil abandonar inadvertido el Avenida Palace. Hizo
que llamaran a Cheval al teléfono y aprovechó su ausencia para entregar la
llave en recepción.
El portero le hizo su habitual reverencia y lo vio desaparecer dentro de la
puerta giratoria.
Benini miró la hora. Quería ser puntual. Cuando el reloj eléctrico de pared
daba sus cuatro campanadas, abrió las cortinas como en un escenario, y tras dar unos pasitos ridículamente modosos por el local, tomó asiento junto a una
mesa. Para protegerse de los curiosos, desplegó un periódico.
Desde que Cheval le formulara la propuesta de colocar un anuncio para
hallar testigos oculares de la maravilla del Sol estaba firmemente convencido
de que lograría dar un golpe de gran efecto. Pero necesitaba documentarse
exhaustivamente sobre lo que esa gente hubiese visto aquel 13 de octubre de
1917. Luego prepararía sus propios trucos. Muy importante sería acertar con
la divulgación: lograr un clima, un estado de ánimo, una atmósfera de tensión.
Habría que planear una maravilla previa. Benini pensó en la elevada figura
del Cristo, emplazado sobre la otra margen del Tajo.
En ese momento, John Lossenkián penetró al Nicola. Se sentó junto a una
mesa con ventana, detrás de la elevada puerta art déco. Ordenó café y se puso
a ojear una revista.
Para el mago, era una contrariedad. Cuando Isabela entrara, el millonario
la seguiría con la mirada, y acabaría por descubrirlo. Allí acabaría el secreto
de aquel encuentro.
El camarero trajo la gruesa taza marrón y un vaso de agua lleno hasta los
bordes. ¡Qué descuidado! Pero en aquellas circunstancias, el mago no iba a
protestar. Y volvió a concentrarse en su plan.
La estatua del Cristo sobrepasaba los treinta metros. Era visible desde
muy lejos. Tendría que calcular con precisión la distancia. Sus trucos también
tendrían que verse de una margen a otra del río.
—¿Es usted el señor Benini? —le espetó de pronto un anciano desde la
mesa vecina.
El mago intentó negarse, pero el viejo no lo tomó en cuenta.
—He visto su retrato en los periódicos. ¿Y ese bigote? ¡Ja, ja! ¿Se lo ha
dejado usted crecer en Lisboa? Y entre nosotros —añadió en voz más baja y
estirándose hacia el mago—, ¿no podría usted sumar a mi suerte de conocerlo
la de regalarme una tarjeta de invitación para su espectáculo? Las entradas
están muy caras para un jubilado.
El mago se rió. Sin comentarios arrancó un pedazo del borde del periódico
y con el índice sobre los labios, se lo pasó al viejo, junto con su lapicero.
—¿Podría ser para esta noche? —preguntó el viejo.
Benini asintió.
El viejo anotó sus señas y le devolvió el papelito con el lápiz. ¡Qué
maravilloso lugar para una cita! La propia Isabela no podría haberlo escogido
más reservado. «Debí ponerme una peluca, pensó, o ajustarme una joroba».
Miró la hora. Habían pasado 20 minutos.
Delante del café se detuvo un Cabrio deportivo descapotado con una
carrocería extravagante.
«¡Por fin, Isabela!», pensó Benini.
El hombre gesticulaba enfáticamente. Era una evidente disputa conyugal
ante gran público. Aunque los huéspedes del Nicola no pudieran oírlos, la
pareja recibió la indivisa atención de los parroquianos. El incidente se chupó
las conversaciones, como los pisos de madera se chupan el agua.
Luego, el Cabrio se marchó. La mujer dio media vuelta y penetró al salón.
No era Isabela.
El mago se había engañado. La mujer, con un vestido amarillo de verano,
penetró al Nicola y se sentó a la mesa de Lossenkián. El millonario le besó
devotamente una mano. Benini se tranquilizó.
«¿Y si le pusiera una cabeza roja al Cristo? Por contraste, se le
oscurecería la cara y eso podría verse desde muy lejos… Ése sería el efecto».
—Uma bica, faz favor —ordenó Lossenkián, vuelto hacia el camarero.
En el Nicola lo conocían, pero nadie se atrevía a hablarle. El hombre más
rico de Portugal, que había huido de Europa antes de estallar la guerra. La
joven a su lado llevaba una cola de caballo y un collar de coral rojo.
De perfil, se parecía un poco a Isabela.
Un pensamiento electrizó súbitamente a Benini. ¿No habría sido él quien
provocara, veinticinco años antes, el efecto Fátima? En aquellos días se
disponía a actuar en Tomar… ¿No habría sido su propio ilusionismo, sus
propios trucos?
Había algo que Benini incluía en sus presentaciones, noche tras noche, y
en verdad, nunca había sabido por qué se producía. En medio de sus trucos de
agua, mientras escanciaba diferentes bebidas, sherry, vinho verde, cerveza,
licor de almendras, en fin, lo que le pidieran, los peces del acuario
desaparecían uno tras otro. Cinco peces rojos con vetas doradas, nadaban en
un depósito para 500 litros, y mientras el mago actuaba entre el público, ellos
se inmaterializaban. Luego, al elevar su mirada a la escena, con lo que atraía
la atención de los espectadores, estallaba siempre un gran aplauso.
Benini había investigado aquel efecto pero sin llegar a ningún resultado.
Luego de su actuación, los peces dorados nadaban en su acuario tan tranquilos
como siempre.
La primera vez que ocurriera esta singular desaparición el mago quedó tan
perplejo que estuvo a punto de interrumpir el espectáculo.
Quizá puse a bailar el Sol, pensó.
—¿El señor Benini? —preguntó una dama surgida repentinamente detrás
del mago. —Me llamo Olga.
—Yo también —replicó Benini, y le ofreció sentarse a su mesa.
Ella se mantuvo de pie.
—Sólo quería decirle que Isabela va a demorarse un poco pero de todos
modos vendrá.
Benini se levantó, dio la mano a Olga y la presionó suavemente hacia una
silla oscura de madera.
—No debo permanecer aquí —dijo ella con suavidad. —Si Alberto nos ve
juntos, se dará cuenta de lo que ocurre. Debo estar sola cuando venga Isabela.
—Pero hasta ahora no ha llegado. Uma bica, faz favor… —pidió el mago
para Olga.
Ella miró cuidadosamente en derredor.
—Carlo ¿qué hace usted aquí?
Era Lossenkián. Con su vibrante voz de órgano rompía el incógnito del
mago ante toda la clientela.
¡Menos mal que nadie lo conocía por aquel nombre!
—Disfruto del mejor café de Lisboa —replicó Benini—. Permítame
presentarle a Olga.
Lossenkián se inclinó para darle un perfecto beso de manos de gran estilo
vienés. Llevaba una chaqueta azul, parecida a la de Benini con un pañuelito
verde de bordes blancos.
—Estoy sentado con una sobrina, por allá. Pensábamos precisamente ir
esta noche a su función.
Benini sabía que el millonario mentía.
—Luego daré una pequeña recepción en mi casa de la ciudad. Podríamos
jugar a la ruleta. Pienso invitar a un par de amigos, fanáticos del juego. Haré
que pasen a recogerlo.
Unos instantes después, se abría la maciza puerta art déco e Isabela
penetraba en el Nicola. Mientras ella paseaba la vista por el local, Lossenkián,
camino de su mesa, estiró el cuello para observarla.
—Uma bica, faz favor… —pidió un cliente.
Isabela saludó a Olga.
—Gracias —dijo, casi sin aliento—, pero el ensayo se suspendió. Faltaron
dos violines. José está muy enfadado.
Primero le impusieron un cambio de programa y luego no pudo ensayar.
Y al decir esto enfocó al mago de frente.
—Muy bueno que me haya esperado. No puedo demorarme. Mi esposo
pasará de un momento a otro por mí.
Sería mejor que habláramos brevemente.
Olga se levantó y cogió su cartera.
—Ya es hora de irme.
—Por favor, quédate; así, cuando Alberto llegue, nos encontrará
conversando, y usted, señor Benini, deberá desaparecer, disolverse en el aire.
—Créame que sé como hacerlo —bromeó el mago.
—Alberto es chileno y muy celoso… Para él, es una cuestión de honor.
Cuánto deseaba el mago tener por fin a Isabela entre sus brazos.
Se imaginó besándola. ¿Por qué no haberse citado en un lugar sin
observadores?
Tras haber dirigido a la mesa del mago una breve señal de manos, John
Lossenkián volvió al diálogo con su sobrina; Isabela y el mago pasaron a otra
mesa.
—No fue muy correcto de su parte, hacerme subir al escenario. Alberto no
se dio cuenta de nada, pero es muy desconfiado. Me vigila día y noche.
—¿Canta usted ópera?
—Operetas —corrigió ella—. Actualmente en una horrorosa, de Adolf
Adam. Tengo un papel secundario, pero en el nuevo reparto, haré de
Hermine.
El mago la contempló, con su leve estrabismo, y aquella mínima
excitación del rostro. Su bella asimetría…
El camarero trajo para Isabela una taza de café, un vaso de agua y señaló
sin ceremonias en dirección del que la invitaba, un señor de cabellos grises
que se quitaba cortésmente el sombrero.
—¿Y cómo es que usted…?
—No, no se acerque, sería muy notorio. Es sólo una broma: humor
personal de un caballero con mucho dinero.
Isabela levantó la taza hacia los labios. Benini siguió sus movimientos,
vio su boca, la lengua con que se acariciaba los rojos labios.
—¿Cuándo podríamos encontrarnos?
—Lo llamaré —y con esas palabras se levantó, para dirigirse a la mesa de
Olga.
Benini hubiera querido seguirla, pero en ese momento vio al marido
entrando al café. Vestía un traje elegante, con corbata y un saco azul oscuro.
Miró alrededor y observó a los presentes. El mago alzó el periódico para
taparse.
El chileno se sentó a la mesa de su mujer, luego de haberla estrechado
exageradamente. Olga lo saludó apenas.
Con beneplácito habría oído el mago lo que hablaban, pero su mesa estaba
demasiado lejos, inmersa en la oscuridad del Nicola.
Volvió a pensar en la cabeza del Cristo. ¿Cómo podría lograrse que en un
determinado momento cambiara su color? Tendría que hablar con Brander, el
químico de Augsburg que le había resuelto tantas complejidades. Tendría que
encontrar algún fluido transparente que luego, al calor de la luz solar, se
coloreara; y al cabo de un tiempo dado, se evaporara por completo. Si no se
producían cambios de tiempo, Benini podría con diez minutos de
anticipación, prever en qué momento la cabeza se teñiría de rojo. Sólo tendría
que hallar un medio para rociarle el líquido.
—Uma bica, faz favor… —pidió Alberto al camarero que tenía a su lado.
Su voz era clara como la de un tenor.
El mago sintió que se le aflojaba el bigote. En cuanto la piel comenzaba a
sudar, el pegante perdía su eficacia.
« [8] Amante non sia chi coraggio non ha». Benini recordó su primer amor,
cuando todavía vivía en Verscio. Ella le había pedido que la raptara y él se la
llevó hacia Ascona. La policía los trajo de regreso, pues no tenían suficiente
dinero para pagar la habitación del hotel. La madre lo perdonó y el padre
estaba de viaje. Tendría que encontrar un modo para ver de nuevo a Isabela.
El mago se levantó lentamente de la mesa, sin dejar de cubrirse
disimuladamente con el periódico.
—Adiós, señor Benini y muchas gracias —le dijo desde una mesa
cercana, el jubilado beneficiario de una invitación para la noche.
En vez de dirigirse a la salida, el mago caminó hacia los lavabos.
Si Alberto había captado el nombre, ya estaría al tanto; y de seguro, ávido
por ajustar las cuentas de aquel encuentro casual.
Benini buscó una ventana, pero los lavabos estaban en una bóveda y no
había huída posible. Dos minutos después apareció el millonario.
—Carlo ¿está usted ahí todavía? Voy a mandar a Alberto de viaje.
Necesito que me represente en El Cairo. ¿Tendría usted inconveniente?
Y soltó una risa impertinente.