Fátima

Jürgen Alberts · Capítulo 12 de 37

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Fátima

Capítulo 12

 

—¿Qué viste en la Cova da Iría, Francisco?

—A la Virgen.

—¿Dónde apareció?

—Encima de un roble.

—¿Apareció de pronto o la viste venir poco a poco?

—La vi venir de lado, por donde sale el sol.

—¿Entiendes lo que ella dice?

—No.

—¿Te habló a ti?

—No, yo no le pregunté nada. Sólo le habló a Lucía.

—¿Y cuando ella mira, mira a los tres o sólo a Lucía?

—A los tres, pero más a Lucía.

—¿Alguna vez la viste llorar o reírse?

—Ella siempre está seria.

—¿Y cómo se pone la Virgen? ¿En qué postura?

—Como para rezar, así, siempre con las manos cogidas por delante. —¿Y lleva algo en sus manos?

—Sí, un rosario.

¿Y es muy linda la Virgen?

—Sí, mucho.

—¿Más linda que otras muchachas?

—Mucho más.

—¿Pero no habrá algunas señoras que sean todavía más lindas? —No, la Virgen es más linda que todas las mujeres que yo he visto.

 

El hombre frente al cual se sentaba Benini, parecía fuera de sí. Tanta era

su excitación, se le habían ladeado las gafitas redondas. Y se apretaba los

dedos entrelazados como si quisiera evitar un desmán incontrolable. Hasta el

faldón bien planchado de su chaqueta temblaba indignado.

—¿Cómo es posible, señor, que usted se permita cuestionarlo todo? Ese

anuncio es un panfleto. Podrá ser usted famosísimo en el mundo por sus

trucos, pero en esto se le ha ido la mano.

Benini había encendido un puro y lanzaba humaradas que azulaban la

atmósfera de la elegante sala. Mientras Joâo de Vouga traducía al inglés la ira

de su interlocutor, el mago callaba.

Aquel profesor de teología de la ciudad de Oporto, vestido con su atuendo

sacerdotal, de cuellito blanquinegro, era el primer testigo que se presentaba.

Como si hubiera estado esperando los anuncios, al día siguiente de su

publicación, se apareció sin más trámite. Mientras traducía, Joâo de Vouga

tomaba notas febriles en un bloc.

Benini pensó que había sido un acierto no mezclar a Julia en aquello.

—En su momento, yo también tuve oportunidad de interrogar a los niños

pastores; y pude constatar que aunque demasiado pequeños todavía, los tres

eran creyentes devotos. Mucho tiempo hablé con ellos y puedo decir que

llegué a conocerlos bien. Me consta que dicen la pura la verdad, y no voy a

permitir que ahora venga usted de los EE.UU. a burlarse de ellos.

—Viene de Suiza —lo interrumpió De Vouga.

—¡Da lo mismo, viene a infamar a nuestro pueblo!

El mago no hallaba motivos para tanta irritación.

El anuncio en el periódico se había redactado en un tono muy objetivo:

«Se requieren testigos oculares del milagro de Fátima; personas que hayan

visto la danza del Sol el 13 de octubre de 1917. Por favor presentarse al señor

Joâo de Vouga tel. 7447». ¿Cómo podía aquel sacerdote asociar aquel

anuncio con una provocación?

—Las familias Santos y Marto son muy religiosas y nunca habrían

consentido una mentira de sus hijos. Conocen el catecismo y son temerosos

de Dios y de sus castigos para quien propale falsedades. Estoy convencido.

Con gusto le habría planteado Benini una pregunta, pero el profesor,

apenas un par de años mayor que él, seguía impetuoso en su relato.

—El milagro de Fátima ya no admite preguntas.

Hace ya mucho se dieron todas las respuestas. La propia Madre de Dios

las ha dado. ¿No es cierto acaso que hoy aflige a Europa una guerra más

terrible aún que la primera? ¿Acaso no lo predijo ella? ¿Y tampoco es cierto

que Rusia es la causa de esta guerra? Rusia tiene que apartarse del

comunismo para que vuelva a reinar la paz en Europa. Eso fue lo que exigió

la Virgen.

—Distinguido profesor —comenzó Benini en voz baja, para tratar de

encaminar el diálogo por cauces normales—, aprecio mucho que se haya

molestado usted en venir desde Oporto, pero me interpreta usted muy mal. De

ningún modo pretendo yo infamar a Portugal ni formular juicio sobre lo que

yo mismo no he visto.

El profesor había sacado un pañuelo blanco, impoluto, que contrastaba

con la negrura de sus ropas. Mientras se secaba la calva rotunda, erizada de cañones blancos, asentía pensativo, sin esperar la traducción.

«¿Y este gallo no dijo al comienzo que no entendía ni papa de inglés?»,

pensó el mago.

—Lo único que ha motivado nuestro anuncio es, exclusivamente, la danza

del Sol. ¿Estaba usted presente?

Joâo de Vouga dejó ahora el lápiz a un lado, enfocó al sacerdote y siguió

traduciendo sin quitarle los ojos de encima.

El sacerdote se demoraba en responder. Benini lo observó, seguro de que

elaboraba cuidadosamente su respuesta.

—Lo vi con mis propios ojos —dijo por fin—. El Sol comenzó a trazar

círculos en el cielo. Tres veces lo hizo hacia arriba y otras tres hacia abajo, y

luego produjo un juego de colores más hermoso que el arcoíris.

—¿Y tuvo usted miedo, distinguido profesor?

—De ningún modo. ¿Por qué habría de temer ante una manifestación del

cielo?

Cuanto más lo examinaba más convencido estaba Benini de la buena fe de

aquel clérigo. De todas maneras, no resistía la tentación de aguijonearlo.

—Pero si el Sol hubiese abandonado su lugar en el centro del firmamento,

el Universo tendría que haberse dislocado… —dijo el mago, con una sonrisa

de compromiso.

—No tiene por qué si es la Madre de Dios en persona quien lo dirige.

Dios hizo las leyes de la naturaleza, y por tanto, puede anularlas.

—¿Y tiene usted alguna explicación sobre cómo pudo producirse este

fenómeno?

Joâo de Vouga se deslizaba nerviosamente de una orilla a otra de su

asiento, como si las preguntas fueran para él. De todos modos, el profesor de

Oporto era el único letrado que había escrito sobre el milagro de Fátima.

—Yo no necesito ninguna explicación, y con su permiso, tampoco la

necesita usted. Lo único que se necesita es fe. Si la Madre de Dios hubiese

querido quemar la Tierra lo habría hecho sin obstáculos.

El mago captó la mirada acechante de su oponente, que temía por su

reputación: era uno de los tres hombres que se habían prestigiado con sus

declaraciones sobre las apariciones de la Virgen de Fátima. Y desde entonces,

profesaba en el Seminario Arzobispal de Lisboa.

Benini le rogó redactar algo sobre la danza del Sol. El profesor declinó.

No había ninguna necesidad. Hacía mucho ya, que él había dado a la luz

pública sus testimonios y opiniones.

—En su momento, fue usted de los primeros teólogos que habló con los

niños pastores. ¿Por qué que no utilizó usted su verdadero nombre?

El profesor se estremeció.

—¿Y cómo lo sabe?

—He leído sobre usted, distinguido señor; y entre otras cosas, sobre su

aparición a los lugareños bajo la impostura de un tal Visconde de Montelo. Y

también me consta que de sus declaraciones se nutren otros relatos. Sé

también que fue usted el autor del primer libro sobre el milagro de Fátima, y

le confieso que al enterarme de que había utilizado usted otro nombre, me

quedé perplejo.

—Pero eso nada tiene que ver con el milagro, señor Benini. Fue un

recurso elemental: como un supuesto visconde, se me facilitaba el acceso a las

familias de los pastores.

Benini no se dio por satisfecho con la respuesta e insistió en que el

sacerdote le refiriera con más detalles su encuentro con los niños.

El profesor adoptó una postura piadosa, con sus manos entrelazadas,

como en una ferviente plegaria; y con la mirada perdida, evocó emocionado a

los tímidos pastorcillos, y a sus humildes, devotas y analfabetas familias. ¡Ah,

qué excelente elección había hecho la Santísima Virgen al aparecérseles!

El mago pensó en los atónitos rostros de su público, en las almas simples

y en los maliciosos. Y este profesor clasificaba entre los más ingenuos. Ante

sus ojos el mago podría sacar un huevo de un naipe y luego convertirlo en

rana, sin que el pobre maliciara nada.

—¿Y cuál es el tercer misterio, estimado profesor?

Se produjo un silencio, como si el sacerdote no hubiese entendido la

pregunta.

Joâo de Vouga la repitió, sin que Benini se lo pidiera.

—El tercer misterio de Fátima —respondió el clérigo— no se dará a

publicidad hasta 1960. Así lo anunció la hermana Lucía.

—¿Y por qué se ha determinado eso? ¿Acaso el mundo no tiene derecho a

conocer las revelaciones celestiales?

Benini sentía crecer su deseo de acorralar al clérigo.

—¡Porque así lo ha ordenado Nuestra Señora de Fátima!

—¿Y también es cierta la profecía sobre el fin del mundo?

—¡No pregunte eso!

El profesor volvía a alzar la voz. Tras los cristalitos cercados de gruesas

armaduras, volvió a encendérsele la mirada.

—Creo que la Madre de Dios se ha equivocado en un punto: la guerra no

terminó como ella profetizara, sino que duró aún muchos meses. El armisticio

no se produjo hasta el año siguiente.

Joâo de Vouga no necesitó traducir.

El teólogo le arrebató la palabra, y dijo en inglés:

—A mal puerto viene usted por agua, señor Benini.

No crea que con un par de artilugios mordaces, va a destruir usted el

misterio de Fátima. Lo mejor que puede hacer es visitar el lugar en romería.

Quizá la Santa Madre de Dios, en su infinita misericordia, le depare el ver lo

que no ve y el creer lo que no cree.

Y se puso de pie.

—Y permítame darle otro consejo provechoso: limítese a sus trucos

escénicos y abandone Portugal lo antes posible. Créame que se lo digo con las

mejores intenciones, mister Benini. Aquí rigen otras leyes, que no son las de

los EE.UU.

Y tras recoger su sombrero negro de anchas alas, se negó a que lo

acompañaran hasta la puerta.

—Conozco el camino.

Tras la salida del indignado católico Benini comentó: —¡Santo Dios! Cree

todo lo que dijeron los niños y a mí me amenaza.

 

—¿Y la Virgen te recomendó que rezaras el rosario, Jacinta?

—Sí.

—¿Cuándo?

—Cuando apareció la primera vez.

—¿Tienes tú también un secreto? ¿O sólo los tiene Lucía?

—Yo también tengo.

—¿Y cuándo te lo dijo la Virgen?

—Fue la segunda vez.

—¿Os habrá dicho cómo podéis volveros ricos?

—No.

—¿Os reveló cómo podíais ser buenos y felices?

—Sí, para el bien de los tres.

—¿Y no lo puedes compartir conmigo, Jacinta?

—No puedo.

—¿Por qué?

—Porque la Virgen me dijo que no se lo dijera a nadie.

—¿Crees que otros se pondrían tristes si conocieran ese misterio? —Sí.

—¿Y no os dijo qué debía hacerse con el dinero recogido?

—Sí, dijo que había que construirle una capilla.

—¿Y tú también viste el Sol?

—Sí.

—¿Y qué viste?

—Vi el sol rojo, verde y también de otros colores, y después vi cuando se puso a dar vueltas. —¿Oíste cuando Lucía se puso a gritar para que la gente mirara al Sol? —Sí, gritaba muy fuerte que miráramos al cielo, porque el Sol había empezado a dar vueltas. —¿Y la Virgen les había encargado que llamaran la atención de la gente para que miraran al

Sol?

—La Virgen no dijo nada.

 

«¡Qué flacura!», pensó Benini, sentado frente a él, en su suite del Avenida

Palace.

—¿Podemos hablar francamente? —preguntó el hombre flaco.

El mago no comprendió y pidió a Joâo de Vouga que le tradujera. Su

asistente le satisfizo el deseo.

—No comprendo su pregunta, señor Quinto. ¿Por qué habría de ocultar lo

que sabe?

Mientras el hombre lo miraba de reojo, Benini le observó la cara sumida y

surcada de sombras. Sobre un pómulo se le veía un lunar peludo.

—Fátima me costó la carrera. Y desde que perdí mi puesto muy pocas

veces consigo algún encargo. Vivo del alcohol.

Librebebedor de profesión, había dicho Joaquín Quinto al presentarse.

—Cuando los de mi periódico me enviaron a Fátima, se me aconsejó

mantenerme escéptico. Me pidieron que incluyera en el artículo una

aseveración de San Agustín. Entonces llevaba sólo seis meses en la redacción

de A Ordem.

La frase decía más o menos, que nunca se debían suponer milagros

mientras existieran explicaciones naturales. De modo que llegué a Fátima con

aquella cita en la cabeza. Allí permanecí durante horas bajo la lluvia. De

pronto dejó de llover. La gente se puso a gritar y el Sol comenzó a emitir una

luz azulosa y tenue, que cambió la coloración del paisaje, como si fuera un

eclipse. Llegaron a dolerme los ojos de tanto mirar al Sol. Un médico nos

aconsejó no mirarlo de frente. Corríamos el riesgo de que las pupilas se

estrecharan demasiado y luego no pudieran volver a abrirse.

Quinto se interrumpió. Recorrió la habitación con una mirada inquieta.

A Joâo de Vouga le produjo la impresión de un fiscal, en un proceso

criminal.

El mago abandonó el puro.

—¿Qué desea beber, señor Quinto? ¿Vodka?

El periodista asintió y Benini se puso a servirle.

—Yo no hice sino describir lo que vi, que fue muy poco. Para mí fue una

simple casualidad el que aquella luz tan fuera de lo común, se produjera precisamente ese día, y por cierto, no a la hora en que se anunciara el milagro;

pero es innegable que algo extraño ocurrió. ¿Debía haber escrito que

presencié un milagro, como hicieron mis colegas? Yo describí simplemente lo

que vi. El Sol había cambiado de color y de alguna manera había mermado su

claridad.

—No conozco esa versión —comentó el mago.

—Espere, espere —lo interrumpió Quinto con nervioso ademán.

Bebían vodka con limón; Benini y el traductor a sorbitos. Quinto vació su

doble de un solo y ávido trago. Inspiró a fondo y al retomar la palabra, volvió

a su jadeo.

—Cuando mi artículo apareció en el periódico surgieron protestas.

Muchos lectores nos amenazaron. Algunos retiraron la suscripción. Pero yo

insistía en mantener lo que había visto. No fui a Fátima como peregrino sino

como observador. No quería disgustar a nadie; y eso lo dejé establecido al

comienzo del artículo, porque nada me iba en ello. Si alguno vio una

maravilla solar, allá él. Yo no la vi. Y hubo muchos que no vieron nada; y

otros tantos que afirmaron haber visto a la Virgen con San José y el Niño

Jesús. Y eso lo confirmaron posteriormente los tres niños.

—¿Estaba usted enterado de algo de esto? —preguntó el mago a su

traductor.

De Vouga negó. Apenas se había ocupado de Fátima y nada sabía de otras

apariciones, dijo.

—Fue histeria de masas: la gente enloqueció: estaban compulsivamente

deseosos por ver algo. Los habían manipulado hasta llevarlos al delirio, a

gritar, a arrastrarse en un lodo espeso, a confesar sus peores pecados y rezar el

Ave María con gritos desesperados. Al día siguiente volví al prado aquel, y la

luz seguía siendo igualmente azulosa, igualmente irisada. Tuve entonces mis

dudas, al marcharme. Y también lo escribí.

—¿Y por qué lo despidieron entonces? —preguntó Benini—. ¿No le

habían encargado un enfoque escéptico?

Quinto se cruzó de piernas y le crujieron las rodillas.

El mago observaba a Joâo de Vouga. ¿Qué lo movería a permanecer allí

sentado, hora tras hora, oyendo a los visitantes?

—Eso vino después. Las protestas habían sido muy vehementes. Se me

criticó con saña; que yo era un descreído, un nihilista de mala fe, al que sólo

le interesaba hacer trizas lo que fuera, para que nadie creyera en nada. Y a

pesar de las embestidas, nunca me aparté de la Iglesia.

Hubo también otras opiniones que me apoyaban. Incluso, un sacerdote

escribió que debía imprimirse mi artículo con letras de oro, por haber descrito

con tanta veracidad lo ocurrido entre los iluminados por Dios; y puesto que yo

no lo había sido, de ahí mis dudas.

El hombre tomó la botella de vodka, y al servirse, con el pulso trémulo,

parecía todavía más enjuto.

—Mi más enconado detractor fue el profesor Garrett, de Coimbra.

—Sí —dijo Benini—, he leído sus comentarios.

—A él debo mi separación del periódico y el estigma que nunca he podido

quitarme de encima, con la consiguiente hostilidad… Y todo por haber

pretendido explicarme qué había en el fondo de aquel supuesto milagro…;

porque las apariciones marianas en La Salette y Lourdes, son otra cosa; pero

Fátima…

De pronto, se volvió hacia De Vouga, que se esforzaba por traducir su

eruptivo monólogo.

—¿Es usted portugués?

Joâo de Vouga rió.

—¿Lo es o no?

—Sí.

—Dígale al señor si en este país se puede decir algo en contra de Fátima

—y se quedó mirándolo, con un parpadeo arrítmico.

—¿Qué quiere decir usted con eso? —preguntó De Vouga.

—Muy bien que lo sabe usted —dijo Quinto y se volvió otra vez hacia el

mago.

—En aquella época hubo rumores de que los jesuitas habían metido su

cuchareta en el asunto, pero nunca ha logrado probarse.

—¿Supone usted que los jesuitas hicieron bailar el Sol?

A Benini le complacía aquella idea: si los jesuitas habían podido ¿por qué

no podría él?

El periodista vació la botella de vodka en su vaso.

—Yo hubiera podido escribir lo que se me antojase.

—En un periódico católico, debe uno saber ante todo, lo que quieren los

jefes.

—Eso no es así, señor Benini —se mezcló De Vouga—. Yo no estoy de

acuerdo. Es un absurdo.

El mago no quería disputas.

—¿Y en qué cree usted hoy día, señor Quinto? ¿Hubo o no hubo fraude?

—Ya le he dicho que hoy no soy más que un librebebedor; de modo que

sólo creo en mis borracheras, en mis abismos, mareas, evasiones. Todo el

asunto me tiene ya sin cuidado. Quizá haya habido fraude, quizá no. En todo

caso, Fátima encontró su lugar. Y el que haya estado allí lo sabe.

Aquella respuesta cogió al mago por sorpresa. Era la segunda vez que le

aconsejaban investigar lo de Fátima in situ. Y por cierto, en nada se parecían

sus dos consejeros.

 

—¿Y qué sucede cuando se presenta la Virgen, Lucía?

—Hay una lucecita como un rayo, y de ahí sale entonces la Santa Virgen, encima del roble. —¿Y cuánto tiempo se queda?

—Poco tiempo.

—¿Es verdad que ella te ha confiado un secreto?

—Sí.

—Pero ese secreto ¿es sólo para ti o también para Francisco y Jacinta? —Para los tres.

—¿Y podrías decir cuál es ese misterio?

—¿La Virgen te ha dicho quién es ella?

—Dijo que era la reina del rosario.

—¿Le preguntaste qué quería?

—Sí.

—¿Y qué te respondió?

—Dijo que había que dejar de ofender al Señor, que ya estaba muy ofendido, y que había que

rezar el rosario y rogar por el perdón de los pecados.

—¿No dijo nada más?

—Quiere que le levanten una capilla en la Cova da Iría.

—¿Cómo? ¿Con qué dinero?

—Con el que se recoge allí, me parece.

—¿Has visto también lo mismo que la gente? Dicen que vieron una estrella y unas rosas que

se desprendían del vestido de la Virgen

—Yo no vi ninguna estrella ni ninguna señal rara.

—¿Has oído algún ruido, como de trueno o temblor de tierra? —No, nunca.

—¿Sabes leer, Lucía?

—No, señor.

—¿Y tampoco estás aprendiendo?

—No, señor.

—¿Y la Virgen no te mandó que aprendieras?

—Sí, señor.