Fátima
Capítulo 10
Mdina, la callada ciudad de Malta. Athanasios, el monje, necesitaba un lugar
apacible. Había llegado a la isla luego de su abandono de la Acrópolis. Había
estado en Creta, en el Dodecaneso, Rodas y las Cícladas. No es que fuera
inconstante, pero los sacerdotes lo irritaban. Era como si lo precediera
siempre un rumor: allí viene el monje loco, que lee un evangelio redactado
por él mismo. Vivió dos meses en el Monte Athos, la enérgica república
monacal. Tantos conventos, tantas reglas, y aquel régimen tan severo con sus
jerarquías estrictas. Tanto le repelía que decidió por fin volver las espaldas a
Grecia.
Su arribo a Malta en el pequeño barco fue como un renacer. Aquí vivían
razas mezcladas, idiomas y culturas. Aquí estaban las ruinas de muchos
asentamientos. Cuando Athanasios se presentó a las autoridades de
inmigración, lo miraron atentamente:
—Disgusting! —dijo uno a su lado—. He’ll trip over his hair.
Pero lo dejaron desembarcar, no sin previa admonición de que toda ofensa
al derecho inglés determinaría su inmediata expulsión.
Los malteses eran amistosos. Apenas hizo acto de presencia en las calles,
comenzaron a invitarlo a comer y a beber. Siempre había lugar en algún
granero y muchas veces una cama libre. Amaban a los visitantes con los que
podían departir. Lentamente aprendió la lengua, llena de consonantes y
resonancias arábigas.
De día traducía el texto de Judas y experimentaba con los distintos niveles
lingüísticos. Las dificultades del original arameo, para traducirlo a un griego
no moderno pero tampoco medieval, eran grandes. Por las noches, Athanasios
aprendía el maltés. De vez en cuando buscaba una iglesia para rezar sus
propias plegarias; para cargar fuerzas y alabar al Señor, Athanasios era un
hombre de imponente estatura. Demasiado alto para la media de los griegos,
con largos cabellos y una barba intonsa, jamás visitada por tijeras que lo hacía
verse como un huno. Sin embargo, los malteses no se reían de él. Si se trataba de la especie religiosa por raro que fuera el ejemplar, no había lugar para
burlas.
Las cejas salvajemente espesas y largas, la nariz un poco corta, la boca
invisible. Siempre con sus túnicas de lino, de las que poseía tres. Andaba
descalzo la mayor parte del tiempo y a veces se ponía unas sandalias simples
amarradas con cordones a los empeines.
—Dicen que has llegado de Atenas —lo interrumpió de pronto un viejo
—, y seguro conoces a un hermano mío que vive allí. —Me gustaría tener
noticias suyas.
Athanasios retiró la vista de su traducción y entrecerró los ojos ante el
fulgor del sol.
—En Atenas viven muchas personas, cientos de miles, y no puedo
conocer a todos…
—A mi hermano sí —rió el viejo—. Es un enano que no despega un
metro del piso. El que lo vio no lo olvida.
—Menos yo —respondió Athanasios y volvió a sus manuscritos.
—No nos gustan los ingleses ¿me oyes? ¡Esos malditos! Vienen desde sus
tinieblas a beberse nuestros vinos, a dormir con nuestras mujeres. Nadie los
quiere aquí.
—Entonces no es de tu hermano que querías hablar…
¿Qué querría aquel hombre? A la Acrópolis solían subir visitantes más
amables, gentes reservadas, tímidas.
—Los odiamos.
—¿Quiénes?
—Nosotros. Ven el viernes próximo a Mdina. En cuanto llegues yo te
veré y allí podrás darte cuenta de cómo nos oprimen los ingleses. Malta sufre
un dominio sangriento. Nada nos dan y todo se lo llevan.
—¿Y qué quieres enseñarme? —preguntó el monje, admirado de aquel
ardor.
El viejo se alejó, apoyado en un báculo encorvado.
Era martes.
Hasta el viernes, pensó el monje, tendría sobrado tiempo para decidirse. Si
aceptaba la invitación, quizá tuviese que lamentar las consecuencias.
Athanasios permaneció en vela, contando las estrellas.
¡Cuánto odio el de aquel viejo!
Ceño fruncido, duras palabras.
Sin duda, sufría.
Poco después, el monje abrió La Biblia de los escribas y fariseos, donde
Mateo testimonia la palabra del Cristo: «¡Ay de vosotros, guardianes de la ley
que afligís a los humanos con inhumanos reclamos, y no sois capaces de
doblar ni un dedo!».
El viernes acudió a Mdina, en lo alto de las colinas y vio alejarse los
horizontes de la comarca. En la cima una fortaleza pacificada, con sus
aburridos cañones, enmohecidos.
—Sabía que vendrías —lo interceptó el viejo—. Se nos ha dicho que
luchas por la causa del señor. Y los luchadores pueden comprendernos.
Al reír, las arrugas del viejo permanecían en constante movimiento.
Atravesaron por estrechas callejuelas entre casas de claros tonos arenosos,
bajo arcadas y portales con aljibes.
Y allí habría de ver el monje, lo que nunca hubiera querido ver.
Una mujer muda, de cabellos blancos. Torturada, violada, le habían
cortado dos dedos. Y apenas llegaba a los treinta.
—Cogieron a mi hija como si fuera una pieza de ganado. Tuvo que servir
a toda la guarnición. Si se defendía, la torturaban. El pánico la hacía gritar. A
veces, por las noches, yo me acercaba al fuerte y tenía que oír sus gritos.
Me hubiera ofrecido en su lugar. Que me fusilaran, que me ahorcaran, me
daba igual, con tal de que a mi hija… Y luego, cuando ya no les servía para
nada, los abusadores la desbarrancaron quebrada abajo. Durante días
permaneció allí, hasta que Manuelo la descubrió.
Athanasios no encontró palabras de consuelo. Bendijo a la hija y lloró
abrazado con el padre.
—Y ahora tienen a otras dos mujeres de Mdina en el fuerte. Prisioneras en
tiempos de paz. Los amos de Malta todo se lo permiten. Para ellos no somos
más que escoria.
El viejo cogió al monje por un brazo.
—¿Comprendes ahora cuán desesperado estoy? Amo a mi hija y no puedo
ayudarla. Es terrible no poder hacer nada.
Abandonaron la penumbra de la estancia, donde la mujer permanecía
sentada en la cama, con una mirada ida, inmóvil, fija en sus ojos rasgados.
El viejo murmuró que ya eran seis los que se disponían a todo. Iban a
tomar por asalto la fortaleza. Si era necesario morirían en la empresa.
Athanasios hizo un gesto de disconformidad.
—¿Qué sentido tiene morirse, mi viejo? Tenéis que vencer, y con siete
hombres, es casi imposible.
Por la noche se reunió con los siete. Poseían un solo fusil y algunos
cuchillos.
El monje decidió tomar partido:
—Traed el domingo a vuestros amigos y familias; venid con todos los que
conozcáis. Oficiaré una misa.
Al principio, los rebeldes vacilaron. Estaban deseosos por romper las
hostilidades cuanto antes.
Y aquel extraño monje les inspiraba poca confianza.
Para la misa de aquel domingo, Athanasios había escogido un texto de su
Evangelio de Judas, pero lo leyó sin mencionar al autor. Los oyentes se
sorprendieron, pues no era ésa la historia sagrada que les habían enseñado.
Apenas amanecía. Los guardianes dormían cuando nosotros, en medio del silencio, nos
deslizamos hacia lo alto del Templo. Había llegado la hora de dar nuestra señal.
Necesitábamos muchos testigos para provocar una grandísima tormenta. No nos
conformábamos con ráfagas, que enseguida pierden su fuerza.
Al tercer día vinieron los mercaderes, los cambistas, los tratantes de animales, que ya
hacía tiempo anidaban en la casa de Dios. Y también llegaron los prestamistas fariseos. Y el
lugar se llenó de estruendo, y ya nadie podía oír las oraciones. Nosotros nos habíamos
pertrechado de sogas con nudos, y teníamos látigos y hondas. Y tanto se asustaron los
escribas que se pusieron a temblar.
Cuando planeamos el ataque, Jeshua nos ordenó: «Debemos dividirnos en dos grupos de
siete hombres. Y uno de los grupos no entrará al Templo, hasta que los demás hayamos
ahuyentado a la mala ralea».
Sin embargo, todos queríamos estar junto a él cuando pronunciara sus encendidos
anatemas, que tanto deseábamos oír.
Por fin, los de afuera no fueron sino cuatro. Los que estábamos escondidos adentro
esperamos hasta que Jeshua dejó caer en el suelo un paño blanco.
Y entonces el Templo se llenó de gritos y chillidos. Las paredes temblaban y parecían a
punto del desplome. Los sorprendimos en el momento del mayor ajetreo, y derribábamos
sus mesas, desparramábamos los dineros que los cambistas se lanzaban a recoger del suelo;
y al verse impedidos de defenderse, unos nos rogaban, nos imploraban, o ponían el grito en
los cielos. Y cuando obligamos a los criadores de palomas a abrir sus jaulas, las aves, con
gran estruendo de alas, huyeron hacia la luz.
Y Jeshua gritó las palabras que durante mucho tiempo resonarían en aquellas tierras:
«Mi casa debe ser casa de plegarias y la habéis convertido en cueva de ladrones».
A toda prisa, tras abandonar los últimos denarios, desaparecieron todos los ladrones,
mercaderes, usureros, y con esa ralea se fueron también los fariseos, no sin intentar todavía
recoger a escondidas lo que encontraban a su paso. Pero los vio el pueblo y se divulgó la
noticia de cuán falsa era la piedad de quienes sólo pensaban en su propio provecho.
Fue una fiesta para nuestro grupo. Hasta el Sabbath mantuvimos guardia en el Templo.
La buena fama corrió más rápido que los rumores malignos: «Jeshua, con sus hombres, ha
vuelto a purificar el Templo. Ellos nos han de librar del dominio de los romanos», decían.
Yo dije a Jeshua, poco antes de que abandonáramos el Templo en triunfo: «Han
comprendido la señal y la victoria será nuestra».
Pero él permaneció en silencio y si siquiera me dirigió una mirada.
La comunidad dominical maltesa aplaudió cuando Athanasios terminó la
lectura del texto. Se disponía a iniciar un sermón pero unas voces excitadas lo
interrumpieron. Entonces se apresuró a dar la bendición y abandonó el
púlpito.
Más de cien personas habían acudido para oír al sacerdote venido de
Grecia. La capilla estaba repleta, sin un asiento disponible.
—¿Cuál es la paz en que vivimos? —comenzó el viejo, que otra vez
desahogaba su dolor—. Ya sabéis lo que le sucedió a la hija mía; y sabéis lo
que ahora mismo sucede con otras hijas de este pueblo. Todo eso sabéis y,
¿por qué no hacemos nada?
Athanasios resplandecía. Sus pensamientos revoloteaban, titilaban como
las estrellas. Su corazón despedía llamas.
¿Por qué Jeshua permitía semejante crueldad?
¿Dónde estaba la mano protectora del Señor?
Una mujer gritó:
—¡Vamos a envenenarles la comida!
—O el agua —dijo otra.
—Echémosles humo como a las ratas.
—Hagamos una verbena con música y baile, finjamos entregarnos y
matémoslos cuando estén hartos y borrachos.
La misa parecía un mitin.
El viejo agradeció al monje. Él se habría quedado con gusto en Mdina,
pero el viejo le dijo:
—Es cosa nuestra y no queremos que nos ayuden extranjeros. Eso heriría
nuestro orgullo.
A la mañana siguiente, Athanasios se marchó no sin antes rogarles que lo
mantuvieran informado de lo que sucediese.
—¡Detente! —le gritó un soldado en el camino—. Si no quieres que te
patee el culo, detente.
Otro lo apuntaba con un fusil.
Al levantarse de prisa, se le cayó al suelo el manuscrito. Tras espiarlo, los
ingleses le habían seguido el rastro.
—¡Traición! —dijo el soldado—. Todo maltés, hasta el más pacífico, es
un traidor. Pero en esta isla no se pronuncia una palabra que nosotros no
oigamos. ¿Creías que nada sabíamos del plan para la revuelta?
Athanasios recogió sus pertenencias y se dejó poner las esposas. Estuvo
cinco días en el calabozo, un hueco húmedo en los sótanos de la fortaleza. Allí tuvo que hacer sus necesidades. Ningún guardián se apareció a verlo.
Cuando lo recogieron estaba tan débil que apenas podía caminar.
—En nombre de Su Majestad, eres condenado de por vida a no pisar esta
tierra. Nunca más volverás a Malta. ¿Has comprendido?
Athanasios asintió.
Se lo llevaron con los ojos vendados y lo echaron en un carro. Durante
horas lo llevaron en medio de un calor abrasador, a sacudidas, por ásperos
caminos.
—Me van a matar —pensó—; pero quieren evitarse problemas, y
seguramente han pronunciado esta sentencia benigna, para que yo no vaya
gritando por el camino.
Se sorprendió al oír los ruidos de la ciudad. Luego le llegó el rumor del
mar.
El soldado británico le quitó la venda. Vio a los pescadores remendando
redes sobre sus endebles botes, que se bamboleaban anclados.
—El capitán te recibirá a bordo —le dijo el soldado, y lo empujó hacia
una lancha desvencijada.
Athanasios dio unos pasos, tropezando. Su equipaje y escritos le fueron
devueltos.
¡Ah, el fresco aire del mar!
De modo que lo matarían en altamar… Sería más leve.
Preguntó al custodio por qué no se le había hecho siquiera un proceso
sumario.
El soldado parecía no haber comprendido, pero el monje insistió. En eso
dijo el capitán que ya era hora de partir.
—¿Qué ganaríamos con sacrificarte? —respondió por fin el soldado—. La
alharaca te pondría por los cielos, y a nosotros no nos conviene: tenemos
bastantes líos con estos bastardos que no nos quieren aquí.
El monje escupió a los pies del soldado y se encaminó hacia la barcaza.
¿Adónde lo llevarían?