La criolla principal

Inés Quintero · Capítulo 9 de 32

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La criolla principal

Activista del partido realista

 

En el ánimo de María Antonia, el desenlace favorable a las armas del Rey seguramente representó un enorme alivio. Terminaba así la infausta revolución y volverían a reinar la paz y la armonía. Ésa era su esperanza. Sin embargo, los ánimos no se apaciguaron y la confrontación adquirió mayor carga de violencia y polarización.

Su hermano junto a otros miembros de las fuerzas patriotas, enfurecidos ante la capitulación, decidieron entregar a Miranda a las autoridades españolas; Monteverde, por su parte, hizo caso omiso a las cláusulas previstas en el documento: fueron sometidos a prisión algunos de los hombres que intervinieron activamente en los hechos de abril, hubo ajusticiamientos, persecuciones y secuestros de bienes. Ante la arremetida de Monteverde, muchos de los insurgentes decidieron salir de Venezuela hacia las Antillas con el fin de reagruparse y volver a la carga. Era ése el caso de Simón, su hermano, quien logró obtener pasaporte, salió rumbo a Curazao y de allí a Cartagena.

El ambiente en Caracas era desolador: las ruinas del terremoto intactas; la presencia militar en las calles, cantidad de casas vacías, numerosas familias desmanteladas, desabastecimiento, zozobra e incertidumbre. La iglesia era el único lugar de consuelo y la hacienda de Macarao, el refugio natural de la familia.

No había transcurrido un año de la firma de la capitulación y de la salida de Bolívar de Venezuela, cuando llegaron las noticias de su regreso por el occidente con el fin de reactivar la campaña militar en contra de las armas del Rey.

En efecto, Bolívar, luego de la caída de la I República logró llegar a la Nueva Granada, expuso sus opiniones y reflexiones sobre las causas que condujeron a la derrota de la República en Venezuela en su Manifiesto de Cartagena, apoyó a las fuerzas republicanas que combatían en ese país, participó en varias campañas y luego solicitó auxilios del gobierno neogranadino para invadir a Venezuela. Los obtuvo. Al mando de su ejército dio inicio a la Campaña Admirable, ingresó a Venezuela por La Grita, avanzó hacia la población de Trujillo y allí, el 15 de junio de 1813, lanzó su decreto de Guerra a Muerte, demostración inequívoca del grado de violencia y polarización que había alcanzado el conflicto. El conocido decreto terminaba con esta contundente sentencia:

Españoles y canarios, contad con la muerte aun siendo indiferentes, si no obráis activamente en obsequio de la libertad de Venezuela. Americanos, contad con la vida, aun cuando seáis culpables.

Las noticias del avance de Bolívar y el violento cariz que tomaba la contienda, alarmaron a los seguidores de ambos bandos. Era, definitivamente, una declaración de guerra sin cuartel que definía sin reservas la existencia de dos bandos irreconciliables.

María Antonia se quedó sencillamente estupefacta al conocer el categórico decreto. Las palabras le retumbaban en la cabeza y en el corazón: ¡españoles y canarios contad con la muerte aun siendo inocentes!

Ella misma se encargó de desobedecer la terrible sentencia de su hermano. Ella misma se ocupó de darle protección a los perseguidos exponiendo su seguridad personal a la «furiosa saña del insolente populacho» —así llamaba María Antonia al contingente de segundones que acompañaban a Bolívar—. En la misma comunicación dirigida a la Real Audiencia en la que solicitaba autorización para regresar a Venezuela y el desembargo de sus bienes, expuso su parecer respecto al Decreto de Guerra a Muerte e informó a las autoridades acerca de cuál había sido su conducta:

Luego de que la guerra de los partidos opuestos llegó a comprometerse de un modo atroz e inaudito en la historia de las discordias civiles; y cuando el fuego de una ciega venganza llegó a romper los diques de las reglas prescritas por el derecho de las Naciones cultas por medio de una guerra a muerte; entonces mis débiles esfuerzos se emplearon útilmente en salvar una porción de españoles, que existen actualmente en esa capital y sus inmediaciones, exponiendo mi propia seguridad a la furiosa saña del insolente populacho y rompiendo las barreras de un decreto que imponía pena de muerte a todos aquellos que protegieren la fuga de los peninsulares o que los ocultase de algún modo.

Domingo Benítez, Antonio Aramburu, Juan Marrero, Agustín García, Ramón Delgado, José Estévez, Víctor y José Lerin, Ignacio Monterey, Juan Echezuría, Antonio Medina, Juan Montañez y muchos otros experimentaron en sus propias personas el desprecio con que traté aquellas conminaciones y lo que trabajó mi celo filantrópico por arrancarlos de las manos de sus perseguidores; lo que padeció mi espíritu en aquella crisis tumultuosa, en

que el desenfreno y libertinaje revolucionarios nada respetaban[18].

En su propia hacienda escondió a todos aquellos que nacidos en España, compartían su mismo credo político, de sus recursos los auxilió y alimentó para protegerlos de la furia de los patriotas. Su decidida actitud a favor de los españoles, condujo a que fuese vista por el partido republicano con la mayor desconfianza, fue denunciada, se trató de excitar la indignación del pueblo contra su persona, se le acusó de traidora y se le denigró e insultó con el epíteto de «vana aristócrata». En nada hicieron variar su opinión ni convicciones «… tanto más firmes cuanto más débiles e ignorantes eran las acusaciones de mis acusadores».

Precisamente en esos días en los cuales María Antonia se encontraba decididamente activa en contra de la política de exterminio propiciada por su hermano, llegó Bolívar a Caracas, corría el mes de agosto de 1813. La municipalidad de Caracas le otorgó el título de Libertador. Era Bolívar el jefe victorioso de las tropas republicanas, la primera figura de la causa emancipadora en el centro y occidente del país; su casa de habitación a pocos metros de la de su hermana, era centro de reunión, numerosos agasajos se hicieron en torno a su persona. María Antonia se mantuvo al margen, no dio la menor demostración de que su posición estuviese en trance de modificarse, por el contrario, todos sus comentarios y actuaciones siguieron siendo los de una decidida defensora de la monarquía y del rey de España y así se lo hizo saber a su hermano.