La criolla principal
Al rescate del patrimonio familiar
En el difícil balance de los pro y los contra, estuvo claro para María Antonia que, volver a Venezuela, representaba la única posibilidad de ocuparse, directamente, de recuperar y administrar los bienes que quedaban de la antigua fortuna de los Bolívar; los suyos y los que pertenecían a sus hermanos. Aun cuando no se le escapaba que, seguramente, estarían disminuidos como consecuencia de la guerra y producto de los desvaríos de Simón, quien había resuelto poner al servicio de la revolución su vida, sus rentas y todo su patrimonio.
Su hermano era, sin lugar a dudas, el hombre más poderoso de Venezuela y también el principal heredero de la mayor parte de la fortuna acumulada durante dos siglos por todos sus ancestros. Sin embargo, no eran las posesiones terrenales ni la recuperación y administración del patrimonio familiar la preocupación fundamental del vencedor de Carabobo. En más de una ocasión había dado demostraciones de su desapego a los bienes materiales. Un ejemplo de ello había sido su determinación de concederle la libertad a todos los esclavos de la hacienda de San Mateo, en el mismo momento en que tuvo oportunidad de tomar alguna decisión respecto a esta propiedad que, por lo demás, era una de las más antiguas de la familia, el asiento de la encomienda otorgada al primer Bolívar que vino a estas tierras.
La decisión de Bolívar, luego del triunfo de Carabobo, tampoco le generaba tranquilidad a María Antonia. Casi inmediatamente después de vencer a las armas del Rey, el 24 de junio de 1821, su hermano Simón convirtió en amplio apoderado de todas sus pertenencias a Anacleto Clemente, el primogénito de los esposos Clemente y Bolívar.
El 5 de julio de 1821 en Caracas, firmó un poder que facultaba a Anacleto para que en su nombre pudiese reclamar todas las propiedades que se encontraban en la ciudad de Caracas y fuera de ella. El poder lo autorizaba a presentarse en los tribunales y hacer pedimentos, requerimientos, protestas, alegaciones, recusaciones, reconvenciones, tachas, sospechas y obligaciones; podía igualmente presentar escritos, memoriales, invocar testigos, pruebas, oír autos y sentencias, consentir lo que fuese favorable, apelar sentencias, practicar todo tipo de actos judiciales y extrajudiciales que se requiriesen y que fuesen menester, tal como si fuese el mismísimo Simón Bolívar y de
acuerdo a sus órdenes e intereses[32].
Esta decisión, a juicio de María Antonia, demostraba de manera elocuente la corta visión de su hermano en relación al tema de los negocios y los bienes. El Libertador podía ser un éxito en aquello de liberar países, dirigir ejércitos y redactar constituciones pero, como dueño de una cuantiosa fortuna en trance de perderse, era un absoluto desastre. Anacleto, su hijo, era una calamidad, un jugador empedernido, capaz de apostar lo que tenía y lo que no. Era, pues, en manos de este irresponsable familiar que se encontraba depositado el futuro de la fortuna de los Bolívar.
El asunto resultaba inquietante, básicamente, porque el patrimonio del Libertador y que ahora administraría el joven Anacleto, era la parte más rentable y apetecible de todo cuanto habían tenido los Bolívar: esto es, el Mayorazgo, fundado originalmente por uno de sus tatarabuelos, heredado y aumentado por su padre y que finalmente había pasado a manos de Juan Vicente, su hermano. Esta parte de la fortuna por derecho de sucesión, al morir el mayor de los varones, debía favorecer a Simón Bolívar: el Mayorazgo comprendía el tercio y remanente del quinto de todos los bienes de su padre: la hacienda y trapiches de Aragua, incluyendo a San Mateo, las casas de La Guaira, el Señorío de Aroa fundado por el tatarabuelo paterno de los Bolívar, don Francisco Marín de Narváez, y las minas de Cocorote cedidas a perpetuidad por Real Cédula del Rey de España al mismo Marín el 21 de agosto de 1663.
Pero, por si esto fuera poco, el menor de los Bolívar, además, poseía otro importante Mayorazgo, el de la Concepción, del cual era beneficiario desde el año siguiente de su nacimiento por disposición de su primo y fundador del Mayorazgo, el presbítero Juan Félix Aristeguieta, hijo de doña Luisa Bolívar y Ponte, hermana del papá de los Bolívar. Este otro Vínculo comprendía una casa en la esquina de las Gradillas, una hacienda de cacao de 25 000 árboles en el valle del Tuy, otra en el valle de Taguaza con 40 000 árboles y otra con 30 000 en el valle de Macayra, cada una de ellas con sus esclavos, casas y
utensilios[33].
En total, el joven Bolívar, al cumplir su primer año de edad estaba en posesión de cerca de doscientos esclavos, y gozaba de una renta superior a los catorce mil pesos anuales. Mucho más que lo que recibía su hermano cuando estaba vivo y mucho más de lo que heredaron las dos huérfanas: María Antonia y Juana.
Ahora bien, no solamente estaba la enorme fortuna que le pertenecía a su hermano menor, Mayorazgos incluidos, sino también los otros bienes de su hermano fallecido que no formaban parte del Mayorazgo y que había heredado de sus padres, los que le pertenecían a María Antonia de su herencia y de su matrimonio con Pablo Clemente y también los de su hermana Juana.
Con toda seguridad nada representaba ni siquiera remotamente lo que había sido alguna vez; los años de la guerra, los saqueos, los secuestros, el abandono, habrían dejado sus huellas en cada una de las casas y haciendas, pero era lo único que tenía, la motivación concreta para emprender el regreso.
Ir a tomar posesión de lo que en derecho también le pertenecía, bien valía reencontrarse con su hermano, el Libertador, sin duda, el aspecto más incómodo de todo cuanto tendría que afrontar.
No tenía que resultar fácil para María Antonia volver a ver a Simón después de su salida forzada del país, de vivir en la dudosa condición de emigrada, de haber opinado ferozmente contra la República, de sus elocuentes demostraciones de rechazo a la Independencia, de sus actos en defensa de los españoles y en abierto desacato a la Guerra a Muerte, de sus súplicas al Rey de España, de sus reiteradas declaraciones de lealtad a la monarquía, de sus juicios contrarios a las ideas de su hermano…
Reconocer su triunfo era aceptar su propia derrota, admitir que todo cuanto ella valoraba y respetaba había llegado a su fin, resignarse a la idea de que ya nada sería como antes, que sus privilegios habían quedado atrás, que tendría que habituarse a ser una mantuana en medio de los avatares de la República.
Tampoco para Bolívar era un baño de rosas la llegada de su hermana mayor. Cuando Anacleto le hizo saber que María Antonia estaba de regreso, su único comentario fue manifestar que, «… ¡por fin!, María Antonia dejaría de deshonrarlo, después de todos esos años viviendo entre españoles, en vez de seguir el ejemplo de Juana, su otra hermana, quien había preferido cualquier cosa, antes de la vergüenza de vivir entre los enemigos de su
nombre[34]». No obstante, ordenó una libranza de mil quinientos pesos contra las rentas de San Mateo para que fuesen cancelados los pasajes de todo el grupo familiar: de María Antonia, sus tres hijos y sus cinco nietos.
Viuda, con cuarenta y seis años a cuestas y llena de aprensiones tomó el barco que la conduciría de vuelta a su ciudad natal y aceptó el auxilio monetario de su hermano. Empezaba el año de 1823.