La criolla principal
Discordias entre mantuanos
Para María Antonia y para muchos otros criollos principales todo resultaba francamente incomprensible y por supuesto, absolutamente inapropiado y abiertamente perjudicial. Era ése el parecer de la pareja Clemente Bolívar, pero también de las hermanas Tovar: Ana María, Carolina y María de la Concepción, hijas del Conde de Tovar, quienes veían con desagrado y preocupación la incorporación a la causa independentista de su hermano Martín Tovar Ponte, el heredero del título de su padre y de sus otros hermanos. Fernando de Ascanio y Monasterios, el Conde de la Granja, se manifestó contrario a la independencia. En la familia Ibarra, en la de los Rodríguez del Toro, en la de los Palacios, los Blanco, Jerez, Ponte y Mijares de Solórzano, hubo quienes se manifestaron opuestos a la idea de emanciparse de España y combatir contra su Rey, de la misma manera que le ocurría a María Antonia Bolívar.
Todos los principios en los cuales se habían formado estaban profundamente arraigados en sus pareceres políticos y actitudes sociales; en consecuencia, era natural que estuviesen dispuestos a impedir el trastocamiento de las costumbres que garantizaban la paz y armonía entre los habitantes de la provincia. Compartían la idea jerárquica de la sociedad, les horrorizaba el fanatismo de la igualdad, respetaban la autoridad absoluta del monarca como un mandato proveniente del Altísimo, se sentían seguros, protegidos y tranquilos dentro del orden monárquico, les resultaba, por tanto, totalmente inadecuado y ajeno a la tradición provincial arremeter contra todo un ordenamiento que, durante siglos, les había garantizado sus preeminencias y privilegios sociales.
Son estas convicciones, esta manera de interpretar su propia realidad lo que determina la decisión de María Antonia de ausentarse de la capital y refugiarse en su hacienda de Macarao con sus hijos y su marido. Pero no era fácil mantenerse al margen de la contienda; los ánimos se exacerbaban, todo era confuso, las noticias imprecisas y contradictorias. Al desencadenarse la violencia y desatarse la confrontación armada entre los bandos no les quedó más remedio que regresar a la ciudad; la hacienda no ofrecía ninguna seguridad.
Se instaló en su casa, en la esquina de Sociedad a escasos metros de la casa que había sido de sus padres, a esperar algún desenlace. Recibían de manera intermitente las noticias de la guerra. Su hermano Simón, a su regreso de Europa, se había alistado en el ejército patriota bajo las órdenes de Miranda y combatía por la República en el centro; su otro hermano Juan Vicente, cuando trataba de regresar a Venezuela desde los Estados Unidos, falleció. El barco en el cual venía naufragó en los primeros días del mes de agosto el mismo año de 1811. Sus tíos, José Félix y Juan Nepomuceno Ribas también se alistaron en el ejército patriota, de la misma manera que su cuñado Dionisio Palacios y su sobrino Guillermo, el hijo de Juana.
El 26 de marzo de 1812 ocurrió el terrible y desastroso terremoto de Caracas.
El caos era espantoso, el templo de San Francisco, lleno de gente por las ceremonias religiosas del Jueves Santo se vino abajo, igual destino tuvo la iglesia de la Santísima Trinidad, los balcones de la Casa de Correo se desprendieron con estruendo, la mitad de las casas se cayeron, muchas otras quedaron inhabitables. Los curas fustigaban a los feligreses: en las iglesias dejaban saber que el cataclismo había sido un castigo de Dios contra los enemigos del Rey y de la Santa Religión. Los más osados gritaban en la calle:
¡Jueves Santo la hicieron!
¡Jueves Santo la pagaron!
En clara alusión a los hechos del 19 de abril ocurridos el Jueves Santo de 1810.
El médico criollo José Domingo Díaz, enemigo feroz de la causa republicana y testigo presencial de los sucesos, dejó testimonio de lo ocurrido:
«… Eran las cuatro, el cielo de Caracas estaba extremadamente claro y brillante, una calma inmensa aumentaba la fuerza de un calor insoportable, caían algunas gotas de agua sin verse la menor nube que las arrojase, y yo salí de mi casa para la Santa Iglesia Catedral. Como cien pasos antes de llegar a la plaza de San Jacinto, convento del Orden de Predicadores, comenzó la tierra a moverse con un ruido espantoso…
A aquel ruido inexplicable sucedió el silencio de los sepulcros. En aquel momento me hallaba solo en medio de la plaza y de las ruinas; oí los alaridos de los que morían dentro del templo, subí por ellas y entré en su recinto. Todo fue obra de un instante. Allí vi como cuarenta personas, o hechas pedazos, o prontas a expirar por los escombros. Volví a subirlas y jamás se me olvidará este momento. En lo más elevado encontré a don Simón Bolívar que, en mangas de camisa, trepaba por ellas para hacer el mismo examen. En su semblante estaba pintado el sumo terror o la suma desesperación. Me vio y me dirigió estas impías y extravagantes palabras: ¡Si se opone la Naturaleza, lucharemos contra ella y la haremos que nos obedezca! La plaza estaba ya
llena de personas que lanzaban los más penetrantes alaridos[17]».
A oídos de María Antonia llegó la noticia de la arenga de su hermano. Unos días más tarde salía publicada aquélla «impía proclama». Luego de este episodio la brecha entre ambos hermanos se hizo cada vez más profunda. Las diferencias políticas los distanciaron irremediablemente.
Simón se marchó de Caracas con el grado de coronel de los ejércitos republicanos y fue enviado a Puerto Cabello como comandante político militar de esa importante plaza. María Antonia se quedó en la ciudad. A Caracas llegaban los informes que anunciaban la marcha de los realistas al mando del capitán de fragata Domingo de Monteverde, quien desde Coro se dirigía hacia el centro con la misión de someter a los insurgentes. La guerra se impuso sin remedio. Monteverde obtuvo sucesivos triunfos en su campaña hacia la capital; Bolívar fue derrotado en Puerto Cabello, Francisco de Miranda, dictador supremo de la República y Generalísimo de las fuerzas republicanas, ante las circunstancias adversas para la causa patriota, firmó con Monteverde la capitulación de San Mateo, en julio de 1812.