La criolla principal
Una funesta revolución
I PARTE
MONÁRQUICA
UNA FUNESTA REVOLUCIÓN
Desde el momento mismo que estalló el movimiento de Independencia, María Antonia Bolívar fue una enemiga ferviente de la república y una entusiasta defensora de los principios monárquicos. En ninguna ocasión manifestó simpatía por la causa emancipadora, nunca apoyó la determinación de aquellos que se aventuraron a romper con la monarquía española, mucho menos secundó a su hermano menor en sus «alucinaciones», «imprudencias» e «incautas obstinaciones».
Se mantuvo impertérrita y firme como leal vasalla del Rey de España, fiel a sus convicciones y apegada a las enseñanzas de sus mayores. No había nada que le inspirase confianza en el discurso disolvente de la igualdad, no podía sentir atracción por la promoción del desorden, veía con absoluto disgusto el desacato de las jerarquías y la llenaba de espanto la figuración prominente del populacho entre los insurgentes.
Era, a todas luces, una criolla que rechazaba de manera categórica las novedades que pretendían instaurarse en la provincia y así se lo hizo saber a la Real Audiencia de Caracas, máxima instancia de administración de justicia en la provincia de Venezuela.
El 28 de agosto de 1816, desde la isla de Curazao, le dirigió una larga representación a la Real Audiencia de Caracas. La comunicación perseguía dos propósitos: uno, que se le restituyesen sus bienes, embargados desde el año de 1814, y dos, que se le diese autorización para regresar a Caracas, ciudad que se vio obligada a abandonar en 1814.
Ambas peticiones estaban sostenidas sobre un hecho fácilmente verificable: su visible y tajante repudio a la causa republican a.
… Cuando los reformadores de Venezuela empezaron sus movimientos para cambiar la faz del Gobierno, no pude manifestar de otra suerte mi disgusto y oposición a aquellas novedades que abandonando la capital y retirándome al pueblo de Macarao, donde una pequeña hacienda de mi propiedad, un vecindario corto e inocente y una vida absolutamente privada, me brindaban el desahogo y desprendimiento que apetecía.
Desde aquel retiro vi sucederse las vicisitudes y progresivos horrores de tan funesta revolución con el dolor propio de una mujer reflexiva y de una tierna madre que veía desaparecer a pasos precipitados la tranquilidad general del territorio, que observaba el incremento que tomaban las divisiones intestinas, el espíritu de la discordia, el fanatismo de la igualdad y otros monstruos desoladores de los pueblos; y que por todos estos antecedentes calculaba que muy distante de hallar la felicidad de sus hijos en tal sistema, tendría que llorar algún día su desgracia, y tal vez la ruina del país. Bajo de esta ominosa perspectiva me representaron continuamente mis presentimientos la transformación política de Venezuela con algunos otros males, que se han asomado bastante, y que, realizados una vez por la imprudente e incauta obstinación del partido revolucionario, poniendo en manos de los originarios de África el cuchillo con que han de ser sacrificados los españoles de uno y otro lado del hemisferio. Demasiado apegada a mis principios no pude ocultar estos temores a aquellas pocas personas a quienes se había limitado mi trato y comunicación y ante las cuales declamé muchas veces contra la falsa filosofía que nos arrebataba el estado de orden para hacemos sucumbir en el desorden y en la anarquía y en el piélago insondable de males y peligros que nos circundaban
por todas partes[8].
No resulta descabellado, pues, que para alguien como María Antonia Bolívar Palacios y Blanco, perteneciente a una de las principales familias de la sociedad provincial, todo lo ocurrido estuviese en absoluta contradicción con los principios y valores que le habían inculcado desde su más tierna infancia.