La criolla principal

Inés Quintero · Capítulo 19 de 32

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La criolla principal

María Antonia entra en acción

 

No tuvo María Antonia ningún éxito en moderar los modales de Anacleto, mucho menos en corregir sus vicios, pero sí en relación con despojarlo del poder que le había otorgado Bolívar. Sólo en esta materia logró María Antonia salirse con la suya. El poder que la convertía en administradora absoluta de los bienes de su hermano llegó a sus manos unos meses más tarde de su firma en el Palacio Presidencial del Perú. Con el papel en la mano, María Antonia empezó a disponer y a resolver los asuntos patrimoniales de la familia. Corría el año de 1825. Sabía que el tema le traería más de un conflicto, pero eso no la inmutó en lo más mínimo.

Prometió hacer inventario de todo para que constara qué era lo que había recibido, en qué estado se encontraba y cómo lo devolvería; su cálculo era que, en poco tiempo y con su administración, Bolívar podría contar con una renta de 30 000 pesos. Para tranquilizarlo le decía, amistosamente, que cuando ella terminase no necesitaría emplearse por más tiempo ni atender cosas que le molestasen. Era, sin duda, una invitación a que dejase todo en sus manos.

Sacó arrendatarios, cobró deudas, le montó pleito al primo Antonio Palacios, hizo inventario de la hacienda de Chirgua para sacar cuentas con el tío Feliciano, en este caso contaba con el respaldo total de su hermano ya que la renta de Chirgua era para mantener a los hijos de Juan Vicente, sus protegidos; así que por órdenes de Bolívar, lo amenazó con vender si no pagaba y colocó a un hombre en la hacienda para que lo molestara de día y de noche hasta que se pusiera al día.

Se ocupó de cancelar puntualmente las acreencias de su hermano y de pagar todas y cada una de las ayudas que en su desprendida filantropía Bolívar había dispuesto otorgar: 40 pesos mensuales a la negra Hipólita, cien pesos mensuales a la mujer de Simón Carreño; 500 pesos para la viuda del Dr. Francisco Paúl, 200 pesos para la madre de un criado de Bolívar que se llamaba Manuel Matute; 100 pesos a la madre del cirujano Luis Gallego, 3000 pesos de una fianza a favor de Lino Gallardo y, finalmente, una de las más onerosas y para ella absolutamente incomprensible, los 3000 pesos anuales y de por vida para el abate de Pradt, antiguo arzobispo de Malinas y desprendido defensor de la causa republicana. Esta era una disposición personal de Bolívar, según él mismo le hiciera explícito a María Antonia en una de sus cartas. La pensión vitalicia para el abate de Pradt, apuntaba Bolívar «… era un acto de justicia al cual se creía obligado por las circunstancias de aquel hombre, por su mérito, por su patriotismo, por haber consagrado su pluma y su corazón en defensa de sus principios y porque él se lo había

ofrecido en 1824 y era llegado el momento de cumplirle su palabra[39]». De forma tal que, desde el año 1825, debía colocarse esta suma a favor del ilustre arzobispo en un banco de Londres. La donación se cumplió hasta su muerte acaecida en 1829.

Especialmente engorroso fue el tema de las casas. Determinada como estaba a sacar provecho de las disminuidas pertenencias que quedaban, se dispuso a desalojar de una de las casas que formaban parte del Vínculo de San Mateo a una tal Petronila González; su propósito era vender o arrendar esta propiedad. En esta ocasión, Bolívar intervino para defender a Petronila e impedir el despojo que pretendía María Antonia. En una carta a su hermana le recordaba que Juan Vicente le había cedido esa casa a una familia de Macarao que al parecer tenían una niña loca o «endiablada», según decía la gente; por tanto, le mandaba que no la molestara y que le dejara la casa, total no se perdía mayor cosa, aunque perteneciera al mayorazgo de San Mateo. Petronila pudo quedarse en la casita.

Mejor resultado obtuvo María Antonia con las casas de La Guaira y Caracas, aun cuando le trajo más de un altercado con Juana su hermana y sobre todo con Josefa Tinoco, la madre de los hijos de su hermano Juan Vicente. Sobre este punto volveremos más adelante.

Con Juana la trifulca mayor fue por las casas de La Guaira, de las cuales salían las mensualidades de ella y de Josefa Tinoco. No obstante, la decisión de María Antonia fue desocupar las casas para hacerles las reparaciones que permitirían posteriormente venderlas o arrendarlas en mejores condiciones. Esta determinación afectaba directamente a Juana y a Josefa en el goce de la renta que producían las fulanas casas.

A juicio de María Antonia a Juana no le faltaba nada ya que su hija Benigna se había desposado con Pedro Briceño Méndez, un excelente marido, amigo personal del Libertador, rico y quien velaba por la hija y por la madre sin mezquindades de ninguna naturaleza; y a Josefa tampoco le faltaba nada, gozaba de la protección de su hermano y su hijo Fernando se encontraba estudiando en los Estados Unidos, de manera que no tenía motivos para protestar.

Más pudo la firmeza de María Antonia que los reclamos y remilgos de las dos viudas. Bolívar, en este caso, le dio la razón a su apoderada.

Además de disponer de los bienes materiales, María Antonia tuvo muy presente atender los asuntos del espíritu. A mediados del año 1825 se animó a hacer una donación de cien pesos para apoyar la reconstrucción del templo de la Santísima Trinidad, patrona de la familia. El dinero entregado para el templo tenía como motivación rogarle a la Santísima Trinidad por la vida de Simón Bolívar para que volviese sano y salvo a su país.

Empezando el año de 1826, decidió ponerse al día con las misas a la Santísima Trinidad y de las rentas del Mayorazgo de San Mateo celebró las misas atrasadas de los años 1823, 1824, 1825 y 1826 con música, cera, sermón, iluminación y todo lo demás, lo cual representó un costo de 400 pesos.

En el terreno de los negocios tampoco estuvo inactiva la viuda de Clemente. Un año después de su llegada a Venezuela decidió comprarle a su vecino, el señor Telésforo de Orea, el ingenio que le permitiría procesar la caña de su hacienda de Macarao; el negocio era por cinco mil pesos pagaderos en anualidades de mil pesos. En diciembre de 1825 Bolívar le hizo saber que, con motivo del primer aniversario de la victoria obtenida en Ayacucho, había resuelto librar a favor de ella cinco mil quinientos pesos y la autorizaba a tomar cinco mil que solventaran de una sola vez la cuenta con Orea. Paradójicamente, María Antonia, la antigua enemiga de los insurgentes y fervorosa partidaria del Rey, se beneficiaba del triunfo de Ayacucho, exactamente un año después de la derrota definitiva del imperio español en América.

Trece meses más tarde, en enero de 1827, María Antonia nuevamente se vio favorecida por su hermano. En esta ocasión la decisión de Bolívar fue resolver de un todo el engorroso litigio de los Mayorazgos que tanto había mortificado a María Antonia desde su llegada a Venezuela. Es bueno recordar que Bolívar tenía que decidir con cuál de los dos se iba a quedar y sólo así se podría resolver qué se haría con el otro.

La decisión de Bolívar fue anular el Mayorazgo heredado de su hermano acogiéndose a las leyes de la República sobre abolición de Vínculos y Mayorazgos. De esta manera, se resolvían las pretensiones de quienes aspiraban arrebatarle el Vínculo de la Concepción ya que al quedar eliminado el que había heredado de su hermano no existía ningún obstáculo para continuar en posesión del que le había sido otorgado por el padre Aristeguieta.

La única beneficiaria en este embrollo fue María Antonia, ya que Bolívar en el mismo acto dispuso que María Antonia, como hija mayor y de mejor grado que los demás sucesores, se convirtiese en la dueña de casi todas las propiedades que pertenecían al Mayorazgo de los Bolívar. Estas eran: las haciendas de caña y café con sus máquinas situadas en el pueblo de San Mateo, con la casa de vivienda y todas aquellas pertenecientes a la finca; la hacienda de Suata, la de Caicara, dos casas grandes situadas en La Guaira, una en la calle de la Caleta y otra en la calle de arriba y, haciendo frente a la misma, las tres casas pequeñas del callejón de Muchinga y los Solares que se encontraban en el callejón. María Antonia vio así recompensadas sus diligencias en defensa del patrimonio familiar y se convirtió en la principal propietaria del legado económico más importante de sus padres.

De manera pues, que lo único que se reservó Simón Bolívar para sí fue la propiedad de las minas de Aroa, las cuales aspiraba vender para saldar las deudas pendientes y mantenerse decentemente en su vejez. Sin embargo, sería esta propiedad la que mayores disgustos y contratiempos le ocasionaría hasta el final de sus días y uno de los enredos que tuvo que atender María Antonia desde que llegó a Venezuela.