La criolla principal
La ruina de las mantuanas
Se instaló en su casa de la esquina de Sociedad, con sus dos hijos todavía solteros, Pablo Secundino y Josefa, y con Valentina, la casada, quien tenía cinco muchachos y estaba embarazada del sexto.
Sus aprensiones estaban del todo justificadas. Nada era como antes. La ciudad se había convertido en un horror, todavía estaban intactas las huellas dejadas por la guerra, la escasez y la miseria eran asunto cotidiano, hurtos, violencia, desorden, incertidumbre. Infinidad de mujeres solas, sin protección, sin nadie que velase por ellas: la guerra se había encargado de eliminar a sus maridos y a sus hijos varones.
Su propia hermana Juana estaba en la ciudad, sin casa, sin marido y sin Guillermo, su hijo mayor. Vivía arrimada en una casa ajena con su hija Benigna, ya que su casa en la esquina de los Traposos todavía estaba en ruinas como consecuencia del terremoto de 1812.
Juana había llegado a Venezuela unos años antes. En 1819, en Angostura, Bolívar le había recomendado que para cualquier cosa que necesitase se dirigiese directamente a Francisco Antonio Zea, presidente del Congreso de Angostura y segundo al mando después del Libertador, quien tenía instrucciones suyas para atender sus requerimientos. Cada cierto tiempo recibía alguna remesa de dinero para aliviar sus necesidades, pero era insuficiente.
Cuando María Antonia llegó a Caracas, la mayoría de sus tías, las hermanas de su mamá, estaban muertas o estaban viudas, habían perdido a sus maridos a lanzazos o a machetazos. Su tía, María de Jesús Palacios y Blanco, primero enviudó: su marido, Juan Nepomuceno Ribas fue ajusticiado de un lanzazo en Maturín el año 14, cinco años más tarde ella dejaba de existir. María Paula Palacios y Blanco, casada con don Francisco Javier Ustáriz, otro patricio unido a la causa emancipadora, también enviudó: su marido terminó sus días ultimado a machetazos en la defensa de Maturín el mismo año catorce. Allí, el mismo día, fue eliminado otro hermano de su mamá, don Francisco Palacios y Blanco. María Paula murió en Caracas en 1826.
Su otra tía, Josefa Palacios y Blanco, casada con José Félix Ribas y la «segunda mamá» de su hermano Simón, empezando el año quince supo que su marido había sido capturado y ajusticiado en Tucupido el 31 de enero; días más tarde su cabeza era exhibida en la Puerta de Caracas. La desesperación de Josefa fue tal que decidió sepultarse en vida; se encerró en un cuarto y se negó rotundamente a salir de allí hasta que la alcanzó la muerte en marzo de 1824. María Antonia no llegó avería.
Otro de los Ribas y Herrera, Valentín, cuñado de su tía Josefa, murió violentamente: sus esclavos asaltaron la casa de la hacienda y acabaron con su existencia.
María Ignacia, la menor de sus tías, casada con Antonio José Ribas y Herrera, hermano de Valentín y de los esposos de sus otras dos tías, corrió con el mismo infortunio. Su marido Antonio José cayó de un lanzazo, igual que su hermano Juan. María Ignacia, en 1823, se encontraba totalmente envejecida, achacosa y casi inútil. Falleció en marzo de 1829, a los cincuenta y cuatro años de edad.
La suerte de las Palacios no se diferenciaba de la de muchas otras mujeres de la sociedad provincial quienes, al igual que María Antonia y Juana, se encontraban viudas y desamparadas, después de estar acostumbradas a las comodidades y beneficios que se derivaban de su procedencia.
Si la situación de sus tías era dramática, no lo era menos la desventurada circunstancia de sus primas, las hermanas Jerez y Aristeguieta, pertenecientes a una de las familias más opulentas y de mayor distinción de la ciudad de Caracas antes de que ocurriesen los hechos de la Independencia. Teresa, ya viuda, tuvo que emigrar como muchas otras el año catorce. Vio fallecer a dos de sus hijos en la guerra, uno, ese mismo año, por las heridas recibidas en la batalla de La Victoria, y el otro unos años más tarde en la toma de la Casa Fuerte de Barcelona. Ninguno de los dos había cumplido quince años. Fue hecha prisionera con sus hijos menores por un barco corsario, abandonados en las costas de Coro y despojados de las pocas pertenencias que llevaban con ellos; finalmente, lograron huir a las islas. Dos de sus hijas sobrevivieron a la catástrofe y se encontraban en Caracas. Sólo contaban con la protección que podía brindarles su hermano, el general Carlos Soublette.
También otro de los hermanos Jerez, Juan, perdió la vida en Cumaná al ser ajusticiado en compañía de su hijo por las tropas leales al Rey; dejó una viuda, también desprotegida, y se desconocía su paradero.
Belén, la otra hermana, también había emigrado el año catorce, logró sobrevivir a la espantosa jornada que representó llegar hasta las costas de oriente y de allí pasó a Angostura; se decía que por aquellos días había tenido un romance con Simón Bolívar. De pueblo en pueblo y de penalidad en penalidad, logró finalmente instalarse en Caracas, sin marido, con una hija y una nieta. Su situación era lamentable. Todos sus bienes estaban destruidos, unos por el terremoto, otros a causa de los secuestros y el abandono. Se lamentaba de no poseer ni una basquiña medianamente decente para salir a la calle y, según dejaba saber, había noches que ni siquiera luz tenía para alumbrarse. Su desesperación la había llevado, incluso, a escribirle a Bolívar para pedirle que la asistiera, recordándole los días pasados en Angostura. Hasta la silla en la que se sentaba había sido un regalo producto de la generosidad de Diego de Ibarra.
Se espantaba María Antonia ante las confidencias de Belén Jerez y Aristeguieta. En una ocasión llegó a manifestarle que su situación era tal que se contentaba con que le allanaran una docena de pesos con que aliviar sus padecimientos; hasta una friolera para ir al campo estaba dispuesta a aceptar aquella mujer que en otro tiempo había sido una de las doncellas más apetecidas de la sociedad caraqueña.
En su desolación, una de las mortificaciones de Belén era imaginarse qué cara pondría su padre si estuviese vivo y pudiese verla en aquel estado de miseria y abandono. Así se lo hacía saber a su primo, el marqués del Toro, en una misiva elocuente de la degradación en la cual se encontraban: «… si tu padre y mi padre nos vieran…», era todo lo que atinaba a decirle a su pariente para expresarle su angustiosa circunstancia.
No le faltaba razón a Belén en su conforme desconsuelo. En medio de su precaria situación, habían quedado a su cargo, además de su hija y su nieta, cinco bocas más que alimentar: las cinco niñas huérfanas de María Antonia Jerez y Aristeguieta, otra de sus hermanas, fallecida repentinamente en las islas Canarias.
Ocurrió que María Antonia Jerez y Aristeguieta, menor que Belén, huyó como todo el mundo el año catorce y, con una suerte inusitada, logró llegar hasta Tenerife, lugar donde se encontraba su marido, don Bernardo Blanco. Pero el destino parecía haberse ensañado con estas mujeres, de forma tal que no más llegar María Antonia Jerez con sus cinco niñas a Tenerife, la mayor apenas de doce años, el esposo falleció abruptamente y la viuda, sobrepasada por la desgracia, no sobrevivió a su mala suerte quedando las cinco huérfanas sin ninguna protección en un país extraño. Por mediación del embajador de la Gran Bretaña fueron llevadas sanas y salvas en un barco de bandera inglesa de regreso a Venezuela y entregadas a Belén para que velase por ellas.
La menor de las hermanas, Manuela, también emigró el año catorce en compañía de su marido y sus hijos; llegaron a Cumaná y de allí pasaron a Margarita, inmediatamente llegó la expedición Pacificadora del general Morillo y el marido y uno de los hijos —afectos a la Independencia— se unieron a los patriotas; Manuela fue enviada a Caracas. En la ciudad resolvió encerrarse en una pequeña casita de bahareque de su propiedad con sus cuatro hijos pequeños pero en 1816 fue sometida a prisión, enviada a las bóvedas de La Guaira con sus hijos y expulsados a la isla de Saint Thomas.
Mientras tanto, su esposo se mantuvo en las filas de los patriotas, fue electo diputado para el Congreso de Cúcuta en 1821, al finalizar las sesiones viajó a Caracas a reunirse con su familia y a los pocos meses falleció, de manera que Manuela se encontraba, al igual que sus hermanas, viuda y contando exclusivamente con la ilusión de que se le otorgase una pensión como viuda de un hombre que había acompañado la causa de los patriotas. Ésa era su preocupación fundamental y todos sus esfuerzos estaban dirigidos a obtener la prometida pensión de viudez, como el único recurso que le permitiría levantar a sus hijos con alguna decencia.
A la desoladora historia de las hermanas Jerez y a las dramáticas experiencias de sus tías, se unían las penalidades padecidas por otras mujeres de las mejores familias de la provincia que lograron sobrevivir y que se encontraban en situación cercana a la indigencia, Doña Merced Ribas, una respetable matrona, hermana de los Ribas, de Juan Nepomuceno, José Félix y Antonio José, todos ultimados por las fuerzas leales al Rey, todavía en 1826 se lamentaba de su condición, un mísero auxilio de diez pesos mensuales era todo lo que necesitaba para pagar la renta de la casa que habitaba y aun así, había pasado por el bochorno de verse en la calle con los muebles y todos sus trastos por no poder cumplir con el arrendamiento. Pero su disgusto crecía cuando pensaba que aquellos infelices que se aprovechaban de su indigencia eran los mismos que en tiempos pasados se habían beneficiado de sus haberes y holgada condición.
También la madre de los Plaza, doña Josefa Obelmejías de Plaza, viuda de don Diego de la Plaza y Liendo, quien había sido capitán de milicias de la Corona, se encontraba desasistida, Mariano falleció el año 1818 en el rincón de los Toros, y Ambrosio en la batalla de Carabobo; el tercero se encontraba al servicio de la República. En 1824 todavía estaba a la espera de que Simón Bolívar le tendiera una mano para que una propiedad que supuestamente se le había asignado en razón de los servicios prestados por sus hijos, finalmente se le adjudicase; era lo único que le permitiría mantenerse decentemente.
Hasta Vicenta de Clemente, la concuñada de María Antonia, esposa de Lino Clemente, quien estaba de lo más acomodado en el gobierno republicano, se quejaba de la precaria situación en la que se encontraban ella y sus hijos.
Resultaba aterrador pensar que todas aquellas mujeres eran víctimas de los desastres ocasionados por la Independencia. Sin contar, por supuesto, las que habían fallecido irremediablemente o todas aquellas de quienes, simplemente, no se tenía la menor noticia.
No parece desatinado pensar que María Antonia Bolívar después de regresar y enterarse de las vicisitudes y penalidades padecidas por sus tías, primas y allegadas, haría lo imposible por evitar a toda costa encontrarse en la misma situación de desamparo e indigencia en la que se hallaban las mantuanas de Caracas. A ello dedicó toda su energía, todas sus fuerzas.