La criolla principal
Un matrimonio conveniente
Cuando falleció su madre, María Antonia tenía catorce años y se encontraba cabalmente preparada para cumplir su misión de esposa y madre. Muy rápidamente, apenas tres meses después del sepelio, el 22 de octubre de 1792, contrajo matrimonio con don Pablo de Clemente y Palacios, sin cumplir todavía los quince. La dote de la doncella no era nada despreciable: alcanzaba los 80 000 pesos.
El consorte de la huérfana también era de las mejores familias de la provincia. Su padre, Manuel Clemente, oriundo de la provincia de Rioja, vino a Venezuela a servir a la Compañía Guipuzcoana y como otros muchos peninsulares contrajo matrimonio con una de las ricas mantuanas de la capital: doña María Petronila Palacios y Sojo, tía de doña Concepción Palacios y Blanco, o sea que la mamá de Pablo Clemente era tía abuela de María Antonia, los novios eran primos lejanos y compartían los mismos bisabuelos. Además del oportuno enlace con una mantuana de la familia Palacios y Sojo, el padre de Clemente era propietario de haciendas de cacao, exportador de este fruto con destino a Veracruz y dueño de una embarcación.
Por ser hijos de familias principales debían cumplir con lo establecido por la Real Pragmática de matrimonios. Este mandato, sancionado por el Rey Carlos III en 1776, tenía como finalidad evitar los contratos de esponsales y matrimonios que se ejecutaban por los menores e hijos de familias sin el consejo de sus padres, abuelos, deudos o tutores de lo que resultaban graves ofensas a Dios nuestro Señor, escándalos y otros gravísimos inconvenientes en lo moral y político, turbándose el buen orden del Estado y ocasionando continuas discordias y perjuicios en las familias contra la
intención y piadoso espíritu de la Iglesia[11].
El ordenamiento real no hacía sino refrendar y convertir en Pragmática Sanción la costumbre asentada entre las familias linajudas de la provincia: contraer matrimonio entre ellos mismos. De esa forma se preservaba la calidad y distinción de las familias principales, se protegían de cualquier contacto con malas razas las estirpes de los conquistadores, se consolidaba el patrimonio económico de los mantuanos y se mantenían en un reducido número de familias los privilegios y prerrogativas que les otorgaban su condición de cabezas indiscutibles de la sociedad provincial.
Así que María Antonia y Pablo tuvieron que tramitar ante sus mayores, padres o tutores, las referidas licencias que los autorizara a contraer matrimonio demostrando que, efectivamente, la boda cumplía con los requisitos de la Real Pragmática: ambos contrayentes eran de la misma calidad. Además, por ser parientes en tercer grado, estaban obligados igualmente a solicitar dispensa eclesiástica.
De forma tal que don Pablo Clemente realizó ante las autoridades eclesiásticas el trámite en el cual se presentaban los árboles genealógicos de ambos contrayentes para demostrar los nexos de consanguinidad que los unían y, acto seguido, se pasaba a interrogar a los testigos sobre el mismo asunto a fin de que declarasen la dificultad que constituía para ambos «… conseguir matrimonio igual por el enlace de parentesco con que se hallaban con muchos otros miembros de las familias más principales de la
provincia[12]».
El mismo trámite cumplió su hermana Juana quien, dos meses más tarde que ella y a la edad de trece años, contrajo matrimonio con su primo por vía materna, Dionisio Palacios y Blanco. El contrayente era hijo de Bernabé Francisco Palacios y Gil de Arratia, el hermano de su abuelo. En este caso el documento de dispensa dejaba claro que los contrayentes se encontraban ligados por parentesco de consanguinidad con dos grados iguales de segundo
con tercero[13].
Con la realización de ambas bodas, las huérfanas Bolívar Palacios y Blanco quedaron bajo el amparo y autoridad de sus maridos, como convenía a dos jóvenes de su condición y cuando todavía se encontraban de severo luto por la muerte de doña Concepción Palacios y Blanco.
Cuatro hijos tuvo María Antonia con Pablo Clemente: Anacleto, Valentina, Josefa y Pablo Secundino. Desde que se casó, siguió lo que establecía la costumbre: se ocupó de los asuntos domésticos, de la administración del hogar, de supervisar el cuidado de los niños, de ir a la iglesia y cumplir con las rutinas sociales convencionales: asistir a las bodas, bautizos y funerales de los allegados. De vez en cuando acostumbraban retirarse a la hacienda de Macarao o pasaban una temporada en San Mateo, la hacienda de la familia paterna. La vida transcurría sin sobresaltos.