La criolla principal

Inés Quintero · Capítulo 26 de 32

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La criolla principal

Bolívar: la solución a los males de la República

 

El año en que María Antonia llega a Caracas, Bolívar no se encontraba en la ciudad y no regresará a ella sino en 1827, cuatro años más tarde de la llegada de María Antonia. Durante todos esos años el contacto fue exclusivamente epistolar. Ello permitió que ambos se prepararan anímicamente para un encuentro que no era fácil, debido a las diferencias políticas que los separaban desde el año de 1810.

Sin embargo, desde el mismo momento de su llegada a Caracas, María Antonia le hizo saber lo importante de su regreso, el deseo que tenía de volverlo a ver, de cuidarlo, lo que añoraba su presencia e incluso le reclamaba que no le hubiese escrito y que le negase el consuelo de recibir una carta de su puño y letra.

A este requerimiento cuyo móvil era claramente afectivo se unía otro de carácter más bien político. Casi no hay carta en la que no le mencione el tema de su impostergable y necesaria presencia. Todos los aspectos de la vida pública podrían solventarse si recibían la atención del Libertador, los picaros y pillos quedarían neutralizados, sus enemigos derrotados, la paz volvería a la patria, se arreglarían los asuntos pendientes en el Congreso, todos se sentirían felices, mejoraría el comercio, no se irían los extranjeros, los clérigos estarían tranquilos, la Religión recuperaría el lugar que le correspondía, en síntesis: todos los males tendrían solución inmediata.

Bolívar tenía que convencerse y así se lo hacía saber María Antonia, que la Divina Providencia lo había destinado para esa gran obra y que la Santísima Trinidad lo protegía, ella misma se había encargado de encomendárselo para que lo sacara con felicidad de la guerra y lo llevase sano y salvo a su país.

Sus recurrentes súplicas en numerosísimas cartas no dejan lugar a dudas:

«No dejes de venir». «Si no vienes pronto será más difícil la curación de los males envejecidos». «Si no vienes este año no podrá corregirse el desorden». «Aquí no se puede vivir, con que ven lo más pronto posible». «Sólo Dios sabe en qué parará esto si tú no vuelas a sacarnos de este eminente peligro». «Espero que te vengas volando, no temas que los pueblos te quieren y te desean: todos claman por ti». «Aquí te esperan todos con la mayor impaciencia». «Todos te desean como único remedio a tantos males que nos afligen». «Aquí todos te esperan, esto mejorará luego que tú tomes el mando». «Sólo con que tú pises el territorio de Colombia nos traes la paz y el orden».

Pero eso sí, debía venir con tropas y a tomar medidas enérgicas. Ni Dios ni la Santísima Trinidad eran suficiente apoyo para los trastornos que se padecían en Venezuela.

Bolívar, en muchas ocasiones, le hizo saber que tenía dispuesto regresar. No obstante, en muchas ocasiones, tuvo que anunciarle que su viaje había sido postergado.

De manera que, ante la expectativa de su posible regreso, María Antonia le hacía saber que estaba ocupándose de todo lo necesario para su alojamiento. Le preguntaba en cuál de las casas quería instalarse, en qué lugar se sentiría más cómodo, qué tipo de preparativos debía hacer para cuando llegase a la ciudad. Permanentemente le escribía que estaba dispuesta a satisfacer sus requerimientos.

Bolívar, como ya se dijo, llegó a Caracas en enero de 1827, estuvo unos días en su casa de las Gradillas y también se acogió a la hospitalidad de su amigo Francisco Rodríguez del Toro, el antiguo marqués, quien puso a su orden las comodidades y ventajas de su casona campestre, la que hoy se conoce como Quinta de Anauco.

Permaneció en Caracas hasta el 5 de julio, fecha en la cual tomó un barco que lo condujo a Cartagena y de allí pasó a Bogotá. Durante esos seis meses se encargó de todos sus asuntos personales y de atender la complicada situación política de Venezuela.

Con el fin de evitar una guerra civil que parecía inminente, Bolívar concedió una amnistía general y designó a Páez como suprema autoridad civil y militar de Venezuela, contraviniendo los acuerdos a los que había llegado

con Santander[59]. Esta determinación apaciguó los ánimos temporalmente en Venezuela, no así en Bogotá en donde se criticaba severamente el reconocimiento de la autoridad del llanero.

Luego de estos sucesos la unidad colombiana había quedado herida de muerte, se agudizaban las diferencias entre Bolívar y Santander, y la hegemonía del Libertador como jefe indiscutible de la República empezaba a resquebrajarse. Mientras tanto, María Antonia se encontraba en Caracas, impotente frente a la inminente e inevitable derrota de su hermano y con la ilusión de que pudiese ocurrir algo capaz de revertir lo irreversible.

A partir de este momento le tocó a María Antonia sobrevivir en medio de la reacción antibolivariana que cada día se hacía más fuerte en Venezuela y en el resto de los departamentos que conformaban la Gran Colombia. Como había ocurrido veinte años atrás, nuevamente se veía envuelta, sin proponérselo, en el torbellino que le imponía su ineludible condición de hermana del Libertador. Y a ello tuvo que hacerle frente, sin remedio.