La criolla principal

Inés Quintero · Capítulo 18 de 32

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La criolla principal

Los enredos de Anacleto

 

 

Todo estaba por hacerse. Anacleto, el apoderado de los bienes, se encontraba en Bogotá, desentendido de los asuntos patrimoniales, dedicado al juego, haciendo pasar malos ratos a su mujer, endeudándose a costa de lo que no le pertenecía e inventando vender lo que no era suyo.

La primera provisión de María Antonia fue solicitarle a Bolívar que considerase la posibilidad de anular el poder que le había dado al inútil de su hijo y que pensara, más bien, en encomendarle a ella todos sus asuntos. Sobre este punto María Antonia fue insistente desde que llegó a su ciudad natal.

Mientras tanto, Anacleto amenazaba con volver a Caracas. Enfática, María Antonia le dirigió una carta a su hermano, quien se encontraba en Lima, para anunciarle que no estaba dispuesta a entregarle ni un solo centavo al irresponsable de Anacleto, ya que inmediatamente se iría «a cualquier bodega a jugar lo que no era suyo». El vicio del juego lo había convertido en un ser definitivamente «despreciable», no tenía el menor crédito entre los comerciantes y a cada rato se le acercaban acreedores solicitando la cancelación de deudas con papeles firmados por Anacleto Clemente y Bolívar. Era un «desprestigio absoluto» para la familia.

A casa de María Antonia un día cualquiera tocaron la puerta unos ingleses, Forsay y Laury, para cobrarle mil cien pesos que les debía el «muy zángano». De Bogotá había llegado la noticia de que el propio Santander lo había tenido que mandar a sacar de una quinta en la que vivía con un «coro de pillos», donde incluso estaban unos franceses que se decía eran espías. Para eso había quedado el apoderado de los bienes de la familia. Era imprescindible deshacer el poder otorgado a Anacleto si se quería salvar algo de lo que quedaba del patrimonio familiar. En cada carta que María Antonia le enviaba a su hermano, le repetía el tema del poder y le hablaba de los vicios de Anacleto.

Estas quejas las recibía Bolívar en Perú, en una situación absolutamente complicada. Los peruanos se encontraban divididos, no estaba claro que la campaña militar tuviese éxito, había reservas en los diferentes bandos respecto a la autoridad del Libertador, los habitantes de Lima se negaban a pagar las contribuciones de guerra, se le acusaba de ejercer el poder arbitrariamente, el obispo arengaba en su contra desde la Catedral, Santander lo conminaba a que regresara a Bogotá o que renunciara a la presidencia de Colombia; además, el Congreso había resuelto que no podía seguir siendo presidente de Colombia y al mismo tiempo comandante en jefe de los Ejércitos Libertadores, así que no le había quedado más remedio que abandonar la jefatura del ejército y dejarla en manos del general Antonio José de Sucre.

Fue, pues, en medio de estos complicados y decisivos conflictos que el Libertador, Dictador Supremo del Perú, el 13 de diciembre de 1824, cuatro días después del triunfo de Ayacucho, sacó tiempo para recibir en el gabinete del Palacio al escribano y los testigos y firmarle el poder a su hermana María Antonia a fin de que se ocupara de todos sus bienes, derechos, acciones,

acreencias y deudas[37]. En el mismo documento revocó totalmente el poder otorgado tres años antes al «inservible sobrino» Anacleto, de quién se había hecho la peor opinión.

En más de una ocasión, el propio Bolívar se vio afectado directamente por las imprudencias de Anacleto, quien no se inhibía de hacer alardes y bravuconadas utilizando su condición de sobrino del Libertador. Era Anacleto el típico provocador que en medio de un escándalo o de una discusión acalorada manoteaba amenazador a su contrincante diciéndole: «… tú como que no sabes quién soy yo!!!; ¡tú como que no sabes con quién te estás metiendo…!!!».

Bolívar, desesperado y abochornado, en varias oportunidades le escribió a María Antonia para que controlara a «su loco», para que lo tomase bajo su control y tutela y lo formase como un sujeto digno de su apellido. Insistiéndole en que, si no se corregía, no le quedaría más remedio que abandonarlo a su suerte.

El propio Bolívar, visiblemente molesto, se encargó de escribirle directamente a su sobrino para reclamarle sus insoportables impertinencias y desarreglado comportamiento. El 29 de mayo de 1826, le dirige una carta que dice así:

Anacleto:

Cansado ya de oír las quejas de tu madre y de tu familia, voy a hablarte por última vez aprovechando la ocasión de mi edecán O’Leary que te llevará esta carta: te dirá de viva voz cuán disgustado estoy por tu mala conducta y te intimará la orden de que inmediatamente te vayas para Venezuela a estar al lado de tu familia, sino a cuidarla, al menos a no desacreditarla como lo has estado haciendo en Bogotá. Te lo digo por última vez, Anacleto: si no te vas inmediatamente de Bogotá, si no abandonas ese maldito vicio del juego, te desheredo para siempre; te abandono a ti mismo. Es una vergüenza para ti y para tu familia ver la infame conducta que has tenido en Bogotá, librando contra tu propia madre sumas que no las gasta un potentado, abandonando a tu mujer, y, para hacerlo que faltaba desacreditando al Vicepresidente; faltando de este modo a tu patria, a tu honor, a tu familia y a tu sangre. Es éste el pago que das al cuidado que tuve de llevarte a Europa para que te educases; el que ha tenido tu madre para hacerte hombre de bien y, en fin, ¿es éste el modo que correspondes a los beneficios que te he hecho? ¿No te da vergüenza ver que unos pobres llaneros sin educación, sin medios de obtenerla, que no han tenido más escuela que la de una guerrilla, se han hecho caballeros; se han convertido en hombres de bien; han aprendido a respetarse a sí mismos tan sólo por respetarme a mí? ¿No te da vergüenza, repito, considerar que siendo tu mi sobrino, que teniendo por madre a la mujer de la más rígida moral, seas inferior a tanto pobre guerrillero que no tiene más familia que la patria?

Te lo vuelvo a decir por última vez, si no te enmiendas, si no te vas para Caracas, te abandono a tu oprobio y te desheredo para siempre, sin que te quede otra esperanza que la enmienda que te exijo por la última ocasión. Creo que te he dicho lo bastante para que conozcas mi enojo y conozcas también el medio por el cual puedes desarmarlo. Soy tuyo,

Bolívar[38]

La molestia del Libertador era visible. En esos días no estaba de humor como para prestarle atención a los enredos de su sobrino en Bogotá. Bolívar se encontraba en Lima atendiendo los asuntos del Perú que no eran sencillos. En Caracas la situación estaba alborotada, Páez apoyado por la Municipalidad de Valencia se negaba a acudir a Bogotá a rendir cuentas de su actuación y los enemigos de la unidad colombiana adelantaban una insurrección separatista; el conflicto era delicado y exigía toda su atención. Uno de sus objetivos principales era publicar en Bogotá, lo más pronto posible, el texto de la Constitución de Bolivia. Su difusión resultaba fundamental para el futuro inmediato de su hegemonía política.

No obstante, las impertinencias de Anacleto lo colocan en el incómodo trance de escribirle al mismísimo general Francisco de Paula Santander, vicepresidente de Colombia y cabeza visible de los sectores que se oponían a su hegemonía, para ponerlo al tanto de las «necedades» de Anacleto y suplicarle que tomara el mayor interés en «… obligar a ese loco a que salga de Bogotá». La carta la escribe un día después de enviarle la misiva a su sobrino.

Pero Anacleto no se dejó intimidar por las amenazas del tío, ni se dejó impresionar por las diligencias practicadas por el vicepresidente. Todavía en 1828 Bolívar le recriminaba su actitud y lo amenazaba otra vez con despojarlo de las haciendas y del Mayorazgo si no se corregía. Ninguna de estas amenazas surtió efecto.