La criolla principal

Inés Quintero · Capítulo 22 de 32

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La criolla principal

La boda de Felicia

 

 

En enero de 1827 llegó Bolívar a Caracas. No había cambiado de opinión respecto al tema de la Cuadra y además venía con una nueva disposición que afectaba de manera directa el futuro de su única hija, Felicia Bolívar. La resolución del protector y padre adoptivo de sus hijos era que Felicia contrajera matrimonio con el general José Laurencio Silva.

El general Silva era un hombre de la guerra, se había unido a las filas patriotas desde el año 1810 en el Tinaco, su pueblo natal, acompañó al marqués del Toro en la campaña de Coro, estuvo en la defensa de Puerto Cabello y al caer la República mantuvo una guerrilla en los bosques de Cojedes. Se unió a Bolívar cuando éste pasó por San Carlos en 1813, cayó prisionero en 1814, luego se unió a Páez en los llanos, combatió junto a los llaneros en la campaña de Apure y tuvo una actuación destacada en la batalla de Carabobo, acompañó luego a Bolívar en la campaña del Sur, participó en las batallas de Bomboná, Junín y en la histórica batalla de Ayacucho, allí recibió tres lanzazos.

De tez oscura, modales rudos y leal seguidor del Libertador, Silva y muchos de los seguidores de Bolívar eran vistos con desconfianza por la blanca sociedad limeña. A su paso les gritaban un estribillo que decía:

Sácala perra

Sácala gato

Los Libertadores

Son todos mulatos.

Los soldados del ejército Libertador daban como respuesta el mismo verso modificado:

Sácala perra

Sácala gato

No serían libres

Sin los mulatos.

En las fiestas ofrecidas al ejército Libertador en la aristocrática ciudad de Lima, las damas de la sociedad limeña habían hecho público desaire a este general victorioso de Ayacucho cuando pretendió en vano invitarlas a bailar. Bolívar se percató del rechazo que le hacían las elegantes limeñas y, ante el asombro de la concurrencia, sacó a bailar al general Silva. El suceso causó conmoción entre los asistentes a la velada; el chisme llegó a Caracas más rápido que los partes de guerra y todo el mundo comentaba pasmado, la imprudencia del Libertador.

Era pues, este sujeto, el pretendiente que Bolívar tenía dispuesto para desposar a su sobrina. La decisión de Bolívar sorprendió a la madre de Felicia, por supuesto, pero mucho más a la joven doncella que debía contraer matrimonio con aquel hombre de quien apenas tenía noticia, a quien jamás había visto en su vida y cuyo aspecto físico y toscos modales no le inspiraban la menor atracción.

El general Silva era hijo de un pescador y una comadrona, durante catorce años había permanecido entre matorrales, andurriales, descamisados, y campos de batalla. En todo ese tiempo y en virtud de su origen, se decía Felicia, seguramente no habría tenido la menor ocasión de pulirse, ni de adquirir las mínimas maneras que le permitiesen atender los requerimientos que ella esperaba de un consorte más cercano a su estirpe; mal que bien ella era la nieta de don Juan Vicente Bolívar y de doña Concepción Palacios, la hija del heredero del mayorazgo de la familia. A pesar de su desafortunado destino aspiraba un matrimonio con alguien más apropiado, alguien como el marido de su prima Benigna, por ejemplo.

¿Qué podía ofrecerle a ella un hombre que sólo tenía en su haber las heridas de la guerra y los hábitos del campamento? Realmente la desconsolaba el solo hecho de pensar que era muy poco lo que podía hacer para oponerse a los designios de su tío y evitar convertirse en la señora de Laurencio Silva.

A oídos de Bolívar llegó el chisme de las reticencias y comentarios deslucidos que suscitó su mandato esponsalicio. Inmediatamente le hizo saber a Felicia, de manera muy clara, cuáles serían las consecuencias de su desobediencia.

No fue él, directamente, el vocero de su amenaza, sino que utilizó a un emisario de toda su confianza, Juan Santana, su secretario, para que le hiciese saber a Josefa Tinoco, la madre de Felicia, cuál era su determinación al respecto.

Josefa, todavía sorprendida e incrédula ante lo que, a todas luces, era un mandato conminador de su cuñado, después de recibir la visita de Santana le escribió pidiéndole que tuviese la bondad de ponerle por escrito el recado del Libertador, porque no había entendido bien lo que le había mandado a decir, respecto al futuro de Felicia.

Santana, seguramente turbado e incómodo al verse convertido en el vocero de un mensaje tan delicado y a la vez tan íntimo, se apresuró a escribirle esta breve esquela en respuesta a la suya:

«Señora: contesto la carta con que me ha querido favorecer. Desde luego excusaré repetir todo el recado que de nombre del Libertador tuve el honor de dar a U. y sólo me contraeré a repetir lo que dice con respecto de Fernando. Estas fueron mis palabras. Si la señorita no se aviene a las instancias de su tío, que desea establecerla, entonces S.E. tiene allí a Fernando que promete mucho

por su carácter, y en quien hará recaer el todo de sus bondades[50]». La nota tenía fecha del 9 de abril de 1827.

El mensaje era claro, o Felicia aceptaba el matrimonio con Silva o se quedaba sin nada.

El 5 de mayo, un mes más tarde de recibir el inequívoco mensaje de su tío, Felicia decidió escribirle directamente a su «protector» para manifestarle su resignada obediencia:

Mi estimado tío:

He retenido hasta la fecha la contestación al recado de V. por dos motivos muy poderosos, primero porque como V. sabe es asunto que necesita mucha reflexión, y segundo porque no creyese V. que una pronta condescendencia nacía de su amenaza. Cuando V. me mandó decir por conducto del señor Santana (cuya carta conservo y puedo enseñarle) «que si no convengo a sus instancias, desde luego tiene a Femando en quien hará recaer el todo de sus bondades», sin duda que se había V. olvidado que desde principio le dije que jamás había pensado contrariar los deseos de V. ahora repito lo mismo, asegurándole, que sólo el cariño y afecto que le profeso, me inducen a ello. Desde el año de 14 hasta el de 21 no tuve más protector que el Ser Supremo, y estoy convencida de que jamás desampara a nadie. Si mi tío Simón, en esta vez que le doy la mayor prueba, de mi amor, permítame desahogar mi corazón de un justo resentimiento que tengo de V. y que con su inmerecida amenaza lo ha renovado: quisiera que nunca me hubiera V. dado nuevos motivos para descubrírselo. Cuando en el año de 26 fui echada de la casa de mi padre de un modo nada decoroso y casi injusto, tomé la pluma elevé a V. mis quejas, le manifesté mi afligida situación, y un profundo silencio, una total indiferencia fue lo que tuve por contestación del único de quien debía esperar algún consuelo. Estos antecedentes unidos al recado y carta del señor Santana me demuestra, que el único de nosotros que merece alguna consideración de V. es mi hermano Femando: yo convengo con V. en que es un muchacho que promete mucho y que conozco que en mí no concurran las bellas cualidades que en él, pero supla estas faltas la voluntad con que condesciendo a cuanto V. quiera y la gustosa resignación con que pone en sus manos su futura suerte.

Felicia[51]

En septiembre de ese mismo año, desde Bogotá, en una carta dirigida a María Antonia, Bolívar le dejaba saber que se contentaba mucho por la celebración del matrimonio entre José Laurencio Silva y su sobrina Felicia: «… al fin se ha logrado, dales mil cumplimientos de mi parte a los novios…».

Vicente Lecuna, historiador que dedicó parte de su vida al análisis y edición de la obra del Libertador, interpretó esta voluntad de Bolívar de casar a su sobrina con el «heroico y humano general José Laurencio Silva, hombre de la clase popular y de gran fama por sus servicios» como una forma de «…

elevar socialmente a Silva y darle este apoyo a su familia[52]».

Esta interpretación de Lecuna limita el hecho de manera exclusiva al visible e indiscutible afecto de Bolívar por este leal combatiente de la Independencia, de allí su intención de «favorecerlo socialmente», emparentándolo con su propia familia. Sin embargo, esta decisión podría verse también como demostración de un designio político y social de mayor entidad.

A Simón Bolívar, un hombre educado en los rígidos conceptos jerárquicos de la sociedad tradicional y proveniente de una familia en la cual durante siglos se habían preservado y defendido los privilegios de los principales como cabezas visibles del orden social, le preocupaba legítimamente la disolución social que había traído consigo la guerra de Independencia. Son muchas las alusiones en su correspondencia a los peligros de la «pardocracia» y a los excesos de un igualitarismo inconveniente.

Ya en el Discurso de Angostura, en 1819, advertía las consecuencias desastrosas que había ocasionado la guerra, «… todos los elementos desorganizadores», habían confluido para dejar a Venezuela sumergida en un «torrente infernal», era el pesimista diagnóstico del Libertador.

Propuso, entonces, algunas fórmulas gubernativas que contribuirían a la salvación de la República. Una de las más polémicas y que no contó con el aplauso de los legisladores fue la del Senado hereditario. Bolívar lo defendía como el único elemento de contención ante los abusos de la autoridad y las «invasiones» del pueblo. Estimaba el Libertador que una figura de estas características bien podría constituirse en la única instancia absolutamente imparcial ya que el origen de su autoridad no provenía de la elección del Gobierno ni de la del pueblo.

Planteaba que, en un primer momento, los miembros de este cuerpo debían ser designados por el Congreso y que los hijos de los senadores, herederos de la alta distinción, fuesen educados desde muy temprano en un Colegio especialmente destinado para ellos como futuros legisladores de la Patria. En el mismo documento sugería que esta primera camada de Senadores responsables de dar inicio a la estirpe, fuese seleccionada entre los Libertadores de Venezuela, «… acreedores siempre a ocupar un alto rango en la República que les debe su existencia», por tanto, era «… del interés público, de la gratitud de Venezuela, del honor Nacional, conservar con gloria hasta la última posteridad una raza de hombres virtuosos, prudentes y esforzados que superando todos los obstáculos, han fundado la República a

costa de los más heroicos sacrificios[53]».

Era, pues, de este grupo de hombres virtuosos que había hecho posible la Independencia de donde saldrían los nuevos tribunos de la república, eran ellos los llamados a ser los padres de los futuros legisladores de la República: fundadores de una nueva estirpe de privilegiados, responsables del orden republicano. El senado hereditario propuesto por Bolívar en Angostura era una fórmula, bastante peculiar por cierto, de reconstruir en la República un estatuto desigual con claras raíces en un modelo de corte aristocrático.

Ahora bien, en el Discurso de Angostura aparece claramente que los padres de esa nueva generación de republicanos virtuosos serían los héroes de la Independencia; pero allí no se dice ¿quiénes serían las madres?

Pues, las madres, bien podrían ser las mantuanas, los vientres blancos de las estirpes linajudas de la conquista, las hijas de los blancos criollos muertos en la contienda, las huérfanas de la guerra quienes, al unirse en matrimonio con los hacedores de la Independencia —José Laurencio Silva era uno de ellos—, darían nacimiento a una nueva aristocracia: los legisladores del futuro, miembros de la novísima institución del Senado hereditario.

La boda de Felicia Bolívar, descendiente de conquistadores, con José Laurencio Silva, héroe de la guerra, era sin duda la materialización en su propia familia de esta alianza que daría lugar al nacimiento de una nueva clase de republicanos, hijos procreados de la unión matrimonial entre los vientres pulcros de las mantuanas y los hombres de armas que hicieron posible el nacimiento de la República.

Si en otro tiempo las jóvenes doncellas de la élite criolla estaban destinadas a contraer matrimonio con hombres de su misma condición, ahora, cuando la mayoría de los mantuanos había desaparecido, debían hacerlo con esta nueva estirpe de «caballeros» cuyo honor y virtud provenía de su desempeño en la guerra, de sus heroicas acciones en la conquista de la libertad, de la misma manera que el honor y linaje de los criollos provenía de las acciones emprendidas por sus ancestros los conquistadores.

María Antonia Bolívar se cuidó muy bien de no decir ni una palabra respecto a este enlace matrimonial. Se mantuvo absolutamente muda, sin indiscreciones de ningún tipo. Pero todo hace pensar que no vio con buenos ojos el último invento de su hermano. El comentario general en la familia era que la procedencia social y la apariencia física del general Silva dejaban mucho que desear. Si no tenía el negro cerca, como dejaba ver su piel acentuadamente morena aun cuando alegase que era por los muchos años pasados a la intemperie, María Antonia tenía la más absoluta certeza de que su «sobrino político» jamás hubiese salido airoso en un juicio de limpieza de sangre.

En otra época, Felicia hubiese contado con la protección de la Real Pragmática de Matrimonios, la sabia resolución del Rey Carlos III sancionada en 1786, precisamente, para evitar que aconteciesen dislates como el que acababa de ocurrir en su familia. Pero así era la vida en la República, Lo lamentaba por Felicia quien, al fin y al cabo, era la hija de su hermano Juan Vicente, el heredero del mayorazgo de San Mateo. Definitivamente, se vivían otros tiempos. Para su asombro, no era Felicia, su sobrina, la primera mantuana que tenía que conformarse con un enlace desigual, ni sería la última.

Del enlace entre Felicia y José Laurencio nacieron siete hijos, 4 hembras y 3 varones: ninguno ocupó lugar prominente en la República.