La criolla principal

Inés Quintero · Capítulo 25 de 32

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La criolla principal

Los consejos de María Antonia

 

 

María Antonia opinaba sobre cualquier materia y tenía juicios respecto a los más diversos asuntos y, de la misma manera que lo hacía en torno a los amigos y enemigos del Libertador, se encargó de hacerle llegar a su hermano todas aquellas recomendaciones que le parecía podían ser orientadoras y ayudarlo en su difícil misión.

De manera que, regularmente, le escribía para proponerle soluciones, sugerirle medidas, recomendarle que impulsara la recuperación del orden y todas aquellas cosas que, desde su concepto, podrían hacer más llevadero el gobierno de la República, la neutralización de sus enemigos y la preservación de su jefatura militar y política.

En una de las primeras cartas que le escribe a su hermano, luego de su regreso a Venezuela y cuando Bolívar se encontraba atendiendo la difícil situación del Perú y preparando la culminación de la campaña militar que daría fin a la liberación del continente, a María Antonia se le ocurre recomendarle al Libertador una propuesta totalmente insólita: que dejara quietos a los peruanos de una vez por todas ya que, si ellos no querían liberarse de España, no veía ella cuál era el empeño de querer imponerles la Independencia. Su recomendación era que los dejara tranquilos y regresara a su casa: «… Aquí se teme mucho la campaña del Perú y aun muchos dudan de su buen éxito. Hasta ahora has salido muy bien de todo, no vayas a empeñarte en libertar los peruanos si ellos no quieren, tu pérdida para toda la América es de mucha consideración y de grandísima ventaja para el enemigo».

El llamativo consejo de María Antonia era algo que solamente podía ocurrírsele a alguien que, definitivamente, no aquilataba la gravedad de la situación en la cual se encontraba el Libertador. La campaña del Perú representaba, ni más ni menos, que la posibilidad de derrotar militarmente al más importante bastión realista que todavía se mantenía en Suramérica y que, además, contaba con importantes apoyos por parte de poderosos sectores de la sociedad peruana.

Vencer en Perú no significaba, exclusivamente, imponerles la Independencia a los peruanos, aunque a ellos no les interesara tal cosa, sino garantizar que las victorias que se habían obtenido en el resto de América fuesen duraderas, que España no tuviese en territorio americano una punta de playa desde donde iniciar un proceso de reconquista.

Pero eso tenía sin cuidado a María Antonia. Total, le parecía innecesario tanto trastorno en un lugar tan alejado cuando muy bien podía «dejar quietos a los peruanos», desentenderse de tanta guerra y tanto enredo y volver a su casa a ocuparse de los suyos.

Curiosamente, hubo otra sugerencia que, a diferencia de la anterior, tuvo enorme trascendencia histórica, esto fue cuando le recomendó encarecidamente a su hermano que no aceptase, bajo ningún concepto, la Corona que le ofrecían sus enemigos, que no abandonase nunca su hermoso título de Libertador.

Ocurrió que desde el año 1824 y en los años siguientes hubo quienes le propusieron a Bolívar, en más de una ocasión, que se olvidara de insistir en construir una República y que, más bien, se convirtiese él mismo en Monarca de todas aquellas naciones que había liberado.

El tema ha sido y sigue siendo uno de los más polémicos en la historia política de la Independencia respecto a si Bolívar, efectivamente, ambicionaba la Corona o si, por el contrario, jamás se dejó seducir por tal propuesta. Igualmente acerca de quiénes eran los «monarquistas», si fue José Antonio Páez quien se lo propuso, o Pedro Briceño Méndez, o Rafael Urdaneta. En todo caso, hubo efectivamente un partido monarquista que veía con buenos ojos la posibilidad de recuperar el orden antiguo con Bolívar a la

cabeza de una Monarquía[56].

Ya en 1824 María Antonia le advertía a su hermano los comentarios que se dejaban oír en Caracas acerca de que él pensaba coronarse en el Perú. A todos aquellos que alentaban esa idea y a quienes la esparcían para desprestigiarlo, les dejaba saber que no era sino una calumnia y que Bolívar jamás había pensado en ello. Al propio Bolívar le escribía al respecto: «… tú eres más grande sólo con el título de Simón Bolívar que de emperador. La divina Providencia que siempre te ha protegido y vela sobre ti, te hará superior a todo y verán los hombres que después de haber ganado tantos triunfos con tu espada, te retiras a tu casa, a ser sólo un benemérito ciudadano dejando burlados a todos lo que creen que ambicionas cetros y coronas; así lo creo y espero de tu ilustración y grandeza de alma, pues no sólo en la

América del Norte se han de dar hombres grandes como Washington[57]».

Resulta llamativo que María Antonia, la convencida defensora del orden monárquico y denodada protectora de los españoles, la acérrima enemiga de la República y la severa crítica de su hermano, fuese una de las primeras en pronunciarse decididamente contra las tendencias monarquistas, rechazando de plano que Bolívar terminase con una corona sobre su cabeza.

Finalizando el año 1825, insistía sobre la misma materia en otra carta a su hermano, quien se encontraba en Bolivia resolviendo el nacimiento de la nueva nación. Le decía así María Antonia:

Mandan ahora un comisionado a proponerte la corona. Recíbelo como merece la propuesta que es infame y parto de las Potencias de Europa a verá concluyen con nuestra existencia miserable a manos de los partidos; pero di siempre lo que dijiste en Cumaná el año 14 que serías Libertador, o muerto. Ése es tu verdadero título, él, el que te ha elevado sobre los hombres grandes, y el que te conservará las glorias que has adquirido a costa de tantos sacrificios. Acuérdate de Bonaparte y de lturbide y de otros muchos que no ignoras, estoy bien satisfecha de tu modo de pensar, y te creo incapaz de permitir semejante cosa, pero no puedo menos que declararte los sentimientos de mi corazón por el

interés que tengo en tu felicidad [58].

Finalmente, el partido monarquista no prosperó y la historia se encargó de recuperar para la posteridad los consejos de María Antonia a su hermano. Es ésta la referencia ineludible a la hora de referirse en positivo a María Antonia, la hermana del Libertador, que supo aconsejarlo acertadamente en materia tan delicada.

Todo hace pensar que María Antonia sin distanciarse mucho de su idea del orden, las jerarquías y el ejercicio irrestricto de la autoridad, empezaba a manifestar sus reservas respecto a algunas de las herencias de España, particularmente aquellas que podían afectar sus intereses, tal como ocurría con las leyes, engorroso legado de la Corona española. Sólo en relación con ello se atrevía a manifestar sus críticas al régimen monárquico y al absolutismo español.

Le parecía a María Antonia que muchos de los enredos y de las dificultades y atrasos que afectaban el desenlace exitoso de sus pleitos y demandas eran consecuencia directa de la coexistencia de las viejas leyes de la monarquía y las nuevas de la república de Colombia: las primeras «opresivas y tiránicas», como correspondía a un régimen absolutista, y las segundas «constitucionales y liberales», como correspondía a un sistema republicano.

Lo cierto era que aquella dualidad legal contribuía a que todo estuviese en medio de la mayor confusión. Esta era su opinión un año después de su llegada a Venezuela y así se lo hacía saber a su hermano. Cuatro años más tarde, en 1828, todavía insistía sobre el mismo tema: cada quien interpretaba las leyes a su antojo; no había familia que no se hubiese visto afectada por los largos y tediosos pleitos legales que nunca llegaban a su final; por lo tanto, consideraba que era prioritario acabar con ese motivo de perturbación ya que constituía una de las principales causas de la ruina del país.

Se animaba, entonces, María Antonia a discurrir sobre las medidas que su hermano debía adelantar. En primer lugar, le parecía que Bolívar debía sugerirle a los legisladores que nombrasen una comisión de hombres hábiles responsables de formar un nuevo código de leyes a fin de que fuese presentado al Congreso para su aprobación; esas leyes nuevas eran una necesidad fundamental. Además, se aventuraba a opinar, tal como si se tratase de una dilecta lectora de Montesquieu, que estas leyes no debían ser generales para toda la República sino «… cada una análoga y conforme al país, clima y costumbres donde deban regir, mientras no se tome esta providencia viviremos enredados con las antiguas leyes españolas que nos tienen llenos de pleitos costosísimos que consumen mucha parte de nuestro patrimonio y tiempo que podrían emplearse en cosas útiles».

No contenta con esta recomendación, se animaba a exponerle una serie de indicaciones adicionales. En su humilde opinión, las leyes debían ser «sencillas y claras, que todos conozcan la ley que le condena o absuelve, fuertísimas (sic) que hagan efectiva la responsabilidad de los jueces, que corten los pleitos en su origen y en fin que formen la felicidad de los pueblos».

Leyes fuertes, sencillas y claras, era la aspiración de María Antonia. Sólo así se enderezarían los entuertos de la república. Sin embargo, en su continuo intercambio epistolar con su hermano, está presente otra recurrente consideración cuya relevancia tenía mucho mayor peso que el tema de las leyes; esto era el problema del orden, aspecto sensible y crucial de aquel pasado en el cual las cosas funcionaban diferente.

Más que cualquier otra carencia; lo que más atormentaba a María Antonia era la anarquía, el desorden. En más de una ocasión, durante los intranquilos sucesos del año 1826, pensó que lo mejor era vender lo que quedaba, salir del caos y buscar la tranquilidad del Viejo Mundo, o residenciarse en el Norte, pero las condiciones eran las peores para vender. Todavía en 1828, sobrepasada por el horror y la desesperación exclamaba:

¡Quisiera irme, aunque fuera a los Cayos!

¡Mejor se vive en Argel, con los moros!

María Antonia estimaba que el más importante remedio para contener el desorden, la anarquía y los malestares que se padecían en la República era el impostergable regreso de su hermano. El mismo hermano que unos años atrás había sido el responsable directo de los males de su patria, el «jefe de los facciosos», el «enemigo de su Rey», el «pariente que se había estrellado en los errores más detestables», se había convertido ahora en el «salvador de la Patria». Definitivamente corrían otros tiempos y, muy a su pesar, había tenido que resignarse a su nueva circunstancia y a valorar a su hermano en términos diametralmente diferentes.