La criolla principal
La herencia de Simón Bolívar
Mucho se ha dicho que Bolívar murió en condiciones de extrema pobreza, que no tenía ni siquiera una camisa decente con qué cubrirse a la hora de su muerte y que ello fue el resultado de su desprendida y sacrificada entrega a la causa de la Libertad, a favor de la cual había invertido la totalidad de su fortuna.
La afirmación no es del todo cierta. Si bien es verdad que, al momento de morir, su patrimonio no era ni sombra de lo que había sido la inmensa fortuna familiar de los Bolívar, el Libertador no se encontraba en la inopia. Todavía eran suyas las minas de Aroa, las cuales, a pesar de todos los entuertos legales que habían dificultado su venta, seguían representando un patrimonio cercano a las 40 000 libras esterlinas, cantidad que, de no haber muerto, le hubiese reportado una renta suficiente para mantenerse decentemente en cualquier parte de Europa.
En cuanto al resto de la fortuna —sus haciendas, casas, esclavos, mayorazgos y los beneficios económicos que se desprendían de todo ello— es cierto que dispuso de buena parte de ellas para sostener la causa de la Independencia, también es verdad que su desprendimiento lo demostró en más de una ocasión al otorgar pensiones y ayudas a parientes, allegados y numerosas personas que se vieron beneficiados por la prodigalidad del Libertador; igualmente es conocido que concedió la libertad a muchos de sus esclavos y que todas estas iniciativas mermaron su fortuna original.
Sin embargo, también debe tomarse en consideración que una buena parte del patrimonio no se perdió en la guerra ni formó parte de la filantropía del Libertador a favor de los desvalidos, sino que se quedó en la misma familia por decisión del propio Bolívar ya que éste tomó la determinación de repartir entre sus hermanas y sobrinos todas las propiedades que le pertenecían por herencia. De manera, pues, que dejaron de pertenecer a Simón Bolívar, pero se mantuvieron entre los miembros de su familia.
Así vemos que en los primeros meses del año 1827, cuando Bolívar estuvo en Caracas, se encargó de arreglar el traspaso de todas sus propiedades a excepción de las minas de Aroa. Como ya se dijo, a María Antonia le cedió las haciendas y casas pertenecientes al mayorazgo de los Bolívar. A su hermana le regaló la casa que le correspondía como herencia de sus padres y la benefició con una donación de 30 000 pesos los cuales debían ser descontados del monto de la venta de las minas al momento de ejecutarse
ésta, aun cuando esto ocurriese después de su muerte[83]; a esta misma hermana le hizo otra donación de veinte mil y más pesos que le debía el señor Juan Félix Sojo, quien había sido apoderado de Juan Vicente Bolívar, hermano de ambos, y que no había cancelado cuando se ocupó de administrar los bienes de su difunto hermano. Esa cantidad le pertenecía en derecho a Simón Bolívar como heredero de Juan Vicente, no obstante su decisión era
que le fuese cancelada a Juana[84].
También dispuso el traspaso de la Hacienda de Chirgua y de la Cuadra Bolívar a favor de sus tres sobrinos, Juan, Fernando y Felicia, hijos naturales de su hermano. La primera se encontraba arrendada y la segunda, era la casa de habitación de los muchachos y de la madre de éstos, Josefa Tinoco, desde el momento en que María Antonia resolvió sacarlos de la casa del centro.
El documento de donación establecía que los tres sobrinos podrían disfrutar del uso y usufructo de ambas propiedades mientras él estuviese vivo y que si alguno de los tres donatarios falleciere sin legítima sucesión habría de recaer su parte entre los demás hermanos supervivientes; de casarse alguno de ellos, debía gozar por separado de la parte del usufructo de los bienes sin que éstos pudiesen dividirse por causa ni pretexto alguno hasta después del fallecimiento del Libertador, debiendo quedar siempre a cargo de la señora Josefa Tinoco la parte perteneciente a su hijo Juan para su administración, debido a que éste se encontraba loco, lo mismo respecto a las partes de los otros dos hijos, ya que era Josefa Tinoco tutora y curadora de sus menores hijos. Sólo gozarían del dominio y propiedad de estos bienes al momento de la muerte del Libertador. La donación comprendía todas las pertenencias que se encontraban en cada una de las propiedades incluyendo a la
servidumbre[85].
Mediante una autorización notariada encargaba a su sobrino Anacleto Clemente del cuido y administración del mayorazgo de la Concepción, inclusive los muebles que había en la casa de dicho mayorazgo, y al mismo tiempo le daba facultad para que reclamase el derecho del citado
mayorazgo[86].
Además de entregar sus propiedades a los familiares dispuso otra donación, en este caso la beneficiaria era Petronila González, la misma que María Antonia había tratado de desalojar de la casita del vínculo de San Mateo. Se trataba de una «casa escombro situada por la calle del Triunfo, antes nombrada de San Juan, feligresía de la parroquia San Pablo de Caracas, compuesta de doce y media varas sostenida por su frente y setenta y cinco de fondo, inclusive un martillete que está situado hacia el norte, bajo los linderos especificados en la fe del Administrador que inserta». La propiedad era de la herencia de Juan Vicente su hermano y, decía el documento que la gracia obedecía a que era «… una niña huérfana, sin ninguna protección, con el objeto de aliviarla en parte sus indigencias y triste situación a que ha quedado
reducida[87]».
Finalmente, durante su estadía en Caracas, el Libertador se ocupó de protocolizar la concesión de libertad a algunos de sus esclavos, otorgada en 1821, el mismo año de la batalla de Carabobo. Se vieron beneficiados de esta decisión: María Jacinta Bolívar y sus hijos María de la Luz, María Martola y Francisca Bárbara; Juan de la Rosa y su mujer Nicolasa Bolívar, todos ellos
de la servidumbre perteneciente a la Hacienda de San Mateo[88].
Repartidos los bienes, tal como se ha descrito, es natural que a la hora de su muerte no tuviese mayores pertenencias. Las disposiciones testamentarias dan cuenta de los escasos bienes materiales que le quedaban al Libertador, así como de sus últimas disposiciones respecto a cada uno de ellos. En su testamento, dictado el 10 de diciembre de 1830, se decía lo siguiente:
• …No poseo otros bienes más que las tierras y minas de Aroa, situadas en la Provincia de Carabobo, y unas alhajas que constan en el inventario que debe hallarse entre mis papeles, las cuales existen en poder del Sr. Juan de Francisco Martín vecino de Cartagena.
• Solamente soy deudor de cantidad de pesos a los señores Juan de Francisco Martín y Poules y Compañía, y prevengo a mis Albaceas que estén y pasen por las cuentas que dichos Señores presenten y las satisfagan de mis bienes. • Es mi voluntad: que la medalla que me presentó el Congreso de Bolivia a nombre de aquel pueblo, se le devuelva como se lo ofrecí, en prueba del verdadero afecto, que aún en mis últimos momentos conservo a aquella República.
• Es mi voluntad: que las dos obras que me regaló mi amigo el Sr. Grol. Wilson, y que pertenecieron antes a la biblioteca de Napoleón tituladas; «El Contrato Social»; de Rousseau y «El Arte Militar»; de Montecuculi, se entreguen a la Universidad de Caracas.
• Es mi voluntad: que de mis bienes se le den a mi fiel mayordomo José Palacios la cantidad de ocho mil pesos, en remuneración a sus constantes servicios.
• Mando a mis Albaceas que la espada que me regaló el Gran Mariscal de Ay acucho, se devuelva a su viuda para que la conserve, como una prueba del amor que siempre he profesado al expresado Gran Mariscal. • Para cumplir y pagar este mi testamento y lo en el contenido, nombro por mis Albaceas testamentarios, fideicomisarios, tenedores de bienes a los Sres. Gral. Pedro Briceño Méndez, Juan de Francisco Martín, Dr. José Vargas, y el Gral Laurencio Silva, para que de mancomún et insolidum entre en ellos, los beneficien y vendan en almoneda o fuera de ella, aunque sea pasado el año fatal de Albaceazgo pues yo les prorrogo el demás tiempo que necesiten, con libre franca, y general administración.
• Y cumplido y pagado este mi testamento y lo en el contenido instituyo y nombro por mis únicos y universales herederos en el remanente de todos mis bienes, deudas, derechos y acciones, futuras sucesiones en el que haya sucedido y suceder pudiere, a mis hermanas María Antonia y Juana Bolívar y a los hijos de mi finado hermano Juan Vicente Bolívar, a saber, Juan, Felicia y Femando Bolívar, con prevención de que mis bienes deberán dividirse en tres partes, las dos para mis dichas hermanas, y la otra parte para los referidos hijos de mi indicado hermano Juan Vicente, para que lo hayan, y disfruten con la bendición de Dios.
Otras dos cláusulas establecían que los papeles que se hallaban en poder del Sr. Pavageau fuesen quemados, y que sus restos se depositasen en la ciudad de Caracas, su país natal. Sirvieron de testigos: los generales Mariano Montilla y José María Carreño, los coroneles Belford Hinton Wilson, José de la Cruz Paredes, Joaquín de Mier, el primer comandante Juan Glenn y el doctor Manuel Pérez Recuero. Lo firmó el escribano público, José Catalino
Noguera[89].
Cinco días más tarde de su muerte, el general José Laurencio Silva, en su condición de albacea del Libertador, solicitó la presencia del escribano José Catalino Noguera a fin de que se hiciese el inventario de las pertenencias personales del Libertador. Estando presentes don Manuel Pérez Recuero, el general José Laurencio Silva, los señores Fernando Bolívar, sobrino del Libertador; José Antonio Cataño, Tesorero de la Junta de Manumisión, Francisco Ignacio Carreño, el coronel Belford Wilson, el capitán Andrés Ibarra y José Palacios, mayordomo del Libertador, se procedió a realizar el inventario. Los efectos eran los siguientes:
1. Una vajilla vieja de platina en dos cajones, compuesta de una sopera, tres tapas grandes, tres chicas, cuatro asentaderas chicas, tres grandes, dos redondas chicas, una cafetera, una lechera chica, dos salseras con sus tapas, dos cabos de botellas grandes, cuatro asentaderas de botellas chicas, una huevera con seis cucharitas chicas.
2. Una caja pequeña que contiene dos docenas de cucharas de plata grandes, veintitrés tenedores de plata grandes, veintidós cuchillos grandes, cacha de plata, cuatro trinches con cabos de plata con sus correspondientes cuchillos, también con cabos de plata, veintidós cucharas de plata para postres, diez y nueve cucharitas de plata para el café, dos docenas de tenedores de plata para postres, dos docenas de cuchillos para postres con cabos de plata, dos platones de plata, dos docenas de platos de plata, de comer, un cucharón sopero de plata, dos cucharas de plata para servir la salsa, cuatro cucharoncitos de plata para servir la salsa, una cuchara de plata para servir pescado, cuatro saleros de plata dorados con sus correspondientes cucharitas de plata, una tenacita de plata para servir el azúcar del café y un braserito de plata.
3. Cuatro baúles que contienen ropa de uso, la cual por disposición verbal de S.E. se ha entregado a sus asistentes. 4. Una silla de montar vieja, que se le ha dado al asistente José Antonio Mesa, también por disposición de S E., verbalmente. 5. Un par de pistolas desiguales que se entregaron a su asistente Valentín Villar, también por disposición verbal de S. E. 6. Un documento entregado por el Señor Femando Bolívar, sobrino de S. E. firmado por el Señor Juan de Dios Amador, vecino de Cartagena, fechado a veinte y siete de Setiembre último en que declara haber recibido en calidad de depósito y a disposición de S. E. el Libertador, cuatrocientas quince onzas de oro del curio colombiano, el retrato de Washington con su pelo, la caja de oro del Rey de Inglaterra, la medalla de oro de Washington, una caja de oro y dentro de ella un relicario regalado por el cabildo de Charcas, con un busto y llaves con brillantes, la Estrella de Venezuela y las medallas de Boyacá y el Sur, el Sol del Perú de brillantes en su caja de oro, la gran medalla de Bolivia de brillantes, el Relicario de Charcas y la Estrella de la ciudad de Sucre.
7. Otro documento entregado por el mismo Señor Fernando Bolívar, firmado por los Señores Bunch y Compañía del comercio de Cartagena, fechado el veintisiete de Setiembre último en que consta que dichos Señores han recibido en depósito a disposición de Su Excelencia el Libertador la cantidad de doscientas onzas de oro.
8. Otro documento entregado por dicho Señor Fernando Bolívar, firmado por el Señor J. Pavageau en la ciudad de Cartagena a veintiocho de Setiembre último en que consta ha recibido de S. E. el Libertador diez baúles que contienen papeles privados de su pertenencia para ser depositados en París en manos seguras según las instrucciones de S. E. 9. Otro documento entregado por el mismo Señor Fernando Bolívar, filmado por el Señor Juan De Francisco Martín, en Cartagena el veintinueve de Setiembre último, en que consta haber recibido de S. E. el Libertador Presidente en calidad de depósito y a su disposición lo siguiente: Un baúl con treinta y cinco medallas de oro, doscientas noventa y cuatro de plata, grandes, sesenta y siete medallas pequeñas, de plata, noventa y seis medallas de plata, cuarenta medallas antiguas de cobre, ocho medallas de plata y una de oro con el busto del Libertador, dos medallas de cobre y seis de plata del Congreso de Colombia, veintitrés tenedores de oro, veinticuatro cuchillos de oro, veinticuatro cucharas de oro, veintitrés cucharitas de oro, una tenacita de coger azúcar, de oro, dos anteojos, dos colchas, unos pantalones de palio, diez manteles en un baúl, dos baúles de libros, un colchón suelto, una maleta con una escopeta, una espada con brillantes y sus tiros en una cajeta. 10. Setenta y dos onzas de oro del curio colombiano, entregadas por el referido Mayordomo José Palacios.
11. Diez manteles para el servicio de mesa usados, grandes y chicos de dril de algodone hilo.
12. Dos legajos de papeles entregados por el Señor. Fernando Bolívar, que nada interesa a los herederos por ser cartas de la secretaria particular de S. E. que deben correr la misma suerte que los demás papeles.
13. Una cajita, de afeitar con sus correspondientes piezas doradas[90].
Lo pautado en el testamento y lo registrado en el inventario constituye la totalidad del patrimonio de Bolívar a la hora de su muerte y lo que debía repartirse entre sus herederos a excepción de lo que se entregó al mayordomo Palacios y a sus asistentes.
En el caso de los papeles, al momento de la muerte de Bolívar, el señor Pavageau ya los había trasladado a Jamaica con el fin de remitirlos a París, tal como le había indicado el Libertador. Informado del deceso resolvió depositarlos en los almacenes que tenía en Jamaica Juan Francisco de Martín, uno de los albaceas de Bolívar.
El resto de las pertenencias fueron embarcadas por el cónsul británico Eduardo Watts y recibidas en Jamaica por el señor Juan Francisco de Martín, quien había sido expulsado de la Nueva Granada en abril de 1831. Recibido el embarque el día 30 de mayo de 1831, el señor de Martín las depositó en la Casa Comercial de los Señores Buchanan Mac Adams y Cía, ocupándose de enviar la Estrella de Bolivia a ese país, tal como lo había dispuesto el
Libertador[91].
En cuanto a los papeles la decisión fue no atender el mandato de Bolívar, quien había dispuesto que los quemasen. De Martín y el general Daniel Florencio O’Leary —oficial irlandés del Ejército Libertador, hombre de confianza de Bolívar y su edecán durante sus últimos meses de vida— decidieron dividirlos en tres partes: los documentos de 1813 a 1818 se enviaron a Pedro Briceño Méndez para que escribiese la historia de la guerra durante esos años; los papeles de 1819 a 1830 se los llevó O’Leary con el fin de escribir sus memorias, y los documentos oficiales y correspondencia particular de funcionarios de ambos períodos, los mantuvo en su poder Juan
Francisco de Martín[92].
Desde mayo de 1831 se mantuvieron depositados en Jamaica los baúles con todos los enseres personales de Bolívar hasta que, finalmente, en diciembre de 1832, se dispuso su traslado a Caracas a la casa de Pedro Briceño Méndez; el mismo de Martín se ocupó de hacer el envío.
Ya para esa fecha habían comenzado las discordias entre los herederos de Bolívar por el reparto de sus bienes.