La criolla principal
Entre el anonimato y el escándalo
Concluidos los pleitos con su hermana, María Antonia se dedicó a la administración de sus bienes sin mayor presencia en los asuntos políticos del país. Son pocas las referencias que se tienen de ella desde el finiquito del pleito con Juana hasta que la alcanzó la muerte, un mes antes de cumplir 65 años.
En la Gaceta de Venezuela aparecen, de manera esporádica, anuncios publicados por María Antonia sobre diversos tópicos:
Los días 4 y 25 de julio de 1835 saca a la venta 125 libras de estaño en barretas delgadas las cuales podían ser adquiridas dirigiéndose a la Hacienda de San Mateo.
Al año siguiente, el 8 de octubre de 1836, publica un anuncio vendiendo «dos fondos de ventas: en el Ingenio de San Mateo de veinte a veintitrés arrobas de peso cada uno, de regular servicio y a precio equitativo, propiedad de la señora María Antonia Bolívar».
El 13 de mayo de 1837 resuelve vender una parte sustantiva de sus propiedades: una casa bien situada del Empedrado, amueblada, con árboles frutales y un pedazo de terreno regadío perteneciente al fondo de la misma casa; una hacienda de caña y otra de café situadas cerca del pueblo de Macarao, con buenas tierras de montaña; cinco casitas en La Guaira, situadas en el callejón Muchinga, un juego de trapiche con sus tambores de hierro y dos casas, una en el barrio de Santa Rosalía y otra en la calle de Colón. Los interesados debían dirigirse a su casa de habitación en la esquina de Sociedad.
Finalizando el mes de noviembre de 1840 decide arrendar el Ingenio de San Mateo, la hacienda de café y todas las oficinas.
Otras dos referencias de distinta índole salen publicadas también en la Gaceta de Venezuela durante el año 1836. En los dos casos se trata de una oferta de gratificación. El primer anuncio sale publicado el 30 de julio de 1836 y dice así: «2000 $ de Gratificación (letras grandes), María Antonia Bolívar hace saber al público como es falsa la voz que se ha esparcido de haber aparecido el robo que se le hizo en días pasados de la suma de diez mil pesos; y al efecto ofrece dos mil al que descubra el ladrón».
El segundo es del 3 de septiembre de 1836 y se refiere a un esclavo fugitivo:
Un esclavo prófugo: José de la Cruz, color negro claro, pelo pasudo y escaso, cejas arqueadas, pestañas largas, ojos castaños, orejas pequeñas, nariz regular, boca lo mismo, estatura alta, delgado, pie grande, edad de 20 a 22 años, tiene una cicatriz en una mano. Al que lo aprehenda y entregue en Caracas al señor Pablo Secundino Clemente o a su dueña la señora María Antonia Bolívar, se le gratificará con 50 pesos por cualquiera de los dos.
En relación con el primer cartel referido al hurto de los 10 000 pesos, hay un comentario al respecto en el diario de sir Rober Ker Porter que pone en entredicho la escueta versión del robo a que aludía María Antonia en su anuncio. La versión del robo la narra Porter en los términos siguientes:
Viernes 21 de octubre de 1836… La hermana favorita de Bolívar, María Antonia, una joven de 60 años y viuda también (pero que durante su viudez ha producido un par de bolivarianos espurios) se ha enamorado, y no poco, de un joven criollo, y le ha entregado unos 8000 dólares en varias ocasiones, además de regalarle muchas de las medallas de oro que su célebre hermano había recibido, o más bien se habían acuñado en su honor, durante su más gloriosa carrera, después de enviudar. Se suscitó una disputa entre estos dos amadores mal emparejados, y la dama repentinamente acusó al joven de haberle robado la suma, etc. en cuestión. Se le encarceló, se llevó a cabo el juicio, o más bien la instrucción legal, donde salió a relucir toda la correspondencia amorosa entre las partes demostrando que había un quidpro quo. El inocente fue absuelto, y Madame se ha quedado con este ejemplo de sus amoríos
expuesto ante el mundo caraqueño[110].
No cabe la menor duda de que un episodio como el descrito, de ser cierto, debió haber alborotado a las comadres de Caracas durante semanas y obviamente no pasó desapercibido por el cónsul británico, especialmente atento a los detalles menudos de la vida capitalina.
Empeñada en conseguir más pistas sobre el suceso, tuve ocasión de consultar el archivo de Manuel Landaeta Rosales quien también hace mención al tema del robo de que fue objeto María Antonia y comenta que el hecho ocurrió el 19 de abril de 1836. El presunto ladrón fue un tal Ignacio Padrón quien fue detenido y se le solicitó declaración. El expediente del robo lo remite Landaeta a la sección civiles del Registro Público, letra P, año 1836.
Nos dirigimos entonces al Archivo General de la Nación y solicitamos el mencionado expediente; como ocurre en muchas ocasiones, a pesar de encontrarse registrado en el índice, no pudo ser localizado en el Archivo. En la misma línea del índice en donde aparecía el título del expediente podía verse claramente una letra «F» en lápiz colocada al margen, indicativa de que el expediente «falta» o sea que no está en el Archivo. No hay pues manera de corroborar si el chisme de Porter es verdad o no.
Lo que sí es posible determinar porque las fuentes lo registran así es que efectivamente María Antonia denunció un robo, tal como apareció en el anuncio de la gratificación publicado en la Gaceta y también es verificable que esta denuncia fue procesada, que hubo una detención y que hubo un proceso en el cual, según cuenta Porter, el amante se defendió mostrando las cartas de amor de María Antonia, y alegando que el robo no había sido tal, sino que se trataba de los «regalos» agradecidos de su amante por los «favores recibidos».
Un hecho de tal magnitud que colocaba en entredicho el honor y la virtud de una viuda principal, aun en tiempos de la República, era demasiado escandaloso como para dejar vestigios perdurables e irrefutables del inconveniente amorío de la señora Bolívar con el criollo Padrón. Así que, muy bien pudo ocurrir que el expediente fuese extraído del archivo y el suceso condenado a silencio perpetuo.
De manera pues que si María Antonia tuvo un amante a los sesenta años a quien le regaló unos pesos y luego defraudada lo acusó por ladrón, quedará en el terreno de los supuestos e imponderables que suelen rodear a este tipo de episodios, cuando perjudican ostensiblemente a uno de los infractores.
Dos años después del impasse del robo y del chisme del amante, María Antonia se animó a escribirle una carta a Carlos Soublette, para ese entonces, presidente de la República, el propósito era solicitarle autorización y apoyo para realizar las gestiones que le permitiesen repatriar los restos de su hermano Simón Bolívar:
S. Mateo 14 de Abril de 1838 Exmo. Sr. Gral. Carlos Soublette. Muy Sr. mío Mi hermano Simón dejó dispuesto en su testamento o última voluntad que sus restos mortales fuesen depositados en Caracas, en la capilla de la Santísima Trinidad. Cerca de ocho años hace que falleció: sus cenizas yacen en países extranjeros, no porque nosotras sus hermanas no hayamos hecho toda especie de gestiones y esfuerzos por cumplir con un deber sagrado, sino porque siempre hemos encontrado un obstáculo, casi insuperable en las circunstancias políticas que en diferentes épocas han agitado a Venezuela. Creo que el tiempo transcurrido desde el fallecimiento de Simón hasta la fecha, es más que suficiente para que se hayan calmado, si no extinguido las pasiones de los hombres; y yo por mí, y a nombre de los demás herederos, hago a V con encarecimiento la súplica de que nos conceda el permiso de trasladar a Caracas las cenizas de mi hermano, sirviéndose dar, para que no se nos estorbe o coarte el uso de aquél, las órdenes que V. crea más oportunas y convenientes; protestándole que ninguna otra consideración nos mueve, más que la que se deriva de un sentimiento de fraternidad, y del deseo de llenar una obligación, de cuyo cumplimiento no resulta a la sociedad el más leve inconveniente, y en que se interesa la gratitud, la piedad y la justicia Soy de V. muy atenta y S. S.
Ma. Antonia Bolívar[111]
Al año siguiente, el general Carlos Soublette se dirigió al Congreso para solicitarle que considerase la repatriación de los restos del Libertador, pero no obtuvo apoyo.
María Antonia insistió en su determinación y se dirigió también al gobierno de Nueva Granada para que le diesen autorización para exhumar el cadáver y trasladarlo a Caracas. El gobierno del país vecino autorizó a María Antonia para que adelantase los trámites de la exhumación. En 1841, tres años después de la misiva a Soublette, empezaron a verse los resultados. Un año antes, en Francia, los restos de Napoleón habían sido trasladados en procesión triunfal desde su tumba en Santa Elena hasta París; la ocasión fue propicia pare reconocer los méritos de Napoleón y convertir el acto en un apoteósico homenaje al Emperador de los franceses. El episodio tuvo repercusiones en Venezuela.
En 1841, el 28 de octubre, se celebró el onomástico de Bolívar, por primera vez desde su muerte. En la Universidad se realizó un acto literario, se llevó a cabo un fastuoso banquete y a la caída de la tarde se verificó una nutrida procesión cívica que llevaba en triunfo el retrato del Libertador. Otra vez María Antonia, como en 1828, formaba parte del cortejo que le rendía honores a su hermano.
Según narra Francisco González Guinán, se publicaron muchos carteles e impresos alusivos a las glorias de Bolívar y «… en todos ellos se enumeraban
sus merecimientos y se preguntaba: ¿le negará la Patria una tumba[112]?».
El 8 de febrero de 1842 al instalarse las Cámaras, el presidente José Antonio Páez en su discurso al Congreso insistió sobre el tema de la repatriación:
Los restos preciosos del hijo ilustre de Caracas permanecen en el lugar en que terminó su existencia; ellos deben venir al lugar en que la principió; pero nadie debe traerlos sino la Nación a quien pertenecen, porque a ella se consagró exclusivamente. Ellos son una propiedad de Venezuela. Ruego al Congreso disponga su traslación y colocación en el monumento que se erija a expensas del tesoro nacional, como uno de los
honores a que se hizo acreedor[113].
El mensaje dejaba claro que la repatriación de los restos del Libertador no era un asunto que le concernía a la familia de Bolívar sino al gobierno de Venezuela. De allí en adelante sería el gobierno el responsable de ocuparse de la materia y así ocurrió. El 30 de abril de 1842 el Congreso sancionó el decreto de honores al Libertador. El texto era el siguiente:
El Senado y Cámara de Representantes de la República de Venezuela, reunidos en Congreso, considerando:
1ro. Que los grandes hechos del Libertador Simón Bolívar, ilustre hijo y blasón de Caracas, están ya consignados en la Historia, que lo reconoce como fundador de tres Repúblicas, y el primer caudillo de la Independencia sudamericana; y 2do., que a Venezuela asiste el precioso derecho de depositar sus restos venerandos, así como obliga el deber de tributarle un solemne homenaje de suma estimación y gratitud, decretan: Art. 1. Venezuela se honra de aclamar al Libertador Simón Bolívar con los títulos de honor y gloria decretados por Venezuela y Colombia. Art. 2. El Gobierno hará trasladar sus cenizas desde Santa Marta a esta capital, con el decoro propio, y previa participación al gobierno de la Nueva Granada.
Art. 3. A su llegada se le harán los honores fúnebres de Capitán General. Art. 4. Todos los empleados públicos, de cualquier clase y denominación quesean llevarán luto por ocho días.
Art. 5. Se celebrará un aniversario fúnebre en cada capital de provincia, y en aquel día llevarán luto todos los empleados públicos. Art. 6. Sus ilustres cenizas serán depositadas en la Santa Iglesia Metropolitana, y se levantará un modesto panteón que las contenga. Art. 7. La efigie del Libertador será colocada distinguidamente en los salones del Congreso y del Poder Ejecutivo, para en que todas ocasiones recuerde sus grandes merecimientos.
Art. 8. El Poder Ejecutivo está encargado de reglamentar este decreto y autorizado para hacer del tesoro público los gastos necesarios para su
ejecución[114].
No había más que decir. Después de todos los horrores, atropellos, insultos y agravios que se habían proferido contra Simón Bolívar desde el año 1828, María Antonia recibía el anuncio de honores fúnebres a su hermano con una mezcla de alegría y resentimiento. Por una parte, debía sentirse satisfecha de que se cumpliese el deseo de Bolívar y de que sus restos reposasen en su país natal en el mismo sitio que estaban sus padres y que se le reconociesen sus méritos y glorias pero, al mismo tiempo, debía mantenerse vivo en su corazón el odio y reconcomio contra todos aquellos que se pronunciaron ferozmente contra su hermano, que lo execraron de su patria y que se solazaron en su desgracia. Una mujer de su temperamento seguramente no admitió de manera sosegada y conforme que fuese José Antonio Páez el promotor principal del desagravio a su hermano, el mismo sujeto que, en su concepto, había sido el principal instigador de la reacción contra Bolívar.
Pero el asunto escapaba de sus manos. Ya la apoteosis había sido decretada y ella, como hermana mayor del héroe, ocuparía lugar prominente en el festejo. Su hijo Anacleto, formaba parte de la comisión encargada de los actos en Caracas y su otro hijo, Pablo Secundino, había sido convocado para que estuviese presente en el acto de exhumación en Santa Marta.
María Antonia no presenció el fastuoso homenaje. El 17 de diciembre de 1842, fecha prevista para la ceremonia, María Antonia no se encontraba entre los mortales, había fallecido el 7 de octubre de ese mismo año.
Pero su historia no concluye con su deceso. Un último escándalo perturbó su descanso.
En marzo de 1843, cuando apenas habían transcurrido cuatro meses de su muerte, se presentó ante los tribunales el señor Elías Delgado, de profesión relojero y mayor de veintiún años. El propósito de Delgado era conferir un poder especial a Fidel Rivas para que lo representase y sostuviese sus derechos ante el Tribunal de Arbitramientos creado para obtener la sucesión hereditaria de María Antonia Bolívar. El punto era que Delgado actuando a nombre de su mujer, la señora Trinidad Soto, aspiraba que su apoderado, el señor Rivas, hiciese el reclamo de la parte que le correspondía a su mujer de la herencia de María Antonia ya que Trinidad decía ser hija natural de la
difunta y de don Felipe Martínez, Oidor de la Real Audiencia de Caracas[115].
Según narra Manuel Landaeta Rosales, la hija natural de María Antonia había nacido en 1806 de una relación adúltera entre María Antonia —quien para ese momento se encontraba casada con Pablo Clemente— y don Felipe Martínez, de origen peninsular y a la sazón, Oidor del máximo tribunal de justicia de la provincia de Caracas.
La niña al momento de nacer fue entregada a Juan José Soto, quien la crió y se hizo cargo de la expósita contando siempre con la ayuda que regularmente le enviaba María Antonia para contribuir con la manutención de esta hija adulterina y bastarda.
Añade Landaeta que él tuvo ocasión de conocer a la dama entre los años de 1866 a 1870, antes de que falleciera en Caracas el año de 1882 y dice, además, que el retrato de la Soto hecho por Próspero Rey dejaba ver el enorme parecido entre la hija de María Antonia con su tío, el Libertador Simón Bolívar.
Dice Landaeta que al momento de liquidar la herencia de María Antonia, sus herederos le cancelaron a Trinidad una suma de dinero a la cual le descontaron lo que habían recibido su padre putativo y ella por disposición de
María Antonia[116].
De manera que, para evitar un escándalo e impedir que se ventilase en los tribunales el mal paso de María Antonia, los herederos de la difunta optaron por darle un dinero y evitarse los cuchicheos y habladurías que seguramente despertaría el episodio entre los habitantes de Caracas.
Pero el asunto no concluyó allí. Además de Trinidad Soto, parece ser que María Antonia procreó otra hija adulterina, también en sus años mozos y cuando se encontraba desposada con el padre de sus hijos legítimos.
Porter lo menciona en su diario cuando hace referencia al suceso del amante y el robo y señala que «los bolivarianos espurios» —así los llama el inglés—, habían sido concebidos en su viudez. Sin embargo, tal como lo refiere Landaeta en su archivo, la primera y la segunda hija fueron concebidas antes de la Independencia.
La segunda bastarda se llamaba Josefa Cabrera y su crianza estuvo a cargo de un señor que llevaba este mismo apellido, quien recibía dinero y regalos para la muchacha de parte de María Antonia cuando le hacía los envíos a Trinidad, pero no se sabía quién era el padre. La Cabrera se casó con
un señor llamado Pedro Hernández[117].
Landaeta Rosales apunta en el mismo expediente que la información sobre la señora María Antonia Bolívar consta en documentos revisados por él y añade que lo que no fue extraído de documentos fue tomado del libro particular de la misma, el cual fue vendido por los herederos de María Antonia al señor Witzke, uno de los compradores de las minas de Aroa.
* * *
Termina aquí, con estos chismes «póstumos», la biografía de María Antonia Bolívar, la historia desconocida de esta mujer cuya vida transcurrió entre las tres últimas décadas de la sociedad provincial y las tres primeras de vida independiente y republicana. No fueron años fáciles los que le tocó vivir a María Antonia, su periplo vital se inscribe en el período más estremecedor de toda nuestra historia: el de la Independencia, época de profunda polarización y de fuertes enfrentamientos entre bandos irreconciliables: los patriotas y los realistas.
No se inhibió María Antonia de manifestar sus pareceres y de actuar en correspondencia con sus convicciones. Rechazó el movimiento emancipador, fue una decidida defensora del partido del Rey, no acompañó políticamente a su hermano y se vio obligada a abandonar su país y vivir ocho años en el exilio. A su regreso estaba convencida de que para contener la anarquía y evitar el caos era imprescindible imponer el orden y preservar las jerarquías sociales, dos principios cruciales de su herencia familiar. Estuvo siempre dispuesta a recuperar y defender lo que consideraba que en derecho le pertenecía: el cuantioso legado de sus ancestros y a ello dedicó la mayor parte de su tiempo. Padeció directamente el derrumbe de todos los privilegios que habían detentado sus mayores desde que se instalaron en estas tierras, no le quedó más remedio que convivir con el trastocamiento de las costumbres antiguas y sobrellevar el ambiente de disolución posterior a la guerra; sin embargo, se mantuvo firme en su manera de interpretar la realidad y visiblemente disgustada respecto al rumbo que tomaban los asuntos públicos en su país. Fue testigo impotente del derrumbe político de su hermano y víctima del furor antibolivariano que se desató antes y después de la muerte del Libertador; al mismo tiempo le tocó presenciar el ascenso y consolidación de la hegemonía política de José Antonio Páez y el surgimiento de un nuevo elenco político en su mayoría de procedencia social muy diferente a la suya y con principios y valores diferentes a los de esta criolla principal, quien se mantuvo aferrada a los conceptos y principios en los que se formó.
Pero su vida, además de verse intervenida de manera inevitable por los sucesos de su tiempo, estuvo irremediablemente asociada a los designios políticos de su hermano, a sus triunfos y fracasos. Al declararse la Independencia, fue clasificada como la hermana del «insurgente» y pasó por la infausta y equívoca circunstancia de tener que abandonar el país producto de los desvaríos de su hermano y de la estruendosa derrota de las armas republicanas. Ocho años más tarde era invitada a regresar a Venezuela por el triunfador de Carabobo, el jefe político y militar de Colombia, el Libertador presidente, el hombre más poderoso de América.
Su desenvolvimiento público y privado en Venezuela desde el momento de su regreso, aunque no se lo propusiese, estuvo determinado por el vínculo familiar que la unía a Simón Bolívar: sus opiniones políticas, sus decisiones respecto a las propiedades, sus reclamos legales, sus reparos frente al desorden, sus expectativas sobre el futuro de Venezuela eran recibidas, rechazadas o interpretadas como provenientes de la hermana del Libertador.
Cuando se inició la reacción contra Bolívar, una vez más, su suerte estuvo ligada a la de su hermano: María Antonia dejó de ser la respetable hermana mayor de Simón Bolívar y se convirtió en la «cruel» hermana del «usurpador» de Colombia, en la «detestable» pariente del «Tirano» y «Dictador».
Al morir Bolívar no fueron sentidas condolencias lo que recibió por el deceso de su hermano, sino exultantes manifestaciones de alegría por la muerte del «tirano» o nuevas diatribas contra el difunto indefenso. A partir de ese momento su principal aliado fue su férreo temperamento y su motivación fundamental pelear por lo que le pertenecía, tal como lo hizo cuando le incautaron sus propiedades en tiempos de la Independencia y lo continuó haciendo desde que pisó territorio venezolano en 1823 hasta que se ausentó para siempre del mundo de los mortales en 1842.
No le tocó a María Antonia beneficiarse en vida de la resurrección política de su hermano. Cuando se inició el culto a Bolívar, el día de la repatriación de los restos mortales del Libertador, ya había fallecido. Quizá ésta hubiese sido la última oportunidad en que su destino se hubiese visto determinado por el de su hermano, pero no ocurrió así: cuando María Antonia murió, Simón Bolívar también se encontraba muerto.
Rápidamente la historia se ocupó de recuperar la memoria de su hermano: destacó su inquebrantable vocación por libertar a los pueblos de América, su insoslayable lugar en los faustos de la emancipación, su proeza inigualable como fundador de naciones, su permanencia entre nosotros como padre de la patria y su condición de guía imperecedero de nuestro pueblo. A medida que el culto a Bolívar se hizo más fuerte y se consolidó como liturgia cívica, no se tomó en consideración ni mereció el cuidado de los historiadores todo aquello que pudiese estorbar, afectar o impedir una lectura lineal y sin tropiezos del momento fundacional de la república y de su máximo héroe: Simón Bolívar.
María Antonia, como es natural, no formó parte de este ejercicio historiográfico de recuperación heroica. En primer lugar porque no eran trascendentes los parientes del Libertador, ni su vida familiar, ni su relación con los asuntos terrenales; ninguno de estos aspectos formaba parte de la épica bolivariana. Pero, en segundo lugar, tenía que resultar particularmente incómodo para esta versión idílica de la Independencia que no todo hubiese sido concordia y armonía en la familia del Libertador. ¿Cómo resolver el inconveniente de que su propia hermana fuese enemiga de los patriotas? ¿De qué manera podía solventarse que la hermana mayor del Libertador fuese partidaria del Rey de España?
Un hecho como éste ponía inmediatamente al descubierto que nuestra Independencia fue un proceso profundamente complejo, en el cual las opiniones se encontraban divididas y que ni siquiera en la familia del Libertador estaban todos de acuerdo con la idea de romper los vínculos que nos unían con España. Resultó más sencillo, entonces, desentenderse de la existencia de María Antonia y borrar de los faustos de la Independencia a la hermana «realista» de Simón Bolívar.
El libro que aquí concluye vuelve su mirada hacia ese momento crucial de nuestra historia para poner al descubierto sus contradicciones y tropiezos a través del testimonio de una de sus protagonistas: María Antonia Bolívar, una criolla principal quien vivió de manera apasionada y de acuerdo a sus convicciones e intereses esos difíciles años en que los venezolanos nos iniciamos como nación independiente.
Terminaste La criolla principal
Inés Quintero
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