La criolla principal
Una emigración impuesta
Pero no pudo escapar María Antonia a su inevitable condición de hermana del jefe de los revolucionarios, Simón Bolívar, aunque para ella no fuese sino el «Jefe de los facciosos», «el enemigo de su Rey», «el pariente que se había estrellado en los errores más detestables».
Corría el año catorce, se había decretado la Ley Marcial en la ciudad, todo el mundo debía permanecer dentro de sus casas después de las nueve de la noche, las luces de las casas debían mantenerse encendidas como en los días de fiesta para contribuir con el alumbrado de las calles, estaba prohibido sacar remesas de dinero de la ciudad y se conminaba a todos aquellos que tuviesen escondido a algún español a entregarlo inmediatamente a las autoridades.
Juan Bautista Arismendi en su condición de jefe militar de Caracas estaba encargado de cumplir las órdenes de Bolívar, quien se encontraba en campaña en las cercanías de la ciudad. El mandato de Bolívar era que fuesen pasados por las armas todos los españoles y canarios que se encontraban presos en las bóvedas de La Guaira ya que se sospechaba que se preparaba un complot. Durante los días 13, 14, 15 y 16 de febrero se llevaron a cabo las ejecuciones. Unos decían que los muertos habían sido más de mil; otros afirmaban que habían sido 743 los españoles decapitados. En los partes militares firmados por Leandro Palacios como comandante de La Guaira, se informa que la primera noche se decapitaron cien prisioneros, ciento cincuenta el segundo día, doscientos cuarenta y siete el tercer día y el último día a veintiún
enfermos que se encontraban en el hospital[19] .
El terror se apoderó de los habitantes de Caracas. Si bien se procuraba mantener a la población al margen de las noticias provenientes del campo de batalla, el ambiente era de incertidumbre y pánico. Las derrotas de las armas republicanas en La Puerta, primero en febrero y luego en junio; el fracaso de Bolívar en San Mateo y La Victoria, el mismo mes de junio; la retirada del ejército republicano y la llegada de Bolívar a Caracas en los primeros días de julio, eran un claro indicio de que en cuestión de días perderían el control de la capital.
Tampoco eran tranquilizadoras las noticias de los avances de las fuerzas realistas. Por el Tuy se aproximaba Francisco Rosete, cuyas tropas al someter la población de Ocumare habían cometido todo tipo de excesos. El párroco de la ciudad, Juan de Orta, describía horrorizado al provisor del arzobispado las monstruosidades cometidas por Rosete contra los pobladores del lugar y contra la mismísima casa del Señor: «… el santuario de Dios vivo fue violado con el mayor escándalo e impiedad. La sangre de tres víctimas inocentes acogidas a su inmunidad sagrada riega todo el pavimento; José Ignacio Machillanda, en el coro; José Antonio Rolo, en medio de la nave principal y Juan Díaz en el altar mayor. Sus puertas cerradas con cuatro sacerdotes, que unidos a todo el sexo dirigían sus votos al Altísimo, fueron descerrajadas con hachas; y entrando en él, hicieron otro tanto con las arcas que guardan las vestiduras sagradas. Yo, entretanto, montado a caballo, con los óleos en la mano, ocurría a la salud espiritual; y puesto a la cabeza de las tropas presidía
su suerte y rogaba al Señor por la defensa de mi pueblo[20]».
Por los valles de Aragua se acercaba José Tomás Boves, quien había resuelto someter a Valencia y enviar hacia la capital dos contingentes; uno por los Teques y otro por Ocumare. La reputación de Boves y sus hombres era tan funesta como la de Rosete. Los informes de los patriotas lo describían como el más feroz y sanguinario de los jefes realistas. En su avance desde el llano, según se dejaba oír en las esquinas, no había respetado la vida de nadie. Los niños, las mujeres y los ancianos habían caído sin compasión bajo la furia del asturiano. El saqueo y el degüello lo acompañaban en su sed de sangre. El pueblo de Caracas no podía esperar nada de Boves sino su inmediato exterminio.
Muchas personas en los días de mayo y junio habían tomado la determinación de huir de Caracas y se habían dirigido al puerto de La Guaira para tratar de embarcarse hacia las islas. El camino de Caracas a La Guaira se vio abarrotado de carruajes y de gentes desesperadas, cuyo único propósito era escapar de la guerra.
Mientras tanto, se procuraba organizar la defensa de la ciudad sin muchas esperanzas. Se cavaron trincheras, se abrieron huecos, se construyeron barricadas en las calles de la ciudad con el auxilio de todos aquellos que pudiesen contribuir en ello, incluidas mujeres y niños.
Ante semejante panorama, la orden terminante del Libertador fue abandonar la ciudad y no someter a la población al infortunio de verse arrasada por las tropas del Rey.
María Antonia, confiada de su actitud en defensa de la Monarquía, de sus opiniones contrarias a la independencia y de sus acciones a favor de españoles y canarios, estimaba absolutamente innecesario abandonar la ciudad. Ella era realista, todo el mundo estaba al tanto de su posición, ¿por qué tendría que temer a la violencia y al desenfreno de Boves si defendían el mismo partido? Estaba convencida de que su vida, su familia y sus bienes serían respetados.
Bolívar era de opinión absolutamente contraria. El solo hecho de su estrecho parentesco con su persona la colocaba en situación de altísimo riesgo. No había la menor probabilidad de que se respetaría su integridad, ni su vida, ni la de sus hijos y esposo. La perseguirían sin contemplaciones como la hermana del más feroz y encarnizado de sus enemigos. José Francisco Heredia, partidario de los realistas, advertía que Boves no se detendría. Inclusive, había llegado a afirmar que, él mismo, se encargaría de acabar con ella «… aunque se escondiera en el Sagrario». Bolívar, sin atender a la ingenua percepción de su hermana se encargó de emitir la orden que la obligó a abandonar la ciudad.
Un teniente y cuatro soldados entraron a su casa y la condujeron por la fuerza al puerto de La Guaira en compañía de toda su familia. El mandato de Bolívar era que los encaramasen en el primer navío que saliera en dirección a las islas.
No se equivocaba Bolívar respecto a lo que podrían ser las represalias y acciones de las tropas de Boves al entrar en Caracas. El mulato Machado, uno de los lugartenientes de Boves, fue el primero en acercarse a la ciudad por la vía de El Valle acompañado de sus tropas. Fernando de Ascanio y Monasterios, Conde de la Granja, reputado realista y quien pensaba de la misma manera que María Antonia, había resuelto quedarse en la ciudad y, no contento con su peligrosa determinación, tuvo la infeliz ocurrencia de formar parte de la comitiva que salió a recibir al jefe realista. Se trajeó con sus mejores galas, se colocó las condecoraciones y medallas que daban cuenta de su condición de leal vasallo del Rey de España y fue al encuentro de Machado. Antes de que pronunciara la primera palabra recibió un lanzazo y fue despojado de todas sus insignias y medallas. Su cuerpo amortajado con el hábito de Nuestra Señora de la Merced, recibió sepultura en la capilla de San Nicolás de Bari, en la Catedral de Caracas.
Quienes no lograron embarcarse por La Guaira y no cometieron la imprudencia del Conde de la Granja, acataron las órdenes de Bolívar y huyeron de la ciudad hacia el oriente, escoltados por las tropas republicanas.
La procesión de mujeres, niños, ancianos y soldados, empezó su peregrinaje el 6 de julio en la mañana tomando el camino hacia Sabana Grande para de allí seguir a Chacao y dejar atrás la ciudad. Eran más de 20 000 personas.
Las penalidades, el horror y los padecimientos que afrontó esta multitud en su larga marcha hacia el oriente constituye uno de los pasajes más tenebrosos de la guerra de Independencia.
Una larga columna humana, cada quien cargando con lo que podía, se alejaba de la ciudad para internarse poco apoco en el camino de las montañas de Capaya que conducían hacia el oriente.
Trinidad Moran, uno de los soldados que formó parte de la emigración cuando apenas tenía 16 años, escribió en sus memorias muchos años después el recuerdo de aquellos días fatídicos: «… consternaba ver señoras delicadas que no habían conocido la adversidad y que había vivido en la abundancia y los goces, marchar con el lodo a las rodillas sacando fuerzas de flaqueza, para salvar su honor y su vida amenazados por la horda de facinerosos que acaudillaba Boves. Nuestras tropas les proporcionaban para aliviarlos todo cuanto estaba en nuestras manos, pero era imposible hacerlo con todos en una emigración tan numerosa y muchos perecieron de hambre y de cansancio, ahogados en los ríos o devorados por las fieras que abundan en aquellos
bosques[21]».
Veintitrés días les tomó llegar a las costas de Barcelona. Allí fueron recibidos por el fuego de cañones de los barcos españoles. Numerosos sobrevivientes de la penosa jornada quedaron tendidos a la orilla del mar, abatidos por la artillería realista.
Ni María Antonia ni sus hijos tuvieron que pasar por ese horror, precisamente su condición de hermana del Libertador le ofreció la ocasión de embarcarse y llegar sana y salva con toda su familia a la isla de Curazao el mismo mes de julio de aquel fatídico año de 1814.