La criolla principal

Inés Quintero · Capítulo 28 de 32

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La criolla principal

La muerte del Libertador

 

¿Cuándo se enteró María Antonia de la muerte de su hermano? No hay manera de establecerlo con precisión.

El primer documento oficial que hace referencia a la muerte de Bolívar es la comunicación del gobernador de Maracaibo, Juan Antonio Gómez, dirigida al ministro de lo Interior fechada el 21 de enero. Decía el oficio del gobernador que esa noche había llegado a la ciudad una corbeta inglesa procedente de Jamaica con la noticia de la muerte del general Bolívar en la villa de Soledad, provincia de Cartagena.

Añadía el funcionario «… un acontecimiento de tanta magnitud y que debe producir bienes innumerables a la causa de la libertad y al bien de los pueblos, es el que me apresuro a comunicar al Gobierno: …Bolívar, el genio del mal, la tea de la discordia, o mejor diré, el opresor de su Patria, ya dejó de existir y de promover males que refluían siempre sobre sus conciudadanos. Su muerte que en tiempos del engaño pudo causar el luto y la pesadumbre de los colombianos será hoy sin duda el más poderoso motivo para sus regocijos…

Me congratulo con [78] US. portan plausible noticia».

El informe oficial apareció finalmente el día viernes 4 de febrero de 1831 en la Gaceta de Venezuela N.º 5 que se publicaba en Valencia. Una breve esquela daba cuenta del deceso de Simón Bolívar, sin mayores comentarios, sencillamente se informaba de manera escueta que Bolívar había dejado de existir. No había epítetos denigratorios, tampoco alabanzas, ni mención alguna a un decreto de duelo o algo parecido.

Ese mismo día la noticia llegó a Caracas, lo sabemos porque sir Robert Ker Porter, cónsul y encargado de negocios de la Gran Bretaña en Caracas y La Guaira, quien llevaba un acucioso diario de cuanto acontecía en la ciudad, lo apuntó de la siguiente manera: «Viernes 4: (febrero 1831) de Valencia nos llega la noticia de que el general Bolívar murió cerca de Santa Marta… en la

ciudad no se habla más que de esto[79]».

El día 5 el periódico El Fanal dirigido por Tomás Lander, también registraba el hecho. El editor acompañó la noticia con la publicación de la última proclama del Libertador, fechada el 10 de diciembre, esa que es harto conocida y que termina así: «… Colombianos, mis últimos votos son por la felicidad de la patria. Si mi muerte contribuye para que cesen los partidos y se consolide la unión, yo bajaré tranquilo al sepulcro».

Lander no desperdició la oportunidad que se le ofrecía y al finalizar el texto de la proclama colocó esta breve nota: «Nos abstenemos de hacer comentarios sobre los conceptos contenidos en la proclama inserta. Bolívar murió con la ilusión de preservar su patrimonio, colocado sobre la integridad de Colombia que el último medio por el cual podía fraguar el plan de su

coronación[80]».

Sin embargo, según señalaba Porter, la noticia de la muerte de Bolívar despertó opiniones encontradas: unos la creían y otros no. Entre los primeros se encontraban el propio inglés y la mayoría de los partidarios del gobierno. Se negaban a admitirlo sus familiares, sus amigos y los defensores del partido de Bolívar.

En este segmento de incrédulos se encontraba María Antonia. Aun cuando ya había sido publicada la noticia por la prensa y todo el mundo hablaba del asunto, ella se negaba a admitirlo, entre otras cosas porque consideraba que, de ser cierto, ella hubiese tenido alguna notificación directa. Alguien cercano a Bolívar y a ella misma se hubiese tomado la molestia de informárselo. Hasta donde ella tenía conocimiento con su hermano se encontraban Fernando Bolívar, su sobrino; Pedro Briceño Méndez, el yerno de su hermana; el general José Laurencio Silva, marido de Felicia; y Andrés Ibarra, amigo de la casa. Cualquiera de ellos, si era verdad que Bolívar estaba muerto, se habría encargado de hacérselo saber. La hermana mayor del Libertador no podía conformarse y atenerse, sencillamente, a lo que decían los periódicos, máxime cuando todos eran enemigos jurados de su hermano. Dudaba, pues, de que la versión oficial fuese cierta. Desde su manera de ver las cosas, el gobierno sólo intentaba aplacar y terminar de liquidar a los seguidores del Libertador, desalentar a quienes, como ella, pensaban que, en cualquier momento, verían de nuevo a su hermano dirigiendo los destinos de la nación. Uno de los más empeñosos era el general Rafael Urdaneta, quien se había alzado contra el gobierno de Bogotá desde el mes de septiembre y se decía con insistencia que restituiría a Bolívar en el mando.

Transcurrida una semana de la publicación del deceso, todavía María Antonia mantenía su misma posición. Al respecto anotaba el inglés el día 13 de febrero en su diario: «… los amigos y parientes de Bolívar siguen insistiendo en que lo de su muerte es un invento de los reformistas».

Esta resistencia a aceptar la muerte de Bolívar la atacó de manera directa y con argumentaciones políticas Tomás Lander. En el editorial de El Fanal del día 12 de febrero, ofreció una nueva evidencia que confirmaba, sin la menor duda, que Bolívar estaba muerto: el propio Lander había visto con sus ojos la prensa de Cartagena donde se insertaban todos los detalles del entierro en la Catedral, se publicaban las proclamas, los decretos y las canciones fúnebres a Bolívar. De forma tal que no podía ser sino producto de «una terca imprudencia o una necia extravagancia», que todavía sus más íntimos amigos y aun sus propios parientes, estuviesen empeñados en «… celebrar con músicas y con chistosos cuentos, lo que debiera arrancarles arroyos de lágrimas».

La opinión de Lander era que tal actitud tenía motivaciones claramente políticas. Estos falsos incrédulos lo que pretendían era servir de apoyo al general Urdaneta, quien aspiraba hacerse del poder escudándose en la «débil sombra de Bolívar» y en su «última disposición», como si la República fuese su patrimonio para dejarla en legado a cualquiera de sus criaturas. Concluía Lander atacando ferozmente a los «bolivarianos»:

¡Miserables! ¡Qué engañados viven! Venezuela tiene bastante poder para oponerse a las miras ambiciosas de alguno que bajo el pretexto de integridad nacional, quiera someternos de nuevo a un sistema arbitrario… No hay remedio: cayó el coloso, y con él fallecieron todas las aspiraciones de los que lo rodeaban. El clamor unísono de los pueblos es por el orden legal, y el que se separe de esta senda, tarde o

temprano sufrirá la pena que merezca por su crimen [81].

A pesar de la diatriba de Lander y de que Bolívar, sin ninguna duda, se encontraba muerto, el general Urdaneta, alzado desde septiembre de 1830, había logrado derrocar al presidente Joaquín Mosquera y convocaba a un Congreso Granadino a celebrarse en junio con participación de venezolanos, ecuatorianos y neogranadinos para restituir la unidad colombiana bajo el ideario político del Libertador. Su proyecto no tuvo éxito: el 28 de abril de 1831 renunció al mando a favor del general Domingo Caicedo y abandonó el territorio neogranadino en dirección a Curazao.

María Antonia, ajena por completo a lo ocurrido con Urdaneta, el 4 de marzo de 1831, todavía seguía en sus trece. Como no había recibido directamente ninguna noticia sobre el deceso, afirmaba que todos los documentos que hasta la fecha se habían citado y publicado eran falsificaciones, así lo consignó Porter en su diario.

Unos días más tarde se levantó en armas, en los valles del Tuy, el coronel Zamora, otro «bolivariano» defensor de las ideas centralistas y enemigo declarado del nuevo gobierno. Contaba con el apoyo de uno de los Ibarra, viejo amigo de Bolívar y convencido bolivariano.

El gobierno envió al general Macero a someterlo, pero, a juicio de Porter, el fulano Macero no había hecho nada, sólo hablar con los insurgentes. El inglés consideraba que tratándose de imponer el orden y acabar de una vez con las insurgencias y levantamientos debía actuarse de otra manera: «… sangre y bayonetas debieron haber sido su pluma y su tinta. Hay una ruinosa idea de delicadeza, confianza y humanismo cobarde que, juntos, pueden considerarse como miedo personal, y son los que obran nueve de cada diez veces en la gente de esta parte del nuevo mundo, que nunca merecerá respeto

mientras manden semejantes niños y se permitan los juegos infantiles[82]».

Luego del alzamiento de Zamora que culminó con la huida impune de los insurgentes, hubo otro movimiento que llamaba a la recuperación de la unidad colombiana. En este caso era el general José Tadeo Monagas el que se alzaba contra el gobierno establecido en Venezuela, proclamaba la restitución de la Gran Colombia y la creación de un Estado de Oriente.

Al decir de Porter, Monagas al igual que María Antonia, sospechaba que Bolívar no había muerto. Cuando finalmente recibió a los emisarios del gobierno para llegar a un entendimiento y le confirmaron la muerte del Libertador, accedió muy rápidamente a dejar las cosas de ese tamaño. Siendo así, no tenía mayor sentido insistir en la resurrección de la Gran Colombia.

Ni Urdaneta, ni Zamora, ni Monagas lograron mantener encendida la llama del partido bolivariano, mucho menos alentar la idea de una reconstitución de la Gran Colombia. El Congreso había aprobado el 26 de agosto de 1830 un decreto que prohibía la entrada al país de todos los desafectos a la «causa de Venezuela» y un segundo decreto el 11 de septiembre en el cual se autorizaba a expulsar del territorio a todos aquéllos igualmente desafectos a la causa nacional.

No había, pues, condiciones para promover con éxito el florecimiento del partido de Bolívar. El gobierno, además, se cuidó de no decretar ningún tipo de ceremonia fúnebre ni de duelo por la muerte de Bolívar. El hecho, más allá de las noticias publicadas por la prensa y de los dimes y diretes, pasó sin pena ni gloria.

No le quedó a María Antonia más remedio que acostumbrarse a la idea de que, efectivamente, su hermano había muerto y se encontraba enterrado en la Catedral de Santa Marta. La confirmación indubitable de la muerte de Simón Bolívar no admitió más reservas el día que María Antonia tuvo en sus manos el testamento de su hermano. José Laurencio Silva, su sobrino político y albacea testamentario de Bolívar, al regresar a Caracas a mediados del año 1831, le entregó el documento y le confirmó, personalmente, que Simón Bolívar había muerto el 17 de diciembre en la quinta San Pedro Alejandrino; él mismo se había hecho cargo de cubrir su cuerpo con una camisa blanca de olán batista, desvaída por efectos del tiempo, que había pertenecido al último cacique de Mamatoco.

No quedaba, pues, sino un último trámite: resolver entre sus deudos el reparto de los bienes materiales del difunto.