La criolla principal

Inés Quintero · Capítulo 6 de 32

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La criolla principal

Intranquilidad en la provincia

 

 

En 1797 un episodio alteró la apacible vida de la provincia. En el puerto de La Guaira se descubrió una conspiración contra la Corona. Los jefes de la insurrección, Manuel Gual y José María España, en combinación con unos españoles que se encontraban prisioneros en las bóvedas de La Guaira, elaboraron unos manifiestos abiertamente subversivos y comprometieron en el movimiento a un grupo heterogéneo de blancos, pardos y morenos de los más diversos oficios y con diferentes grados de instrucción. En la revuelta estaban involucrados militares, comerciantes acaudalados, funcionarios de la Corona, barberos, bodegueros, carpinteros y albañiles; hasta el cura de la parroquia se reunía con los conspiradores y servía de correo.

Las consignas y propósitos de la conspiración eran instaurar en Venezuela una República independiente, democrática e igualitaria; difundieron un folleto titulado Derechos del Hombre y del ciudadano con varias máximas republicanas y un discurso preliminar dirigido a los americanos; y también una canción cuyo estribillo decía

Viva tan solo el Pueblo

El Pueblo Soberano

Mueran los opresores

Mueran sus partidarios.

Inmediatamente, muchos de los miembros de las principales familias criollas de Caracas, todos ellos del mismo círculo de relacionados y parientes de los Bolívar, se pronunciaron contra la intentona. Una «protesta» firmada por la nobleza de la ciudad dejaba claro que no estaban dispuestos a aceptar innovaciones en el orden político de la provincia, y manifestaban su disposición a defender la estabilidad del reino, ofreciendo no sólo sus personas y haciendas sino también formar compañías armadas a su costa para

resguardo de la autoridad real[14].

Todos los títulos de Castilla que habitaban en la provincia, se apresuraron a firmar la representación dirigida al Rey por intermedio del capitán general: el Conde de Tovar, el Conde de San Javier, el Conde de la Granja, el Marqués del Toro y el Marqués de Mijares; los secundaban Francisco y José Antonio Mijares de Solórzano; Martín Eugenio de Herrera, Andrés de Ibarra y Galindo, Manuel Felipe de Tovar, Cristóbal de Ponte y Blanco, Jacinto de Ibarra, Bartolomé Ascanio, Ignacio de Ponte, Martín Jerez, Gabriel Blanco Uribe y otros cabezas de familia de la provincia, dejando de esa manera absolutamente claro su condición de fieles vasallos del Rey y su determinación de oponerse decididamente a cualquier conspiración que pusiese en peligro la soberana autoridad del monarca sobre estos territorios y que tuviese como motivación alterar el orden desigual de la sociedad.

La intentona no logró sus objetivos. Al develarse el movimiento la mayoría de los implicados logró huir y otros fueron deportados; sin embargo, José María España, año y medio después regresó a Venezuela e intentó soliviantar a sus esclavos; fue detenido, juzgado y condenado a muerte junto a otros de sus seguidores. La ejecución de España se realizó el 8 de mayo en la Plaza Mayor de Caracas, a una cuadra de distancia de la casa de habitación de María Antonia.

No pasó inadvertido para María Antonia el contundente castigo que se impuso a José María España. En alguna forma, era una sanción que guardaba relación con el delito cometido. No hubo por parte de los mantuanos solicitud alguna de clemencia para con el reo, mucho menos pronunciamientos que repudiasen la severidad de la sentencia.

El siglo terminó sin sobresaltos. Pero, en 1806, un evento político similar movilizó de nuevo a los criollos principales. En esta ocasión la alteración ocurrió cuando Francisco de Miranda intentó desembarcar primero en Ocumare y luego en las costas de Coro con un pequeño ejército para propiciar una rebelión contra el Rey de España y trastocar el orden antiguo. El caraqueño pretendía liberar del yugo español a todo el continente americano y construir una sola república sostenida sobre los principios de la igualdad y la libertad. La invasión fue repelida, no obtuvo el respaldo de la población y Miranda se vio obligado a retirarse.

La reacción de las autoridades fue inmediata contra la intriga, y manejos sórdidos del traidor, seductor, faccioso y revolucionario Francisco de Miranda; en consecuencia, se le puso precio a su cabeza y se llamó a los habitantes de la provincia a que contribuyesen con la cantidad que

pudiesen[15]. Otra vez cerraron filas los criollos titulados junto a los Palacios, los Blanco, los Tovar, Ponte, Jerez, Ibarra y Rodríguez del Toro contra el caraqueño que pretendía introducir novedades inconvenientes en la

provincia[16].

La lista de donativos al Rey para ponerle precio a la cabeza del disidente es elocuente: 519 personas se animaron a contribuir con tan noble fin y se llegaron a recaudar 19 850 pesos. La suma recogida fue depositada en el Ayuntamiento el 21 de junio de 1806 con la clara disposición de que se enviase a España para subvenir alas urgencias de la Madre Patria.

El monto total no era nada despreciable. El capitán general para ese momento tenía un sueldo de 4000 pesos al año, o sea que con ese dinero podría cancelarse su salario por cinco años; un esclavo varón de 25 años de primera calidad y en su edad más productiva tenía un costo de 300 pesos, es decir que con esos pesos podía adquirirse un contingente de 66 estupendos esclavos. Pero si se piensa en cuánto ganaba un peón, la cifra adquiere proporciones aún más significativas. Un peón para alcanzar la suma de un peso debía trabajar quince días de sol a sol, de manera que la cifra representaba ni más ni menos que el trabajo ininterrumpido de un peón durante 816 años.

Los mantuanos estaban dispuestos, pues, a evitar a cualquier costo que se modificase el orden en la provincia. Entre los que entregaron donativos figuran personas directamente relacionadas con María Antonia; su marido don Pablo Clemente, entregó 25 pesos y el hermano de éste, don Lino Clemente, 50 pesos; su primo y cuñado, Dionisio Palacios y su otro tío don Feliciano Palacios, casado con una hija del Conde de Tovar, contribuyó cada uno con 50 pesos; Juan Nepomuceno Ribas, también tío suyo, casado con una hermana de su mamá, dio 100 pesos. Todos los Tovar: el Conde de Tovar y sus hijos varones: Martín, José, Crisóstomo y Domingo Tovar Ponte, entregaron donativos: el viejo dio 500 pesos y los hijos entre todos 450 pesos; Josefa Tinoco, la mujer que vivía con su hermano Juan Vicente, entregó 2 pesos, hasta los verduleros y bodegueros de la Plaza Mayor contribuyeron con la suma de 11 pesos.