La criolla principal
Los desórdenes de la República
Era precisamente este tema de la pérdida creciente de las jerarquías, del descuido que se notaba en el delicado asunto de preservar el orden desigual de la sociedad, una de las cosas que más le había molestado a María Antonia desde su llegada a Caracas. El ambiente de disolución social, el desorden, la «altanería de las clases inferiores», la insufrible «arrogancia de los advenedizos», la desfachatez e «impertinencias de los negros», estaban a la orden del día.
En opinión de María Antonia, la guerra no había hecho otra cosa que «soliviantar a la población», «acostumbrarla al robo y al desorden» y «convertir al genio revolucionario de sus paisanos en peligroso hábito».
Comenzando el año 1825 le comentaba a su hermano los «desafueros de los negros» y las «groserías de las clases inferiores». El comandante Núñez, con apenas ocho soldados, había tenido que defenderse de 300 negros ya que éstos tenían la pretensión de tomar los cuarteles para ir sobre Caracas; no había manera de contenerlos. ¡Sólo la fuerza podría reducirlos!
Ella misma tuvo que enfrentar la insolencia de un «sinvergüenza» que le hacía un trabajo en su hacienda: «… No hacen 8 días que he tenido que darle una paliza a uno de los carpinteros que me están componiendo el Ingenio porque me dijo cuantas picardías le sugirió su torpeza, pero yo que he jurado no sufrir insultos de nadie, tome una vara de medir y la abrí la cabeza, y luego le hice dar mucho palo con mis criados, ahora supón si esto hacen conmigo qué harán con los demás…». ¡Sólo la fuerza podría reducirlos!
Eso ocurría en las cercanías de Caracas, en Macarao. En el Tuy, las cosas no eran muy distintas. Los esclavos de las haciendas que pertenecían a su hermano decían que eran libres. A lo mejor la novedad provenía de que, por alguna razón, les había llegado la noticia de la liberación de los negros de San Mateo y pensaban que la medida tomada por Simón Bolívar se haría extensiva a todos los esclavos de la familia. ¡Qué ocurrencia!
Lo cierto era que una partida de siete negros abandonó las haciendas, desde el Tuy se dirigieron a Caracas y se negaban rotundamente a regresar porque ellos «dizque eran libres». Solicitaban hablar con la señora María Antonia. El mayordomo la impuso del suceso.
La respuesta de María Antonia fue categórica. A santo de qué iba ella a conferenciar con nadie; era una desfachatez la sola pretensión de solicitar su presencia. Sus órdenes fueron que los sometieran y los remitiesen sin demora al mismo lugar del cual habían salido, escarmentándolos de manera que no se les ocurriese incurrir de nuevo en semejante desvarío. ¡Sólo la fuerza podría reducirlos!
Para alguien como María Antonia, acostumbrada a la idea del orden y al principio inobjetable de la autoridad, era preocupante que todos los mecanismos que contribuían a contener a la sociedad se encontrasen desajustados. La gente común parecía tener la idea de que la independencia servía para «criticar e insultar a todo el mundo a su antojo». Cada día que pasaba era peor que el otro.
Para el año de 1826, la situación era inaguantable, los excesos no tenían límite, así le parecía a María Antonia. Lo último había sido la prisión del padre Santana —«el canónigo más patriota que puede hallarse en toda Colombia»—, dispuesta por el Alcalde segundo de Caracas. La arbitraria decisión la justificaba el funcionario argumentando que el cura había reimpreso un papel publicado en Bogotá, el cual, ajuicio suyo, era inconveniente. El hecho tuvo como resultado que el populacho inmediatamente se animó a «proferir improperios contra la Religión y los sacerdotes». Un pasquín con una calavera, un bonete y una inscripción que decía ¡Mueran todos los sacerdotes! circuló por la ciudad. Todo ello era contundente demostración «… del tedio que se ha fraguado a los ministros del Altar porque promulgan la ley de Dios y reprenden los vicios que tanto han abundado».
No podía ver con buenos ojos una dama devota de la Santísima Trinidad y obediente a los mandatos del Altísimo la descomposición creciente en todos los órdenes de la sociedad y cuya efervescencia alcanzaba a los ministros de la Santa Madre Iglesia. Cientos de pueblos se encontraban sin sacerdotes, no había, pues, quien se ocupara de administrar los sacramentos y hacer cumplir la Ley del Señor.
Pero la justicia terrenal no funcionaba mejor. Los magistrados, en opinión de María Antonia, eran todos «viciosos y ladrones»; con esa gente jamás «podría haber república» y para colmo se anunciaba la libertad de los esclavos. La noticia estaba en la gaceta de Santa Fe, ese último detalle ocasionaría una total destrucción y lo peor era que, entre los defensores más entusiastas de la abolición de la esclavitud, estaba su propio hermano. Ninguno de esos episodios le producía la menor tranquilidad a su espíritu.