La criolla principal

Inés Quintero · Capítulo 12 de 32

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La criolla principal

Una «Heroína de la lealtad»

 

 

Desde La Habana, decidida a regresar a Caracas, intentó un nuevo recurso. En esta ocasión no se empeñó en exponer otra vez cuál había sido su actitud ante la insurgencia, no volvió a insistir sobre el tema de su parentesco con Simón Bolívar, no discurrió sobre la justicia y la filosofía; se limitó a solicitar que se interrogase a un conjunto de testigos que pudiesen declarar de manera autorizada cuál había sido su conducta en los calamitosos sucesos de su patria, que pudiesen dar fe de la firmeza de sus principios y de su indubitable condición de leal vasalla del Rey, para de esa manera convencer a las autoridades españolas en Caracas de que jamás estuvo involucrada en el partido de su hermano. Todos los testigos debían responder el siguiente interrogatorio:

1. Principalmente si es cierto que durante los fatales acontecimientos de la provincia de Venezuela siempre me conservé firme en mis principios reconociendo la legítima soberanía de S.D. Femando Séptimo, que Dios guarde, y sus representantes.

2. Si lo es igualmente que socorrí personalmente y por pura humanidad a muchos de los españoles que sufrieron las desgracias causadas por la revolución, hasta el caso de conservarles la vida por mi asistencia y cuidado. 3. Si les consta que poseía yo cuantiosos bienes consistentes en dos ingentes de fabricar azúcar en las inmediaciones del pueblo de Macarao, una hacienda en el valle de Tacarigua, con los esclavos correspondientes a esas fincas; once casas en el puerto de La Guaira y cinco en Caracas, que todo lo abandoné cuando me retiré.

4. Si es cierto que desde los primeros movimientos que empezaron en la provincia me marché a uno de mis ingenios en Macarao para alejar con mi separación cualquier sospecha que algún temerario tuviese contra mi manejo en caso de residir en Caracas.

5. Si en virtud de llevar yo el apellido de Bolívar que se había hecho detestable por haber seguido un hermano mío el sistema desgraciado, tuve que sufrir muchos ultrajes de algunos que interpretando mi separación procuraron dirigirme algunos golpes contrarios a la tranquilidad que gozaba en mi retiro.

6. Si obligada de las mismas fatigas, bochornos y sarcasmos con que a cada momento se me mortificaba, me fue indispensable y de necesidad abandonar mi soledad y pasar a Caracas, de donde me arrancó un decreto del gobierno revolucionario que mandaba expresamente mi salida, como se verificó, conduciéndome a La Guaira con un piquete de tropa. 7. Si saben que constantemente y en el momento que tuve libertad para hacerlo he pretendido del Señor Capitán General en Caracas mi admisión con mi familia.

8. Si he solicitado del gobierno haga cuantas indagaciones más exquisitas para justificar mi conducta dejando a su arbitrio la elección de testigos y los medios de instruirse como le parezca más conveniente: todo lo que se me ha negado sin un motivo justificado.

9. Si les consta que mi marido, Don Pablo Clemente, es un sujeto imposibilitado después de haber servido muchos años a S.M. con aceptación en la carrera de las armas.

10. Si es cierto que he tenido a mi abrigo para su educación dos niñas de tierna edad y otros dos varones tan jóvenes que el mayor ha cumplido su pubertad después de la emigración.

11. Si les es constante que así el espacio que estuve en Macarao, como el que permanecí en Caracas y en Curazao, y después de mi llegada a esta ciudad, que fue el siete de noviembre del año próximo pasado, han conocido siempre tanto en mis palabras como en mis operaciones una constante adhesión al partido realista, horrorizándome de los funestos acontecimientos de la provincia de Venezuela, y procurando aliviar en cuanto ha sido posible a la debilidad de mi sexo y facultades las desgracias que allí se han padecido y que por esta causa me hallo tan exhausta de proporciones que aún me falta lo preciso para el mantenimiento de la vida.

Firman: María Antonia Bolívar y L. Estevan Rodríguez[24].

De más está decir que todos los testigos declararon a favor de María Antonia. Todos coincidieron en afirmar que jamás se le oyó cosa alguna contra el Rey Nuestro Señor y que más bien abominaba todas las cosas de su hermano, el despotismo y disparates que se estaban cometiendo contra los europeos, y que todos los que ella pudo los escondió y que siempre se le oyó motejar y afear las operaciones de su hermano y que su emigración había sido amenazada por su hermano, que de lo contrario le quitaría a las hijas.

En septiembre de 1817 la Real Audiencia de Caracas finalmente falló en el caso de María Antonia. El máximo tribunal condenaba una vez más la conducta criminal y punible del caudillo Bolívar y reputaba a María Antonia como fiel y leal al Rey, declaraba que se desembargaran y entregaran libremente los bienes que le hubiesen secuestrado con los frutos y pensiones existentes, y que se le reintegrase por la Real Hacienda el importe de lo que se hubiese percibido cuando lo permitiera el estado de sus atenciones. También se le autorizaba a volver al seno de su patria en compañía de su esposo e hijos.

Para el momento en que recibe la comunicación, María Antonia ha cambiado de parecer en cuanto a su idea de retornar a Venezuela. No sabía a ciencia cierta cuál sería el destino final de los acontecimientos; las noticias eran confusas y la violencia, la inseguridad, la escasez y la incertidumbre eran asunto cotidiano.

Decide, más bien, quedarse en Cuba y recurrir a los buenos oficios de un alto funcionario del gobierno español en La Habana para que intercediese por ella ante el Rey y le permitiesen beneficiarse de una parte de las rentas que producían sus cuantiosas propiedades. El mediador de María Antonia fue don Alexo Ruiz, exsecretario de Estado y del Departamento de Hacienda de Indias. La petición de don Alexo daba cuenta al Rey de las calamidades y privaciones padecidas por María Antonia Bolívar. El texto es como sigue:

Señor:

La desgraciada hermana del rebelde caudillo Simón Bolívar, contenida en esta instancia, es una heroína de la lealtad. Me consta y es bien notorio, y lo ha declarado la Real Audiencia de Caracas que su hermano la maltrató y persiguió, la hizo emigrar con violencia, por haber sido siempre de conducta y opiniones contrarias a las suyas. Siempre unida a la causa de Vuestra Majestad salvó la vida a muchos buenos españoles, refugiándolos en su casa y haciendas. Y con un mérito tan sobresaliente, y con bienes cuantiosos, que la están mandando desembargar y entregar, prefiere vivir pobremente del trabajo de sus manos, en esta Isla fiel para no exponerse a los riesgos y convulsiones de su Patria, ni encontrarse con un Hermano que la ha causado todos sus infortunios. Una víctima de esta singular clase merece todo el amparo y protección de Vuestra Majestad. Soy de parecer que pues de sus bienes se aprovecha en Caracas la Real Hacienda, como consta del solemne documento adjunto, Vuestra Majestad se digne mandar que aquí se le asista con una pensión de mil pesos mientras permanezca en esta ciudad con su familia y que esta Intendencia se entienda con la de Venezuela para los debidos reintegros y para que la pensión en su caso se nivele por la entidad y productos de los mismos bienes secuestrados. Creo que asilo exige la

magnanimidad y justicia del trono[25].

La comunicación del exfuncionario iba acompañada de una súplica que la propia María Antonia hizo al Rey, con fecha 14 de febrero de 1819, para que velase por su seguridad y por el bienestar de sus hijos. Había enviado un poder a Caracas para que se hiciesen las diligencias correspondientes al desembargo de los bienes tal como lo asentaba la sentencia del Alto Tribunal, pero, lamentablemente, nada se había conseguido. Sus apoderados no se atrevieron a realizar las gestiones, intimidados por el hecho de que la solicitud iba firmada por una mujer que llevaba el apellido de los Bolívar, odiado por los defensores de su Majestad, motivo por el cual sus esperanzas quedaron burladas, encontrándose desasistida de los medios de subsistencia en un país muy caro en el cual no tenía ni amistades ni conocimientos, y en donde no contaba con más recursos que el cielo y su corta industria. Solicitaba, además, que se le restituyeran los bienes de su hermano Juan Vicente, fallecido en 1811. Estos eran: una hacienda de añil en el valle de Suata, dos casas en Caracas, doce en La Guaira, una hacienda de cacao en Tacagua, una hacienda de ganado en Caicara y las minas de cobre de San Felipe.

Le explica al Monarca su desesperada circunstancia:

Nada más contrario Señor, a su modo de pensar que lo que establecieron aquellos fanáticos secuaces de la libertad imaginaria que proclamaron; nada más distante de sus ideas que la que con tanto afán trataron de fomentar y que sólo ha conducido a la absoluta ruina de aquellas fértiles y hermosas provincias. […]

En fuerza de aquellos principios que bebió desde su tierna infancia, vio con el mayor horror los primeros movimientos políticos que como volcán ardiente inundaron de lava encendida su infeliz patria […] La desgracia (así puede Señor, llamada), de tener un hermano a la Cabeza de la facción revolucionaria, no podía menos de concitarle el odio y la abominación de la opuesta y aquélla viéndole adicta al sistema contrario la trataban en su indignación de vana aristócrata, con otros epítetos y amenazas bastantes a turbar su tranquilidad y a desconfiar de la seguridad que podía esperar del nuevo gobierno […]

Aún me queda Señor la esperanza de que mis lágrimas y mis tormentos tengan algún alivio en la Real piedad de Vuestra Magestad a quien con el mayor rendimiento suplico: se sirva que los bienes de la suplicante que se hallan todavía embargados y que la guerra que continúa en Venezuela la retraen de restituirse a aquello provincia, usando de la piedad que le es innata, y acudiendo como padre benéfico a sus vasallos desvalidos, se le conceda una pensión. […]

[Que] con este auxilio ínterin se logra la entera pacificación de aquellas provincias tendrá algún alivio en sus trabajos y consuelo en las penas que hace tantos años la afligen. Bendiciendo al mismo tiempo su feliz reinado, y pidiendo continuamente al Cielo por la prosperidad del Estado y la vida de

Vuestra magestad[26].

Las súplicas de la hermana del Libertador, tuvieron eco en el Rey de España. Se le concedió una pensión de 1000 pesos anuales, para que pudiese atender sus necesidades en la ciudad de La Habana. Un año después, el 20 de febrero de 1820, María Antonia introdujo una nueva solicitud ante el monarca. Suplicaba le aumentasen la pensión a 2000 pesos. También se le concedió.

El 24 de junio de 1821 el ejército realista fue derrotado en las sabanas de Carabobo. Bolívar le hizo saber a su hermana que podría regresar a su país.