La última partida
Capítulo 1
Para Gloria Batsford Con mi más sincero agradecimiento por una década de ayuda, consejos, cenas maravillosas y amistad; que todos podamos disfrutar de muchas décadas más.
Y también con mi agradecimiento a Chris y Theresa Arena, Mike Autrey, Beth Bailey, Louigi Baker, Jim Blaylock, Lou y Myrna Donato, Don Ellison, Mike Gaddy, Russ Galen, Keith Holmberg, Don Johnson, Mike Kelley, Dorothea Kenney, Dana Kunkel, Scott Landre, Jeff Levin, Mark Lipinski, Joe Machuga, Tim McNamara, Steve y Tammie Malk, Dennis Meyer, Phil Pace, Richard Powers, Serena Powers, Randal Robb, Betty Schlossberg, Ed Silberstang, Carlton Smith, Ed y Pat Thomas, y a Marv, Carol y Rex Torrez.
Prólogo
–1948: Un castillo en el erial En marzo del año 1951 Virginia Hill prestó testimonio ante el Comité Keefauver para la Investigación del Crimen Organizado y afirmó que Siegel le había dicho que el Hotel Flamingo estaba "del revés"…, aunque posteriormente no pudo explicar lo que había querido decir con aquellas palabras.
COLIN LEPOVRE, Siegel y sus adversarios
Y flotando en el aire había torres invertidas en las que repicaban las campanas del recuerdo, que marcaban las horas y hacían brotar cánticos de las cisternas vacías y los pozos secos.
T. S. ELIOT, El erial
Hijo, he visto cómo el hermoso navío surcaba los cielos quilla arriba y mástiles hacia abajo con una confusión de aparejos bailando entre las nubes…
ALFRED, LORD TENNYSON, Los idilios del Rey
1
«Te seguiré teniendo a ti, Sonny Boy»
Georges León apretó la mano de su hijo con demasiada fuerza, alzó los ojos bajo el ala de su sombrero y contempló la oscuridad antinatural del cielo de mediodía.
Sabía que en el desierto -visible para cualquier tráfico motorizado que recorriese las largas y vacías rectas de la autopista Boulder- la lluvia estaría retorciendo sus largos embudos deshilachados bajo las nubes; y era muy probable que las dos calzadas de la autopista 91 ya estuvieran medio inundadas, con lo que el Hotel Flamingo se habría convertido en una isla a las afueras de la ciudad. Y al otro lado de la tierra, bajo sus pies, estaba la luna llena.
"La Luna y el Loco -pensó con desesperación-. Mal asunto…, pero no tengo más remedio que seguir adelante."Un perro estaba ladrando en uno de los callejones o aparcamientos a una o dos manzanas de distancia. León pensó en el perro que aparecía en la carta del Loco de la baraja del tarot y en los perros que acompañaban a Artemisa, la diosa de la luna de la mitología griega. Y, naturalmente, la carta de la Luna casi siempre mostraba lluvia cayendo del cielo… León deseó que le estuviese permitido emborracharse.
–Será mejor que vayamos a casa, Scotty -le dijo al chico.
Tuvo que hacer un considerable esfuerzo de voluntad para que su voz no sonara apremiante. "He de hacerlo", pensó.
Las hojas de las palmeras crujieron sobre sus cabezas y arrojaron goterones sobre el pavimento. – ¿A casa? – protestó Scotty-. No, dijiste que… La culpabilidad hizo que la respuesta de León sonara un poco más seca de lo que le habría gustado.
–Has disfrutado de un buen desayuno y de un almuerzo, y tienes el bolsillo lleno de fichas taladradas y monedas aplanadas. – Dieron unos cuantos pasos más sobre el pavimento lleno de charcos en dirección a la calle Centro, donde torcerían a la derecha para llegar al bungalow. La calle mojada olía igual que el vino blanco seco-. Pero te diré lo que haremos -
murmuró León, despreciándose a sí mismo por hacer una promesa que no sería cumplida-. Después de cenar la tormenta ya se habrá alejado, así que cogeremos el telescopio y saldremos de la ciudad para contemplar las estrellas. El chico suspiró.
–De acuerdo -dijo mientras trotaba para mantenerse a la altura de su padre. Su mano libre hacía bailar las fichas y las monedas inútiles de su bolsillo-. Pero va a haber luna llena. No se podrá ver nada, ¿verdad?
"Dios, cállate", pensó León.
–No -dijo como si el universo pudiera estar escuchándole y existiera la posibilidad de que estuviese dispuesto a obedecerle-. No, eso no será ningún problema…
León había querido una excusa para pasar por el Hotel Flamingo – a unos diez kilómetros de la ciudad yendo por la 91 -, y había llevado a Scott hasta allí para desayunar.
El Flamingo era un hotel de tres pisos con un cuarto piso de apartamentos, una incongruente masa verde que se recortaba contra el marrón y el ocre del desierto que lo rodeaba. Las palmeras traídas en camiones se alzaban alrededor del edificio, y aquella mañana el sol había estado contemplándolo desde un cielo despejado y había hecho que el intenso color verde del césped cobrara un aspecto casi desafiante.
León había dejado que un mozo aparcara el coche, y él y Scott habían caminado cogidos de la mano a lo largo de la tira de pavimento hasta llegar a los peldaños que subían hacia la puerta del casino.
León había hecho un agujero en el estuco debajo de los peldaños un poco a la izquierda de la entrada, allí donde un arbusto serviría para ocultarlo, y había dibujado unos cuantos símbolos a su alrededor. Aquella mañana se inclinó junto al comienzo del tramo de peldaños para atarse el cordón de un zapato, sacó un paquetito que llevaba en el bolsillo de su chaqueta, se inclinó hacia adelante y lo metió dentro del agujero. – ¿Otra cosa que podría hacerte daño, papá? – preguntó Scotty en un susurro.
El chico se había inclinado sobre su hombro, y estaba contemplando los toscos soles y las siluetas hechas con líneas que surcaban el estuco y habían descascarillado la pintura verde.
León se incorporó y bajó la vista hacia su hijo mientras se preguntaba por qué se le habría ocurrido contárselo al chico. Ya no tenía importancia, claro.
–Justo en el blanco, Scotto -dijo-. ¿Y qué es?
–Es nuestro secreto.
–Has vuelto a dar en el blanco. ¿Tienes hambre?
–Más que un piojo de hotel.
Ninguno de los dos estaba muy seguro de cómo había ocurrido, pero aquellas frases habían acabado convirtiéndose en uno de sus diálogos habituales.
–Vamos.
Los rayos del sol del desierto habían estado entrando por las ventanas reflejándose en las pequeñas sartenes de cobre que se usaban para servir los huevos fritos y los arenques. El desayuno había corrido "por cuenta de la casa" a pesar de que se alojaban en el Flamingo porque se sabía que León había sido socio de Ben Siegel, el fundador. La camarera ya se atrevía a hablar de él llamándole "Bugsy" Siegel.
Comer a expensas de un muerto había sido lo primero que hizo que León se sintiera incómodo.
Pero Scotty lo había pasado en grande tomando sorbos de una Coca-Cola adornada con una cereza servida en un vaso modelo Old Fashioned y contemplando el comedor con los ojos entrecerrados mientras fingía ser un hombre de mundo.
–Ahora este sitio es tuyo, ¿eh, papá? – había dicho cuando cruzaron la estancia circular que era el casino propiamente dicho.
Las cartas giraban con el crujido casi imperceptible del papel nuevo y los dados rodaban sobre el fieltro verde con un golpeteo ahogado, pero León no prestó atención a los números y figuras fruto del azar que definían el momento. Ningún croupier pareció oír lo que había dicho el chico.
–No… -empezó a decir León.
–Ya lo sé -dijo Scotty, quien ya se estaba reprochando haber abierto la boca-.
Nunca se habla de cosas importantes delante de las cartas.
Salieron por la puerta que daba a la 91 y tuvieron que esperar a que les trajeran el coche desde el otro lado del Flamingo…, el lado en el que la única ventana abierta de todo el nivel de apartamentos hacía que el edificio pareciese un rostro tuerto que contemplaba el desierto.
"La carta del Emperador -pensó León mientras tiraba de Scotty a lo largo de la acera oscurecida por la lluvia de la calle Centro-. ¿Por qué no estoy recibiendo ninguna señal suya? El viejo visto de perfil sentado sobre un trono con las piernas cruzadas a causa de alguna herida… Ya hace más de un año que es mi carta. Puedo demostrarlo mediante Richard, mi hijo mayor…, y pronto seré capaz de demostrarlo mediante Scotty."
No pudo evitar preguntarse en qué clase de persona se habría convertido Scotty al crecer si todo aquello no tuviese que ocurrir. El chico cumpliría veintiún años en 1964, y León se preguntó si habría alguna chica en algún lugar del mundo destinada a conocerle y casarse con él algún día si los acontecimientos seguían otro rumbo. ¿Qué haría esa chica? ¿Encontraría a otro chico? ¿En qué clase de hombre se habría convertido Scotty? ¿Habría sido gordo, flaco, honrado, un canalla? ¿Habría heredado el talento para las matemáticas de su padre?
León bajó la vista hacia el chico y se preguntó qué podía encontrar de interesante en los detalles desdibujados por la lluvia que componían el paisaje urbano de aquella calle.
Los jeroglíficos de chillones tonos rojos y azules de los neones que brillaban en las ventanitas redondas de los bares, los toldos mojados que aleteaban impulsados por la brisa cargada de lluvia, los coches que aparecían de repente abriéndose paso por entre la luz grisácea que parecía haber pasado por un filtro moviéndose como si fuesen submarinos…
Se acordó de Scotty golpeando las ramas de un rosal durante un paseo bajo la luz del sol por los jardines del Flamingo que habían dado hacía unos
meses. "¡Mira, papi! – había chillado con su voz estridente de niño-. ¡Esas hojas son del mismo color que la ciudad de Oz!" León se había dado cuenta de que las hojas del rosal eran de un color verde oscuro que casi parecía negro, y durante unos momentos se había preocupado pensando que Scotty quizá tuviera problemas para percibir correctamente los colores…, y un instante después se había acuclillado junto al chico, cabeza contra cabeza, y había visto que la parte inferior de cada hoja era de un verde esmeralda oculto a los ojos de cualquier transeúnte que midiera más de un metro veinte de altura.
Desde aquel momento León había prestado mucha atención a las observaciones de su hijo. Solían ser graciosas, como aquella ocasión en que había observado que el montón de puré de patatas que tenía en el plato era igualito que Wallace Beery; pero de vez en cuando -como hoy durante el desayuno-, León no podía evitar el encontrarlas oscuramente inquietantes.
Después de desayunar -el sol aún brillaba en el cielo y las nubes de lluvia no eran más que velas hinchadas que empequeñecían las Montañas Spring que se alzaban hacia el oeste- habían ido en el Buick nuevo al Club Las Vegas donde León trabajaba como croupier de blackjack por un sueldo de ocho dólares al día.
León cobró su cheque, cambió cincuenta centavos en monedas de un centavo y convenció al jefe de caja de que permitiera que Scotty se quedara con un montón de las viejas fichas gastadas que el casino inutilizaba taladrándolas por el centro; y después fueron hasta las vías de ferrocarril que se desplegaban al oeste de la estación Union Pacific, y León enseñó a su hijo cómo colocar las monedas de un centavo sobre las vías para que los trenes que iban en dirección a Los Ángeles las aplastaran.
Pasaron más de una hora corriendo para colocar las relucientes monedas sobre el acero recalentado de los raíles y alejándose luego a la carrera hasta un lugar seguro para esperar la llegada de un tren. Después de que el tren que parecía una nave espacial hubiera salido a toda velocidad de la estación alejándose con un aullido en dirección oeste y hubiera empezado a empequeñecerse en la lejanía, padre e hijo iban de puntillas hasta la vía por la que había pasado el gigante e intentaban encontrar los óvalos de cobre que habían perdido todas sus marcas. Al principio estaban demasiado calientes para cogerlos, y León hacía frenéticos malabarismos con ellos hasta acabar echándolos en el sombrero que había puesto sobre la arena
para que se enfriaran. León acabó volviéndose hacia su hijo y le dijo que ya era hora de almorzar. Las nubes que se iban acumulando en el oeste habían aumentado de tamaño.
Dieron una vuelta por la ciudad y descubrieron un casino nuevo llamado Moulin Rouge en el barrio de color que se extendía al oeste de la 91. León ni siquiera había oído hablar de que lo estuviesen construyendo y la gente de color no le caía demasiado bien, pero Scotty tenía hambre y León estaba impaciente, así que acabaron entrando. Scotty fue informado de que sus centavos aplanados no harían girar las ruedas de las máquinas tragaperras, después de lo cual fueron al restaurante y pidieron dos raciones de lo que resultó ser un estofado de langosta sorprendentemente bueno.
Scotty comió todo lo que pudo del suyo, y cuando hubo quedado harto empujó la salsa hasta los bordes del plato revelando el arlequín que parecía ser el emblema del Moulin Rouge asomando por entre los restos del estofado.
El chico había contemplado en silencio aquel rostro blanco durante unos momentos.
–El joker -dijo por fin alzando la mirada hacia su padre.
Las facciones de Georges León no habían mostrado ninguna expresión mientras seguía la dirección de los ojos de su hijo y acababa posando la mirada sobre el rostro del plato. La silueta andrógina del arlequín no se parecía al joker de la baraja habitual y, naturalmente, León sabía que el joker era la única figura de los Arcanos Mayores que había sobrevivido al proceso de reducción y simplificación que había acabado convirtiendo la baraja de setenta y ocho cartas del tarot en la baraja moderna de cincuenta y tres cartas.
En siglos anteriores la figura había sido conocida como el Loco, y se la representaba bailando junto al borde de un acantilado sosteniendo un palo y perseguida por un perro, pero no cabía duda de que el joker y el Loco eran símbolos de la misma Persona.
Un trozo de langosta ocultaba uno de los ojos de la silueta sonriente.
–Un joker tuerto -había añadido Scotty con voz jovial.
León se apresuró a pagar la cuenta y sacó a su hijo del casino para encontrarse con la tormenta que se había abatido sobre la ciudad mientras estaban comiendo. Fueron hasta el Club Las Vegas y después León empezó a tener la sensación de que aquel coche tan grande hacía que llamaran
mucho la atención, por lo que insistió en dejarlo allí. Padre e hijo se pusieron el sombrero y recorrieron a pie las escasas manzanas que les separaban del bungalow de la avenida Bridger que era su hogar, caminando sin apresurarse bajo la cada vez más débil llovizna.
El hermano de Scott estaba en el tejado. Richard había cumplido dieciocho años hacía poco, y cuando estuvieron cerca del bungalow pudieron ver que estaba observando las calles y las fachadas. Richard no bajó la mirada hacia ellos hasta que León abrió la puerta y los dos estuvieron dentro del bungalow.
La esposa de León estaba inmóvil en el umbral de la cocina, y la sonrisa que había en su rostro flaco y cansado parecía un poco forzada.
–Habéis vuelto pronto -dijo.
Georges León pasó a su lado, se sentó junto a la mesa de la cocina y tamborileó con los dedos sobre la superficie de fórmica. Las yemas de sus dedos parecían vibrar con un cosquilleo nervioso, como si hubiese bebido demasiado café.
–Ha empezado a llover -dijo-. ¿Puedes traerme una Coca-Cola?
Contempló la mano que seguía tamborileando sobre la mesa, y se fijó en los pelitos grises que cubrían los nudillos.
Donna abrió obedientemente la nevera, sacó una botella de Coca-Cola y le quitó la chapa con el abridor de la pared.
Scotty corrió hacia su padre, quizá animado por el tamborileo o en un intento de disipar la tensión que parecía estar solidificando la atmósfera de la habitación.
–Sonny Boy -dijo Scotty.
Georges León miró a su hijo y pensó en la posibilidad de no hacer lo que había estado planeando.
León se había esforzado durante casi veinte años para llegar a la posición que ocupaba en aquellos momentos, y durante todo ese tiempo había conseguido que las personas le parecieran tener tan poca relación con él como los números y las estadísticas que había utilizado para alcanzar su situación actual. No había empezado a sospechar que su decisión quizá pudiera ser un poco menos firme de lo que creía, hasta el paseo que acababa de dar con el chico.
Tendría que haberlo sospechado antes.
Las excursiones en barco por el Lago Mead habían sido pura estrategia, por ejemplo, pero si pensaba en ellas León se daba cuenta de lo mucho que había disfrutado viendo cómo el chico se entusiasmaba remando y poniendo el cebo en el anzuelo; y compartir una parte de la sabiduría concerniente a las cartas y los dados que había adquirido a tan duro precio, había acabado convirtiéndose en algo más parecido a un padre que comparte sus habilidades y sus pequeños secretos con su hijo que en una mera precaución planeada fríamente, y León pensó que también tendría que haberse dado cuenta de ello antes.
Donna dejó la botella delante de él. León tomó un sorbo de Coca-Cola y adoptó una expresión pensativa.
–Sube a mi rodilla, Sonny Boy -dijo después imitando la voz del cantante que habían visto actuar en el salón del Club Las Vegas una noche.
Scotty obedeció encantado.
–Cuando el cielo está gris… -canturreó León. – ¿Qué es lo que menos te importa? – recitó Scotty.
–No me importa que el cielo esté gris… -¿Qué hago con el cielo gris?
–Hago que se vuelva azul… -¿Cómo me llamo?
–Sonny Boy. – ¿Qué harán tus amigos?
León se preguntó en qué amigos se suponía que había de pensar, y tardó unos momentos en canturrear la frase siguiente.
Podía dejarlo. Podía volver a la costa y esconderse de los que estaba seguro irían en su busca; podía vivir el resto de su vida -veintiún años más, si disfrutaba de las tres veintenas y la decena prometidas por la Biblia-como un hombre normal. Incluso cabía la posibilidad de que Richard se recuperase. – ¿Qué harán tus amigos? – repitió Scotty.
León le miró, se dio cuenta de que los cinco años últimos habían hecho que acabara queriéndole y sintió una vaga desesperación. Durante un momento la letra de la canción pareció encerrar una promesa, la posibilidad de que Scotty fuese capaz de hacer que el cielo gris se volviera de color azul. El Loco quizá le había estado ofreciendo una última oportunidad.
Quizá fuera eso.
Pero…
Pero ya no importaba. Era demasiado tarde. León había ido demasiado lejos en su persecución de aquello cuya borrosa silueta y confuso potencial había empezado a descubrir en sus cálculos estadísticos cuando tenía veinte
años y vivía en París. Habían muerto demasiadas personas, había invertido una parte demasiado grande de sí mismo en todo aquello. Cambiar supondría tener que volver a empezar de nuevo con la diferencia de que el hombre que volvería a empezar sería viejo, carecería de defensas y tendría todas las cartas de la baraja en su contra.
–Los amigos pueden perdonarme -dijo pronunciando la frase en un tono normal en vez de cantarla.
"Que todos me perdonen -pensó -. Te seguiré teniendo a ti, Sonny Boy…"
Se puso en pie y se colocó al chico sobre los hombros casi sin esfuerzo.
–Basta de canciones, Scott. ¿Aún tienes tu dinero? – El chico agitó las fichas y las monedas inservibles que llevaba en el bolsillo-. Bueno, pues entonces vamos al refugio. – ¿Para qué? – preguntó Donna con las manos engarfiadas en los bolsillos traseros de sus téjanos.
–Cosas de hombres -dijo León -. ¿Verdad, Scotto? Scott se balanceó alegremente de un lado a otro sobre los hombros de su padre. – ¡Sí!
León cruzó la habitación fingiendo que se disponía a hacer chocar la cabeza del chico con el dintel de la puerta, pero dobló las rodillas en el último momento para pasar por debajo de él. Usó el mismo truco en la puerta del refugio -consiguiendo que Scotty se riera como un loco -, y una vez dentro le depositó en el sillón de cuero que era el sillón de papá. El aire desplazado hizo bailotear la llama de la lámpara y proyectó sombras fantasmagóricas sobre los lomos de los libros que llenaban las estanterías esparcidas desde el suelo hasta el techo de la habitación.
Los ojos azules de Scotty estaban muy abiertos, y León sabía que al chico le sorprendía que le hubiese permitido sentarse por primera vez en el sillón sobre el que había una copa, una corona y una punta de lanza suspendidas mediante unos alambres.
–Éste es el trono del Rey -murmuró el chico.
–Exacto. – León tragó saliva, y cuando volvió a hablar su voz sonaba más firme y segura de sí misma-. Y quien se sienta en él…, se convierte en el Rey. Vamos a jugar a las cartas.
Abrió el escritorio, y sacó de él un puñado de monedas de oro y una caja de madera que tenía el tamaño de una Biblia.
Dejó caer las monedas sobre la alfombra.
–El pot no está bien.
Scotty sacó de su bolsillo las fichas agujereadas y los centavos aplastados y los esparció sobre el suelo delante del sillón.
–El pot está bien -dijo observando a su padre con una sonrisa vacilante en los labios.
"Moneda inutilizada contra oro -pensó León -. Sí, no cabe duda de que el pot está bien…"
León se acuclilló delante del chico, abrió la caja y cogió una baraja de cartas de un tamaño bastante superior al normal. Las colocó sobre la alfombra cubriendo sus apuestas y las señaló con una mano.
–Mira -dijo en voz baja.
Un olor a incienso y metal caliente se fue extendiendo por la habitación.
León no estaba mirando las cartas de tarot, sino el rostro del chico. Se acordó de la noche en que había visto por primera vez una baraja de aquella versión -la Lombardía Zeroth suprimida-, en un ático iluminado con velas de la ciudad de Marsella el año 1925; y recordó lo profundamente inquietantes que le habían parecido aquellas figuras enigmáticas y que había tenido la impresión de que su cabeza estaba llena de voces, y que luego se había obligado a aguantar casi una semana sin dormir.
El chico había entrecerrado los ojos y su respiración se había vuelto lenta y profunda.
Una sabiduría horrible parecía estar envejeciendo sutilmente los rasgos de su joven rostro, y León intentó adivinar en qué carta se posaba su mirada a cada momento basándose en los incesantes movimientos de su boca. El Loco, que en aquella versión de la baraja no iba acompañado por su típico perro y que hacía equilibrios junto al borde del acantilado con una expresión de estupidez malévola en las facciones; la Muerte, que también estaba inmóvil junto al acantilado lamido por las olas y que se parecía más a una momia hendida por un tajo vertical que a un esqueleto, y que llevaba un arco extrañamente parecido al de Cupido; el Juicio, con el Rey haciendo surgir hombres y mujeres desnudos de una tumba; los distintos rostros de las Copas, los Bastos, las Espadas y los Oros…, y el fondo de todas las cartas estaba adornado con trenzados de ramas, parras o hiedra increíblemente repugnantes en su fingida inocencia, y todos los dibujos habían sido hechos en los tonos rojos, oro y azul oceánico más vividos imaginables…