La última partida

Tim Powers · Capítulo 53 de 54

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La última partida

Capítulo 50

–Yo también. Pero supongo que no vamos a morir, ¿eh?

Diana dio un paso hacia el agua, torció el gesto y se preguntó cuántas costillas tendría fracturadas.

–Metámonos en el agua.

50

Subiendo la apuesta a ciegas Crane se permitió agarrarse al borde de la mesa durante un momento. El cielo estaba volviendo a iluminarse al otro lado de las portillas, y la claridad amarilla que las lámparas arrojaban sobre los paneles de madera de las paredes había empezado a parecer débil y tristona.

–Estoy mareada -dijo mientras Newt acababa de contar los billetes que había encima de la mesa.

El Amino Ácido que se encargaba del bar había vuelto a cerrar las portillas poco después de que la voz ensordecedora procedente de las Montañas Negras hubiese empezado a hacer rodar sus silabas a través del lago, y la atmósfera de la sala apestaba a humo de cigarrillos y al mal olor que desprendía el doctor Leaky. Crane pensó que su mareo podía ser tanto un resultado de las náuseas como de la ilusión de haber estado girando en el sentido…, en el sentido diesel, como habría dicho Ozzie.

–Siete mil novecientos -graznó Newt por fin.

León sacó de su billetera un grueso fajo de billetes de mil y de cien, y su ojo bueno clavó la mirada en el ojo bueno de Crane mientras arrojaba los billetes sobre el montón que Newt acababa de contar.

La cuenca del ojo de plástico de Crane palpitaba dolorosamente, y hacía rato que no conseguía llegar a cerrar del todo los párpados. "Sería una buena broma que saliera bien librado de esto y luego muriese de meningitis", pensó. Crane alzó una mano y rozó cautelosamente la comisura del ojo con la punta de un dedo. Le dolió, y la yema de su dedo quedó manchada de maquillaje.

–Corta para la carta más alta -dijo León.

Crane volvió la vista hacia el otro extremo de la habitación y el doctor Leaky. La mirada del anciano parecía haber vuelto a recobrar la viveza, y Crane se apresuró a desviar la vista para evitar que el cuerpo de su padre pudiera adivinar lo que iba a ocurrir y dijera algo que advirtiera a León.

Pero el cuerpo senil no podía estar tan despabilado como parecía o al menos no lo suficiente para haber adivinado el propósito de Crane, pues no dijo nada.

Crane flexionó su mano derecha, y se dio cuenta por primera vez de que se había mordido las uñas pintadas hasta la carne. Después bajó los dedos hacia la carta y levantó la mitad superior.

Enseñó la carta a los otros jugadores antes de mirarla.

El paje de copas. Ozzie había dicho que era su carta. ¿Sería sustituida pronto por el rey? Crane se apresuró a volver a dejar las cartas en el mazo temiendo que León pudiera darse cuenta de la mancha casi invisible que había en una esquina de la carta.

León estaba sonriendo, y jadeaba. – ¡Una carta difícil de vencer! – dijo.

Newt se inclinó hacia adelante, atrajo el mazo de cartas hacia él y volvió a barajarlo.

Después lo empujó hasta dejarlo delante del tembloroso cuerpo de Hanari.

Georges León alzó la mitad superior del mazo con mano temblorosa y vaciló antes de terminar el gesto.

El corazón de Crane parecía haberse detenido. "No ha logrado encontrar la carta que tiene el pliegue -pensó -. Sacará un as…"

Pero la carta que León mostró era el diez de espadas. El corazón de Crane volvió a latir. Dejó escapar una risita hueca y golpeó la mesa con el puño. – ¡Sí! – exclamó permitiendo que la oleada de triunfo que se había adueñado de él al ver la carta resultara claramente visible para que todos pudieran suponer que le complacía haber ganado la apuesta doblada-. ¡Te pillé!

–Bah, mala suerte -le dijo un jugador a León.

León torció el gesto y se encogió de hombros.

–Has ganado -le dijo a Crane-. No sé cuándo aprenderé que hacer ese tipo de apuestas es una estupidez.

–Gracias -dijo Crane con voz enronquecida.

–Te llevas el dinero -dijo León.

Crane pensó en Ozzie y clavó la mirada en el ojo no hinchado de aquel rostro.

–Eso parece.

–Estás vendiendo la mano. La he comprado, la estoy asumiendo.

–Es toda tuya, créeme.

Crane igualó los bordes del montón de billetes y lo deslizó entre sus codos dejando un billete de cien sobre la mesa como apertura para su próxima mano.

Lo había conseguido.

Acababa de vender a León la mano que el doctor Leaky había concebido en la partida de asunción informal celebrada detrás de la licorería junto al container de la basura el miércoles.

Crane no tenía ni idea de lo que ocurriría a partir de aquel momento. El plan quizá no funcionaría y aún cabía la posibilidad de que perdiera su cuerpo mañana, pero había hecho cuanto podía.

–Son doscientos para ti.

Crane apartó la mirada de sus uñas mordisqueadas. León acababa de hablarle.

–Oh -dijo Crane-. Lo siento. – Cogió cuatro billetes de cien de su montón y los arrojó en el centro de la mesa-. Que sean cuatro -dijo. – ¡No has mirado las cartas que tienes boca abajo! – exclamó Newt con irritación

-. ¿Estás subiendo la apuesta a ciegas?

–Eso es justo lo que estoy haciendo -dijo Crane.

Caravanas y furgonetas con las bacas llenas de equipaje ocupaban las calles del muelle aquella tarde de viernes, y hombres y mujeres jóvenes y muy bronceados con trajes de baño reducidos al mínimo se apelotonaban en las aceras y bebían cerveza de latas cubiertas de gotitas frías, o conducían motos petardeantes por entre el lento tráfico y los gases de los tubos de escape que llenaban los carriles.

"Las vacaciones de Pascua -pensó Crane mientras caminaba lentamente por la calle con sus zapatos de tacón alto debajo del brazo sintiendo cómo el pavimento recalentado le abrasaba las plantas de los pies a través del nylon de las medias-. Creo que unas vacaciones nos sentarían estupendamente a todos…" -¡Eh, Pogo! – gritó una voz que logró atravesar el ruido de fondo formado por bocinazos, risas y conversaciones.

Los labios de Crane se curvaron en una sonrisa cansada. Miró hacia atrás y se hizo sombra en los ojos con una mano.

Arky Mavranos venía hacia él con sus andares contoneantes de antes, y aunque estaba un poco pálido también parecía solemnemente feliz.

–Hoy tienes un aspecto realmente asqueroso, créeme -dijo Mavranos en voz baja cuando hubo llegado hasta él.

Echaron a caminar hacia el Albergue Lakeview, con Mavranos manteniendo algo más de un metro de distancia entre él y Crane y permitiendo que algún transeúnte pasara de vez en cuando por el hueco.

–Lo has conseguido -dijo Mavranos.

–Se la vendí -dijo Crane-. La compró y pagó por ella.

–Bien. – ¿Qué tal te ha ido? – preguntó Crane aprovechando un momento en el que estaban solos en la acera bañada por el sol.

–Los dos están muertos -dijo Mavranos en voz baja-. Snayheever y Pogue… Pogue no consiguió lo que se proponía. Te…, te lo contaré. Os lo contaré a los tres…, dentro de un rato. – Mavranos tosió y escupió-. Puede que hoy no, ¿de acuerdo?

Crane ya se había dado cuenta de que fuera lo que fuese lo ocurrido había afectado profundamente a Mavranos.

–De acuerdo, Arky.

Alargó la mano y le apretó el codo.

Mavranos se apartó.

–Eh, nada de truquitos de marica.

–En serio, Arky… Gracias.

–No me… des las gracias. – Mavranos deshizo el nudo de su pañuelo y lo arrojó sobre el macetero junto al que estaban pasando-. La magia de Pogue era…, era algo que pertenecía a lo aleatorio, al desorden y el caos y cuando él…, cuando murió la presa volvió al orden de repente. Fue un cambio de fase de tales proporciones que si los mosquitos de Winfree hubieran estado por allí habrían empezado a cantar la Novena de Beethoven y la habrían acompañado con unos cuantos bailes al estilo Busby Berkeley.

Crane contempló a su amigo, parpadeó y se preguntó si estaba demasiado cansado para comprender lo que Mavranos le estaba diciendo. –

¿Quieres decir que crees que…?

Mavranos se acarició el bulto que tenía debajo de la oreja.

–Juraría que ya no es tan grande…, sí, noto que está más pequeño que cuando venía hacia aquí.

Crane estaba parpadeando a toda velocidad. Después se echó a reír y estrechó la mano de Mavranos. – ¡Eso es maravilloso, hombre! Maldita sea, no sé cómo hacerte entender lo mucho que…

Y un instante después se estaban abrazando en el centro de la acera, e incluso Mavranos ignoró las risas y los gritos burlones.

Entraron en el vestíbulo del Albergue Lakeview cada uno con un brazo sobre los hombros del otro, se abrieron paso por entre el gentío y apretaron el paso hasta llegar, jadeantes y sin aliento, a la penumbra del bar.

Diana y Nardie se levantaron de la mesa en la que habían estado esperando, y aunque torcieron el gesto y fueron hacia ellos cojeando como si hubieran hecho demasiado ejercicio recientemente cuando se reunieron con Crane y Mavranos les abrazaron y se echaron a reír.

Se sentaron a la mesa y Mavranos pidió una Coors, y después dijo que fueran dos, una para Nardie. Tanto Crane como Diana pidieron agua mineral.

–Se la has vendido -dijo Diana mirando a Crane cuando la camarera se hubo alejado hacia la barra.

–Sí…, por fin.-Crane se frotó la cara con las manos sin importarle lo que le pudiera ocurrir a su maquillaje. La cuenca del ojo derecho seguía escociéndole-. Y creo que tengo la aracnoides infectada.

–Araña -dijo Mavranos traduciendo la palabra-. Algo que se parece a una araña, vamos… ¿Qué pasa, es algo relacionado con "Araña" Joe?

–Es una parte del cerebro -dijo Crane hablando sin apartar las manos de la cara-.

Se infecta cuando tienes…, eh…, meningitis. La cuenca del ojo que perdí está…, bueno, parece como si tuviera fuego dentro. – Bajó las manos y se echó hacia atrás hasta apoyar la espalda en la tapicería del reservado-.

Tengo la solución salina y el bulbo de goma dentro de mi bolso. En cuanto hayamos intercambiado las respectivas novedades iré al lavabo y me lavaré la cuenca.

Diana le había puesto una mano sobre el hombro.

–No -dijo con voz apremiante -, tienes que ir a ver a un médico ahora mismo. ¿Estás loco o qué? Dios mío, ¿meningitis? Dentro de un par de minutos iré a Searchlight para recoger al pobre Oliver. Puedo dejarte en un hospital…

–Iré a ver a un médico mañana -dijo Crane -. Tengo que volver a estar en el lago al amanecer. Mi padre querrá empezar a asumir cuerpos en cuanto haya salido el sol, y he de ver cómo termina todo. Y quiero desarmar las dos barajas y librarme de ellas si puedo, si el…, si el terrón de azúcar

envenenado consigue acabar con él. – Parpadeó y la observó con su ojo bueno-. Mañana -repitió-, no antes.

La camarera llegó con las bebidas y Crane tomó un buen sorbo de agua mineral, fría pero no reconfortante. Después tragó aire.

–Bien, señoras -dijo por fin-, ¿pudieron darse ese baño?

Diana apartó la mano del hombro de Crane y se reclinó en el asiento sin dejar de fruncir el ceño.

Nardie apuró un tercio de su cerveza de un trago.

–Costó un poco, pero nos bañamos -dijo, y se estremeció.

Les describió las estatuas fantasmas que habían intentado detenerlas, y cómo ella y Diana habían luchado con ellas y habían acabado venciéndolas comiéndose la ficha yin-yang del Moulin Rouge.

Mavranos se limpió la espuma de la cerveza del bigote y volvió la cabeza hacia Crane.

–Qué sacramento más raro -dijo con una sonrisa sardónica.

Nardie cogió el vaso de agua mineral de Diana.

–Y cuando por fin conseguimos meternos en el lago -siguió diciendo en voz baja-, antes de que llegáramos a un sitio lo bastante profundo para sumergirnos del todo, el agua empezó a hervir alrededor de los pies de Diana… ¡Así! – Hizo girar el vaso de Diana y creó un remolino de burbujas que giraron y sisearon dentro de él -. Y antes de que el viento las apagara hubo…, sólo duró un segundo y había sol así que apenas se las podía ver, pero… ¡Había llamas alrededor de sus tobillos!

–Parece un caso de electrólisis -dijo Mavranos. Había clavado la mirada en su cerveza, y Crane supuso que Mavranos había sido responsable directo de la muerte del medio hermano de Nardie en la presa y que no quería mirarla a los ojos-. Hiciste que el oxígeno se separara del hidrógeno, Diana.

Recuerdo haberle oído decir al viejo Ozzie que el Lago Mead era agua domesticada…, quizá la has devuelto al estado salvaje.

–Lo hice -dijo Diana-. Con la ayuda de todos vosotros… El burbujeo siguió produciéndose prácticamente todo el tiempo que estuve metida dentro del agua, y pude… sentir…, o quizá oír o ver…, era como si estuviera cabalgando sobre toda aquella extensión de agua en libertad. Pude sentir cómo la casa-barco giraba al norte y también sentí el temblor de la presa.

Nardie había terminado su cerveza y agitaba el vaso vacío intentando atraer la atención de la camarera.

–Bien, ¿mataste a mi hermano? – preguntó en un tono de conversación perfectamente normal mirando a Mavranos.

Mavranos dejó su vaso de cerveza sobre la mesa, y Crane pensó que lo había hecho porque temía triturarlo dentro de su puño. Había cerrado los ojos, y permaneció unos momentos inmóvil antes de asentir.

–Lo hice -dijo por fin-. Yo… Le empujé y le hice caer por el lado de la presa opuesto al lago. Snayheever… También. Les maté a los dos.

Crane estaba mirando a Nardie, y vio cómo abría los ojos y se le aflojaban las comisuras de los labios durante un momento. Después la joven logró sonreír con un visible esfuerzo y dio un par de palmaditas sobre el dorso lleno de cicatrices de la mano de Mavranos.

–Este asunto ha hecho que cada uno de nosotros matara a alguien – dijo con la voz un poco enronquecida-. ¿Por qué creías que ibas a ser especial?

Crane se dio cuenta de que tenía razón. Él había matado a Vaughan Trumbill; Nardie había matado a aquella mujer del burdel de las afueras de Tonopah; Diana probablemente había matado a Al Funo…, y Mavranos acababa de perder una parte de sí mismo de la misma forma que ellos.

–Doctor, mi ojo -canturreó Crane en voz baja echando su silla hacia atrás y poniéndose en pie -. He de ir a irrigar la cavidad.

Mavranos también se puso en pie con cara de incomodidad.

–He de telefonear a Wendy -dijo-. ¿En casa mañana?

–Probablemente estarás en casa para la hora de almorzar-dijo Crane.

Nardie alargó la mano, y sus dedos se cerraron sobre la manga de la camisa de franela de Mavranos.

–Arky, si no lo hubieras hecho habría tenido que hacerlo yo-dijo-. Y me habría dolido mucho más de lo que te está doliendo a ti… Gracias.

Mavranos asintió y le dio una palmadita en la mano, pero siguió evitando su mirada.

–Aprecio esas palabras en lo que valen, Nardie -gruñó-, pero no me des las gracias.

Mavranos y Crane se separaron para ir a los teléfonos y al lavabo respectivamente, y Nardie y Diana tomaron un sorbo de sus vasos sin decir nada.

Epílogo – Te seguiré teniendo Mosca: ¿Acaso no eres el mismo que hoy en el tribunal ha declarado que desheredaba a su hijo? ¿Has hecho un perjuro de ti mismo? Ve a casa, muérete y apesta.

BEN JOHNSON, Volpone Pero si estuviera unido a ella viviríamos juntos como en una sola vida, y reinaríamos con una sola voluntad en todo.

Tendríamos poder sobre esta tierra oscura y la iluminaríamos, y tendríamos poder sobre este mundo muerto para darle vida.

ALFRED, LORD TENNYSON, Los idilios del Rey El amanecer no tardaría en llegar, y ya había hecho palidecer el cielo azul detrás de las montañas que se alzaban delante de ellos, pero el cielo que se veía por la ventanilla trasera de la camioneta bamboleante que avanzaba ruidosamente seguía siendo de un púrpura oscuro.

Nardie estaba sentada delante al lado de Mavranos, y Diana y el joven Oliver estaban en el asiento trasero. Crane, quien volvía a llevar sus maltrechas Adidas, téjanos y una camisa de manga larga, estaba recostado en la trasera de la camioneta rodeado de libros, latas de cerveza vacías y juegos de llaves inglesas. El ojo le dolía mucho. La camioneta olía como si Mavranos hubiera utilizado aceite en el que se habían freído montañas de patatas para engrasar el motor.

Oliver estaba sentado muy cerca de su madre. Diana había hablado con él por teléfono varias veces desde que el niño vio cómo su casa volaba por los aires y creyó que ella estaba dentro, pero parecía como si Oliver no hubiera llegado a creer del todo que seguía viva hasta que Diana había ido a Searchlight ayer por la tarde y le había abrazado en el patio de Helen Sully, e incluso después de las horas transcurridas tenía que volver a asegurarse de vez en cuando.

Mavranos giró a la izquierda y abandonó la autopista 93 para meter la camioneta en la no tan espaciosa carretera de Lake Shore dejando atrás el edificio del Centro de Visitantes, que aún seguía estando oscuro.

Encendió un cigarrillo, y Nardie bajó el cristal de su ventanilla. El aire del amanecer era fresco y olía a limpio.

–Quizá haya cogido las cartas y se haya largado a alguna parte-dijo Mavranos, y su voz casi sonaba esperanzada.

–No -dijo Nardie -. Si quiere apoderarse de los cuerpos…, si quiere obtener un auténtico nacimiento múltiple realmente efectivo del que pueda

disfrutar necesita una madre simbólica, y el lago será esa madre. Estoy segura de que sigue en la embarcación.

–Creo que el lago se ha convertido en algo más que un símbolo-dijo Mavranos.

Crane se estremeció temiendo el momento en que se enfrentaría a su padre. Podía sentir el bulto de la baraja Lombardía Zeroth que llevaba en el bolsillo interior de su chaqueta Levi's.

Diana giró sobre sí misma y le miró. – ¿Qué tal va el ojo? – preguntó en voz baja.

–Dentro de una hora no habrá empeorado mucho, y para entonces ya estaré en una sala de urgencias.

No le dijo que cuando había irrigado la cuenca con la solución salina el día anterior había sentido el bulto doloroso de lo que parecía alguna clase de tumor.

Pegó los codos al cuerpo para dejar de temblar. Diana parecía veinte años mayor, y el revoloteo de los cabellos rubios que se movían alrededor de las líneas perfectas de su mandíbula y su garganta le proporcionaba una belleza casi inhumana. Haberla conseguido para que un médico le dijera después que estaba condenado a muerte resultaría demasiado horrible, y Crane comprendió por primera vez lo que debía de haber sentido Mavranos durante los últimos meses.

–Puedo ver el lago -murmuró Oliver, y señaló con la mano.

Mavranos detuvo la camioneta en el aparcamiento de un restaurante de la cadena Denny's que estaba abierto toda la noche y que se encontraba casi al lado del muelle; y todos bajaron de la camioneta para estirar las piernas y dar unos pasos por la fresca atmósfera de la hora que precedía al amanecer.

–Nardie, Diana y Oliver pueden esperar dentro del restaurante mientras Scott y yo vamos a la embarcación -dijo Mavranos en voz baja. Caminó alrededor de la camioneta y abrió la puerta de atrás dejándola subida. El click-dick-click-click de las tiras metálicas y los goznes creó ecos en el aparcamiento vacío -. Si no hemos vuelto en… ¿Cuánto rato crees que tardaremos en volver?

Crane se encogió. Seguía temblando.

–Una hora -dijo.

–Digamos que una hora y media -murmuró Mavranos-. Si no hemos vuelto dentro de una hora y media subid a la camioneta y marcharos. Dejad

un mensaje en la recepción del Circus Circus. – Su mirada recorrió el aparcamiento casi vacío-. Y si Crane vuelve solo…

–Poneros en contacto con la policía o haced lo que os parezca más adecuado -dijo Crane con voz átona terminando la frase por él mientras se llevaba una mano al costado que seguía sangrando-. Mi padre podría haber asumido este cuerpo, y entonces sería él quien volvería, no yo.

–Ah, Oliver, y nada de llamaditas telefónicas por tu cuenta, ¿de acuerdo? – añadió Mavranos.

Oliver apretó los labios, meneó la cabeza y murmuró algo ininteligible.

Mavranos se inclinó hacia él. – ¿Qué has dicho?

Nardie se encogió de hombros.

–Él… Eh… Dice que tampoco te volverá a robar más cervezas.

–Uh. Bueno… De acuerdo.

Mavranos se colocó de tal forma que su espalda quedara vuelta hacia la claridad amarilla que brotaba de las ventanas del restaurante y pasó el 357 a Crane. Después envolvió la escopeta con empuñadura de pistola y cañón corto en una cazadora de nylon y la dejó sobre el asfalto.

Subió la puerta soltándola de los topes y dejó que se cerrara con un golpe seco.

Después hizo girar la llave en la cerradura y abrió la boca como si se dispusiera a decir algo…

Pero Crane acababa de dar un respingo involuntario y se había llevado una mano a la mejilla derecha y la frente apretándoselas con los dedos. El dolor de la cuenca ocular se había convertido en un calor insoportable tan cortante como el filo de una navaja de afeitar, y Crane se apresuró a arrancar el hemisferio de plástico que su cuenca parecía repentinamente incapaz de acoger y lo dejó caer sobre el asfalto. – ¡Está siendo asumido! –

gritó Oliver con voz horrorizada, y se apresuró a retroceder apartándose de la camioneta.

Diana agarró a Crane por el codo libre, y a pesar del dolor que se había adueñado de su cabeza Crane comprendió que debía creer que estaba a punto de desplomarse.

"Una embolia -pensó Crane aterrorizado mientras la presión cada vez más intensa que sentía en la cuenca ocular hacía que un gemido estridente se abriera paso por entre sus dientes-. Un infarto, estoy teniendo un

infarto…" -¡Scott, no te encuentras en condiciones de hacerlo! – chilló Diana cogiéndole por el otro brazo y empezando a sacudirle.

Crane se había doblado sobre sí mismo. Tenía el mentón pegado al pecho, y le temblaban las rodillas.

Y entonces el dolor fue disminuyendo de forma tan inexplicable y rápida como había llegado. Lágrimas -y quizá sangre- brotaban de su ojo, pero Crane parpadeó con un repentino asombro y contempló sus rodillas, sus zapatos y el pavimento.

Lo estaba viendo todo en tres dimensiones.

Movió los párpados de los dos ojos y comprendió -el shock le había dejado tan aturdido que era incapaz de alegrarse- que tenía dos globos oculares.

El nuevo ojo le escocía, y el no estar acostumbrado a la luz hacía que los párpados siguieran moviéndose sin que Crane se lo ordenara, pero el dolor salvaje de unos momentos antes se había evaporado. – ¿Qué has dicho? – preguntó con voz enronquecida.

Diana seguía agarrándole de los brazos. – ¡He dicho que no estás en condiciones de hacerlo!

Crane tragó una honda bocanada de aire, se irguió y la miró con los ojos entrecerrados.

–Bueno, la verdad es que… creo que por fin estoy en…, en condiciones de hacerlo.

Sus cuatro compañeros le observaron sin entenderle y con una creciente alarma visible en sus rostros. – ¿Te…, te has vuelto a poner el ojo de plástico? – balbuceó Diana mientras bajaba la vista hacia el pavimento -.

Me pareció que… Creo que no deberías…

–Le ha salido un ojo nuevo -dijo Nardie con voz átona-. Ahora tú y Scott estáis…, bueno, estáis en la mejor forma física posible, ¿no? Dejando aparte la herida que el Rey siempre tiene abierta en el costado, claro…

–Cristo -murmuró Mavranos.

Diana seguía teniendo agarrado a Crane por el codo y tiró de él atrayéndole hacia ella.

–Ven aquí, Scott.

Crane y Diana se alejaron una decena de pasos y se detuvieron al lado de la barandilla que protegía un macetero rojo cubierto de polvo. – ¿Te ha salido un maldito ojo nuevo? – preguntó Diana-. ¿Es verdad?

–Sí. – Crane respiraba deprisa y de forma un poco entrecortada.

"No me estoy muriendo", se atrevió a pensar.

–Scott, ¿qué está pasando aquí? – preguntó Diana en un murmullo apremiante.

–Creo…, creo que va a ocurrir -dijo Crane con un hilo de voz mientras sentía en su garganta el temblor inminente de lo que tanto podía ser la risa como el llanto-. Creo que tú y yo vamos a…, a convertirnos en el Rey y la Reina.

La respiración de ambos se había acelerado. – ¿Cómo…, hoy? ¿Qué significa eso? ¿Qué haremos?

Crane extendió las manos hacia ella en un gesto de impotencia.

–No lo sé. Casarnos, ser fértiles, tener hijos, trabajar, plantar jardines…

Diana casi parecía enfadada. – … encargar camisetas con un logotipo especial, papel de cartas…

Crane le sonrió, pero tragó una honda bocanada de aire y cuando volvió a hablar intentó usar un tono de voz más serio.

–Si tú y yo estamos sanos y somos fértiles la tierra también lo será.

Nosotros y la tierra vamos a ser…, algo así como un par de muñecos vudú que se influyen el uno al otro. – Crane pensó en el sordo dolor continuo que sentía en la herida del costado -.

Luces de alarma que se avisan mutuamente de si algo va mal.

Los dedos de Crane rozaron los rubios cabellos de Diana.

–Puede que perdamos esta juventud honoraria durante los inviernos, pero apuesto a que volveremos a recuperarla casi toda cada primavera.

Espero que pasará mucho, mucho tiempo antes de que los inviernos empiecen a resultarnos demasiado duros…

–No creerás que esto es la…, la inmortalidad.

–No. Estoy seguro de que una parte de nuestro trabajo es morir algún día para que otro Rey y otra Reina puedan subir al trono. Quizá nuestros hijos… Dentro de unos veinte años habrá jacks a los que vigilar, y la enfermedad siempre estará ahí y, con el tiempo, la vejez. La única forma de que todo esto nos proporcionara la inmortalidad sería… Bueno, convertirse en Saturno y devorar a tus hijos.

–Hasta ahora no he sido una gran madre -dijo Diana con voz temblorosa-, pero si ésa es la única forma de conseguirlo creo que paso.

–Y creo que tendremos visiones, sueños o alucinaciones en las que nos ocuparemos de esas cosas de las que las cartas no son más que imágenes…, los Arquetipos que impulsan a las personas desde las profundidades. Puede que incluso consigamos ser…, ser una especie de intermediarios diplomáticos y que logremos convencerlas de que formen combinaciones distintas a las actuales para que el mundo no sea un lugar tan horriblemente jodido. Mi padre no se atrevió a tratar con los Arquetipos cara a cara, y escogió el canal ritualizado de las cartas y usó a las personas como si fueran cerillas con las que iluminar las cosas. Aquí hay mucho poder… Lo que ocurre es que mi padre lo ha estado utilizando de una forma inadecuada…, como si tuvieras un coche con un motor magnífico y te limitaras a ponerlo en marcha para poder cocinar encima del capó. – Crane la miró, y sus labios se curvaron formando una sonrisa vacilante-. Creo que tendremos que aprender a conducir ese coche.

–Dios -murmuró Diana-. Bueno, supongo que podemos intentarlo.

Volvieron con los demás.

–Démonos prisa -le dijo Crane a Mavranos -. El sol no tardará en salir, y él empezará a reclamar los cuerpos.

Mavranos cogió la escopeta envuelta en la cazadora, y él y Crane se alejaron calle abajo en dirección a las siluetas oscuras de las embarcaciones.

Crane y Mavranos fueron interpelados apenas pusieron los pies sobre el atracadero.

–Vaya, chicos -dijo un joven desde la cubierta de la casa-barco de León.

Crane le reconoció. Era Steve, el Amino Ácido que había estado ocupándose del bar durante las partidas-. Si queréis jugar al póquer llegáis un poco tarde, y si habéis venido con la intención de robar cámaras o equipo de pesca… -Salió de las sombras y dejó que vieran el revólver con el que les estaba apuntando-. Bueno, en ese caso os habéis equivocado de embarcación.

–He venido a hablar con el propietario -dijo Crane -. Creo que ya estará despierto. – ¡Cristo! – Stevie abrió mucho los ojos y extendió el brazo que sostenía el arma-.

Sois los dos tipos que estabais en ese bote en el Lago Mead el domingo.

¡Matasteis a nuestro Rey!

Mavranos se hizo rápidamente a un lado alzando la escopeta envuelta en la cazadora, y Crane movió velozmente la mano hacia el revólver oculto

debajo de su camisa.

Pero en ese mismo instante una voz de barítono gritó "¡Quietos!" desde las sombras que había detrás de Stevie, y todos se envararon sin mover ni un músculo.

–Tira el arma por la borda, Stevie -dijo León usando la voz de Hanari-.

¡Hazlo!

Durante un segundo la mano de Stevie se limitó a temblar y seguir extendida hacia ellos, y Crane pensó que León le dispararía por la espalda.

Después Stevie lanzó una maldición temblorosa y arrojó el arma por encima de la borda.

Mavranos bajó la escopeta y dejó escapar el aire con un bufido a través de su bigote.

León dio un paso hacia adelante que le llevó a la cada vez más intensa claridad que llegaba del cielo. Estaba sonriendo bajo el vendaje que le cubría la frente. Crane volvió a fijarse en el bulto que tensaba la tela de sus elegantes pantalones cortados a medida, y supuso que su padre se había hecho colocar un implante artificial. "¿Es ésa su idea de la perfección física? – se preguntó-. ¿Tenerla tiesa en todo momento?" -Eres Scott Crane

-dijo León en un tono de fría satisfacción. Su mano sostenía una automática de gran calibre a la altura de su muslo -. Pareces saber algo sobre todo esto…, sobre lo que tú y yo hicimos en la partida del sesenta y nueve. ¿Y

has matado al candidato al trono que daba órdenes a este tipo? – León se echó a reír-. Bueno, gracias por haberme evitado la molestia de tener que hacerlo. ¿Por qué has venido aquí?

Crane se alegró de que nadie le hubiera reconocido como la pobre Monja Volante. Sus ojos fueron más allá de León y se posaron en el lago donde había matado al Rey de los Amino Ácidos con una automática del calibre 45 mágica, y se acordó del lugar en el que estaba el tótem físico del Rey.

–Voy a asumir el Flamingo -dijo Crane.

La risa de León se volvió un poco más ronca y gutural.

–Oh, ¿de veras? Eres un pez, hijito, no un jack. – Su rostro enrojecido se volvió totalmente inexpresivo en una fracción de segundo y desvió la mirada hacia el aún oscuro oeste. Un instante después el cañón de su pistola había subido y apuntaba al centro del torso de Crane-. ¡Stevie! – ladró León-. ¡Acércate a él y fíjate bien en sus ojos!

Stevie vaciló, pero acabó cruzando la cubierta hacia Crane y le miró a la cara.

–Eh -dijo -. Son azules… Sus ojos, ¿no? Están un poco inyectados en sangre…

–Buena señal -dijo León con recelo-. Sostén la llama de un encendedor delante de cada ojo… No le quemes, ¿entendido? Dime qué hacen sus pupilas.

El ojo nuevo que había surgido de su cuenca quedó deslumbra-do por la llama cuando Stevie la sostuvo delante de él, pero Crane consiguió no llegar a cerrar del todo ninguno de los dos.

–Las dos pupilas se han contraído enseguida -dijo Stevie.

León se relajó y volvió a reír, claramente aliviado.

–Lo siento, señor Crane -dijo -. Verá, es que hace tiempo conocí…, conocí a alguien que tenía su mismo nombre. Una vieja amiga mía llamada Betsy solía preocuparse mucho por eso, pero me temo que estaba empezando a volverse paranoica.

–León movió la pistola en dirección a Mavranos-. Ese tipo tiene un rifle o algo parecido oculto en la cazadora, Stevie. ¿Quieres hacer el favor de quitárselo?

Mavranos miró a Crane, quien asintió, y permitió que Stevie le quitara el arma.

–Bien, Crane -dijo León-. Ahora puedes subir a bordo y ser el primero… Después de todo estropeaste mi precioso Hanari, ¿no? Tu amigo puede esperar en el atracadero.

Probablemente tendrás algunas cosas de las que hablar con él cuando os marchéis.

Crane fue por el muelle hasta llegar a la sección del atracadero en la que la barandilla había sido levantada sobre sus bisagras. Llevar playeras en vez de zapatos de tacón le permitió salvar la distancia que le separaba de la embarcación sin ninguna dificultad.

Las cartas estaban esparcidas boca arriba sobre el fieltro verde que cubría la mesa -eran lo único que había encima de ella-; y a pesar de la luz del amanecer ya visible al otro lado de las portillas las lámparas de las paredes emitían una claridad casi crepuscular que iluminaba la sala. El doctor Leaky volvía a estar prisionero en su silla de ruedas, pero por fortuna llevaba un traje distinto al que se había ensuciado. Otro Amino Ácido

armado que estaba dando caladas a un cigarrillo montaba guardia frente al bar.

El aparato del aire acondicionado emitía un suave zumbido, y la más bien fría atmósfera de la sala estaba totalmente desprovista de olores.

El cuerpo de Art Hanari seguía empuñando el arma, y León se encaró con Crane desde el otro extremo de la habitación contemplándole a través de los inflamados ojos de Hanari. – ¿Por qué has venido aquí? Creo que no tienes ni idea de lo que va a ocurrir ahora -dijo.

"Tomas posesión de lo que has comprado -pensó-. Espero que no haya ningún error…" -Asumo el Flamingo.

La afirmación pareció volver a afectar mucho a su padre.

–Vendiste la mano -dijo León con voz átona pero en un tono bastante más alto-. Te convertirás en Rey de la misma forma que… ¡Que su comida!

No tengo tiempo para… -¿Por qué tienes cerca a ese viejo payaso? – le interrumpió Crane señalando al doctor Leaky con la cabeza mientras parpadeaba para eliminar las lágrimas de su ojo nuevo-. ¡Eh, doctor! –

gritó-. ¿Qué tal anda su vida amorosa últimamente?

El doctor Leaky empezó a soltar risitas y ruidos que intentaban imitar las ventosidades. – ¡Telepórtame, Scotty! – dijo.

El Amino Ácido arrojó su cigarrillo en un cenicero y dio un paso hacia adelante.

El rostro ya casi purpúreo de León se volvió de un color aún más oscuro, y clavó la mirada en los ojos de Crane…, alzó una mano…, y después cerró los ojos y tragó aire.

Y un instante después Crane empezó a caer por la oscuridad de su propia mente, y fue consciente de la presencia de los dioses antiquísimos que se removían en las profundidades a una inmensa distancia de él.

El último pensamiento coherente que pudo formar fue "No ha funcionado. Ha ganado".

Las criaturas giraban debajo de él como si fueran galaxias, y aunque no había luz podía verlas gracias a las imágenes que creaban ecos y vibraciones irresistibles dentro de su mente.

Estaba el Loco que bailaba junto al borde del precipicio, y las esfinges que tiraban de la espléndida Carroza, y el Juicio que convocaba a una multitud de siluetas haciéndolas salir de las tumbas que acababan de abrirse, y la Luna con la lluvia luminosa cayendo sobre un estanque y, más

cerca que las otras, el hermafrodita que era el Mundo, y un instante después pudo verse a sí mismo.

La forma que le pertenecía era el cuerpo envuelto en el manto y aureolado por la potencia del Emperador, y sostenía en su mano derecha la cruz lobulada egipcia, el ankh.

Se puso en pie y las otras entidades parecieron saludarle respetuosamente haciéndole una reverencia, y oyó un coro de cánticos, gritos y sollozos que evocaba el triunfo y la esperanza a pesar de contener todos los rugidos del horror y la rabia que erosionaban la límpida pureza de las voces intentando arrastrarlas hacia los tonos más graves de la escala tonal.

Siguió subiendo y se abrió paso a través de la negrura centelleante y llena de ecos que le rodeaba.

Y sus ojos recuperaron la capacidad de ver, y descubrió que estaba inmóvil sobre la alfombra roja en la sala de la casa-barco de su padre.

El cigarrillo del Amino Ácido chocó con el fondo del cenicero, y el joven dio otro paso hacia adelante.

El cuerpo de Hanari -su rostro se había vuelto repentinamente inexpresivo- dio un paso hacia atrás para no perder el equilibrio. – ¡No! –

gritó de repente el doctor Leaky con voz aterrorizada-. No, esto no… Amo la vida, ¿mi vida amorosa? ¿Mi amada esposa, mi esposa que me ama? Me quemó el Chevrolet, se llevó a mi chico, sí, eso es lo que hizo… -Estaba haciendo inspiraciones muy profundas con los ojos cerrados, y Crane vio que el anciano había vuelto a mearse en los pantalones-. ¡No me hundiré en esto! – gritó el cuerpo del doctor Leaky-. Puedo pensar… -Volvió a quedarse callado, y Crane temió que León fuera capaz de utilizar aquel cerebro senil para dar otro salto y volver al Hanari inmóvil de mirada vacía-.

Recogeré las…, las…, ya sé qué voy a recoger…, las cartas, se me han caído… Bueno, la verdad es que las tiré.

El Amino Ácido se había quedado boquiabierto, y sus ojos iban y venían de un lado a otro mientras su mano apretaba convulsivamente la culata del revólver que no había llegado a sacar de la funda.

–Siéntate -le dijo Crane.

El joven asintió con la cabeza, volvió a la barra y se sentó en un taburete.

–Tú… ¡Ya lo tengo, ya lo tengo! – gritó el doctor Leaky sin abrir los ojos-. Puedo… empujar… -Sonrió, abrió los ojos y empezó a observarlo todo parpadeando muy deprisa y girando lentamente la cabeza hasta que vio el cuerpo de Hanari que seguía inmóvil al otro extremo de la habitación-.

No, el maldito hijo de puta me cobró… ¿Cuánto? ¡Doscientos dólares! Por un motor usado en el cuarenta y cinco o, espera, no, eso es, sí, en el cuarenta y cinco… Yo… Yo le dejé muy claro lo disgustado que estaba, te lo aseguro. Desde luego que sí.

Crane contempló el cuerpo prisionero en la silla de ruedas que se debatía frenéticamente, y comprendió que era la primera vez en más de veinte años en que la mente de su padre estaba dentro del cuerpo de su padre. Aquel viejo tembloroso era su padre…, completo y por fin reunido.

Crane apretó los puños y se obligó a no correr hacia la silla de ruedas para abrazar al anciano. "Acuérdate de Ozzie -se dijo-. Ozzie era tu verdadero padre. Este hombre al que sigues queriendo tanto mató a Ozzie."

El doctor Leaky se estaba calmando, y las risitas no tardaron en volver a brotar de sus labios. – ¿Crees que ese chico lloró? – Frunció el ceño, y miró a su alrededor como si estuviera rodeado por una multitud de personas que ponían en duda sus palabras-. ¡Nada de eso! Le saqué el anzuelo del dedo y no se le escapó ni una sola lágrima…

Crane pasó junto al cuerpo inmóvil y sin mente de Art Hanari y fue hacia la gran mesa redonda en la que habían jugado a las cartas. Se inclinó sobre ella, extendió las manos y recogió las cartas de tarot formando un montón. Después le dio la vuelta y lo dejó boca abajo sobre el fieltro verde.

– ¡No puede tocar esas cartas! – gritó el Amino Ácido.

Crane volvió la cabeza y le miró por encima de su hombro. El joven había desenfundado el revólver y le estaba apuntando con él. – ¿Por qué no? – Crane sonrió y señaló a Hanari con un pulgar-. Él no tiene ninguna objeción a que las toque. Pregúntaselo.

–Voy a tener que pedirle que se aparte de la mesa -dijo el joven-. El señor Hanari nos ha dicho que debemos matar a cualquier persona que intente tocar las cartas.

Crane no había previsto aquel problema. Pensó en el arma que llevaba debajo del cinturón oculta por el faldón de la camisa cuyo frío sentía en la carne, y comprendió que no podría sacarla antes de que el Amino Ácido hubiera tenido tiempo de dispararle un mínimo de dos balas…, y el joven

ya le tenía encañonado. Crane suspiró. – ¿Por qué os hacéis llamar Amino Ácidos? – preguntó en el tono de voz más afable de que fue capaz. –

¿Cómo lo sabe?

Que Crane estuviera enterado del nombre de su pandilla parecía producirle una mezcla de placer e incomodidad, como si fuera un escritor y acabara de conocer a alguien que había leído una obra suya.

–Perro Mordedor me lo dijo.

–Ah. – El joven movió el cañón del arma-. Apártese de la mesa.

Crane se apartó de ella, fue hacia Hanari y se detuvo junto a él.

–Se le ocurrió a nuestro líder -dijo el joven-. Somos… Éramos un club masculino, y todos estábamos muy entusiasmados con la sabiduría de la Nueva Era…, aunque mataron a nuestro líder la semana pasada y casi todos se han largado. Amino viene de ammon, una palabra griega que para su información también es el nombre del dios del sol egipcio…, y existen veinte aminoácidos que son la base de todas las proteínas, como el ADN, que es la moneda de la reproducción sexual y nosotros estamos en contra de ella.

–Se encogió de hombros-. Éramos veinte. Si quitas la Luna y los Amantes los Arcanos Mayores se quedan con veinte cartas. Pensamos que íbamos a ser el ÁDN del estanque psíquico y que concebiríamos de forma inmaculada un auténtico Rey Pescador en la persona de nuestro líder sin necesidad de utilizar ninguna mujer, y después de que nuestro líder fuera asesinado Stevie y yo conocimos al señor Hanari, que ya era esa clase de Rey.

Parpadeó y frunció el ceño.

–Y haga el favor de apartarse del señor Hanari también. No, un poco más lejos.

Siéntese en esa silla de ahí. Si es necesario no vacilaré en matarle, señor. El señor Hanari nos ha dado instrucciones muy claras y detalladas. –

Crane se sentó en una de las sillas más alejadas, y el Amino Ácido volvió la mirada durante un momento hacia Hanari. El cuerpo de mandíbula fláccida y mirada vacía seguía totalmente inmóvil-.

Estoy seguro de que me dará instrucciones dentro de un momento.

Cuando haya…, cuando haya acabado de pensar me dirá lo que he de hacer.

"Está vacío, chico -pensó Crane -. No volverá a hablar nunca más…, a menos que mi padre consiga sacar su mente de ese cuerpo de anciano con

su viejo cerebro senil, cosa que de momento todavía no ha conseguido hacer."

Crane volvió la cabeza hacia el doctor Leaky, quien alternaba el fruncir el ceño con el soltar risitas. "Pero si le damos el tiempo suficiente quizá acabe consiguiéndolo", pensó nerviosamente.

Recordó aquella borrachera durante la que se había hundido en una visión hasta llegar al nivel de los Arquetipos que había debajo de su mente, y que luego había subido por un pozo de personalidad equivocado y se había encontrado dentro de un cuerpo de mujer.

"Quizá podría hacer lo mismo ahora pero de forma intencionada, y acabar en el cuerpo de Hanari y ordenar a este joven que arroje su arma al lago y que se vaya…" Crane cerró los ojos, dejó que su mente descendiera hacia las profundidades y empezó a desprenderse de los aparejos, emblemas y velas de su individualidad a medida que iba bajando hacia el nivel compartido por todos los seres humanos.

Pero acabó encontrándose metido en un vivido sueño hipnagógico en el que estaba hundido en las oscuras aguas de aquel lago tan profundo. Sabía que seguía sentado junto a la mesa de juego en la casa-barco de su padre -

podía ver los paneles de madera de las paredes, las lámparas encendidas y el cuerpo de Hanari que oscilaba lentamente de un lado a otro de pie sobre la moqueta-, pero también podía entrever los muros del apartamento del Flamingo que había ocupado Siegel, y las negras aguas del lago que había al otro lado de aquellas ventanas tan grandes como acuarios y la estantería debajo de la que estaba oculto el pozo que llevaba hasta el túnel del sótano.

En el sueño el pozo llevaba hacia arriba en vez de hacia abajo, y una voz que sonaba dentro de su cabeza -tan débil que Crane no podía estar seguro de que no la estuviera imaginando- empezó a hablarle. "Te has vuelto demasiado grande y no cabes -dijo la voz-. Queda muy poco de mí.

Yo iré."

"Gracias por ayudarme", pensó Crane y un instante después temió que la personalidad deteriorada que habitaba en aquel lugar hubiese podido captar las emociones ocultas -la duda, la incomodidad y la repugnancia-, ocultas detrás del pensamiento que acababa de proyectar mediante un esfuerzo consciente.

Pero cuando volvió a hablar la voz usó un tono entre sarcástico y jovial.

"Será un placer -dijo-. Procura ser un buen Rey, y ayuda a otro algún día."

"Te estoy agradecido -pensó Crane con más sinceridad que antes-. Te doy las gracias por mi familia."

Una rápida sucesión de asociaciones casi imperceptibles desfiló por la mente de Crane. Una reverencia, una mano que acariciaba el ala de un sombrero, una sonrisa…

Crane sintió cómo los restos de la identidad de Siegel empezaban a subir por el angosto pozo trepando o nadando.

Y el sueño se disolvió, y Crane volvía a estar entero sentado en la silla contemplando el cuerpo de Hanari…

Y vio cómo parpadeaba y abría la boca.

Crane lanzó una rápida mirada de soslayo al doctor Leaky, pero el anciano atrapado en la silla de ruedas seguía babeando con los ojos clavados en el televisor apagado.

–Fuera -dijo el cuerpo de Hanari hablando muy despacio-. Los dos.

Crane se puso en pie y salió el primero a la cubierta barrida por el viento, seguido muy de cerca por el Amino Ácido. El sol aún no era visible por encima de las Montañas Negras, pero una corona deslumbrante brillaba sobre las cimas que se alzaban en la lejanía.

Crane apartó la mirada de la claridad y vio a Mavranos y Stevie rígidamente sentados en sillas sobre la cubierta. Stevie tenía la escopeta encima de las rodillas.

–Scott Crane -dijo Hanari-, saca el arma que llevas debajo del cinturón muy despacio y con la mano izquierda, y arrójala por la borda.

Apenas oyó hablar de un arma Stevie se puso en pie y alzó la escopeta, y el otro Amino Ácido dio un paso hacia atrás para tener una línea de tiro despejada.

Crane metió su mano izquierda debajo del faldón de su camisa y tiró de las cachas Pachmayr de su arma. Cuando hubo logrado sacarla del cinturón se quedó inmóvil.

"Mi padre está dentro del cuerpo de Hanari -pensó-. Tendría que girar sobre sí mismo y tratar de acertarle…, y a los dos Amino Ácidos, claro."

Su cuerpo estaba cubierto por una capa de sudor helado, pero empezó a flexionar las rodillas para quedar ligeramente agazapado e intentó pensar en cómo movería el arma para que encajara en la palma de su mano y dónde se tiraría después del primer disparo.

–Caja fuerte y escondite -dijo Hanari en voz baja.

Era lo que Siegel le había dicho en un momento de la visión que había tenido debajo del lago.

"He de confiar en alguien -pensó Crane parpadeando para aliviar el escozor producido por la sal del sudor que se le había metido en los ojos-.

¿Voy a confiar nada menos que en… Bugsy Siegel?"

Se irguió, arrojó el arma por encima de la borda y oyó cómo se hundía con un chapoteo. Después tragó una honda bocanada de aire y la dejó escapar a continuación.

–Y ahora tú, Frank -dijo Hanari-. Tírala al lago. Un revólver pasó volando junto al hombro de Crane después de un instante de vacilación y se hundió en el agua.

–Stevie -dijo Hanari-, tráeme la escopeta.

Crane se volvió hacia el atracadero, y vio cómo Stevie avanzaba sobre la cubierta y entregaba la escopeta al cuerpo de Hanari -su rostro estaba de un rojo púrpura- y retrocedía respetuosamente después de hacerlo.

Hanari la sopesó y movió la corredera hacia adelante introduciendo un cartucho en la recámara.

Después apuntó con el arma a Frank.

–Ponte al lado de Stevie, muchacho -dijo cansinamente la voz de barítono-. Sobre el atracadero. Hay un nuevo Rey, y vosotros dos no tenéis nada que ver con él.

Frank y Stevie bajaron de la embarcación, y los dos Amino Ácidos pusieron los pies sobre las planchas del atracadero y se pegaron el uno al otro con expresiones atemorizadas.

Una luz blanca cayó sobre la calle. Crane miró hacia atrás y quedó deslumbrado por el primer rayo del sol del nuevo día que acababa de asomar sobre las cimas de las Montañas Negras.

–Iros muy lejos de aquí -dijo el fantasma de Benjamín Siegel a través de la boca del cuerpo de Art Hanari-. Olvidad todas esas ambiciones.

¡Marcharos!

Dio un paso hacia los dos Amino Ácidos, y los dos jóvenes empezaron a retroceder por el atracadero en dirección al aparcamiento.

El cuerpo de Hanari les siguió hasta el camino, y después se quedó inmóvil sosteniendo la escopeta en las manos y les siguió con la mirada mientras los dos jóvenes cruzaban a toda prisa el pavimento aún no

recalentado por el sol en dirección a las dos El Camino blancas aparcadas una al lado de la otra en el solar.

Mavranos, quien seguía sentado en la silla de cubierta, también les siguió con la mirada y después volvió la cabeza hacia Crane.

Crane movió una mano.

–Sube a bordo, Arky -dijo en voz baja.

Mavranos se detuvo en la entrada de la sala y su mirada recorrió la estancia yendo desde la mesa cubierta de fieltro verde hasta la temblorosa silueta del doctor Leaky en la silla de ruedas. El anciano estaba preguntando una y otra vez si alguien olía a rosas.

La mesa estaba vacía. Las cartas de la baraja Lombardía Zeroth estaban esparcidas sobre la moqueta roja. Crane dejó escapar un gemido ahogado.

–Ayúdame a recogerlas -dijo.

Mavranos caminó lentamente a lo largo de la barra y se inclinó para recoger las cartas, y Crane se puso a cuatro patas al lado de la mesa y empezó a recoger las que habían caído cerca de ella.

El doctor Leaky se removió en su silla de ruedas.

–Sube a mi rodilla, Sonny Boy -dijo.

Crane le ignoró.

"Dos de espadas -pensó mientras cogía aquella carta-. Y ahí está el diez de copas…"-Cuando… el… cielo… está… gris… -canturreó el doctor Leaky.

Crane había recogido bastantes cartas y se las metió distraídamente en el bolsillo para que no se le cayeran. Después se arrastró sobre la alfombra y siguió recogiendo cartas.

Y, finalmente, no pudo seguir soportando el que la estrofa incompleta de la canción flotara en la atmósfera de la sala. – ¿Qué es lo que menos te importa? – murmuró entre dientes.

–No me importa que el cielo esté gris… -canturreó León.

Crane metió unas cuantas cartas más en su bolsillo sin preocuparse de si se arrugaban, y avanzó sobre la alfombra hasta donde habían caído algunas más. Los rostros pintados le contemplaban mientras los recogía y los encerraba en sus puños. – ¿Qué le hago al cielo? – preguntó, enfurecido al darse cuenta de que aún recordaba la vieja rutina.

Seis de copas, as de bastos, el Loco…

–Haces que se vuelva azul…

"Cristo", pensó Crane mientras sentía cómo las lágrimas se acumulaban en sus ojos. – ¿Cómo me llamo? – preguntó obedientemente, y faltó poco para que se le quebrara la voz.

–Sonny Boy.

–Ya he recogido todas las que había por aquí -dijo Mavranos poniéndose en pie.

Tenía las dos manos llenas de cartas mientras evitaba mirar a Crane o al anciano.

–De acuerdo -dijo Crane poniéndose en pie y procurando hablar en un tono de voz firme y tranquilo -. Déjalas encima de la mesa. Clavaré las que hemos recogido y luego buscaremos las otras.

Sacó del bolsillo de sus téjanos el cuchillo plegable que había extraído de la pared del túnel debajo del Flamingo. Mavranos fue hasta la mesa y dejó sus cartas sobre el fieltro verde, y Crane sacó del bolsillo de su chaqueta las cartas que había ido recogiendo.

Después desplegó la hoja y colocó la punta sobre el reverso de la primera carta, y un instante después se acordó de la noche en la que se había herido la pierna y dejó caer el otro puño con fuerza sobre la empuñadura atravesando las cartas con el cuchillo.

La embarcación no se movió, no hubo ningún diluvio repentino que azotara las portillas y no se oyeron voces hablando sobre el lago.

El cuchillo estaba inmóvil en posición vertical con su punta enterrada en la madera debajo del fieltro verde.

–Hay unas cuantas más esparcidas por los rincones -dijo Mavranos en voz baja.

–Vamos a por ellas.

Crane se acuclilló sobre la media docena de cartas que habían caído junto a la moldura de estribor…, y pudo sentir los ojos del doctor Leaky clavados en él, los ojos de su padre que le observaban.

Alzó la vista hacia el otro extremo de la sala, y miró al anciano sentado en la silla de ruedas que le contemplaba con expresión implorante. – ¿Qué harán los amigos? – preguntó Crane en voz baja.

Su padre sonrió y abrió la boca.

–Los amigos pueden perdonarme…

–He terminado por aquí -dijo Mavranos yendo hacia la mesa con otro puñado de cartas.

–Y yo también he acabado con éstas -dijo Crane irguiéndose -. Creo que ya están todas. Ten, Arky, ¿te importaría contarlas? – Un sollozo estaba empezando a formarse en su garganta, y Crane esperó hasta estar seguro de que podría hablar sin que se le quebrara la voz-. Creo que no soy capaz de hacerlo.

–Claro.

Mavranos cogió las cartas que le alargaba, y Crane volvió la cabeza hacia su padre y le lanzó una mirada de irritación. – ¿Qué dejarás que hagan contigo? – preguntó.

–Dejaré que todos me perdonen…

–Setenta y ocho -dijo Mavranos, y su voz también sonó un poco temblorosa.

–Están todas -dijo Crane.

Sacó la segunda baraja del bolsillo interior de su chaqueta y la colocó al lado de la primera. Después arrancó el cuchillo de la mesa y empezó a cortar las cartas con el filo usándolo como si fuese una sierra.

Le pareció sentir movimientos y vagas resistencias debajo de la hoja, músculos invisibles que se flexionaban expresando su protesta y su furia mientras el filo del acero violaba las superficies de papel y rascaba la pintura, pero dos minutos después las cartas se habían convertido en un montón de fragmentos irregulares.

Crane retrocedió alejándose de la mesa. – ¿Qué seguirás teniendo? –

preguntó distraídamente.

–Te seguiré teniendo a ti… -canturreó su padre.

"Sí, supongo que sí -pensó Crane, y no pudo contener la oleada de amargura que le invadió-. Por lo menos esa parte de mí que sigue siendo un niño de cinco años…"

Crane recogió los fragmentos de las cartas.

–Vamos a la proa -dijo volviéndose hacia Mavranos-. Las echaré al lago como si fueran las cenizas de alguien.

–Y démonos prisa -dijo Mavranos-. Tengo muchas ganas de largarme de aquí, ¿sabes?

Crane se quedó inmóvil durante unos momentos antes de salir a cubierta porque la canción aún estaba incompleta, y no podía permitir que continuara así durante todos los años que seguirían a aquel momento. –

¿Cómo me llamo? – murmuró.

–Sonny Boy.

Media hora después la vieja camioneta avanzaba ruidosamente por la autopista 95 en dirección norte cruzando el desierto hacia la cordillera McCullough y Las Vegas al otro lado de ella.

–Y cuando volvimos a entrar estaba muerto -dijo Crane acabando de contar la historia a Nardie y Diana. Crane tenía un brazo alrededor de los hombros de Diana, y Oliver estaba acurrucado a su izquierda incrustado entre el cuerpo de su madre y la ventanilla-. Y aunque… -Crane dejó escapar un lento suspiro y apretó suavemente el hombro de Diana con los dedos-. Y aunque no podía llevar muerto más de un minuto cuando le toqué estaba tan frío como el lago. Corté el cinturón de la silla de ruedas, y después volvimos a salir a cubierta y arrojé el cuchillo al agua. Cuando…

–Siento lo de tu padre -dijo Diana.

–No creo que debas sentirlo -dijo Crane-. Creo que yo tampoco debería sentirlo.

Oliver se removió en el asiento y Crane pensó que iba a decir algo, pero el chico se limitó a mirar por la ventanilla.

–Y cuando el cuchillo estaba a punto de chocar con el agua… -siguió diciendo -.

Bueno, no se podía ver muy bien porque el sol se reflejaba en las olas, pero… ¡Pero juraría que vi cómo una mano salía del lago y agarraba el cuchillo al vuelo! Y después se hundió debajo de las aguas tan deprisa que apenas las vi ondular.

Eso atrajo la atención de Oliver, y el chico volvió rápidamente la cabeza hacia él. – ¿Una mano? – graznó-. ¿Como si alguien vivo debajo del agua lo hubiera cogido? – ¿Vivo? Bueno, no estoy muy seguro de eso.

–Yo sigo diciendo que fue una tortuga -comentó Mavranos desde el asiento delantero. Tomó un sorbo de una lata de Coors sin apartar los ojos del asfalto -. Vi cómo una tortuga alargaba el cuello y pescaba el cuchillo con la boca.

–Me gusta más la versión de Arky -dijo Nardie. – ¿Y…, y Siegel? –

preguntó Diana.

Crane meneó la cabeza.

–Cuando bajamos de la embarcación seguía allí. No movió un músculo, y ni siquiera nos miró… Y después todos oísteis aquella detonación. –