La última partida

Tim Powers · Capítulo 50 de 54

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La última partida

Capítulo 47

Crane acabó dando con una disposición que le satisfizo, y fue recogiendo las cartas cuidando de no alterar el orden en el que habría que repartirlas. – ¡Servicio! – gritó mientras guardaba la baraja preparada dentro de su bolso.

Nardie Dinh apareció unos instantes después en el umbral de la puerta que conectaba las dos habitaciones. – ¿He de hacer de botones o qué? –

preguntó.

–Era una broma -dijo Crane poniéndose en pie y deslizando los dedos por entre sus cabellos -. Lo siento. Oye, ¿podrías maquillarme? Creo que ya sabré ponerme el vestido sin ayuda.

–Claro, ven al cuarto de baño -dijo Nardie precediéndole. Después se quedó inmóvil, giró sobre sí misma y sonrió -. ¡Eh, Scott, te felicito por tu inminente matrimonio! Diana me lo dijo.

–Gracias. – Su ojo bueno ya estaba lo bastante fatigado para empezar a molestarle -. Espero que todos viviremos el tiempo suficiente para asistir a ella, pero ahora he de prepararme para mi…,mi despedida de soltero. –

Movió una mano indicándole que fuese delante de él-. Supongo que muy pocos hombres han tenido a su padre como invitado en la despedida de soltero.

–Bueno, muy pocos hombres van por ahí vestidos de mujer -dijo Nardie poniéndose seria.

47

La monja volante Una hora después Crane se mantenía en equilibrio sobre sus zapatos de tacón alto delante del millón de dólares exhibido en el Binion's Horseshoe. Cien billetes de diez mil dólares protegidos por un cristal antibalas formaban cinco columnas de veinte billetes cada una enmarcadas por una gigantesca herradura de latón tan grande como un arco triunfal. Una pareja de robustos guardias de seguridad le contemplaban frunciendo el ceño con expresiones de franca desaprobación.

–Debe de ser duro -dijo alguien junto a su codo.

Crane miró hacia abajo y vio a Newt. El traje a cuadros de solapas anchas que llevaba le daba un aspecto marchito y viejo, y hacía que sus orejas pareciesen enormes.

"Bueno, henos aquí a los dos otra vez -pensó Crane -, veintiún años más viejos y con bastante mal aspecto." -Hola -dijo mirando a Newt-. ¿Puedo ir

contigo?

–Parece que sí -dijo el viejo-. Mis otros tres pasajeros no han aparecido…, apuesto a que las pesadillas les han tenido temblando toda la noche. Suele ocurrir. Les concederemos unos cuantos minutos de cortesía más. – Volvió la mirada hacia el bolso de Crane-. Espero que hoy no irás armada. Esta vez la arrojarían al lago…, y puede que a ti también.

–No, hoy no voy armada. De todas formas parecen un grupo de jugadores bastante pacíficos, ¿no? – Bajó la mirada desde la altura que le proporcionaban sus zapatos de tacón y contempló los ojos vacíos y de apariencia pajaril de Newt-. ¿Qué era eso que dijiste "debe de ser duro"?

–Afeitarse con todo ese maquillaje que llevas encima… Seguro que frena la cuchilla, y si usas maquinilla eléctrica se meterá por los agujeros.

–Bueno, supongo que eso es lo que ocurriría, pero siempre me afeito antes de maquillarme.

Crane estaba muy cansado y sintió el melancólico deseo de poder disfrutar de una cerveza -o de lo que la cerveza había sido para él- y fumar un cigarrillo y disfrutar del sabor que tenían antes; y empezó a pensar en el fantasma de Ben Siegel, quien se había tomado considerables molestias para revelarle que se podía engañar a una mosca para que comiera de un terrón de azúcar envenenado si la cara envenenada quedaba oculta y la mosca sólo veía la cara inofensiva.

–Es una lata -dijo distraídamente -, pero lo hago por el Señor.

Las frondosas cejas blancas del viejo habían recorrido la mitad de la distancia hasta donde había estado el nacimiento de su pelo en el pasado.

–Por el Señor, ¿eh?

–Claro. – Crane parpadeó, y tuvo que hacer un considerable esfuerzo para recordar lo que había estado diciendo -. No pensarás que he escogido vestirme así, sin ningún motivo que lo justifique ¿verdad? Por si no lo sabes soy miembro de una orden religiosa, ¿entiendes? Existen montones de órdenes religiosas que te obligan a vestir de una forma rarísima.

–Uh. Me parece que no van a venir. Me refiero a mis otros jugadores, no a tus órdenes religiosas… Larguémonos -dijo, y se apresuró a alzar una mano llena de arrugas-. Con lo que no estoy sugiriendo que nos fuguemos juntos ni…

–Cristo -dijo Crane, y siguió al hombrecillo a través de la penumbra del casino en dirección a la mancha de claridad de la puerta abierta que daba a

la calle Fremont-, te juro que no corres ningún peligro conmigo, Newt.

–Y nada de montar numeritos raros en el coche.

"Todo el mundo me advierte que no intente montar numeritos raros", pensó Crane.

–Tienes mi palabra de honor.

Habían llegado a la zona de ruido de las máquinas tragaperras, y Newt murmuró algo que a Crane le pareció era "Como aplicando nada".

Crane frunció el ceño. ¿Aplicando nada de qué? ¿De honor? ¿Sería posible que aquel extraño hombrecillo hubiera intuido que Crane planeaba destronar a su propio padre?

Crane se inclinó hacia él mientras zigzagueaban por entre la multitud. –

¿Qué has dicho?

–He dicho "Como la Monja Volante". Una orden religiosa que te obliga a vestir de una forma muy rara… Podía volar, ¿te acuerdas?

Crane sintió un extraño alivio. Al parecer después de todo resultaba que no estaban hablando del honor… Estaban fuera del casino. Se detuvieron sobre la acera recalentada bañada por el sol, y Crane tuvo que gritar para hacerse oír por encima del monótono canturreo de la huelguista que blandía el megáfono. – ¡Sí, me acuerdo!

–Supongo que eso le compensaba tener que llevar puestas esas cosas todo el rato -dijo Newt-. Por lo menos podía volar.

–Supongo que sí.

Crane siguió al hombrecillo a través de la calle Fremont y por la Primera en dirección al aparcamiento de pago que había al final de la manzana. Era el sitio en el que le habían disparado hacía ocho días y donde había sido salvado por un par de proyectiles salidos del arma del gordo…, al que el mismo Crane había matado cuatro días después. Crane rascó las señales de la acera con la puntera de su ridículo zapato izquierdo, y deslizó las uñas pintadas de su mano derecha sobre el agujerito que había en la pared de ladrillo.

Crane iba a repartir.

El cielo estaba oscuro al otro lado de las portillas abiertas, y el viento todavía bastante cálido que olía a piedra lejana que se iba enfriando y a manzanitas había removido la superficie del lago creando un sinfín de pequeñas olas. Los niveles de las bebidas que había sobre el fieltro verde de la mesa no paraban de moverse y cambiar de ángulo. El humo de los

cigarrillos había creado una nube en forma de hongo sobre los billetes esparcidos encima de la mesa.

Newt se encontraba sentado a la derecha de Crane y estaba repartiendo la última de las dos cartas que quedarían boca arriba. – …y un pato para el siete -canturreaba Newt-, ninguna ayuda aparente, el siete recibe un siete, los sietes son baratos, la Monja Volante recibe un as y una posible escalera, otro diez para el diez de bastos, la pareja tiene buen aspecto y el nueve recibe… un ocho que le acerca a una escalera. – Newt se echó hacia atrás-.

Los dieces son el poder.

Crane no quería volver a sentarse al lado de León y había preparado la baraja de tal forma que necesitaba sentarse dos sitios a la derecha de su padre, y había conseguido obtener aquel puesto. El hombre sentado entre Crane y su padre tenía la pareja de dieces, y golpeó la mesa con los nudillos indicando que se plantaba. León apostó doscientos dólares, todo el mundo vio la apuesta y después el hombre de los dieces la subió doscientos más.

Todos los jugadores vieron la segunda apuesta.

La mano de Crane había entrado en subasta, y consiguió venderla por los setecientos dólares que había encima de la mesa. El hombre de los dieces rechazó una puja de setecientos dólares por su mano y después compró la mano de León por setecientos cincuenta.

–Muy bien -dijo mientras recogía las cartas boca arriba de León y las unía a las suyas, con lo que su mano mostraba una doble pareja con los dieces como máximos valores-. Quería esas cartas. Gracias, señor Hanari.

Supuse que podría comprarlas. Me he dado cuenta de que usted siempre vende su mano. Nunca espera y compra la de otro.

Crane vio que el rostro de Art Hanari fruncía el ceño levemente por debajo del vendaje, y comprendió que a su padre no le hacía ninguna gracia que alguien de la mesa se hubiera fijado en la estrategia que utilizaba para jugar a la asunción. León obligó a los labios de Hanari a sonreír.

–Tendré que empezar a variar mi forma de jugar -dijo.

"Todavía no, por favor", pensó Crane.

La apuesta volvió a correr por la mesa y al final de la partida el hombre que había comprado la mano de León tenía un full con dieces como máximo, que fue derrotado por un full de ases.

Crane iba a repartir.

Recogió las cartas, y mientras arrojaba sobre el centro de la mesa el billete de cien dólares para abrir el juego golpeó el borde de su vaso de agua mineral y lo hizo rodar sobre la mesa esparciendo el agua en una serie de ondulaciones parecidas a una ola sinoidal.

Era una distracción soberbiamente conseguida, y Crane tuvo las cartas a buen recaudo dentro de su bolso abierto y la baraja preparada encima de la mesa antes de que ninguno de los presentes hubiera podido pasar de la primera sílaba de una maldición dicha en tono sorprendido.

–Lo siento, lo siento -murmuró Crane alargando una mano en un infructuoso intento de secar el líquido con una servilleta de papel. – ¡Stevie!

– gritó el cuerpo de Hanari volviéndose hacia el Amino Ácido que se encargaba del bar-. ¡Trae una toalla, y deprisa! – El ojo no hinchado del padre de Crane le lanzó una mirada ira-cunda-. ¡La Monja Volante no parece comprender que estas cartas han sido pintadas a mano y que no deben mojarse!

–Ya he dicho que lo sentía -dijo Crane.

El fieltro verde estaba seco delante de él, y Crane empezó a manejar las cartas con rápida destreza haciendo el falso barajado. El mazo que estaba dentro de su bolso era el que contenía la carta del jack de copas que le había partido el ojo hacía cuarenta y dos años, y Crane deseó que fuese la baraja con la que repartiría cartas aquella noche mientras pensaba que quizá le habría dado suerte.

Después de siete falsos barajados pasó el mazo a Newt para que cortara, y eliminó el efecto del corte sin ningún problema rehaciendo la combinación anterior ocultando lo que hacía con la mano extendida. La atención de todos los demás seguía estando concentrada en la recogida del agua mineral que había derramado.

Cuando el fieltro verde hubo sido limpiado con una toalla y concienzudamente secado con un secador de mano que un Amino Ácido tuvo que traer del cuarto de baño León permitió que la partida siguiera su curso, y Crane repartió las tres primeras cartas a cada jugador, dos boca arriba y una boca abajo.

La primera ronda de apuestas añadió cinco mil doscientos dólares a la cantidad inicial, y después Crane repartió la segunda tanda de cartas boca arriba.

Su padre tenía el diez y el ocho de espadas boca abajo y el paje de bastos y el seis de copas al descubierto. Las cartas de Crane eran el resto de la mano que el doctor Leaky había comprado en la partida del aparcamiento el día anterior, el nueve y el rey de espadas boca abajo y el siete de espadas y el ocho de copas al descubierto. Crane podía comprar la mano de Art Hanari sin correr ningún riesgo dando la impresión de que intentaba conseguir la escalera de seis-siete-ocho.

–Y la mano del señor Hanari queda abierta para el apareamiento -dijo Crane después de que se hubiera hecho la última apuesta-. ¿Cuál es la puja?

Un hombre ofreció quinientos dólares y una mujer subió la puja a quinientos cincuenta, pero Hanari se limitó a menear la cabeza en ambas ocasiones.

–Subo a seiscientos -dijo Crane. "Y si entendéis el juego lo suficiente para comprar las manos que os he preparado ganaré esta partida con la escalera de espadas terminada en rey, so bastardos", pensó.

–Uh… -dijo León a través de los labios del cuerpo de Hanari-. No.

–Seiscientos cincuenta -dijo Crane disimulando su impaciencia.

Podía sentir la capa de sudor que empezaba a formarse encima del maquillaje que cubría su frente. Si tenía que seguir pujando en exceso por lo que parecía una escalera de tres cartas y valor medio acabaría despertando sospechas.

–No -dijo León-, creo que esta vez compraré una mano.

"Ha escogido precisamente esta mano para variar su forma de jugar -

pensó Crane-, y todo por lo que ese hijo de puta dijo en la última mano." -

Setecientos -dijo Crane intentando ocultar su desesperación.

–No -dijo León tragando la palabra de tal forma que sonó muy parecida al non francés-. La puja sobre estas cartas se ha cerrado.

El corazón de Crane había empezado a latir a toda velocidad, y mantuvo el mentón bajo para que nadie pudiera ver el palpitar del pulso en su garganta.

–De acuerdo -dijo-. En tal caso la siguiente mano entra en subasta. –

Crane dejó que el aire saliera de su garganta en un prolongado suspiro-.

¿Cuál es su puja?

Crane había vuelto a perder la oportunidad de comprar la mano del doctor Leaky y dejar después que León se la comprara en la asunción.

León acabó comprando la mano de un joven que había estado jugando de una forma muy temeraria. Crane no tuvo más remedio que admirar su táctica. Si la mano concebida ganaba el joven sería el único jugador aparte del mismo León que podía escoger igualar la cantidad de dinero puesta sobre la mesa para la opción de la asunción.

Pero la doble pareja de León perdió ante una escalera, y las cartas fueron recogidas y apiladas y entregadas al hombre sentado a la izquierda de Crane para que las barajase y repartiera otra mano.

Y Crane tuvo que conformarse y volver a jugar con el único objetivo de ganar dinero hasta el amanecer.

Para gran disgusto suyo el apodo de Monja Volante hizo fortuna enseguida, y no tardó en ser utilizado por todos los jugadores. En un momento dado el anuncio de "¡Dos reinas para la Monja Volante!" provocó tales carcajadas que la ronda de apuestas se retrasó más de un minuto.

Cuando el cielo hubo empezado a iluminarse y todo el mundo se hubo levantado para ponerse el abrigo o la chaqueta y los motores empezaron a funcionar en marcha atrás impulsando la embarcación hacia los muelles del puerto León golpeó un vaso vacío con una larga uña impecablemente manicurada.

–Atención, jugadores -dijo. Estaba sonriendo por debajo del vendaje, pero la aspereza de su tono hizo callar al instante las voces cansadas que habían empezado a charlar-. Mañana es Viernes Santo, y por respeto a la festividad el juego terminará a las tres de la tarde. Así pues y para que haya una oportunidad de que disfrutemos de un poco de acción esta embarcación zarpará… al mediodía. Sólo faltan seis horas para ese momento, por lo que quizá quieran alojarse en el Albergue Lakeview y avisar en recepción de que se les despierte pronto.

La fatiga corría por las arterias de Crane como una droga de gran potencia, pero le pareció extraño que el juego debiera terminar a las tres; y se acordó de que cuando los comercios observaban la festividad del Viernes Santo cerraban desde el mediodía hasta las tres.

Si era un gesto de respeto parecía estar extrañamente invertido.

Bailando al borde del acantilado…

Dondi Snayheever avanzaba sobre la acera de la calle Fremont tambaleándose a través del aire todavía fresco, y su silueta quedó eclipsada

durante un momento por la sombra del gigantesco vaquero de acero y tubos de neón que se alzaba sobre el Pioneer.

Snayheever se detuvo, entrecerró los ojos y levantó la mirada hacia la figura que saludaba lentamente con una mano y se preguntó qué personaje podía ser el que estaba tan cerca de representar.

Su mano mutilada tiraba de él hacia adelante, y Snayheever reanudó el esfuerzo de impulsarse a través de la resistencia que le oponía el aire de la mañana.

"Formas que esperan -pensó -, como el torbellino implícito en una bañera que aguarda el momento de cobrar existencia cuando alguien tire del tapón. Como si cuando una formación de nubes estuviera condenadamente cerca de parecerse a cierto pájaro enorme que le estaba esperando en potencia llegara a convertirse en ese pájaro…"

Pájaros. El ojo de cuervo había sido la solución correcta la semana pasada, pero el templo de Isis había volado por los aires. Según los sueños el pájaro había cambiado y se había vuelto de color rosa.

Snayheever había visto como el gordo volaba el templo en uno de sus sueños. El gordo también había conseguido una forma. Se había convertido en el gigante lisiado y redondo que había perdido su color verde, se había convertido en la bola negra cubierta de verrugas del campo matemático que contenía todos los puntos que jamás llegarían a ser infinitos.

El gordo ya no era aquello. Estaba muerto, sus fronteras se habían roto y los puntos no tardarían en dispersarse a través del desierto quedando en libertad de volverse infinitos o de no hacerlo según les viniera en gana.

Snayheever pensó en él mismo, y se preguntó cuánto tiempo seguiría siendo la cosa a la que había llegado a parecerse con tanta exactitud.

Bailando al borde del acantilado mientras el perro intentaba morderle los talones…

Podía sentir la presencia del dedo que había perdido. Estaba muy lejos de allí en dirección sur y a gran altura, y temblaba con las vibraciones de un tremendo poder hidroeléctrico.

No le quedaba más elección que ir allí. El personaje en el que se había convertido estaría allí y, naturalmente, necesitaría su forma.

Pero antes había alguien de quien debía despedirse, y alguien a quien perdonar.