La última partida
Capítulo 38
El hombre delgado no La gasolinera abandonada pasó velozmente a su derecha. Ni Crane ni Mavranos dijeron una palabra.
"Ahí es donde todo empezó a ir realmente mal -pensó Crane-. Y pensar que de haberlo sabido podríamos haber matado a Snayheever, haberle roto los brazos o algo por el estilo en Baker…, si las malditas cartas se lo hubieran dicho a Ozzie cuando jugó al póquer en el casino de Los Ángeles todo habría sido distinto. Pero no ocurrió así, y ahora estamos aquí y a estas alturas es probable que Scat ya haya muerto en el hospital y que Oliver esté en algún orfanato estatal. Diana y Ozzie no cabe duda de que están muertos, Arky y yo no tenemos muy buen aspecto… ¿Por qué no podría haberlo visto en las cartas?"
Crane se removió en su asiento y miró hacia atrás. "No hay ningún Jaguar -pensó-, pero ese Cámaro verde ya lleva un buen rato detrás de nosotros. Probablemente sólo son turistas que quieren echar un vistazo a la presa…, pero si no nos deja atrás pronto le diré a Arky que se detenga junto a la cuneta y que le deje pasar."
Crane contempló las llanuras de polvo y matorrales resecos que se alejaban hasta las montañas distantes que se alzaban bajo el cielo sin nubes, y recordó que había recorrido esa misma autopista a primera hora de aquella noche del año 1969 en un Cadillac convertible con… ¿Cómo se llamaba? Con Newt, sí, con Newt al volante explicándole nerviosamente las reglas del póquer asunción; y mientras Crane le escuchaba Ozzie ya debía de haber salido del Mint y estaría volviendo a casa a toda velocidad para sacar de allí a Diana y todas sus pertenencias y clavar el documento de transmisión en la puerta con un par de chinchetas. No se le había ocurrido antes, pero en ese momento Crane comprendió que Ozzie debía tener el documento a mano por si llegaba el momento en el que el terrible padre de Crane se convirtiera en una amenaza para Diana. Bueno, dio la casualidad de que el padre de Crane no se había convertido en una amenaza, y fue el mismo Crane quien creó esa amenaza. Crane estaba casi seguro de que había conducido al gordo hasta ella.
Volvió a mirar por encima del hombro. El Cámaro seguía a varios largos de coche detrás de ellos, y su carrocería cromada reflejaba el sol pareciendo hacerle guiños; y detrás del Cámaro había una camioneta, y de repente
Crane tuvo la impresión de que también llevaba un buen rato en aquella posición.
Abrió la hebilla de su cinturón de seguridad, giró sobre sí mismo y se arrodilló sobre el asiento para hurgar en la trasera de la camioneta. – ¿Has cambiado de parecer en lo de la cerveza? – preguntó Mavranos.
–Probablemente son imaginaciones mías -dijo Crane mientras encontraba su 357 y el 38 de Mavranos y los envolvía en una camisa-, pero… ¿Por qué no te paras junto a la cuneta y dejas que ese Cámaro y esa camioneta nos pasen si es que quieren hacerlo?
Crane volvió a sentarse y desenvolvió las armas.
Mavranos enarcó las cejas cuando vio lo que Crane se había puesto en el regazo. – ¿Que pare dónde? Esta cuneta es gravilla pura. Cuando haya reducido la velocidad lo suficiente nos habrán dejado atrás o se nos habrán comido el tubo de escape.
Crane guardó silencio durante unos momentos sin apartar los ojos del parabrisas, y acabó señalando con la mano.
–Ahí delante hay una zona despejada donde empieza un camino de tierra, ¿la ves? Si nos metemos en ella podrías girar sin tener que reducir mucho la velocidad, y si son los malos deberíamos poder dejarles atrás en el camino de tierra. Ninguno de esos dos trastos tiene el suelo a tanta altura como esta camioneta.
–Mierda -dijo Mavranos-. Ojalá le hubiera enviado otros cinco de los grandes a Wendy…
Alargó la mano, cogió su revólver y lo deslizó debajo de su cinturón.
La camioneta se bamboleó cuando los enormes neumáticos entraron en contacto con la superficie sin asfaltar, y la palanqueta para cambiar las llantas, el gato hidráulico y la caja de herramientas volvieron a caer ruidosamente sobre la chapa después de haber sido arrojadas al aire. Crane se vio lanzado hacia adelante y tuvo que apoyarse en el salpicadero agarrando el 357 que rebotaba en su re-ó el gatillo con tanta fuerza que faltó poco para que el arma se disparase. La camioneta oscilaba violentamente hacia atrás y hacia adelante, y Mavranos había entrecerrado los ojos y no paraba de lanzar maldiciones.
Crane se agarró al respaldo del asiento, volvió la cabeza hacia la nube de polvo creada por la camioneta que remolineaba detrás de ellos, y durante un momento creyó que los dos vehículos habían pasado de largo por la
autopista y abrió la boca para decirle a Mavranos que redujera la velocidad; pero un instante después vio el morro del Cámaro atravesando la polvareda para seguirles.
Su dedo se tensó y una vez más faltó poco para que disparase. – ¡Nos persiguen! – gritó para hacerse oír por encima de la cacofonía de chirridos y golpes-. ¡No pares!
Mavranos asintió y agarró el volante con más fuerza. Se habían adentrado en el camino de tierra -probablemente era un sendero abierto por algún topógrafo- y avanzaban hacia el desierto haciendo mucho ruido moviéndose a lo que parecía una velocidad suicida.
Crane volvió a mirar hacia atrás. La suspensión del Cámaro no había sido concebida para un camino tan lleno de baches, y se había quedado un poco atrás. Crane vio que la camioneta también había abandonado la autopista y que les seguía por detrás del Cámaro y a bastante distancia. Una triple estela de polvo brotaba del camino y se alejaba lentamente hacia el sur.
Un bache particularmente profundo arrojó a Crane contra la puerta.
Volvió la mirada hacia el parabrisas y parpadeó intentando ver algo por entre las grietas. Había una pequeña cañada que corría en paralelo al camino por la izquierda, y una loma no muy alta que iba subiendo a la derecha. El camino seguía extendiéndose delante de ellos en una línea tan recta como si fuese un trazo hecho con lápiz, y Crane se preguntó si llegaría hasta la I-15. Estaba seguro de que habrían dejado atrás a sus perseguidores bastante antes de llegar a ella, suponiendo que los baches no destrozaran un eje o que no se les reventara un neumático.
El estrépito era infernal, pero aun así Crane pudo oír el retumbar de un disparo. – ¡Más deprisa! – gritó.
Cerró una mano sobre la manija de la ventanilla y empezó a bajar el cristal pensando en disparar al Cámaro, pero el asiento saltaba con tanta violencia debajo de él que apenas si conseguía bajar el cristal, y comprendió que disparando desde una posición tan precaria y con tantas sacudidas no tendría muchas probabilidades de acertar al coche que les perseguía, y si la camioneta tenía que detenerse necesitaría todas las balas de que disponía.
Y el segundo boom coincidió con una especie de eco ahogado que llegó desde la parte de atrás de la camioneta, y un instante después la Suburban empezó a patinar hacia la derecha dando saltos sobre el camino de tierra sin
que la velocidad se redujera en lo más mínimo. Crane se agarró al salpicadero con la mano libre y apoyó los pies en el suelo mientras pensaba que la camioneta no tardaría en dar una vuelta de campana. Mavranos estaba luchando con el volante e intentaba hacerlo girar hacia la derecha para controlar el patinazo.
–Se ha cargado el neumático izquierdo de atrás jadeó Mavranos.
Un instante después consiguió enderezar la trasera, y dejó caer el pie sobre el freno haciendo que la camioneta se detuviera con un estrepitoso frenazo que la dejó atravesada en el camino con el morro apuntando hacia la loma y la trasera enfilada hacia la cañada.
Mavranos puso la palanca del cambio de marchas en la posición de paro, y un momento después él y Crane ya habían salido del vehículo.
Crane no sabía dónde estaba Mavranos, pero se agazapó junto al parachoques delantero pegando el cuerpo a la loma mientras la nube de polvo le irritaba la garganta obligándole a toser. Entrecerró los ojos y contempló lo que le rodeaba por encima del cañón del 357 que acababa de amartillar mientras lo hacía girar de un lado a otro por encima del capó recalentado.
En vez de los dos disparos recientes lo que resonaba dentro de su mente era el escopetazo que había oído hacía tres días. "Dios, tráeme al gordo y podrás quedarte conmigo después", rezó. – ¡Quietos! El grito enronquecido emergió de la calina saturada de polvo. La voz parecía a punto de quebrarse-. ¡Policía, teniente Frits! ¡Crane y Mavranos, apártense de la camioneta con las manos encima de la cabeza!
El viento estaba empezando a disipar la nube de polvo, y Crane no tardó en poder ver a Mavranos. Estaba avanzando lentamente hacia la cañada alejándose del aprachoques trasero con las manos vacías levantadas sobre la cabeza.
Crane había bajado su arma y estaba empezando a incorporarse.
Una silueta borrosa se hizo visible delante de él recortándose contra la carrocería del Camaro. – ¡Crane! volvió a gritar la voz-. ¡Aléjese de la camioneta ahora mismo!
Crane vaciló durante un momento, pero acabó apartándose del morro de la Suburban y dio dos pasos por la loma. Seguía teniendo el arma en la mano, pero la sostenía junto a su flanco y el cañón apuntaba al suelo.
Una ráfaga de viento acabó de limpiar la armósfera. El gordo, Vaughan Trumbill, estaba inmóvil delante del Camaro con los dos brazos extendidos hacia delante. Su mano izquierda apuntaba una automática a Mavranos y la derecha apuntaba un rifle a Crane.
Un vendaje blanco bailaba sobre la esfera de su calva cabeza, pero sus manos no podían estar más firmes.
–No es la policía dijo Trumbill-. Déjala caer, Crane.
La camioneta acababa de detenerse detrás del Camaro con un último bamboleo. Su parabrisas había quedado opacado por una capa de polvo, y Crane se preguntó cuántas armas podían estar apuntándoles detrás de él.
"Claro pensó-. Frits habría usado sirenas o una luz de la policía aunque no fuera en un coche patrulla…"
Crane volvió la cabeza hacia Mavranos, quien estaba inmóvil al otro lado del camino.
Mavranos entrecerró los párpados. Sus ojos le contemplaron por encima del polvoriento bigote, y un chispazo de lo que casi parecía buen humor iluminó sus pupilas. – ¡Estoy bien! gritó Mavranos-. Yo también apreciaba a Ozzie.
Trumbill había empezado a caminar hacia Mavranos. Su corbata y los faldones de su camisa aleteaban de un lado a otro como los estandartes de un navío. – ¡Deja caer el arma o mato a tu amigo, Crane! gritó.
Sus ojos enmarcados por bolsas de carne se clavaron en el rostro de Crane. – ¡Ja! chilló Mavranos, y pateó la arena con un pie.
La cabeza de Trumbill giró rápidamente hacia él, el cañón de su automática se movió hacia arriba…
Y Crane, tan consciente de las armas que imaginaba apuntándole detrás del parabrisas como lo habría sido de un escorpión suspendido delante de suc ara agradeció asu amigo el que se lo hubiera puesto tan fácil… …
mientras alzaba su revólver y acariciaba el gatillo del arma amartillada.
El bam ensordecedor hizo que le diera vueltas la cabeza, y Crane dejó que el retroceso le hiciese girar sobre sí mismo hasta acabar cayendo de rodillas con el arma apuntando hacia el parabrisas de la camioneta.
La camioneta debía de tener puesta la marcha atrás, pues su morro se hundió en el mismo instante en el que Crane empezaba a caer de rodillas, y el vehículo retrocedió a toda velocidad mientras sus neumáticos delanteros removían la arena creando dos nubes que se arremolinaron delante de ella.
Crane hizo girar su arma apuntando el cañón hacia la parte trasera de la camioneta, pero Mavranos estaba solo e inmóvil en el camino dando la espalda a Crane y empezando a desviar la mirada del vehículo que se alejaba para bajarla hacia la cañada.
Crane bajó el cañón del arma después de un instante más de tensión y de respirar con dificultad y se puso en pie.
La camioneta -Crane pudo ver el logotipo de una floristería en su flanco- había llegado a un punto del camino más ancho y estaba dando la vuelta. Un instante después ya volvía a avanzar por el camino, regresando a la autopista y cobrando velocidad a cada momento que pasaba.
Crane bajó por la pendiente de la loma, cruzó el camino y se detuvo en el borde de la cañada a unos cuantos metros de Mavranos.
Trumbill yacía acostado de espaldas sobre el lecho arenoso de la cañada unos metros por debajo de ellos. Tenía la chaqueta abierta, y la tela blanca de la camisa que cubría su vientre se estaba enrojeciendo muy deprisa. El rifle había caído sobre el camino cerca de Mavranos, y la automática estaba apoyada en una piedra hacia la mitad de la pendiente de la cañada con el cañón apuntando al cielo.
–Buen disparo, Pogo -dijo Mavranos.
Crane le miró. Su amigo no había recibido ningún impacto de bala, pero se tambaleaba, estaba muy pálido y parecía a punto de vomitar.
–Gracias -dijo Crane.
Supuso que él debía de tener un aspecto muy parecido.
–Cámaro -dijo Trumbill en voz alta-. Llevadme al… teléfono. –
Pronunciar aquellas palabras parecía estar costándole un terrible esfuerzo, pero su voz seguía siendo firme y clara-. Medivac…
"No", pensó Crane.
–No -dijo en voz alta.
"Tengo que matarle -pensó sintiendo una mezcla de asco y asombro-, he de acabar con él. No puedo hacer prisioneros. ¿Qué haría la policía? ¿Le metería en la cárcel? ¿Por qué motivo? El cuerpo de Ozzie ha desaparecido, y aun suponiendo que el gordo hubiera dejado pruebas suficientes para que se le acusara del asesinato de Diana, lo cual no es nada probable, no cabe duda de que quedaría en libertad bajo fianza. Estaría en un hospital durante mucho tiempo, naturalmente, pero eso no le impediría trabajar para mi padre desde allí, ¿verdad? No permitiría que Scat y Oliver se le escurrieran
entre los dedos como le ocurrió con Diana cuando era un bebé… Y yo estaría en la cárcel aunque sólo fuese por poco tiempo…, y puede que durante mucho. Demonios, ¿qué clase de historia podría contarle a la policía? He de matarle. Aquí mismo, ahora." -Mavranos -dijo Trumbill-.
Puedo curar tu cáncer. Puedes… volver con tu familia… siendo un hombre sano. Décadas. – Tragó aire haciendo el ruido suficiente para que los dos hombres inmóviles al borde de la cañada pudieran oírle con toda claridad -.
Dardos tranquilizantes… en el rifle. Dispárale uno a Crane.
Crane giró sobre sí mismo y contempló el rifle caído a un metro de los pies de Mavranos. Después alzó la cabeza y su mirada se encontró con la de Mavranos.
Crane no creía que Mavranos pudiera coger el rifle antes de que él pudiese levantar el revólver y dispararle…, pero se dio cuenta de que era físicamente incapaz de disparar contra Arky. Abrió lentamente la mano y dejó que el revólver cayera sobre la arena.
–Haz lo que tengas que hacer, Arky -dijo.
Mavranos asintió lentamente con la cabeza.
–Estoy pensando en Wendy, y en las chicas -dijo.
Fue hacia el rifle caído en el suelo moviéndose muy despacio, y cuando llegó a él le dio una patada enviándolo hacia uno de los neumáticos delanteros de la camioneta.
–Wendy te salvó.
Crane exhaló y asintió. Después se volvió hacia Trumbill y tragó saliva haciendo bastante ruido mientras se inclinaba para recuperar el revólver.
–De acuerdo -gimió Trumbill. Su rostro estaba muy pálido y el sudor que lo cubría brillaba bajo aquel sol implacable, y sus rechonchas manos se habían tensado-. ¡Última petición! Llamad a este número…, decidle dónde está mi…, mi cuerpo. Tres, ocho, dos…
–No -dijo Crane alzando el revólver que brillaba como si se hubiera convertido en un espejo con una mano temblorosa-. No sé qué clase de magia podría hacer con tu cadáver. – Parpadeó para librarse de las lágrimas que habían invadido sus ojos, pero cuando volvió a hablar su voz sonó firme y tranquila-. Será mejor que te pudras aquí y que sirvas de alimento a las aves y los insectos. – ¡No-o-o-o-o! – La herida de Trumbill era terrible, pero a pesar de eso se las arregló para rugir, y aquel sonido espantoso y ensordecedor que subió desde el fondo de la cañada pareció llenar el
desierto y hacer temblar la lejana bóveda del cielo-. El hombre delgado no, el hombre delgado no, el…
Crane pensó en Ozzie y en Diana, y en que aquel hombre los había matado a los dos.
Y apretó el gatillo.
Bam.
–El hombre delgado-o-o-o-o-o…
Bam. Bam. Bam. Bam.
Click.
La atmósfera recalentada de la inmensa llanura desértica no devolvió ningún eco de los disparos. Crane bajó el revólver vacío y contempló con expresión asombrada el cuerpo tachonado de manchas rojas que yacía inmóvil sobre la arena del lecho reseco.
Y un instante después la superficie del camino estaba debajo del rostro de Crane y entre sus manos extendidas, y estaba vomitando espasmódicamente las heces de la Coca-Cola que había bebido en el desayuno.
Cuando por fin pudo rodar sobre sí mismo hasta quedar de lado sin dejar de escupir y jadear vio por entre un velo de lágrimas que Mavranos había abierto la puerta trasera de la camioneta y estaba llevando el gato hidráulico hasta el neumático deshinchado.
–Puedo hacerlo yo solo, Pogo -dijo Mavranos-. ¿Por qué no averiguas si puedes empujar ese Cámaro hasta el fondo de la cañada? Tengo un par de lonas que podríamos echar encima asegurándolas con rocas. Que tarden un tiempo en detectarle no le hará daño a nadie, y no creo que los chicos de esa camioneta vayan a hacer ninguna llamada.
Crane asintió y se puso en pie con un considerable esfuerzo.
Quince minutos después estaban avanzando lentamente por el camino de tierra en dirección a la autopista. Mavranos maldecía distraídamente los daños que imaginaba había sufrido la suspensión de la camioneta. Crane se bamboleaba de un lado a otro en el asiento contiguo con los ojos clavados en las piedras agrietadas del desierto intentando sentir una austera satisfacción por haber vengado a Ozzie, orgullo por haber liquidado al gordo de un disparo tan competente y certero o alguna emoción que no fuese el horror que recordaba haber experimentado mientras apretaba una vez y otra y otra más aquel gatillo que el sudor había vuelto tan resbaladizo.