La última partida

Tim Powers · Capítulo 27 de 54

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La última partida

Capítulo 24

–Creía que Ozzie te había dicho que se suponía que debías mantenerte alejado de esa clase de cosas.

Crane se frotó el rostro, y se preguntó si tendría aspecto de estar tan agotado como se sentía.

–Ese consejo sólo tiene validez si echo a correr con la esperanza de que conseguiré mantenerme escondido. Si quiero hacer algo creo que tendré que enfrentarme con…, con eso, con ellos o con lo que sea.

Mavranos suspiró y acarició con los dedos de una mano el pañuelo que llevaba anudado debajo del mentón. – ¿Nos has llevado a morir en el desierto porque no había tumbas en Egipto? – dijo en voz baja casi como si hablara consigo mismo. – ¿Tu amigo Eliot?

–El Éxodo. La Biblia tiene montones de pasajes muy interesantes, Pogo.

Crane meneó la cabeza.

–Ozzie me dijo que no empezara a leer libros que tuvieran muchas páginas.

24

Fragmentos del Libro de Thot A comienzos de la tarde Betsy Reculver había llamado a Trumbill una docena de veces para preguntarle si Diana aún no había aparecido o si había visto a Crane, y se había quejado de todo lo imaginable desde dolores en las articulaciones hasta las pésimas lecturas que estaba obteniendo de las cartas que salían en sus solitarios.

Durante su última llamada -después de haberle vuelto a advertir de que no debía permitir que Diana Ryan se le escapara – Trumbill oyó el sonido del timbre de su puerta seguido por los ladridos de LaShane. – ¿Es Newt? –

preguntó Trumbill.

–Deja que lleve mis viejos y cansados huesos hasta un sitio desde el que pueda ver la pantalla.

Trumbill oyó cómo su respiración se hacía un poco más ruidosa, y el teléfono portátil dejó de transmitirle sonidos después de que la mujer cruzase un umbral.

Trumbill pensó en lo aliviado que se sentiría cuando la nueva partida hubiese terminado y el alma de Georges León tuviera a su disposición cuerpos nuevos a los que animar y pudiese emplear todo el lote concebido y pagado en 1969.

"El pobre tipo debe de echar de menos sus pelotas -pensó Trumbill-.

Veinte años es un período de gestación muy largo si necesitas a los chicos, especialmente cuando no te queda otro remedio que concebir más antes de que puedas tener acceso al lote original…

Es una forma muy extraña de llegar a ser Rey."

Trumbill suponía que en el pasado los Reyes Pescadores se habían limitado a tener hijos y que no necesitaban matar las mentes de sus hijos y robarles los cuerpos, y creía que un Rey así habría reinado sobre una tierra verde y fértil y no sobre un desierto estéril, y que habría compartido su poder con una Reina. Habría tratado cara a cara con las inmensas y antiquísimas entidades que eran conocidas con los nombres de Arquetipos o dioses, y no mediante la mediación formal y a distancia de aquellas cartas terribles.

Oyó el gruñido de sorpresa lanzado por Reculver.

–Dios mío, Vaughan -dijo la mujer-, es ese tipo. ¡Es Al Funo! Y está hecho un desastre… No se ha afeitado, y no para de temblar. – Trumbill oyó el chasquido del intercomunicador de Reculver-. ¿Sí?

Después oyó la voz de Funo. Los dos altavoces por los que debía pasar antes de llegar hasta él hacían que sonara levemente metálica.

–Necesito hablar con usted, señora Reculver.

–Concierta una cita -dijo Trumbill-. Piensa en algún sitio en el que podamos verle.

–Eh… Podemos verle en… -dijo Reculver alzando la voz para que se la oyera claramente a través del intercomunicador-. Podemos volver a quedar en la Deli de Lindy, en el Flamingo. – ¡Necesito hablar con usted ahora! –

gritó Funo.

–No -dijo Trumbill al instante.

El intercomunicador chasqueó al ser desconectado. – ¡Vaughan, si no hablo con él se marchará, y es la única pista que puede llevarnos hasta Diana! No volverá al apartamento que estás vigilando, no es tan estúpida…

¡Que estés sentado allí como un maldito sapo es una pérdida de tiempo! He de hacerlo todo yo sola, ¿verdad?

–Betsy, métete en el cuerpo de Hanari, ¿quieres? Funo está chiflado…

–Se va… -Trumbill oyó un golpe ahogado y comprendió que la mujer acababa de dejar el teléfono sobre la mesita que había al lado de la puerta

principal, y un instante después volvió a oír el chasquido del intercomunicador-. Muy bien -oyó que decía-, entre.

Oyó el click que hizo la cadena de seguridad al volver a ser colocada en su sitio.

Trumbill se puso en pie, y su vientre multicolor se balanceó delante de la ventana del austero apartamento que daba a la avenida Venus. – ¡Coge un arma al menos! – gritó por el teléfono -. ¡Maldita sea, Betsy, coge un arma!

Oyó los ladridos de LaShane al otro extremo de la línea telefónica seguidos por el inconfundible bam de un disparo a muy poca distancia del auricular. Un instante después oyó un segundo disparo. El perro dejó de ladrar.

–Mierda -murmuró Trumbill, y lanzó una mirada de impaciencia al dúplex que se alzaba al otro lado de la calle mientras sus dedos apretaban el auricular del teléfono -. ¿Betsy? – gritó-. Betsy, ¿estás bien? ¡Respóndeme enseguida o llamaré a la policía!

Sabía que si podía oírle cogería el teléfono y le ordenaría que no lo hiciera.

Pero lo único que podía oír era el suspiro casi imperceptible de la línea.

– ¡Betsy! – volvió a gritar. La calle vacía era como un gran bostezo al otro lado del cristal de la ventana-. Betsy, ¿qué ha ocurrido?

Arrojó el tubo de Ban al suelo y desconectó los dos ventiladores para oír mejor cualquier sonido que pudiera llegar desde el otro extremo de la línea.

Acabó oyendo un click, como si alguien hubiera cogido una extensión.

–Cinco-cinco-cinco tres-ocho-uno-cero -dijo una voz de mujer joven-, aquí la operadora con una interrupción de emergencia de Richard Leroy en el cinco-cinco-cinco tres-cinco-nueve-tres. ¿Tendría la bondad de dejar libre la línea?

–Sí -murmuró Trumbill tensando las mandíbulas. Oyó otro chasquido.

–Vaughan, soy yo -dijo una estridente voz masculina un instante después-. Estoy dentro de Richard. – Richard estaba jadeando-. ¡Je-Jesús, me disparó! – Hizo una pausa para toser, y Trumbill se alegró de que no le hubiese telefoneado desde el asmático cuerpo de Beany-. Funo me disparó.

Me desangré encima del umbral y me morí diez segundos después de que me hubiese disparado y echado a correr. – Durante un momento Trumbill sólo pudo oír sus jadeos -. Merde, Vaughan -siguió diciendo Richard-, ¡el cuerpo de Reculver está tirado allí medio dentro y medio fuera del

apartamento! – ¿Dónde estás? – ¿En la casa de Richard? No lo sé, estoy en un pasillo donde hay un teléfono…, supongo que es la biblioteca de la universidad, sólo la he visto un momento, el tiempo suficiente para llegar hasta un teléfono. Ahora sólo veo a través de Beany. Dentro de Beany estoy llamando un taxi delante del Flamingo; eso me llevará a casa más deprisa que ir hasta mi coche en el campus. ¡Maldita sea, espero que nadie haya avisado a la policía para informar de que ha oído disparos o avisar de que ha visto ese pobre cuerpo! – ¿Crees que el viejo Newt tendrá el suficiente sentido común para entrarlo?

–Newt… Buena idea. Quizá… Hace treinta años que me debe su alma; y supongo que no querrá verse metido en ningún lío con la policía. Claro que si lo ve desde la calle quizá se limite a pasar de largo en el coche.

Trumbill dejó escapar un lento y ruidoso suspiro.

–Creo que debería quedarme aquí.

–Sí, claro. Cuando dije que Diana no aparecería por ahí no estaba pensando con claridad. Quédate ahí y mátala. No puedo permitir que haya una Reina de Corazones en circulación mientras sólo dispongo de tres cuerpos… Trabajaré a través de Richard y Beany.

Trumbill sabía que el viejo no querría ocupar el cuerpo de Art Hanari.

Era su artículo preferido de exhibición, tal como lo había sido Richard la última vez. Querría que Hanari estuviera descansado y lo más hermoso posible para dirigir la nueva serie de partidas de asunción. – ¡Renaissance Drive, esquina de Tropicana y la Este! – gritó de repente la voz de Richard.

La conexión se interrumpió.

Trumbill comprendió que el último grito había sido un eco involuntario del viejo Beany gritando la dirección a un taxista delante del Flamingo, y que Richard se lo había transmitido desde la biblioteca de la universidad.

Unas cortinas en las que había estampadas siluetas ocultaban las ventanas de la habitación, y aunque había unos cuantos tubos fluorescentes encendidos alrededor de las estanterías y vitrinas que se alineaban a lo largo de la pared de atrás, después de que Crane hubiese entrado y cerrado la puerta a su espalda casi toda la luz disponible procedía de una lámpara de hierro negro colocada sobre la gran mesa redonda.

Un hombre bastante mayor, delgado y con una barba blanca, dejó un libro a un lado y se puso en pie, y Crane vio que llevaba una túnica de satén

azul. "Bueno, al menos se esfuerza por crear atmósfera", pensó Crane nerviosamente. – ¿Puedo ayudarle en algo, señor? – preguntó el hombre.

–Eh… Espero que sí -dijo Crane -. Necesito que me echen las cartas.

La fría atmósfera olía débilmente a incienso y limpiador de alfombras, y le recordó que su aliento probablemente debía de oler a cebollas. Mavranos había insistido en que hiciesen una parada para comer una hamburguesa de queso, aunque después de entrar en el local Mavranos se había limitado a dar unos cuantos mordiscos a la suya.

–Muy bien. – Si había captado el olor de las cebollas había decidido no hacer ningún comentario al respecto -. Tenga la bondad de sentarse a la mesa. Me llamo Joshua.

–Scott Crane.

La mano de Joshua estaba fría y fláccida, y Crane la soltó después de darle dos débiles apretones.

El anciano abrió la puerta para colgar un letrero de plástico sobre el que se leía "Se ruega no molestar" del picaporte, y volvió a ocupar su asiento en el lado norte de la mesa mientras Crane se instalaba en el cómodo sillón de cuero que había enfrente de él. La mesa estaba cubierta con un cristal y era tan grande que si hubieran estado jugando al ajedrez Crane habría tenido que estirarse para mover las piezas más alejadas.

–Una lectura normal, es decir, echar las diez cartas con las cartas de los veintidós Arcanos Mayores, son cincuenta dólares -dijo el anciano. –

¿Hay…, hay alguna lectura más concienzuda?

–Sí, señor Crane. Podría hacer un despliegue en herradura con las setenta y ocho cartas. Requiere bastante más tiempo, pero también revela más cosas y cobro cien dólares por ella.

–Vayamos a por la herradura.

Crane sacó un billete de cien dólares de su bolsillo y lo puso sobre el cristal. Crane pensó que si hubiera alguien observándoles probablemente esperaría que el anciano lo tapara con otro billete de cien dólares sacado de su bolsillo y que luego repartiese una mano de póquer, pero los largos y pálidos dedos de Joshua se limitaron a hacer desaparecer el billete de Crane.

Joshua empezó a desplegar un paño cuadrado de tela púrpura de grandes dimensiones que había levantado de lo que resultó ser una caja de madera pulimentada. – ¿Le han echado las cartas del tarot con anterioridad?

–No…, no lo creo. No, la verdad es que no. ¿No puede llevar a cabo el…, el procedimiento con cartas de una baraja normal?

–De una forma tosca, sí. – Joshua sonrió mientras abría la caja y sacaba de ella una baraja de cartas más grandes de lo normal con el reverso adornado por un dibujo de cuadrados -. Pero la lectura resulta tan imprecisa que no aceptaría dinero a cambio de hacerla, y no la recomiendo para responder a ninguna pregunta mínimamente seria. El tarot es el instrumento original, y las cartas que se usan en los casinos no son más que una forma simplificada y truncada concebida para los juegos. Esto no es un juego -

añadió clavando los ojos en el rostro de Crane, y no sonreía.

–No estaría aquí si creyese que lo era.

Crane se reclinó en el sillón ocultando el nerviosismo que sentía. Era la tercera vez en que iba a exponerse a las cartas del tarot, y la primera en que las cartas le hablarían respondiendo a una pregunta formulada por él, y Crane no estaba muy tranquilo. – ¿Cómo funciona? Quiero decir… ¿Cómo se las arreglan las cartas para averiguar cosas sobre mí?

–Si le dijera que lo sé con certeza le mentiría. – Joshua había esparcido las cartas boca abajo sobre el paño de seda y estaba moviéndolas de un lado a otro con las dos manos-. Algunas personas creen que es pura magia, y tengo en mi poder un librito ridículo que le dirá que los rayos vibratorios emitidos por sus dedos se las arreglan para combinarse con el oxígeno de la habitación decidiendo qué cartas han de salir. – Joshua había vuelto a reunir las cartas e hizo chocar suavemente los bordes del mazo con el cristal para igualarlos-. El hecho es que funciona.

Formó un puente con los dedos debajo del mentón después de haber dejado el mazo de cartas delante de él.

–Puede que sean los fragmentos que han sobrevivido del Libro de Thot

-dijo Joshua-. Se supone que el libro fue recopilado por el dios Thot y que fue difundiéndose de forma muy discreta a partir de los primeros reinos egipcios. Jámblico, el sirio del siglo cuarto, afirmaba que los cultos mistéricos de Osiris encerraban a los iniciados en una habitación sobre cuyas paredes estaban pintadas veintidós imágenes simbólicas capaces de producir efectos muy considerables…, y esas imágenes son las veintidós cartas de los Arcanos Mayores, las cartas que no pertenecen a ningún palo que han sido suprimidas de la baraja moderna que se emplea para los juegos de azar. Sea lo que sea lo que representan las cartas no cabe duda de que

producen… resonancias muy claras y potentes al entrar en contacto con ciertos elementos de la psique humana, de la misma forma que el diapasón de un afinador de pianos puede hacer vibrar una copa de cristal situada al otro extremo de la habitación. Creo que ya sea en un aspecto micro o macroscópico hay una consciencia detrás de ellas, y que las cartas captan nuestra presencia.

"Entonces probablemente me reconocerán -pensó Crane-. Sube a mi rodilla, Sonny Boy…"

Se limpió las palmas en las perneras de los pantalones.

–Y ahora quiero que limpie su mente dejándola vacía salvo por la pregunta que ha venido a formular -dijo Joshua-. Esto es serio, así que tómeselo en serio.

"Despeja tu mente para las cartas", pensó Crane.

Asintió e hizo una inspiración lo más profunda posible. – ¿Cuál es su pregunta? – preguntó Joshua.

Crane reprimió una sonrisa, y cuando habló su voz sonó firme y clara. –

¿Cómo puedo conseguir el empleo de mi padre?

Joshua asintió con la cabeza. – ¿Puede barajar las cartas? – le preguntó empujando el mazo hacia Crane.

–Sí.

Crane cortó el mazo y barajó las cartas rápidamente siete veces poniéndolas planas sobre la mesa de forma instintiva para no correr el riesgo de tener un atisbo de la última.

Después empujó el mazo devolviéndoselo a Joshua. – ¿Corto?

–No.

El anciano formó dos montones de cartas, uno el doble de alto que el otro. Después el montón más alto fue tratado de igual forma, y el montón más alto de los dos fue dividido según la misma relación dos por uno…

Joshua acabó obteniendo seis montoncitos de cartas. Cogió el que estaba más al oeste y empezó a colocar las cartas sobre la mesa formando una hilera vertical.

La primera carta era el paje de copas, una imagen de un joven vestido a la moda del renacimiento en pie delante de un océano estilizado sosteniendo en su mano un cáliz del que asomaba una cabeza de pez.

Crane se relajó sintiendo una mezcla de alivio y decepción. El dibujo era de estilo decimonónico, no una de las imágenes vividamente coloreadas

del quattrocento que había utilizado su padre. "Con esta baraja probablemente no ocurrirá nada", pensó.

El débil chasquido de la carta al entrar en contacto con la seda fue seguido por el golpeteo de las gotas de lluvia cayendo sobre el cristal de la ventana que había detrás de las cortinas.

"Cuando el cielo está gris", pensó Crane.

La carta siguiente era el Emperador, un rey muy anciano sentado en un trono con las piernas cruzadas en una postura bastante incómoda como a causa de una herida.

Un trueno que pareció sonar muy cerca hizo vibrar el cristal, y Crane oyó el chirrido de neumáticos y el estruendo metálico de una colisión automovilística en la calle. La lluvia caía con más abundancia y siseaba sobre el pavimento.

Joshua alzó la mirada con expresión sobresaltada, pero puso la tercera carta sobre la mesa.

Era el Loco, un joven que bailaba junto al borde de un precipicio mientras un perro intentaba morderle los talones.

Las cartas restantes salieron despedidas de la mano de Joshua y volaron hacia Crane, quien se agachó mientras silbaban y caían al suelo detrás de él.

Una carta había chocado con su ojo de plástico, y durante un momento de sorpresa e incomprensión Crane volvió a ser un niño aturdido por el daño físico y el peso insoportable de la traición.

Pero se obligó a pensar y a recordar quién era y por qué estaba allí.

"Las cartas -se dijo enérgicamente -, ¿recuerdas? No llores, ya no tienes cinco años… Viniste a consultar las cartas. Parece que después de todo da igual qué baraja de tarot se utilice…"

El corazón le latía a toda velocidad.

"Pero la respuesta no me gusta -pensó-, o no la entiendo."

Crane dejó escapar el aliento que había estado conteniendo y se irguió mientras oía cómo las cartas seguían cayendo sobre la alfombra detrás de él.

Giró sobre sí mismo moviéndose cautelosamente en el sillón. Las cartas se deslizaban de un lado a otro sobre la alfombra como si el edificio estuviese siendo sacudido por un terremoto de gran magnitud.

La lluvia caía a torrentes del cielo.

Joshua había echado su silla hacia atrás y se había puesto en pie.

–Salga de aquí -murmuró mirando a Crane. Tenía el rostro blanco-. No quiero saber quién es usted. Salga…, salga de aquí ahora mismo.

La respiración de Crane se había acelerado y el anhelo de tomar una copa era tan intenso que sus manos casi parecían garras, pero meneó la cabeza.

–Sigo necesitando una respuesta a mi pregunta -dijo articulando cuidadosamente cada palabra.

El anciano emitió un estridente gemido de miedo y preocupación. –

¿Acaso no resulta obvio que no puedo ayudarle? Dios mío… Se calló.

Y de repente Crane estuvo seguro de que había estado a punto de decir algo como "¡Ni siquiera tal-y-tal podría ayudarle!". – ¿Quién? – preguntó Crane -. ¿Quién puede ayudarme?

–Vaya a ver al Papa. No lo sé. Si no se marcha de aquí ahora mismo llamaré a la policía…

–Conoce a alguien que juega a esto sin límites de ninguna clase,

¿verdad? Dígame quién es.

–Le juro que no conozco a nadie que pueda ayudarle, y llamaré a la policía si…

–Estupendo -dijo Crane con una gran sonrisa, y se puso en pie -. Si no me dice quién es volveré…, no, averiguaré dónde vive e iré allí y… -¿Qué podría asustar al anciano? – . Me desnudaré y haré un solitario en su porche usando una baraja de esas malditas cartas, yo… -Crane había empezado a gritar-. Llevaré conmigo una docena de cadáveres y jugaré a la asunción con ellos, y utilizaremos hostias de comunión como fichas. ¡Seré el jodido jack tuerto y jugaré por mi ojo! Alzó una mano hasta su cara, se quitó el ojo de plástico y extendió su puño tembloroso hacia el anciano.

Joshua se había derrumbado en su silla durante el estallido de ira de Crane y estaba llorando. Los dos hombres permanecieron en silencio durante unos momentos.

–De todas formas no importa -sollozó Joshua por fin -. No me atrevo a seguir en Las Vegas, no después de haber hecho esa lectura…, esa lectura parcial… -Su túnica azul estaba retorcida alrededor de su torso y le daba un aspecto entre ridículo y patético-. Maldito sea…, y tendré que buscarme otro trabajo. No podré volver a echar las cartas en lo que me quede de vida.

Ahora conocen mi rostro… En el nombre de Dios, ¿por qué acudió a mí?

–Saqué una carta de la baraja y le tocó a usted -dijo Crane obligándose a no compadecerse del anciano. Volvió a colocar su ojo de plástico en la cuenca y fue hacia la ventana-. ¿Quién es?

Joshua sorbió aire por la nariz y se puso en pie.

–Por favor…, si aún queda algo de humanidad dentro de usted…

¿Cómo dijo que se llamaba?

–Crane, Scott Crane.

–Scott, si le queda algo de compasión humana no le diga que he sido yo quien le ha enviado. – Joshua se limpió los ojos con una manga de la túnica-. No sé cuál es su verdadero nombre; le llaman "Araña" Joe. Al parecer vive en una caravana cerca de Rancho, en la autopista Tonopa. Está a la derecha de la autopista, a dos horas de la ciudad…, una caravana y unos cuantos cobertizos con un cartel enorme en el que hay un dos de picas.

Las cartas habían dejado de girar sobre la alfombra. Joshua se arrodilló y empezó a usar el paño de seda para recogerlas tomando todas las precauciones posibles para asegurarse de que no las tocaba con los dedos.

–Scott, ¿querrá hacerme otro favor? – preguntó con voz temblorosa.

Crane asintió-.

Coja estas cartas…, coja mis cartas y lléveselas con usted…, y llévese también su billete de cien dólares. No, no puedo usarlo para nada y aunque lo quemase podría atraer más atención psíquica hacia mí.

Crane había descorrido la cortina para observar la calle mojada por la lluvia.

–De acuerdo -asintió mientras se encogía de hombros.

Joshua bajó la cremallera de su túnica de satén azul y se la quitó moviéndose despacio y con gestos cansados. Debajo llevaba pantalones cortos y una camiseta de polo Lacoste.

Parecía en buen estado físico, como si se ejercitara continuamente, y de repente Crane tuvo la certeza de que su verdadero nombre era mucho más prosaico y menos impresionante que el bíblico que había escogido para su oficio.

–He oído decir que hay que cruzarle la palma de la mano con plata -dijo el anciano con voz cansada-. Consiga dos dólares de plata…, de plata auténtica, ¿entiende? Afirma que eso impide que las cosas le vean, que ciega los ojos de los muertos; es algo relacionado con la vieja costumbre de poner monedas sobre los ojos de un muerto.

Joshua arrojó el billete de Crane sobre la mesa al lado del mazo de cartas y Crane se inclinó para recogerlo todo.

Se metió el billete y las cartas en el bolsillo de la chaqueta.

–Iré a verle hoy mismo -dijo.

–No. – Joshua estaba detrás de una caja registradora que había junto a las estanterías, y los tubos fluorescentes empezaron a apagarse con una serie de chasquidos ahogados-. No hará nada mientras este mismo sol se encuentre en el cielo. Tiene que ser un nuevo día. Hoy todo está demasiado…, demasiado despierto.

Crane vio que las lágrimas seguían corriendo por las mejillas del anciano. – ¿Y un…, y otro billete de cien dólares que no fuera ése? –

preguntó sintiéndose bastante incómodo.

–No puedo tocar su dinero. – El anciano estaba sacando billetes de la caja registradora, y parecía tratar de ocultarlos como si quisiera evitar que los ojos de Crane se posaran en ellos-. Y ahora, ¿por qué no se va? ¿No cree que ya ha hecho más que suficiente?

Los ojos de Crane se posaron en un estante lleno de "Remedios florales", y se preguntó para qué enfermedades podían necesitar remedio las flores. Después asintió sintiéndose cada vez más avergonzado y fue hacia la puerta, pero se detuvo después de haber dado un par de pasos y giró sobre sí mismo.

–Oiga, ¿es que creía que todo esto no tenía…, no tenía dientes para morder? – preguntó con voz enronquecida-. Quiero decir que… Usted se gana la vida con esto…, bueno, se la ganaba. ¿Creía que todo era un té para ancianas y universitarias? ¿No sabía que hay monstruos ahí fuera?

–Le aseguro que ahora lo sé -dijo el anciano-, y creo que usted es uno de ellos.

Crane contempló las inocuas pinturas, libros y frascos repletos de hierbas que llenaban la penumbra a su alrededor.

–Espero que esté en lo cierto -dijo.

Salió de aquel salón en el que ya no se volverían a echar las cartas y se alejó bajo el martilleo de la lluvia.

Su día ya había quedado dos días atrás, pero Snayheever se había vuelto a poner el sombrero de plumas indio. Las plumas se iban inclinando bajo la lluvia.

Estaba sentado sobre la hierba mojada de la angosta franja de terreno que corría a lo largo del Strip en el lado del Mirage. Delante de él -más allá de la barandilla en la que las oscuras siluetas de los turistas que enarbolaban cámaras de vídeo se empujaban las unas a las otras a pesar de la lluvia-, las revueltas aguas de la laguna se extendían hasta llegar a la base del volcán, y aunque el viento nocturno estaba impregnado por el olor de los tubos de escape y la tela empapada Snayheever tenía la sensación de estar a una gran profundidad bajo la superficie del agua. Cuando el viento hacía que las plumas mojadas entraran en su campo visual parecían frondas de helechos y algas marinas.

Eso le servía para mantener a raya el dolor de su mano destrozada.

Cuando recobró el conocimiento la noche anterior se encontró yaciendo sobre el suelo de madera de su caja de la autopista de Boulder. Echó un vistazo a su mano derecha y lo único que hizo después fue llorar. La bala se había limitado a hacerla pedazos, y un dedo había desaparecido para siempre. Snayheever intentó volver a Las Vegas en el viejo Morris, pero llegar con la mano izquierda a la palanca del cambio de marchas le resultaba demasiado difícil y de todas formas no podía ver con claridad.

Cada par de faros que se le aproximaba quedaba duplicado, y había dos lunas colgando en el cielo. Snayheever acabó abandonando el coche al lado de la cuneta y regresó a la ciudad a pie.

Había sido una caminata muy larga. Cuando empezó a ser capaz de ver con más claridad el dolor de su mano destrozada creció hasta convertirse en un palpitante ardor rojizo, y Snayheever obligó a su mente a hundirse en el nebuloso aturdimiento de la conmoción que se iba desvaneciendo poco a poco.

Se había sentido como un nadador que deja salir el aire de sus pulmones en un reguero de burbujas para poder sumergirse, y había comprendido vagamente que lo que estaba abandonando era algo parecido a su identidad, su personalidad y su voluntad, pero de todas formas nunca había considerado que tuviesen un gran valor.

Y las otras personas nunca le habían parecido estar realmente vivas, pero acababan de quedar disminuidas hasta convertirse en móviles llenos de ángulos que oscilaban impulsados por un viento carente de importancia y habían abandonado toda pretensión de poseer tres dimensiones. Snayheever acababa de comprender que las personas habían parecido poseer