La última partida

Tim Powers · Capítulo 44 de 54

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La última partida

Capítulo 41

Fue hacia la caravana arrastrando los pies abriéndose paso a través del aire espeso que se oponía a su avance moviendo las manos como si nadara, se agazapó al lado del parachoques trasero e incrustó el dedo detrás de la placa de la matrícula.

Ya podía irse. Volvió a nadar a través del aparcamiento y fue hacia los Slots of Fun.

41

Caja fuerte y escondite La mañana del domingo Crane estaba sentado en la habitación de un motel cerca de Paradise con los ojos clavados en el teléfono. La brisa que brotaba del ruidoso aparato de aire acondicionado le hizo estremecer, y apretó con la mano el vendaje que le cubría el hueso de la cadera mientras se preguntaba si debería volver a cambiarlo.

Habían transcurrido casi veinticuatro horas desde que el arpón le había herido el flanco, pero la herida seguía sangrando. No sangraba mucho, pero cada vez que se quitaba la camisa y apartaba el vendaje Crane veía sangre fresca manchando la compresa.

Y sentía picores en el cuero cabelludo y en la cicatriz del tobillo, y un lento palpitar en la cuenca de su ojo derecho, pero aunque los músculos de sus brazos y sus piernas tendrían que estar doloridos por el ejercicio físico que había hecho ayer en el lago se sentía más fuerte y animado de lo que se había sentido en años.

Mavranos estaba sentado en una silla junto a la ventana deslizando un dedo sobre el delgado papel con que había envuelto uno de los McMuffins de salchicha con huevos, y Crane vio cómo se llevaba el dedo a la boca y lamía el queso que estaba empezando a solidificarse de nuevo. Mavranos tragó saliva, aunque al parecer tuvo que girar la cabeza para conseguirlo.

–Siento la garganta reseca sin importar lo mucho que trague – dijo con irritación-. Ni siquiera el agua me ayuda. – Miró a Crane, quien seguía apretándose el costado -. ¿Aún te sangra?

–Probablemente -dijo Crane.

–Bueno, está justo donde te dio la bala de Snayheever. Ese pobre costado no ha tenido ocasión de curarse.

Crane tomó un sorbo de su café. Mavranos había entrado la nevera en la habitación y estaba bebiendo de una lata de cerveza, naturalmente.

–Se supone que el Rey Pescador ha de estar herido -dijo Crane-. Puede que esto sea una buena señal.

–Me gusta tu manera de tomarte las cosas. Si se te cura siempre puedes volver a clavarte un cuchillo en la pierna. – Mavranos volvió la cabeza hacia la radio-reloj que había sobre la mesilla de noche-. Tu hombre probablemente sólo quería librarse de ti.

A mediados de la tarde del día anterior Crane había empezado a telefonear a los echadores de cartas y las tiendas de ocultismo y Nueva Era de la zona, y aquella mañana le habían dado el teléfono y la dirección de un librero de San Francisco especializado en barajas de tarot antiguas.

Al principio el librero había intentado que Crane se interesara en algunas de las barajas que se habían vuelto a imprimir en Europa el año 1977, que al parecer había sido declarado el seiscientos aniversario de los juegos de cartas y conmemorado como tal, pero cuando Crane le repitió el nombre de la baraja en la que estaba interesado y le dijo algunas de las cosas que le había dicho "Araña" Joe el librero se quedó callado durante tanto tiempo que Crane se preguntó si habría colgado el auricular. Después le pidió su número de teléfono y prometió que le llamaría.

–Quizá -dijo Crane-. Puede que me tomara el pelo.

Crane se preguntó si el librero le habría dado el número de teléfono de la habitación a alguna terrible Policía Secreta del Tarot, y si no tardarían en oír unos golpes en la puerta.

Lo que oyeron fue el timbrazo del teléfono, y Crane cogió el auricular. –

¿Hablo con el caballero que me preguntó por una baraja de tarot muy antigua? – preguntó el librero.

–Sí -dijo Crane.

–Estupendo. Siento el retraso… Tuve que esperar a que una empleada volviera de desayunar, y no quería hablar de este tema por el teléfono de la tienda. Estoy en una cabina telefónica. Eh… Sí, sé de qué baraja me está hablando. Al principio no la identifiqué porque no es buscada por los coleccionistas, y ni siquiera se la considera como una baraja antigua.

Ninguna de las versiones que se conservan es anterior a la década de los treinta, aunque los dibujos parecen ser bastante antiguos, y tal como sugiere su nombre es posible que sean anteriores a las veintitrés cartas redescubiertas hace poco conocidas como cartas de Lombardía cuyo propietario ha escogido permanecer en el anonimato. Actualmente apenas

se utilizan dejando aparte unos cuantos psicoanalistas de vanguardia que no desean que se conozca ese hecho. La Asociación Médica Americana quizá no lo aprobaría, ¿hmmm? – ¿Psicoanalistas?

–Eso es lo que se me ha dado a entender. Son símbolos muy poderosos, ya sabe, y parece que resultan efectivos para revivir catatónicos y cosas parecidas…, en algunos casos es el equivalente a la terapia de electroshocks.

Crane oyó el retumbar de un camión pasando al lado de la cabina telefónica desde la que le hablaba el librero.

–Bueno -dijo el hombre cuando se le pudo volver a oír-, supongo que usted no es psicoanalista, pero que sabe algo acerca de esta baraja y esas cartas conocidas con el nombre de baraja Lombardía Zeroth. ¿Sabía que en estos momentos no hay nadie que las pinte? Hace tiempo existía una especie de gremio compuesto por unos cuantos hombres que podían…

pintarlas, pero después de la guerra varios países europeos consideraron delito muy grave incluso el hecho de poseer una de esas barajas. No es algo que figure en los códigos legales, compréndame, pero a pesar de ello está considerado como un delito muy grave. Sí, muy grave… Pero da la casualidad de que conozco a una fuente. Debe comprender que esto exigiría una…, una considerable cantidad de dinero.

–Sí -dijo Crane.

–Claro, claro. Bueno, si pudiera traerme un depósito consistente en la mitad de lo que calculo que costará podré ponerme en contacto con la propietaria. Es una viuda bastante mayor que vive en Manhattan y guarda las cartas en… -El librero dejó escapar una risita algo nerviosa-, en una caja de plomo dentro de su bóveda de seguridad. Necesitaría…

Digamos que doscientos cincuenta mil dólares, preferiblemente en efectivo. Tiene veinte cartas de una baraja pintada en Marsella el año 1933

y…

–No -dijo Crane-, necesito una baraja completa.

"Y la necesito para este miércoles", pensó.

–Mi querido señor, el problema está en que no existe ninguna baraja completa. Por ejemplo, ni siquiera las colecciones Visconti y Visconti-Sforza contienen ejemplos supervivientes de las cartas del Diablo o de la Torre. Supongo que el…, el tratamiento de shock fue demasiado severo.

Puedo afirmar con toda seguridad que suponiendo que exista alguna baraja

completa del tarot Lombardía Zeroth debe de estar en manos de alguna vieja familia europea, que no se halla a la venta y que su existencia ni siquiera sería admitida bajo ninguna circunstancia.

–Y una mierda -dijo Crane-. He visto dos barajas completas distintas, una en 1948 y otra en 1969, y he hablado con el hombre que pintó una de ellas.

Hubo un prolongado silencio al otro extremo de la línea.

–Y ese hombre… ¿Se encontraba bien? – preguntó por fin el librero en voz baja.

–Bueno, estaba ciego. – Esta vez fue Crane quien guardó silencio durante varios segundos-. Se…, se sacó los ojos hace veinte años.

–Vaya, vaya. Y usted ha visto las cartas…, una baraja entera de ellas.

¿Y qué tal se encuentra?

Crane se apretó el costado y observó con envidia cómo Mavranos tomaba un sorbo de cerveza.

–No muy bien.

–Volver a ver esas cartas no le ayudaría en nada, créame -dijo la voz que brotaba del teléfono-. Entreténgase resolviendo crucigramas o viendo los seriales de la televisión. De hecho, creo que lo mejor que podría hacer sería someterse a una lobotomía.

Hubo un chasquido y la comunicación se cortó.

–No ha habido suerte -observó Mavranos mientras Crane colgaba el auricular.

–No -dijo Crane-. Dijo que podía conseguirme parte de una baraja a cambio de medio millón de dólares, y después me dijo que debería hacerme una lobotomía.

Mavranos se rió y se puso en pie. Después se apoyó en la pared, acarició el pañuelo que llevaba anudado alrededor del cuello y lanzó una mirada de irritación a su lata de cerveza.

–No funciona, Pogo.

–Quizá no te las bebes lo bastante deprisa.

–Es posible. – Mavranos fue hacia la nevera y se inclinó para sacar otra lata-. Tu papi tiene una baraja.

–Claro, pero aun suponiendo que consiguiera dar con ella si las tuviera en mi poder él no podría utilizarlas, ¿verdad?

Mavranos parpadeó.

–Supongo que no. No se puede tener lo arcaico y comérselo…, ja, ja, ja.

– Abrió la lata de cerveza-. Pero hace tiempo tenía otra baraja.

–Sí, la baraja con la que me dejó sin ojo. Probablemente no habrá vuelto a utilizarla porque está manchada con mi sangre. – ¿Crees que la tiró a la basura?

–Bueno… No. De hecho, creo que si tuvieras una de esas barajas y quisieras librarte de ella ni siquiera te atreverías a quemarla. Supongo que…

Crane se puso en pie y fue hacia la ventana. La brisa hacía que las palmeras se balancearan sobre el tráfico de la mañana.

–Supongo que la escondió junto con las otras cosas que podrían haber sido utilizadas para dañarle -dijo en voz baja. – ¿Sí? ¿Y dónde crees que escondería algo así?

Crane se acordó del último día que había pasado con su padre en el mes de abril del año 1948. Habían desayunado en el Flamingo, pero antes de entrar su padre había metido algo en un agujero que había hecho en el estuco debajo de los peldaños que llevaban a la entrada del casino. Crane aún recordaba los soles rodeados de rayos y las siluetas hechas con palotes arañadas en el estuco alrededor del agujero.

Pero aquel casino ya no existía. El edificio y la Torre del Champán que se alzaba en el extremo sur habían sido derribados en algún momento de los años sesenta, y el solar estaba ocupado por un enorme rascacielos de acero y cristal con el casino actual, mucho más grande que el antiguo, sirviéndole de planta baja.

Aun así seguía siendo el lugar que había pertenecido a su padre, el castillo en el erial propiedad del viejo…, su torre.

Crane se encogió de hombros.

–Vayamos a echar un vistazo por el Flamingo.

Al Funo golpeó el parabrisas del taxi con la yema de un dedo.

–Siga a esa camioneta azul -le dijo al taxista-. No la pierda y le saldrá a cuenta aunque tenga que seguirla hasta Los Ángeles.

La Glock de 9 milímetros cargada con dieciocho cartuchos de Remington 147 subsónicos granulados estaba dentro de la funda de su hombro, y llevaba el estuche de joyería en el bolsillo de la chaqueta. "Ya va siendo hora de que resuelva el asunto pendiente que tengo con Scott Crane -

pensó -. Le daré las buenas noticias… -se palmeó el bolsillo de la chaqueta-, y las malas", y se acarició el bulto que llevaba debajo del sobaco.

–No puedo salir de los límites de la ciudad -dijo el taxista.

–Entonces será mejor que rece para que no salgan de los límites de la ciudad -dijo secamente Funo.

–Mierda -replicó el taxista en un tono despectivo.

Funo frunció el ceño, pero se obligó a relajarse y observó la camioneta que tenían delante. Cogería un autobús para Los Ángeles aquella misma tarde. El Dodge en el que había estado durmiendo ya no funcionaba.

Cuando intentó ponerlo en marcha el sábado por la mañana en el aparcamiento del Marie Callender el motor había emitido el estrépito metálico más horrible que Funo había oído en toda su vida; pero unos instantes después había dejado de hacer ruido, y Funo había podido utilizar el Dodge hasta la noche anterior cuando pasó por encima de una protuberancia antivelocidad en el aparcamiento del supermercado Lucky de Flamingo Road. Aquel estrépito horrible volvió a brotar de debajo del capó y el motor dejó de funcionar para siempre. Funo había conseguido empujar el viejo Dodge hasta una plaza de aparcamiento y había pasado la noche durmiendo dentro de él.

Y mientras estaba desayunando aquella mañana alguien había entrado en el coche después de haber sacado la cerradura de la puerta del conductor.

Funo no había descubierto que faltara nada, y a juzgar por las pelusas que había visto en el suelo los intrusos habían estado husmeando debajo del asiento delantero, pero Funo no tenía nada guardado allí.

Funo había empezado a balancearse ligeramente sobre el asiento del taxi sin apartar los ojos de la camioneta azul que tenían delante. "Cobrar la deuda -pensó nerviosamente -, darle lo suyo, tirar el martillo, venderle la granja, ponerle el culo en la mano, hacer que se coma sus calzoncillos…"

Mavranos aparcó la camioneta en el aparcamiento de varios niveles que se alzaba detrás de los edificios del Flamingo antiguo, y él y Crane salieron del vehículo y cogieron el ascensor para bajar hasta la calle. Después fueron por el Strip hasta la enorme estructura conocida con el nombre de Casino Hotel Flamingo Hilton.

Al norte de las grandes puertas del casino se estaba añadiendo una nueva fachada, y una alambrada separaba el tráfico del Strip de la tierra polvorienta que había debajo de la nueva fachada de cristal sobre la que

desfilaba una procesión de flamencos de cristal rosa de dos dimensiones, algunos de los cuales aún tenían adheridas las pegatinas del fabricante.

Hombres tocados con cascos de plástico manejaban los martillos para colocar los encofrados de madera en las que se vertería el cemento, y Crane y Mavranos se detuvieron en la acera al lado de la alambrada y se apoyaron en ella para dejar pasar a las riadas de turistas. – ¿Dónde escondía sus secretos tu papi? – preguntó Mavranos.

Una mujer muy gorda y sudorosa que vestía un mono color naranja le miró mientras pasaba junto a ellos.

–Más o menos donde está trabajando ese tipo -dijo Crane -,pero han vuelto a edificar encima del solar. Ya no queda nada de los viejos tiempos.

Mavranos bostezó un par de veces, y luego frunció el ceño como si los bostezos no hubieran surtido el efecto esperado.

–Bueno, no me parece probable que las obras le pillaran por sorpresa.

¿Dónde crees que habría trasladado su escondite?

"Escondite -pensó Crane-. Caja fuerte y escondite…"

Se apartó de la alambrada.

–A un sitio que no haya cambiado desde los viejos tiempos. Vayamos a echar un vistazo al edificio del Flamingo original…, lo que ahora llaman el Edificio Oregón.

Volvieron por donde habían venido hasta llegar a la entrada principal, entraron en el edificio y avanzaron por la fría y ruidosa penumbra del casino serpenteando entre las hileras de máquinas tragaperras y la acumulación de mesas pegadas las unas a las otras -con Mavranos estirando el cuello a cada momento para ver las cartas esparcidas sobre las mesas de blackjack y, sin duda, deseando haberse traído consigo un pez dorado-, y acabaron saliendo por las puertas de atrás para seguir moviéndose bajo los rayos de sol que caían sobre el agua agitada por las zambullidas, el suelo color blanco hueso y los cuerpos bronceados untados de loción solar.

Y allí, al otro lado de la piscina de aguas cabrilleantes y enmarcado por los troncos curvados de las palmeras, se alzaba el edificio bajo y alargado que Crane siempre recordaría como el Flamingo.

Estaba pintado de un color marrón claro en vez del verde pistacho de antaño, habían atornillado balconcitos falsos de hierro forjado a la mitad inferior de las ventanas, y la angosta terraza sobre la que había creído estar con Benjamín Siegel al lado el día anterior quedaba oculta por paredes -

aunque Crane creyó poder distinguir sus contornos-, y a la derecha el cielo quedaba oculto por otra ala de gran altura del Flamingo Hilton y a la izquierda se alzaba una grúa enorme más allá de la cual se divisaban las torres coronadas por tejados estilo pagoda del Imperial Palace; pero aquel edificio descuidado y casi olvidado que yacía a los pies de los gigantes era el corazón del Flamingo, el corazón del Strip y de toda la ciudad de Las Vegas.

–Tu lugar preferido, papá -dijo Crane en voz baja mientras ponía los pies sobre la superficie de cemento y empezaba a reseguir el lado derecho de la piscina.

Crane y Mavranos empujaron una de las angostas puertas de cristal del Edificio Oregón y empezaron a pasear por el silencio de la rotonda cubierta por una moqueta verde. Crane golpeó un muro con los nudillos y captó el frío silencio del mármol debajo del papel de pared. Siegel había construido su castillo para que fuese lo más sólido posible.

Cogieron el ascensor y subieron al cuarto piso, pero en una de las puertas de doble hoja de lo que había sido la suite con terraza de Siegel había una placa sobre la que se leía "Suite Presidencial", y Crane pensó que fuera quien fuese el pez gordo que ocupaba la suite no dejaría que un par de tipos con aspecto de vagabundos entraran en ella y empezaran a quitar las estanterías de su librería.

Volvieron a coger el ascensor para bajar, salieron por una de las puertas de atrás y se encontraron en una pendiente cubierta de césped adornada por un flamenco de metal rosa. Crane recordaba un aparcamiento y un par de bungalows detrás de los que sólo había desierto, pero aquello también había desaparecido y había sido sustituido por una calzada de cemento y el Edificio Arizona, con una nueva estructura para aparcar asomando por encima de su tejado. – ¿Cavamos debajo de ese flamenco? – sugirió Mavranos.

Crane había vuelto la mirada hacia el apartamento de Siegel.

–En la…, la visión o la alucinación tenía una escalerilla escondida debajo de la librería -dijo con voz pensativa-. Parecía muy larga, y supongo que debía de terminar en el sótano. – Señaló un camino a la izquierda que llevaba hasta una entrada de servicio y entregas subterráneas-. Vayamos por ahí.

–Espero que sean indulgentes con los intrusos en esta ciudad -gruñó Mavranos mientras se ponían en movimiento.

–Finge que estás borracho y diles que estabas buscando el lavabo de caballeros.

–Creo que estoy borracho, y no me molestaría en lo más mínimo encontrar un lavabo de caballeros.

Mavranos sacudió un paquete de Camel hasta sacar un cigarrillo y lo encendió caminando de espaldas para proteger la llama de la corriente de aire. Después ofreció el paquete a Crane.

–No, gracias -dijo Crane.

–No has fumado un cigarrillo desde que saliste de las aguas del lago -

observó Mavranos-. ¿También has decidido dejar ese vicio?

Crane se encogió de hombros.

–No me apetece. Creo que me ha dado por llevar una vida sana.

El camino que hacía pendiente no tardó en alejarles de la luz del sol, y les llevó a una zona de carga situada debajo del edificio. Una cinta transportadora bastante ancha llegaba hasta la superficie del muelle de carga, y grandes cajas de papel higiénico Soft Blend estaban amontonadas sobre las dos púas del soporte de un toro de pequeñas dimensiones aparcado junto a ella.

En el extremo opuesto del muelle de carga había una ventanilla de madera verde con un mostrador y un cartel en el que se leía NO SE

ATIENDE A REPRESENTANTES colocado sobre la pared que se veía al otro lado. La ventanilla estaba vacía, y Crane pasó junto a un cubo de fregona de plástico y subió a toda prisa los tres peldaños. Mavranos iba detrás de él lanzando maldiciones ahogadas.

Un instante después estaban en el extremo sur de un pasillo muy largo con un montón de containers azules provistos de ruedas alineados a lo largo de la pared. Tuberías pintadas de blanco colgaban del techo, y su presencia hizo que Crane tuviera la impresión de que el techo era de bambú.

–La escalerilla tendría que bajar…, más o menos por ahí -dijo.

Avanzó por el pasillo intentando mantener grabadas en su mente la forma y las dimensiones del edificio.

Todas las puertas que iban dejando atrás tenían un letrero sobre el que se leía NO HAY SALIDA escrito en letras rojas, pero Crane se detuvo delante de una de ellas y trató de hacer girar el picaporte. La puerta se abrió

y entraron en una habitación de techo muy alto en la que palpitaba un enorme calentador de agua. Las tuberías y los diales obligaban a agacharse para ir de un lado a otro, pero Crane se encorvó y fue hasta el otro extremo de la habitación…, y se quedó inmóvil durante varios segundos contemplando la escalerilla de madera atornillada a la pared de cemento que desaparecía en la oscuridad del pozo que había arriba.

Crane estaba seguro de que llevaba hasta la librería de la suite de Siegel.

"Está claro que no fue una alucinación -pensó -. Ayer hablé con el fantasma de Bugsy Siegel…"

Acabó apartando la mirada de la escalerilla y movió lentamente la cabeza de un lado a otro contemplando la habitación.

–Todo esto es demasiado nuevo -le dijo en voz baja a Mavranos, quien seguía inmóvil junto a la puerta-, pero juraría que vamos por el buen camino.

Mavranos entrecerró los ojos y contempló los tablones de madera aglomerada, el cemento y la maquinaria que no paraba de vibrar mientras olisqueaba la atmósfera que olía a desinfectante.

–Si tú lo dices… Salgamos de aquí, ¿de acuerdo?

Crane emergió de detrás de la masa de maquinaria que le había estado ocultando, abrió la puerta y asomó la cabeza por el hueco, pero no había nadie. Salió de la habitación seguido por Mavranos y siguieron avanzando por el pasillo.

El pasillo se fue volviendo más oscuro, y se estrechó hasta casi convertirse en un túnel con cañerías corriendo a lo largo de las paredes así como sobre sus cabezas. El suelo de linóleo verde estaba agrietado y lleno de manchas de humedad, y Crane no tardó en tener la sensación de que aquellas paredes y aquel techo eran más antiguos y habían sido construidos con mayor solidez. Como para confirmarlo se dio cuenta de que las grandes latas de color verde oscuro colocadas sobre un estante que le llegaba a la altura de la pantorrilla atornillado al muro oeste llevaban etiquetas en las que se leía que el departamento de Defensa Civil certificaba que contenían agua potable. Al parecer aquella sección del edificio era lo bastante sólida como para haber sido convertida en refugio antiatómico oficial.

Se acordó de los muros de mármol ocultos por el papel de pared de arriba.

–Siegel hizo construir este túnel -dijo en voz baja mientras avanzaba apoyándose en las cañerías tratando de aprovechar al máximo la luz de las bombillas protegidas por jaulas de alambre que había esparcidas por el pasillo para no golpearse la cabeza con alguna de las válvulas que colgaban del techo-. Creo que estamos en la ruta de huida de emergencia del antiguo Rey.

"Caja fuerte y escondite", pensó.

Y un instante después fue Mavranos quien lo vio.

El mango rojo de un cuchillo sobresalía de la pared delante de ellos, y Mavranos lo señaló con la mano.

–Supongo que aquí es donde practicaba el lanzamiento de cuchillo -dijo.

El mango del cuchillo asomaba de un círculo de cemento más fresco que tendría unos treinta centímetros de diámetro, y Crane se estremeció al ver las siluetas arañadas en los viejos ladrillos que había a su alrededor.

Soles, crecientes lunares, figuras dibujadas con palotes que blandían espadas…

Mavranos había cerrado los dedos de una mano sobre el mango del cuchillo y estaba tirando de él, pero el cuchillo se negaba a moverse.

Mavranos lanzó una maldición y tiró con más fuerza llegando al extremo de apoyar una pierna en la pared, pero al final tuvo que darse por vencido y se limpió la mano en los téjanos.

–No hay forma de sacarlo -jadeó.

Crane dio un paso hacia adelante teniendo la sensación de estar tomando parte en un ritual muy, muy viejo y curvó su mano derecha sobre la empuñadura de plástico que había quedado cubierta por el sudor de Mavranos. El cuchillo parecía ser del modelo que usaba el ejército suizo.

Tiró de él, y el cuchillo salió del círculo de cemento con tanta facilidad que Crane golpeó una de las latas de agua apiladas en la pared opuesta con la punta del mango.

–Lo aflojé -dijo Mavranos.

Crane mantuvo cerrado su ojo derecho. No quería ver el cuchillo bajo la apariencia de una espada medieval.

Ya estaba empezando a oír cosas.

Usó su ojo bueno para mirar a un extremo y otro del pasillo, pero no había nadie visible salvo él y Mavranos; por lo que Crane ignoró las voces de las Hermanas Andrews cantando Ron y Coca-Cola, las carcajadas y el

tintineo de las fichas que parecían ecos procedentes del otro lado de una esquina inimaginable.

Hizo girar el cuchillo hacia la pared este, colocó la punta sobre el cemento más reciente y ejerció presión. La hoja se abrió paso a través de él con tanta facilidad como si fuese cartón, y después de unos momentos de aserrar observado por Mavranos Crane dejó suelto el disco de cemento y lo empujó hacia dentro. – ¿Oyes…, oyes música? – preguntó Crane.

–No oigo nada aparte de mi corazón, y no quiero tener que empezar a preocuparme por él. ¿Por qué lo preguntas? ¿Estás oyendo música?

Crane no respondió. Lo que hizo fue mirar dentro del agujero.

El espacio que había en el interior del muro tendría un metro cúbico de volumen. Crane entrevió una carta de tarot muy antigua y de aspecto muy frágil -la Torre- sujeta con chinchetas a la pared del fondo de la pequeña recámara. La carta estaba del revés.

Cerró el cuchillo, se lo guardó en el bolsillo, sonrió nerviosamente a Mavranos y metió la mano en el agujero.

La movió de un lado a otro muy despacio tanteando cautelosamente el interior de la cavidad, y encontró una bolsita de tela que resultó estar llena de dientes y un espejito resquebrajado con un marco de concha de tortuga -

¿qué debía haber reflejado en el pasado, o qué no había conseguido reflejar?

– , y en un rincón descubrió tres bultitos duros que quizá fuesen semillas de granada y, finalmente, sus dedos encontraron la caja de madera que recordaba oculta debajo de todos aquellos objetos.

Crane la sacó del agujero y la abrió, y se estremeció al volver a contemplar los dibujos geométricos de apariencia tan inocente que adornaban el reverso de las cartas.

Dio la vuelta a la primera. Era el paje de copas, un joven de pie al borde de un acantilado que sostenía una copa en la mano, y una esquina de la carta estaba manchada. Crane lamió la mancha después de un instante de vacilación, y creyó captar un sabor a sal y hierro tan débil que casi resultaba imperceptible.

Las Hermanas Andrews empezaron a cantar "Sonny Boy".

Cua-a-a-ando el cielo está gris no me importa que el cielo esté gris…

–Salgamos de aquí -le dijo Crane a Mavranos con voz enronquecida.

Dejó todos los objetos dentro del agujero salvo la caja de madera, que se guardó dentro de su chaqueta Levi's.

Un hombre alto y moreno que llevaba una camiseta hawaiana, una gorra blanca y auriculares Walkman Sony sonreía mientras barría la parte de atrás del Edificio Oregón con el objetivo de su cámara de vídeo. Los cristales relucientes de unas gafas de sol ocultaban sus ojos.

–La entrada de servicio del sótano debajo del edificio en el lado sur -

dijo por el micrófono de la cámara de vídeo sin dejar de sonreír-. Ahora.

–Entendido -dijo una voz por los auriculares.

El hombre hizo girar la cámara de vídeo hacia la zona de carga que había debajo del edificio y centró su objetivo en un joven vestido con un traje oscuro que estaba inmóvil junto a la pila de cajas de papel higiénico como si no supiera qué hacer. El joven sostenía en su mano derecha un objeto oscuro de forma oblonga, y el hombre de la cámara de vídeo buscó instintivamente el bulto de la automática que llevaba en la funda de su cadera derecha oculta por el faldón de la camisa. Su sonrisa se había ensanchado hasta mostrar un montón de dientes muy blancos.

–Ahora -repitió.

Dos hombres vestidos con uniformes marrones habían empezado a bajar un container de basuras por la rampa, y una ranchera con matrícula de Montana serpenteaba por el camino que unía los edificios Oregón y Arizona.

Uno de los hombres de uniforme dejó de empujar el container y fue hacia el joven del traje. Su conversación fue breve y el sonriente hombre de la cámara de vídeo no oyó ni una palabra de ella, pero un instante después el hombre del traje se había doblado sobre sí mismo pegando el mentón a las rodillas y los dos hombres de uniforme le inmovilizaron, le quitaron un arma y le arrojaron dentro del container que empezaron a empujar rampa arriba.

La ranchera se había detenido. Su puerta trasera estaba bajada, y el hombre del traje fue sacado rápidamente del container e introducido en el vehículo. Los hombres uniformados se instalaron en el asiento trasero con él y cerraron la puerta.

El hombre sonriente se había puesto la cámara de vídeo debajo del brazo y había empezado a cruzar la extensión de césped en dirección a la ranchera. Se quitó la gorra blanca y se sentó en el asiento contiguo al del conductor sin dejar de sonreír.

La ranchera volvió a ponerse en marcha, giró hacia el este dejando atrás la estructura del aparcamiento y avanzó en dirección oeste hasta llegar a Flamingo Road anunciando cada giro con las luces y moviéndose a una velocidad lo bastante reducida para que nadie se fijara en ella.

Habían arrojado una manta sobre la cabeza de Al Funo, y podía sentir la mordedura de un cable de nylon tensado alrededor de sus muñecas detrás de su espalda. Sus tobillos también estaban inmovilizados, indudablemente con otro cable de nylon.

El corazón le latía a toda velocidad, pero podía volver a respirar y los labios pegados al metal corrugado del suelo de la ranchera estaban curvados en una sonrisa. "Siempre has tenido que sobrevivir mediante tu ingenio, viejo amigo -se dijo-, y darás con alguna manera de salir de este lío hablando, luchando o corriendo. Bueno, ¿y quiénes son estos tipos?

¿Amigos de Reculver y del gordo? Maldición, justo cuando por fin ya casi tenía a Scott Crane… Me pregunto si estos tipos tendrán intención de quedarse con la cadena de oro de Crane. Más valdrá que se lo piensen dos veces antes de hacerme esto…" -Tenemos tiempo para almorzar antes de que Flores llegue de Salt Lake -dijo uno de los hombres que le habían capturado-. Nunca desayuno.

–Claro -dijo otra voz desde el asiento delantero-. ¿Dónde crees que podemos ir?

–Vayamos a Margarita's -dijo el hombre que había hablado en primer lugar.

Funo odiaba que se le ignorase.

–El truco del container y de los uniformes ha estado muy bien-dijo desde debajo de la manta sintiéndose orgulloso del tono de humor irónico que impregnaba su voz-. Como tener un lápiz detrás de la oreja y llevar una tablilla de anotaciones en la mano…, alehops, y eres invisible.

–Cierra el pico, Fucko -dijo el hombre del asiento delantero-. Eso está en el Frontier, ¿no?-añadió. – ¿Y qué? – replicó el hombre que estaba sentado al lado de Funo -. Da la casualidad de que preparan el mejor chimichanga de toda la ciudad.

–Y un cuerno -dijo otra voz masculina.

–En el sótano del Flamingo hay un tipo que debería invitaros a almorzar, chicos -dijo Funo, y dejó escapar una risita-. Le habéis salvado la

vida. Pensaba regalarle esa cadena de oro y dejar caer el martillo sobre su trasero en cuanto se la hubiese dado.

–Cierra el pico, Fucko.

Funo sintió que se le enrojecía el rostro, y se alegró de estar tapado por la manta. Dios santo, acababa de decir que quería regalarle una cadena de oro a Crane y luego había hablado del "martillo" y de "su trasero"… ¿Y si aquellos tipos creían que quería sodomízar a Crane?

–Yo… Yo… Me acosté con la esposa de ese tipo y… -empezó a decir Funo con creciente desesperación.

–Cierra el pico de una jodida vez, Fucko. – Un nudillo le golpeó en la nuca naciéndole bastante daño -. Y preparan las tortillas ahí mismo, puedes ver al tipo mientras las hace.

–Yo me conformo con una hamburguesa en cualquier sitio-dijo el hombre del asiento delantero.

El rugido invariable del motor y la ausencia de sacudidas y saltos indicaron a Funo que estaban en una autopista. No podía saber en cuál, pero todas las autopistas de Las Vegas llevaban al desierto casi enseguida.

Uno de aquellos hombres podía ser la persona que siempre había sabido estaba esperando en algún lugar del mundo, la persona que le mataría algún día y que al hacerlo se convertiría en la más importante de la existencia de Al Funo.

Y ni siquiera… ¡Ni siquiera querían hablarle!

Cada vez que intentaba iniciar un diálogo lo más sincero y afable posible sin hacerles ninguna clase de reproches le golpeaban en la cabeza y le llamaban "Fucko", y eso era mucho peor que si le hubiesen llamado

"fucker". Al menos "fucker" daba a entender que habías realizado el acto sexual, pero Fucko sonaba a nombre de payaso.

La ranchera por fin empezó a reducir la velocidad, y Funo no tardó en oír el crujido de la gravilla debajo de los neumáticos.

Tensó los músculos. Cuando la ranchera se detuviese del todo se erguiría echando la cabeza hacia atrás con la esperanza de golpear el rostro del hombre que tenía encima.

Una vez se hubiera quitado la manta de la cabeza quizá conseguiría coger su arma, y después intentaría llevar sus manos atadas lo bastante lejos hacia un lado del cuerpo para poder disparar.

La ranchera se detuvo con un último balanceo, y Funo usó el rebote de los amortiguadores para dar más impulso a su movimiento…

Pero al parecer el hombre que había estado erguido por encima de él se había apoyado en la puerta de atrás desde que habló por última vez, y la cabeza de Funo se limitó a rozar el techo de la ranchera antes de que su cuerpo volviera a caer de bruces sobre el suelo.

Funo pensó que los hombres que le habían capturado quizá ni siquiera se habrían dado cuenta de su acción. Oyó el sonido de la puerta de atrás al ser bajada, y a pesar de estar cubierto por la manta pudo oler el aroma acre y seco del aire del desierto mientras un par de manos le agarraban sin ninguna clase de contemplaciones por los tobillos. Otro par de manos le agarró por los brazos, y un instante después se encontró encima de la arena y alguien apartó la manta de su cara.

Funo retorció el cuello apartando la cara de la arena y la repentina claridad le obligó a parpadear. Los hombres habían retrocedido un poco.

Uno de los tipos de uniforme tenía la cabeza vuelta hacia la autopista, y parecía estarla vigilando. El hombre alto de la camisa hawaiana se había vuelto a poner la gorra blanca y estaba sonriendo con todos sus dientes blancos mientras metía un cartucho en el arma de Funo.

–Hay algo que probablemente deberíais saber acerca de mí… -empezó a decir Funo con voz confiada.

Pero el hombre de la gorra blanca se limitó a seguir sonriendo y apuntó el cañón hacia el rostro de Funo, y Funo comprendió que se disponía a matarle sin ninguna clase de charla o discusión preliminar. – ¿Por qué, p-p-por qu-qué? – se atragantó Funo mientras empezaba a retorcerse sobre la arena reseca-. Me llamo Alfred FF-Funo, por lo menos dime cómo te llamas, somos imp-p-p-portantes el uno para el otro, ¡por lo menos dime cómo te lla-lla-llamas!

El booom del disparo se fue perdiendo sobre la inmensidad del desierto bañado por el sol sobresaltando a unos cuantos lagartos diminutos que corretearon velozmente sobre la arena para volver a quedarse quietos casi en seguida.

–Pudding Tame -dijo el traficante de cocaína limpiando el arma con un pañuelo y dejándola caer al lado del cuerpo atado-. Vuelve a preguntármelo y te diré lo mismo.