La última partida

Tim Powers · Capítulo 5 de 54

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La última partida

Capítulo 4

Casi lo logré, pero no del todo.

Las sombras con téjanos llevaban allí toda la noche, y cuando me senté a su lado miré mi copa helada, y me estremecí y descubrí que estaba medio muerto de miedo.

WlLLIAM ASHBLESS

4

Un destello clarísimo Crane emergió del sueño y nada más abrir los ojos agradeció que el sol estuviese brillando.

El corazón le retumbaba dentro del pecho como un martillo neumático que estuviera haciendo pedazos un suelo de cemento reseco. Sabía que había vuelto a soñar con la partida en el lago, y que algo del mundo real le había despertado.

Las noches de marzo aún eran considerablemente frías, y aunque el sol ya estaba bastante alto en el cielo -debían de ser por lo menos las nueve o las diez-, la lata de Budweiser que había en el suelo junto a su cama no se había calentado. Crane arrancó la tirilla, bebió la mitad del contenido en una serie de tragos y se limpió distraídamente el hilillo de cerveza que había empezado a deslizarse sobre los pelos grises que cubrían su mentón.

La lata había dejado una señal circular sobre el suelo de madera. Susan nunca criticaba el que bebiera, pero no parecía gustarle que lo hiciese en el dormitorio. Crane sabía que cogería la lata tan despreocupadamente como si fuese una revista o un cenicero y que la llevaría a la sala. Después de percatarse de aquella costumbre Crane había dejado deliberadamente la Budweiser en la mesilla de noche unas cuantas veces, pero la paciente persistencia de Susan había acabado haciéndole sentir que se estaba comportando como un niño enfadado y ya sólo lo hacía por descuido.

Oyó que sonaba el timbre de la puerta, y supuso que quizá también habría sonado unos momentos antes. Se irguió en su lado de la cama de matrimonio, se puso unos téjanos y una camisa de franela y se dirigió a la sala. Abrió la puerta mientras se abotonaba la camisa. Ya nunca se tomaba la molestia de echar un vistazo por la mirilla.

Arky Mavranos, el vecino de al lado, estaba en el porche. – ¡Hola, Pogo! – dijo Mavranos alzando dos latas de Coors-. ¿Cuál pareeeeeece ser el proooooooblema?

Era el saludo habitual de Mavranos, por lo que Crane no se tomó la molestia de replicar y se limitó a salir al porche, se sentó en una silla y aceptó una cerveza.

–Ah -exclamó tal como se esperaba de él mientras arrancaba la tirilla y sostenía la lata espumeante junto a su oreja-, el sonido del desayuno preparándose en la cocina. – ¿El desayuno? – dijo Mavranos sonriendo a través de su descuidado bigote castaño-. El mediodía ya ha pasado…, esto es el almuerzo.

Crane entrecerró los ojos y su mirada fue más allá de la barandilla del porche y acabó posándose en el edificio del Ahorro Federal, una silueta que se recortaba contra el cielo gris casi a un kilómetro al norte en la calle Main, pero no logró distinguir los números y las letras que parpadeaban en el cartel del tejado. Aun así, en el aparcamiento del Norm había la cantidad de coches suficiente para indicar la multitud de la hora del almuerzo, y los cuervos del día habían sustituido a los loros de la mañana sobre los cables del teléfono. Mavranos probablemente tenía razón.

–Te he traído el correo -añadió Mavranos.

Sacó un par de sobres de su bolsillo trasero y los dejó caer sobre la maltrecha mesa del porche.

Crane les echó un vistazo. Uno era el típico sobre largo color gris del Banco de América con la ventanita de papel encerado para mostrar la dirección, y probablemente contendría su extracto. Nunca estaba al día, pero si quería saber cuánto dinero le quedaba en su cuenta corriente le bastaría con echar un vistazo a la tirilla de papel escupida por la máquina Versatel cuando le devolviese su tarjeta la próxima vez. Crane arrojó el sobre a la papelera de plástico sin abrirlo.

Las señas del otro sobre estaban escritas con la letra de la madre de Susan.

Crane lo arrojó a la papelera todavía más deprisa que el primero. – ¡No es más que basura! – dijo con una gran sonrisa.

Apuró la cerveza y se puso en pie. Abrió la puerta y entró, y unos momentos después ya volvía a estar en la silla con la lata a medio beber de Budweiser que, a pesar de todos sus buenos propósitos, había vuelto a dejar en el suelo del dormitorio. – ¿Y la esposa? – preguntó Arky-. ¿Está de compras?

"Está de compras", pensó Crane.

Susan adoraba los grandes almacenes especializados en rebajas que eran tan enormes como hangares para aviones. Después de visitarlos siempre volvía a casa con bolsas llenas de objetos como clips de plástico en forma de tiburón para que tu toalla de playa se estuviera quieta sobre la arena, perros de cerámica de aspecto altamente cómico y artilugios llenos de resortes para colocar sobre tu frasco de café instantáneo que te proporcionaban una cucharada de café perfectamente medida si accionabas la palanca de la parte superior. Sus compras habían acabado convirtiéndose en una especie de broma compartida entre los vecinos.

Crane tragó una honda bocanada de aire y apuró su Budweiser. Parecía que iba a ser otro día de beber en serio.

–Sí -respondió dejando escapar el aire-. Tierra para macetas, esa especie de jaulas para las tomateras… La primavera está a punto de caer sobre nosotros, y hay que plantar cosas en el suelo.

–Se levantó muy temprano.

Crane bajó el mentón y contempló a su vecino con el rostro inexpresivo.

– ¿Oh? – dijo después de haber dejado transcurrir unos momentos de silencio.

–Desde luego que sí. La vi aquí fuera regando las plantas cuando aún no había salido el sol.

Crane se puso en pie con cierta dificultad y examinó la tierra de la maceta más cercana. Parecía estar húmeda, y Crane se preguntó si había regado las plantas ayer o el día anterior. No podía recordarlo.

–Vuelvo enseguida -dijo.

Volvió a entrar en la casa y fue rápidamente por el pasillo hasta llegar a la cocina. La cocina estaba incómodamente caliente -ya llevaba trece semanas así-, pero Crane no se fijó en el horno. Se limitó a abrir la nevera y sacó de ella una lata fría de Budweiser.

Su corazón volvía a retumbar dentro del pecho. ¿A quién había visto Arquímedes en el porche? Susan -Crane podía admitirlo siempre que tuviera una cerveza bien fría en la mano y el alcohol hubiese empezado a enturbiarle los pensamientos- estaba muerta.

Había muerto de forma repentina e imprevista hacía trece semanas a causa de un ataque cardíaco…, sí, fibrilación, eso era.

Estaba muerta antes de que los enfermeros llamados a toda prisa hubieran tenido tiempo de aparcar la ambulancia junto a la acera con un

alarido de sirenas y un chirriar de neumáticos. Los enfermeros habían entrado ruidosamente en la casa con sus maletines metálicos y sus olores a goma, desinfectantes, loción para después del afeitado y humos del tubo de escape, y habían utilizado una especie de paletas eléctricas en un intento de convencer a su corazón de que volviera a funcionar a base de descargas, pero ya era demasiado tarde.

Después de que se llevaran el cuerpo Crane se dio cuenta de que su taza de café -aún estaba caliente- seguía encima de la mesa delante del diván en el que había muerto, y pese a su aturdimiento había comprendido que no podría soportar que el café acabara enfriándose y que se convirtiera en un líquido tan pasivamente tibio como la media lata de refresco que un invitado se ha olvidado de consumir.

Fue por el pasillo sosteniendo cautelosamente la taza en sus manos, entró en la cocina, la metió dentro del horno e hizo girar el dial hasta el mínimo; y explicó a los preocupados vecinos que Susan se había desmayado y a última hora les explicó que había vuelto pero que estaba descansando.

Susan le había sacado de apuros en muchas ocasiones telefoneando a su jefe y diciendo que tenía la gripe cuando en realidad sólo tenía un leve ataque de "exceso de radiaciones etílicas", el nombre que Crane daba a sus resacas.

Había aguantado los noventa y un días transcurridos desde su muerte dando excusas -"Está visitando a su madre", "Está en la bañera", "Está dormida", "Su jefe le ha pedido que fuese a trabajar más pronto hoy" – para explicar su ausencia en el momento en que alguien se interesaba por ella.

Llevaba una temporada bebiendo en vez de ir a trabajar, y a mediados de la tarde él mismo solía acabar creyéndose las excusas y cuando salía de casa solía encontrarse quedándose inmóvil antes de cerrar la puerta principal detrás de él esperando que Susan le alcanzara, y sin quererlo se la imaginaba hurgando en el bolso o dando un último par de pasadas de cepillo a su cabellera.

No había mirado dentro del horno porque sabía que no podría soportar ver el café convertido en polvillo reseco.

Sólo era su tercera cerveza de la jornada y ya era más de mediodía, así que tomó un buen trago. ¿A quién había visto Arquímedes? "Antes de que hubiese salido el sol…" En aquel momento Crane estaba dormido y volvía a

soñar con aquella partida en el lago. ¿Sería posible que el sueño hubiese conjurado un borroso fantasma de Susan? ¿O sería quizá que la casa era capaz de generar una especie de réplica suya?

En aquel momento -plantado en el centro de la cocina balanceándose lentamente de un lado a otro- no le pareció que fuese totalmente imposible…, o, por lo menos, no inconcebible. No cabía duda de que la personalidad de Susan había quedado grabada en cada habitación. El padre adoptivo de Crane le había dejado la casa en 1969, diez años antes de que Susan entrara en ella, pero ni el joven Crane ni su padre adoptivo antes que él habían considerado que una mesa fuera algo más que un objeto sobre el que colocar más objetos o que una clase de sillón fuese preferible a otra.

Los cuadros de las paredes no eran más que fotos o páginas recortadas de libros de arte sujetadas con chinchetas.

El que Susan entrara en su vida había significado cortinas, alfombras, paredes impolutas y estanterías muy elegantes que no parecían haber sido adquiridas en una tienda de gangas, aunque de hecho la inmensa mayoría de ellas habían salido de esas tiendas.

Crane olisqueó el aire recalentado de la cocina que aún parecía impregnado por el olor del café. – ¿Susan? – murmuró.

Oyó un roce ahogado procedente del pasillo, probablemente del dormitorio.

Crane dio un salto, perdió el equilibrio y acabó quedando sentado en el suelo. La cerveza fría se derramó sobre las baldosas.

–No ha sido nada -dijo en voz baja sin atreverse a creer que estuviera hablando con alguien aparte de consigo mismo-. Voy a limpiarlo.

Se inclinó hacia adelante y secó las gotitas espumosas con una manga de su camisa de franela.

Sabía que los fantasmas no podían existir…, pero en los últimos tiempos parecía como si le estuvieran ocurriendo muchas cosas imposibles.

Una medianoche lluviosa de hacía poco estaba sentado en su sillón en la esquina de la sala -las noches de lluvia nunca podía dormir- y había estado contemplando distraídamente el filodendro muerto que colgaba fláccidamente sobre el borde de su maceta al otro extremo de la habitación; y de repente había perdido todo sentido de la profundidad y la escala o, para ser más exactos, había comprendido que la distancia y el tamaño eran ilusiones. Detrás de las diversidades aparentes que distinguían los zarcillos

de la planta de cosas como los deltas de los ríos, las venas y los filamentos eléctricos había formas tenuemente perceptibles escondidas en la neblina de lo verdaderamente aleatorio que permanecían inmutables, siluetas que constituían el esqueleto invisible e impalpable del universo.

Tenía un vaso de escocés en la mano y tomó un buen trago de él, y apenas entró en su cuerpo el whisky pareció convertirse en un torbellino que tiró de él atrayéndole a una especie de pozo que no era más físico que la forma impalpable del filodendro; y después la perspectiva se amplió y su individualidad desapareció, y supo -porque en aquel lugar el conocimiento era parte del existir- que se encontraba en el nivel compartido por todos, el estanque profundísimo y enorme, la meseta acuática común que se extendía bajo todos los pozos individuales que eran las mentes humanas.

Y allá abajo, perdidas en las regiones más profundas, también había formas universales que lo animaban todo, figuras inmensas tan eternas-pero-vivas como el Satanás atrapado en el hielo del Infierno de Dante, y las figuras alteraban las relaciones que las unían entre sí de una forma tan lenta y ritual como los planetas que giran alrededor del sol moviéndose en una danza que ya era vieja antes de que los primeros homínidos descubrieran cosas que temer en los dibujos que la luna y las estrellas formaban en el cielo nocturno.

Y un instante después Crane no era más que una ola de horror que se alejaba a toda velocidad dirigiéndose hacia el consuelo de los límites y lo reducido ascendiendo hacia el resplandor brillante y activo que era la consciencia.

Y cuando salió del abismo descubrió que se encontraba en un restaurante iluminado por luces azules con un tenedor lleno de fettucini Alfredo a medio trayecto de su boca. Los olores del ajo y el vino cabalgaban sobre la brisa fresca del aire acondicionado, y alguien tocaba lánguidamente Tal como éramos en un piano. Y en su cuerpo…, había algo extraño en él, algo que no habría tenido que estar allí. Crane bajó la vista y vio que tenía pechos de mujer.

Sintió que su boca se abría.

–Uf, uno de ellos está realmente maduro -oyó que decía una voz de mujer bastante mayor-. Estoy captando un destello clarísimo suyo…

"He subido por el pozo equivocado", pensó, y se obligó a retroceder y a hundirse en la negrura, y cuando volvió a ser consciente de lo que le

rodeaba estaba de nuevo en su sala con la lluvia repiqueteando sobre la masa oscura de la ventana y la camisa empapada de escocés.

Y hacía tan sólo unos días estaba sentado en el porche con Mavranos, y Arky había alzado su lata de cerveza agitándola ante los Hondas y los Toyotas que iban y venían por la calle Main.

–Trajes de tres piezas que van a los despachos -había dicho Arky-. ¿No te alegra no despertar oyendo el timbrazo del despertador para tener que salir corriendo de tu casa a remover papeles durante todo el día?

Crane había asentido moviendo la cabeza en un torpe gesto de borracho.

–Dei bene fecerunt inopis me pusilli quodque fecerunt animi -había dicho.

Mavranos le había mirado fijamente. – ¿Cuál pareeeeece ser el prooooooblema? – ¿Hmm? – ¿Qué acabas de decir?

–Eh… He dicho: "Los dioses obraron bien cuando me crearon falto de ideas y espíritu".

–No sabía que hablabas latín. Eso era latín, ¿verdad?

Crane había tomado un largo sorbo de cerveza para combatir el pánico que se adueñó de él durante un momento.

–Oh, claro. Un poco. Ya sabes, escuelas católicas y todo eso.

Nunca había sido católico y sus conocimientos de latín se limitaban a unos cuantos términos legales aprendidos en las novelas de misterio, y lo que había dicho no se parecía a ninguna de las frases de la misa católica que había oído en su vida.

Crane dejó la lata de cerveza en el suelo de la cocina y se preguntó si se estaría volviendo loco…, y si eso cambiaba en algo las cosas.

Pensó en ir al dormitorio. ¿Y si había algo suyo, alguna especie de Susan acostada sobre la cama?

El pensamiento le asustó y le excitó al mismo tiempo. "Todavía no -

acabó decidiendo-. Podría ser el equivalente a abrir la puerta del horno antes de que esté listo el soufflé. La casa probablemente necesita algún tiempo para exudar toda la esencia de Susan que ha ido acumulando. Los fósiles necesitan tiempo para formarse…"

Logró ponerse en pie haciendo un esfuerzo considerable, y se apartó los mechones de cabellos grises que le habían caído sobre la frente. "Y si no es del todo ella no me importará -pensó-. Me conformo con que se le aproxime lo bastante para engañar a un borracho…"

La acera del bulevar Las Vegas estaba tan caliente como un horno.

Betsy Reculver se detuvo delante de las fuentes y la enorme columnata del Caesars Palace y olisqueó el aire del desierto. Entrecerró los ojos y las arruguitas de sus mejillas y sus sienes se hicieron un poco más profundas.

El hombre terriblemente anciano que caminaba junto a ella siguió avanzando con su paso cojeante, y Betsy tuvo que alargar una mano y tirar de su manga.

–Frene el culo un segundo, doctor -dijo en voz alta.

Varias turistas vestidas con prendas de colores chillones la miraron y siguieron caminando rápidamente hasta dejarla atrás.

El viejo -que era conocido como el doctor Leaky- no parecía haberla oído. Intentó seguir caminando durante un par de segundos, y luego pareció comprender el hecho de que había algo que se lo impedía. Su calva cabeza cubierta de manchitas marrones giró lentamente sobre su cuello lleno de tendones, y sus ojos se abrieron como si estuviera sintiendo un asombro inmenso cuando vio que Betsy le había agarrado por la manga. – ¿Ah? –

exclamó con voz enronquecida-. ¿Ah?

Vestía un traje gris bastante caro, pero siempre se las arreglaba para ponerse los pantalones demasiado arriba. La hebilla plateada del cinturón le quedaba encima del plexo solar y, naturalmente, nunca conseguía levantar su fláccida mandíbula inferior lo suficiente para cerrar del todo la boca. –

¿Es que ya no eres capaz de oler nada, viejo inútil? Venga, huele.

Betsy sorbió aire por la nariz. – ¡Son ellos! – exclamó el doctor Leaky con su estridente voz de pájaro.

Betsy le lanzó una mirada esperanzada, pero el anciano estaba señalando varias estatuas a tamaño natural de hombres vestidos con togas que se alzaban bajo el letrero del Caesar's Palace al otro lado de la calle. Un turista acababa de colocar un mechero Bic en la mano de una de las estatuas pintadas, se había puesto un cigarrillo en la boca y estaba haciendo que le tomaran una foto mientras se inclinaba hacia el mechero.

–No, no son ellos. – Betsy meneó la cabeza-. Vamos.

El doctor Leaky volvió a excitarse unos cuantos pasos después. Se encontraban delante de la fachada oeste del Holiday, la que estaba decorada como si fuera un vapor del Mississipí. – ¡Son ellos! – graznó señalando con un dedo.

La cubierta del falso vapor estaba llena de estatuas vestidas con atuendos del siglo XIX, y en la laguna rodeada por vallas que había entre la acera y el edificio flotaba una balsa amarrada a la orilla sobre la que había dos estatuas de Huck Finn. PRODUCTOS QUÍMICOS PELIGROSOS, NO

SE ACERQUE AL AGUA, advertía un letrero de color rojo colocado junto a una valla.

–Imbécil -dijo Betsy.

El doctor Leaky soltó una risita. Betsy se dio cuenta de que una mancha oscura estaba empezando a extenderse por la parte delantera de sus pantalones.

–Oh, estupendo -dijo-. Dios, ¿por qué seguiré aguantándote?

Se quedó inmóvil en el centro de la acera atestada, alzó una mano y un Jaguar gris modelo XJ-6 frenó y aparcó en doble fila.

Betsy guió al anciano hasta la calzada y le ayudó a cruzar el pavimento hasta llegar a la puerta trasera. El conductor -un hombre calvo enormemente obeso que vestía un traje de lana de Arma-ni- había bajado del coche y le sostenía la puerta abierta para que se metiera dentro.

–Mi cadáver se ha meado en los pantalones, Vaughan -le dijo Betsy al gordo-.

Supongo que es hora de que vayamos a casa.

–De acuerdo, Betsy.

El gordo puso una mano sobre el antebrazo del doctor Leaky y le sujetó de forma tan impersonal como si fuera un objeto. – ¡Son ellos! – volvió a graznar el doctor Leaky.

Betsy volvió a olisquear el aire. La vibración seguía estando presente en la brisa cálida. – ¿Quiénes, doctor? – preguntó con paciencia cansina y todavía con un poco de esperanza.

–Los habitantes de Ciudad Apocalipsis…, la señora del coche, y la señora del refugio del sótano y el resto… Esos chicos…

Betsy comprendió que estaba hablando del pueblo simulado que había sido construido en el desierto cerca de Yucca Fíats cuando el gobierno hizo las pruebas de la bomba atómica a comienzos de los años cincuenta y falsos soles parecieron surgir de la nada en el cielo nocturno por detrás del Club Horseshoe y el Golden Nugget. Para hacer que todo fuese más realista el ejército colocó maniquíes en las casas y los coches de la zona de pruebas.