La última partida

Tim Powers · Capítulo 21 de 54

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La última partida

Isis.

línea que llevaba hasta la punta del pico…, todo un barrio con calles que tenían nombres como Júpiter, Saturno, Marte, Cometa, Sol y Venus.

Estaba a sólo una manzana de aquel barrio.

Y, obviamente, Venus era la calle en la que tenía que vivir su madre.

Dejó caer el pie sobre el embrague, luchó con la palanca del cambio de marchas y volvió a avanzar. Torció hacia la izquierda cuando llegó a Venus.

Contempló la avenida Venus y vio un montón de dúplex y apartamentos de dos pisos.

Fue conduciendo lentamente por el centro del carril derecho avanzando en primera y entrecerrando los ojos para protegerlos de la ya cálida brisa que entraba por los cristales bajados. ¿Cómo sabría en qué casa vivía su madre? ¿Habría pistas visibles en las plantas que hubiera delante de ella, en la pintura, en…?

El número de la calle. Un dúplex tenía cuatro placas de madera descoloridas por la intemperie atornilladas en la pared de estuco que daba a la calle. Los números eran 1515, pero Snayheever los leyó como si fuesen letras.

ISIS.

Isis, la diosa egipcia de la luna.

Había encontrado la casa…, pero pasó de largo por delante de ella dejando caer el pie sobre el cuadradito de acero del acelerador y colocó la palanca del cambio de marchas en segunda porque no podía acercarse a su madre hoy.

Si establecía contacto con ella aquel domingo sería como…, como un rey que visita a otro rey trayendo consigo todo su ejército. Aquel día Snayheever era demasiado poderoso. Sería percibido como imperioso en vez de como deseaba ser percibido, es decir como…, como un humilde suplicante. Cierto, quizá tuviera que hacer algo un poco aparatoso para atraer su atención, pero jamás llegaría al extremo de presunción que supondría emplear el…, el protocolo; y en aquellos momentos la luna aún se encontraba en el lado nuevo aunque sólo fuese por muy poco, y su madre aún estaría en la mitad débil de su ciclo. Y, naturalmente, siempre era más débil durante el día, y sólo era realmente ella misma de noche. Por eso dormía durante el día.

Mañana por la noche -el lunes dos de abril- la luna estaría justo en su fase media.

Snayheever había descubierto aquel hecho tan valioso hacía sólo una hora en un periódico.

Entonces la abordaría.

Crane se irguió en el saco de dormir colocado sobre el suelo de la habitación del motel e intentó expulsar las imágenes del sueño de su cabeza.

Una punta de lanza oxidada y una copa de oro. ¿Dónde las había visto Crane antes? ¿Colgando de unos alambres sobre un sillón hacía ya mucho tiempo en un…, en un sitio que había sido su hogar? El recuerdo hizo que le doliera el ojo de plástico, y Crane no lamentó el no poder seguirle la pista hasta llegar a su origen. En aquel último e inconexo fragmento del sueño los dos objetos estaban colocados con aparente reverencia sobre un fieltro verde que cubría un baúl. La luz que caía sobre ellos era roja, azul y dorada, como si se filtrase a través de cristales pintados.

Crane tenía la boca seca, pero le pareció captar el sabor de… ¿Qué? Sí, un vino blanco seco. Un Chardonnay.

El aparato de aire acondicionado rugía y la habitación estaba bastante fría. Había claridad blanca al otro lado de las cortinas, pero Crane no tenía ni idea de qué hora podía ser. Después de todo estaban en Las Vegas; podía ser medianoche y toda la luz del exterior podía ser artificial.

Suspiró y se frotó el rostro con manos temblorosas.

Otra vez.

Había vuelto a soñar con la partida en el lago.

Y en esta ocasión se encontraba tan agotado -había pasado cuarenta y ocho horas sin dormir- que no había podido huir del sueño y despertar cuando los dos rostros inmensos que llenaban la noche por debajo de él abrieron el desfiladero que tenían por boca y le aspiraron hacia sus profundidades como si fuese una voluta de humo.

Crane deslizó la mano por el interior de su saco de dormir, y le alegró comprobar que no había perdido el control de su vejiga durante aquella parte del sueño.

Se había precipitado por el abismo de aquella boca iluminada por la luna cayendo en espirales sin poder detenerse, y había bajado por la garganta hasta llegar a la oscuridad, y unos instantes después se había encontrado a una gran profundidad bajo las aguas del lago.

Había cosas que se movían muy por debajo de él, siluetas inmensas que no podía ver y que de todas maneras no tenían ninguna forma definida, pero las vibraciones que emitían hicieron que las imágenes se desprendieran de los muros de su mente y la invadieran, de la misma forma que una sucesión de terremotos podría arrancar acordes a las cuerdas de un piano y expresarse a sí mismos gracias a ello, aunque hubiese una gran distancia entre aquellos sonidos y lo que realmente eran. … vio a su auténtico padre, cansado y viejo, vestido con un manto de armiño rojo y un sombrero que parecía un ocho puesto horizontal sentado a una mesa al borde de un acantilado lamido por las olas, y sobre la mesa había un círculo compuesto por montoncitos de monedas, y un cuchillo, y algo ensangrentado que podría haber sido un globo ocular… … y vio el Buick del cuarenta y siete de su verdadero padre, tan reluciente y nuevo como lo recordaba, siendo arrastrado sobre el pavimento iridiscente de una calle mojada por la lluvia por dos criaturas sujetas a arneses que tenían cuerpo de caballo y cabeza de hombre; … y vio a Diana, su hermana adoptiva, coronada con una tiara en forma de creciente lunar que contenía un disco solar, vestida con lo que parecía el atuendo de un papa y rodeada de perros que aullaban a la luna…

… y se vio a sí mismo entre las hojas que formaban los brazos de una guirnalda ovalada, congelado en un instante de la carrera con una pierna doblada, y alrededor de la guirnalda había un ángel, un toro, un león y un águila, y después la perspectiva cambió y la silueta que era él mismo quedó cabeza abajo colgando de la pierna recta mientras la gravedad doblaba la otra… … y vio decenas de figuras. Arky Mavranos que se alejaba a través del desierto llevando bajo el brazo un manojo de espadas tan largas como un palo de camilla; al viejo Ozzy inmóvil sobre una colina arenosa apoyándose en una sola espada; a Susan, la muerta que había sido esposa de Crane, colgando de una rama de un árbol muerto junto a lo que parecía ser una cesta llena de tapacubos… … y vio una cabeza de querubín alada y sin cuerpo atravesada de parte a parte por dos varillas o bastones que parecían ser de metal.

El único ojo del querubín clavó su mirada en el único ojo de Crane, y Crane gritó e intentó echar a correr, pero sus músculos se negaban a funcionar; no podía darse la vuelta, y ni siquiera podía cerrar los ojos.

Apenas había luz y no podía respirar; él y el querubín se encontraban a una gran profundidad por debajo del agua, escondidos del sol y de la luna y de

las estrellas y de la silueta que bailaba sobre los acantilados lejanos, y Crane gimió porque temía que la criatura abriese su boca y hablara, pues sabía que tendría que hacer lo que le ordenase.

Después de aquella parte el sueño se había vuelto trivial e insoportablemente repetitivo. Crane había tenido la impresión de hallarse en una inmensa piscina subterránea natural desprovista de aire e intentó encontrar un pozo por el que pudiera nadar hasta la superficie, y había un montón de pozos, pero cada vez que lograba llegar hasta la superficie de uno de ellos nadando y pataleando para emerger entre burbujas descubría que estaba en la casa de otra persona -un cigarrillo puesto en un cenicero desprendía humo, o había ropa limpia colocada sobre el respaldo de una silla y el agua salía de la ducha-, y la alarmante idea de que estaba atrapado en la casa de otra persona hacía que Crane tuviera que volver a sumergirse una y otra vez permitiendo que el aire escapara de sus pulmones para impulsarse con los pies hasta llegar de nuevo a la oscuridad del estanque común que se encontraba debajo de todos los pozos. La implacable repetición de aquella huida condenada al fracaso había acabado despertándole, y Crane se encontró contemplando el plástico blanco del detector de humos colocado en el sucio techo del motel.

La última casa del sueño había sido aquella donde la copa y la punta de lanza reposaban en un charco de claridad solar manchada de colores encima del fieltro verde.

Crane ni siquiera había necesitado tocarlas para saber que no estaban allí, que aquel no era su sitio y que la única razón de que estuviesen delante de él incluso en aquella forma ilusoria era que en el momento actual no había ningún sitio al que pertenecieran realmente.

Crane volvió la cabeza hacia el reloj digital que había sobre la mesilla de noche. Eran las dos y treinta y ocho minutos de la tarde, y encima de la mesilla había una nota con una lata de Coors sujetándola para impedir que la brisa del aparato de aire acondicionado la hiciese salir volando.

Crane recordó que él, Ozzie y Mavranos se habían registrado en aquel motel sobre las seis y media de la mañana. Se acordó de que el motel era un pequeño complejo de diez unidades en algún sitio más allá de la Costa Dorada, y de que estaba en el lado equivocado de la 1-15 y de que habían necesitado una "impresión de tarjeta de crédito" para conseguir una habitación. Crane tenía dos Visa en su cartera, una a nombre de Scott Crane

y otra a nombre de Susan Iverson-Crane, y Ozzie le había obligado a utilizar la de Susan para evitar el que pudieran ser localizados por alguien que examinara los listados buscando Crane, Scott.

Crane y Mavranos habían dejado que el anciano se quedara con la cama y habían cogido un par de sacos de dormir de la Suburban para ellos.

Crane salió de su saco de dormir con una contorsión, y la punzada de dolor que recorrió su pierna vendada le hizo torcer el gesto.

Algo andaba mal. ¿Qué?

Intentó recordar todos los acontecimientos de las últimas cuarenta y ocho horas.

"Gardena -pensó-, y Baker, con ese chaval tan raro que jugaba al Adelante Pez, y la cerveza que me tomé a escondidas en la camioneta…, el Whiskey Pete, y la cerveza y el bourbon que me bebí cuando dije que iba al lavabo de caballeros…, aquella camioneta, el hombre del cabello ondulado y la voz educada, y su amigo Max que tenía un arma…, las calles del extremo sur, y una maldita docena de supermercados y en ninguno tenían una empleada que se llamase Diana…"

Nada de todo aquello resultaba particularmente tranquilizador, pero tampoco había nada que pareciese justificar un grado de temor como el que le estaba acelerando el pulso y le había cubierto la cara de un sudor frío.

Crane tuvo la sensación de que se le había pasado por alto alguna cosa, de que no había logrado acordarse de algo y deque una persona que dependía de él estaba… asustada, a solas con gente malvada, sintiendo dolor.

Causado por mí.

Cogió la nota. Estaba escrita con bolígrafo sobre un trozo de una bolsa de papel de las que daban en los supermercados.

Arky y yo hemos ido a echar un vistazo por un par de casinos -decía-.

Nos pareció que no te iría mal un poco más de sueño. Regresaremos sobre las cuatro. Oz.

Crane volvió la mirada hacia el teléfono, y pasado un instante se dio cuenta de que su mano abierta se había quedado inmóvil sobre el instrumento. "¿Qué es esto? – se preguntó sintiendo un poco de inquietud-.

¿Quieres llamar a alguien o estás esperando una llamada?"

Tenía la boca seca, y el corazón le latía a toda velocidad.

Un Porsche blanco entró en el aparcamiento del motel.

Al Funo bajó del coche y lanzó una mirada entre perpleja y pensativa a la hilera de ventanas y puertas. Cada puerta era de un color distinto, pero siempre chillón. "Pobre viejo Crane -pensó-. ¿Éste es el tipo de sitio en el que se aloja cuando está en Las Vegas?"

Se subió las gafas de sol hasta que rozaron su cabellera de un rubio pajizo meticulosamente recortada por el peluquero, y cruzó el aparcamiento en dirección al registro. Sabía que tendría que acercarse a Crane con un poco más de cautela que en la ocasión anterior. La bala a través del parabrisas o alguna otra cosa parecían haberle asustado lo suficiente como para impulsarle a adoptar unas cuantas precauciones elementales, y si Funo no se hubiera tomado la molestia de utilizar un número de identificación de una joyería para obtener los detalles del expediente de crédito de Crane de la TRW, jamás se habría enterado de que había utilizado la tarjeta a nombre de Iverson-Crane.

Unas campanillas suspendidas de unos alambres tintinearon cuando abrió la puerta del registro y entró en la penumbra enfriada por el aparato de aire acondicionado. El suelo estaba cubierto por una reluciente capa de linóleo verde, y dejando aparte un expositor con folletos y talonarios de cupones para turistas el sofá de vinilo verde era el único mueble de la habitación.

"Esto no tiene ni la más mínima clase", pensó Funo con tristeza.

Una mujer de cabellos blancos salió del despachito que había en la parte de atrás, y Funo le sonrió con sincero afecto.

–Hola. Querría una habitación, por favor…, probablemente sólo para una noche.

Funo empezó a rellenar el impreso.

–Se supone que un amigo mío también se aloja aquí -dijo mientras escribía-.

Crane, Scott Crane… Tuvimos que venir por separado. No conseguí que me dieran el día de permiso extra.

–Claro -dijo la anciana-. Crane. Un tipo de unos cuarenta años con dos amigos, uno con bigote y el otro realmente viejo. Están en la seis, pero se fueron hace un rato. – ¿En su camioneta roja?

–No, era un trasto azul bastante grande, una especie de cruce entre una camioneta y un jeep. – Bostezó-. Podría ponerle al lado de ellos, en la cinco o en la siete.

–Eh, eso sería magnífico, gracias. Je, je… Escuche, no les diga que estoy aquí, ¿de acuerdo? Quiero darles una sorpresa.

La mujer se encogió de hombros.

Funo le entregó su MasterCard en vez de su American Express porque sabía que telefonearía para comprobar si la tarjeta era válida ya que había localizado a Crane mediante la entidad emisora. Aquel asunto estaba empezando a resultar caro tanto en términos de dinero gastado como de horas de trabajo desperdiciadas. Funo se preguntó si habría alguna forma de compensar esa pérdida y sacarlo de la categoría de la automisión para que le proporcionara algún beneficio. Pensó en el Jag gris, y en el número de teléfono que había obtenido junto con los datos del registro de la matrícula de Nevada del Jag. Aquel gordo que lo conducía andaba detrás de algo, y parecía tener dinero… Pero ¿qué era lo que andaba buscando?

Cuando firmó el impreso Funo se dio cuenta de la fecha: 1/4/90, el Día de los Tontos de Abril.

Eso le molestó. La fecha parecía burlarse de lo que estaba haciendo, y conseguía que el mismo Funo pareciese insignificante.

Contempló a la anciana hasta que ésta alzó la mirada, y después la obsequió con un guiño y su mejor sonrisa de buen chico.

La mujer siguió mirándole como si Funo fuese una mancha en la pared, una mancha que podía parecerse a una persona si entrecerrabas los ojos y la observabas desde cierto ángulo.

Funo se alegró de haber firmado el impreso, porque le habían empezado a temblar las manos.

Mavranos sacó la Suburban de la estructura de varios niveles del aparcamiento que había detrás del Flamingo y la llevó por la espaciosa calzada en dirección al Strip dejando atrás la parada de taxis y la zona de carga. La hizo pasar bastante despacio por encima de las protuberancias que servían para impedir que se pudiera acelerar demasiado, pero aun así el vehículo tembló y crujió mientras escalaba las franjas de asfalto que sobresalían del suelo, y el hielo se agitó y chapoteó dentro de la nevera.

Cuando llegó a la calle vio que el Strip se hallaba despejado en un tramo de unos cien metros en ambas direcciones, y torció a la izquierda con tan pocos problemas como lo habría hecho en un tranquilo suburbio del Medio Oeste. – ¿Cuáles son las probabilidades de que ocurra eso? – le preguntó a

Ozzie obligándose a entrecerrar los ojos y no sonreír-. Me refiero a torcer a la izquierda con tanta facilidad delante del Flamingo…

–Cristo -gimió el anciano-, estás buscando grandes olas estadísticas, ¿de acuerdo?

Si empiezas a buscar…, no sé, números de matrículas o dos señoras gordas que llevan los mismos pantalones cortos estampados con flores no…

Mavranos se rió. – ¡Te estoy tomando el pelo, Oz! Pero te juro que cuando estábamos allí hubo un par de cosas que me parecieron significativas.

Habían estado observando una partida de dados en el Flamingo durante un rato, habían cruzado la calle para detectar pautas en el tintineo y los chasquidos de las máquinas tragaperras del Caesars Palace y después habían anotado cien números consecutivos que habían salido en una ruleta del Mirage. En dos ocasiones -una cuando cruzaba la calle hacia el oeste y otra cuando la cruzaba hacia el este- Mavranos había oído simultáneamente un bocinazo y un ladrido, y había alzado los ojos para ver el cegador destello del sol reflejándose en un parabrisas con el resultado de que durante el medio minuto siguiente había visto una bola de color rojo oscuro mirara donde mirase, y en el Caesars tres desconocidos distintos habían murmurado "Siete" cuando pasaron junto a él. Mavranos le había preguntado excitadamente a Ozzie si aquellas coincidencias podían significar algo, y el anciano las había desdeñado todas con una mueca de impaciencia.

Mavranos detuvo la Suburban delante de un semáforo rojo en el carril de giro a la derecha de la señal de tráfico del Flamingo, sacó de su bolsillo la lista donde habían anotado los números de ruleta y los contempló.

–El semáforo está verde -dijo Ozzie pasados unos momentos.

–Cómo necesito una copa… -dijo Mavranos con voz pensativa.

Sacó el pie del freno e hizo girar el volante, pero no apartó los ojos de la lista. – ¡Vigila la calzada! – dijo secamente Ozzie-. Tienes una cerveza entre las rodillas, como de costumbre y, francamente, creo que bebes demasiado.

–No -dijo Mavranos-. Me refería a pi. ¿Sabes qué es pi?

Ozzie le estaba mirando fijamente. – ¿Ahora quieres un pastel en vez de una copa? Demonios, ¿qué clase de pastel quieres? ¿Es que no puedes…?

Mavranos pasó la lista al anciano, concentró su atención en el tráfico y pisó el acelerador.

–Toma. Pi es la relación existente entre la circunferencia de un círculo y su diámetro, ¿lo sabías? Pi por el radio al cuadrado, supongo que lo habrás oído decir alguna vez… Pi es lo que llaman un número irracional, tres y una ristra de números infinitamente larga detrás de la coma decimal. Bueno, hay una frase que te aprendes de memoria…, un truco mnemónico que sirve para recordar los números de pi hasta…, creo que hasta doce decimales. Lo leí en un libro de Rudy Rucker. Empieza así: "Cómo necesito una copa…"

Tres, uno, cuatro, uno, cinco, ¿lo entiendes? El número de letras que hay en cada palabra…, pero no consigo recordar el resto de la frase mnemónica.

Acababan de entrar en la 1-15. Ozzie entrecerró los ojos intentando ver algo a través del polvo que cubría el parabrisas y señaló hacia delante.

–Eso que hay a la derecha es nuestro motel, así que procura no pasar de largo por delante del acceso. Arquímedes, me temo que no te estoy siguiendo… -¿Ves esos números de la ruleta? Tres, uno, cuatro, quince…, ahí, hacia la mitad de la lista. Mira el papel, ya veo por dónde voy. ¿Qué números vienen después?

–Eh… Nueve, veintiséis, cinco, treinta y cinco, ocho…

Mavranos giró hacia el aparcamiento, detuvo la Suburban cerca de su habitación y apagó el motor.

–Sí -dijo-. Estoy casi seguro de que es pi. Bueno, eso tiene que significar algo, ¿no? ¿Crees que una maldita ruleta puede soltarte el número pi sólo porque le apetece sin que eso tenga ningún significado? Me pregunto qué números salieron en las otras mesas… La raíz cuadrada de dos, supongo, o la raíz cuadrada de menos uno.

Ozzie tiró de la manija, abrió la puerta y bajó cautelosamente del asiento poniendo los pies sobre el pavimento recalentado.

–No lo sé -dijo frunciendo el ceño después de que Mavranos hubiera cerrado su puerta y hubiera caminado alrededor de la Suburban-. Supongo que si esos números son eso que tú dices ha de significar algo…, pero me parece que no es lo que andas buscando. Esto es algo distinto. Está ocurriendo otra cosa que…

Un joven elegante y con aspecto de deportista estaba sacando una bolsa de viaje del asiento trasero de un Porsche blanco que ocupaba la plaza de aparcamiento contigua. El joven se esforzaba por no mirarles, y no se dio cuenta de que Ozzie había dado un paso hacia adelante y golpeó al anciano

en la espinilla con su bolsa cuando acabó de sacarla del pequeño vehículo en el que había llegado y la hizo girar.

–Tenga más cuidado -dijo Ozzie con irritación.

El joven murmuró algo ininteligible, fue rápidamente hacia la puerta de la habitación número siete y metió la llave en la cerradura haciendo bastante ruido.

–Esta maldita ciudad está llena de zombies -observó Ozzie volviéndose hacia Mavranos.

Mavranos se preguntó si su vecino habría oído la observación. Un instante después el joven estaba dentro de su habitación y había cerrado la puerta dando un ruidoso portazo.

"Supongo que la ha oído", pensó Mavranos.

Un viento procedente de las escarpadas cimas de las Montañas Virgen soplaba del sureste agitando las flores amarillas que cubrían los kilómetros de desfiladero y haciendo ondular la inmensa masa de agua azul oscuro del Lago Mead. Los turistas luchaban con las embarcaciones que habían alquilado en el Círculo de Recreo Mead, y la gasolina era un perfume volátil que flotaba en la brisa y convertía en un arco iris la superficie del agua alrededor de los atracaderos y las pasarelas.

Ray-Joe Pogue aceleró su motora hasta que sólo la popa estuvo dentro del agua y recorrió cien metros a toda velocidad alejándose del colmado del embarcadero y la tienda de cebos, pero las olas levantadas por el viento hacían que el lago estuviera más agitado en aquella zona y después de unos segundos de bambolearse sobre la funda del asiento quitó el pie del acelerador y permitió que la motora alquilada se meciera en el agua bajo el vacío azul del cielo.

Pogue entrecerró los ojos disfrutando del repentino silencio relativo, y contempló la multitud de islas esparcidas sobre las aguas y los confines de la costa de la Cuenca Boulder. Era tarde de domingo y había un montón de embarcaciones en el lago, pero Pogue estaba seguro de que no tendría ningún problema para encontrar una playa aislada donde pudiese sumergir la cabeza. La caja metálica había salido despedida del asiento a causa de las sacudidas y yacía en el suelo a su lado. Pogue la cogió manejándola con mucha delicadeza, volvió a dejarla sobre el asiento y colocó el rollo de cuerda encima de ella.

La cabeza que había dentro de la caja metálica…

Pogue había matado a varias personas y eso nunca le había inquietado, por lo que le sorprendía lo mucho que le había dolido tener que matar a Max. Se encontraba tan desorientado como si estuviese sufriendo una resaca bastante grave, y cada vez que miraba la caja se sentía nervioso e incómodo.

Conoció a Max en la secundaria -Max estuvo enamorado durante un tiempo de Nardie, la media hermana asiática de Pogue-, y él y Max habían pasado años preparándose para el verano del año de las elecciones, aquel cambio de rey que se producía una vez cada dos décadas. Max tendría que haber sido su… ¿Su quién? ¿Su Merlín, su Lancelot, su Gawain? Pero anoche -después de que no hubieran logrado encontrar el misterioso autobús en la 1-15- Pogue le había ordenado que detuviera la furgoneta y que bajase de ella, y después disparó su escopeta del 12 contra la espalda de Max.

El viento frío acariciaba su rostro y los rayos del sol caían sobre él.

Pogue se estremeció y evitó mirar la caja. Curvó los dedos sobre la borda recubierta de plástico blanco de la motora y escrutó las aguas.

No había tenido elección. En circunstancias ideales Pogue no se habría visto obligado a llevar a cabo aquel viejo ritual sacado del culto al Adonis fenicio, pero el número de incertidumbres existente en aquellos momentos era demasiado elevado. Un jack había logrado pasar junto a él en la autopista sin que lo hubiese detectado, y había algo sospechoso en aquellos tres tipos -el pirata, el anciano y el retrasado mental- que viajaban en la Suburban azul cubierta de cintas y demás objetos; y no conseguía establecer conexión con Nardie Dinh. Llevaba meses sin poder captar ninguno de sus sueños. ¿Cómo infiernos se las arreglaba para no soñar? ¿Existiría alguna droga capaz de suprimir los sueños?

Tenía que dar con ella, y antes de Pascua. Era su media hermana, y eso la convertía en la única mujer que podía representar a la diosa de la luna siendo su reina. Todos los dioses y reyes de la fertilidad se emparejaban con mujeres que eran sus hermanas en algún aspecto u otro -Tammuz y Belili, Osiris e Isis, incluso Arturo y Morgan Le Fay-, y Pogue creyó que había conseguido quebrantar su voluntad durante el mes de confinamiento en aquella casa de masajes cercana a Tonopa. La dieta a la que la había sometido, los rituales con sangre, la habitación con los veintidós cuadros…, la había adiestrado concienzudamente para que asumiera su divinidad y

cuando creía que era la sonámbula destrozada que deseaba obtener Nardie había acuchillado a la madame de la casa, había robado un coche y había huido a Las Vegas…, y después de eso ya ni siquiera soñaba.

Pogue alzó la mirada, y sus ojos entrecerrados fueron más allá de las olas y acabaron posándose en una islita rocosa que se encontraba a unos tres kilómetros de distancia.

Después echó un vistazo a su mapa del Lago Mead, que estaba doblado de tal forma que mostrara la Cuenca Boulder. La Isla del Muerto, así se llamaba. Sonaba adecuado.

Hizo girar el volante y pisó el acelerador. La aceleración le echó hacia atrás y cuando enderezó la motora sacándola del giro el viento hizo que la cola de espuma saliera despedida por delante de él, y pesados goterones de agua le aguijonearon el rostro e hicieron caer unos cuantos mechones negros sobre su frente.

Pogue sacó el peine del bolsillo mientras conducía la motora con una sola mano y volvió a colocar los mechones allí donde debían estar. Desde aquel momento hasta que llegase la Pascua la perfección física iba a ser absolutamente esencial.

El hombre que se adueña del trono no puede tener ningún defecto.

Contorneó la isla acelerando y frenando la motora varias veces, y cuando llegó al otro lado encontró una playita rocosa en la que no había excursionistas. Se acercó lo más posible a tierra firme y arrojó al agua el bloque de cemento que servía como ancla.

Cogió la caja de mala gana, trepó sobre la borda y empezó a vadear las frías aguas del lago sosteniendo la caja encima de su cabeza.

En la Alejandría de la antigüedad los fenicios habían representado la muerte anual de Tammuz arrojando una cabeza de papiro al mar, y siete días después y de forma invariable la corriente del verano dejaba la cabeza en Biblos donde se la pescaba de las aguas y se celebraba la resurrección del dios. Durante los días que la cabeza pasaba en el mar la situación, la identidad e incluso la existencia del dios de la fertilidad no estaban muy claras.

Las dos semanas próximas -desde el Día de los Tontos de Abril hasta Pascua- sería el período más peligroso de aquel ciclo, y Pogue estaba decidido a que fuese su cabeza -simbólicamente- la que sería sacada de las aguas el Domingo de Pascua.

La cabeza cercenada del pobre Max llevaba las Ray-Ban de Pogue y una de sus corbatas estaba anudada alrededor del muñón y, naturalmente, Max había compartido las restricciones alimenticias de Pogue y Nardie. No había comido carne roja o alimentos que hubieran sido cocinados en una sartén de hierro, y no había bebido alcohol. Ésa era la razón por la que Pogue no podía limitarse a decapitar un turista escogido al azar. La cabeza tenía que ser la representación más cercana posible a la cabeza del propio Pogue.

Le temblaban las manos. Sintió el deseo de abrir la caja y volver a hacer el nudo de la corbata. Max nunca había aprendido a hacerse el nudo de la corbata, y Pogue podía recordar por lo menos una docena de ocasiones en las que Max había acudido a él con una corbata en la mano y Pogue había tenido que ponérsela y luego se había aflojado el nudo, se la había quitado pasándosela por encima de la cabeza y se la había dado a su amigo.

"Esta mañana le hice el nudo de la corbata junto a la autopista de Boulder -pensó Pogue -. Ya no volveré a poder hacerle ese favor."

Tensó las mandíbulas y tragó una honda bocanada de aire.

"Cristo -se dijo-, olvídalo de una vez. Echa la caja al agua y ata el otro extremo de la cuerda a algún sitio en el que ningún maldito turista borracho pueda encontrarla durante las dos semanas próximas, y lárgate de aquí lo más deprisa posible."

Miró a su alrededor contemplando las rocas y los matorrales de manzanita que le rodeaban buscando un buen sitio, y se fijó en la bandada de golondrinas que revoloteaba sobre el lago.

Pogue suponía que eran golondrinas. Tenían la forma de volar veloz y muy individualista de esas aves, desde luego…, pero había algo raro en sus alas; y un instante después Pogue se dio cuenta de que había muchas más bandadas a mayor distancia. Se hizo sombra en los ojos para observar a las criaturas voladoras.

Y sintió que se le helaba el estómago, y un sudor frío le cubrió la frente.

Eran murciélagos.

"Murciélagos -pensó sin poder creer en lo que estaba viendo-. Pero los murciélagos nunca salen durante el día." ¿Qué les pasaba? ¿Estaban locos, tendrían la rabia? ¿Qué estaba ocurriendo?

"Vienen hacia aquí. Hacia esta islita, y mire donde mire hay montones de ellos…"

Pogue corrió hasta un grupo de rocas y arrojó la caja de metal reluciente al agua. La caja se hundió con un chapoteo mientras Pogue ataba el extremo de la cuerda a una roca medio sumergida.

Y un instante después las sombras empezaron a girar alrededor de sus pies como manchitas delante de sus ojos. Los murciélagos trazaban círculos a poca altura y no hacían ningún ruido aparte del batir de aquellas alas que parecían de cuero, y seguían llegando más de todas partes. El vendaval creado por su aletear le revolvió la cabellera.

Pogue alzó la mirada y se horrorizó. Los diminutos rostros peludos y llenos de dientes pasaban velozmente sobre él, los ojos redondos y brillantes le estaban mirando.

Algo había empezado a moverse en el agua haciendo mucho ruido, y el pánico hizo que Pogue volviese la cabeza en la dirección de la que llegaba el chapoteo.

El agua del lago estaba hirviendo allí donde había arrojado la caja y un instante después ocurrió algo imposible: la pesada caja metálica emergió a la superficie y el cubo de metal reluciente giró en la turbulencia.

"El lago la está rechazando -pensó Pogue-. ¿Qué la ha sacado del fondo? ¿Un montón de peces o es que la mismísima agua ha alterado su densidad para no contener la cabeza?"

El estrépito de las alas de los murciélagos era más potente y sonaba más cercano, y Pogue creyó poder olerlos. Olían como la muerte.

"Olvídate de todo y corre -dijo-. Te han vencido."

Devolvió la caja a la playa con una mano mientras intentaba contener los sollozos de miedo y perplejidad que querían salir de su garganta, y se protegió el rostro de los murciélagos con la otra. Pogue cruzó la playa en una tambaleante carrera con la reluciente caja metálica que goteaba agua colgando de su puño y avanzó chapoteando hacia la motora.

Arrojó la caja sobre el asiento, trepó a bordo y movió la palanca del cambio de marchas haciendo que el enorme motor de coche que había debajo del capó de plexiglás empezara a funcionar con un ruido ensordecedor. Los murciélagos parecían haber ganado altura, y cuando hizo girar el volante y puso la primera para que la motora surcase las aguas a toda velocidad alejándose de la islita no le siguieron. Las bandadas de murciélagos se disgregaron y empezaron a dispersarse por el cielo.

Puso el motor en punto muerto, y se quedó inmóvil jadeando y temblando en la motora repentinamente detenida observando cómo las criaturas se dispersaban para volver a las cavernas de la montaña dentro de las que habrían permanecido hasta el crepúsculo si el día no hubiese enloquecido de forma tan inexplicable.

Por primera vez desde aquel día en la biblioteca de la escuela en que comprendió la naturaleza del reino místico de Occidente, Pogue deseó poder quebrantar la dieta y beber alcohol hasta pillar una buena borrachera.

Volvió a poner la primera pasado un rato, y fue hacia los atracaderos de Lago Mead avanzando todo lo despacio que le permitía el no muy preciso sistema del cambio de marchas. Su hermoso rostro de estatua clásica estaba cubierto de lágrimas y sudor.

"He matado a Max para nada -pensó con abatimiento-. El sacrificio fue rechazado…, igual que el de Caín. ¿Cómo puede haber ocurrido algo así?

¿Me habré descalificado a mí mismo por haber matado a Max? No, los reyes de la antigüedad hicieron cosas mucho peores… ¿Tendría que haber esperado o haberlo hecho antes? ¿Será que ya hay una cabeza de rey en el fondo del Lago Mead y eso no deja espacio psíquico para otra?"

Cuando llegó al atracadero en el que había alquilado la motora ya casi había conseguido disipar la mezcla de sensación de pérdida y desesperanza que se había adueñado de él.

"Todavía puedo llegar a ser rey -se dijo mientras reducía la velocidad y llevaba la motora hacia el atestado embarcadero-. Pero he de encontrar a mi maldita media hermana…, he de encontrar a Nardie Dinh."

El sol que empezaba a descender por el oeste hacía que el color anaranjado de las cortinas del motel pareciese más intenso. Crane barajó la frágil baraja y repartió sobre la cama cinco cartas para él, cinco para Ozzie y cinco para Mavranos. Era demasiado temprano para volver a iniciar la ronda de visitas a los supermercados, y Ozzie había prohibido cualquier tipo de contacto con cartas de verdad, por lo que Mavranos había ido a la Suburban y había regresado con una baraja infantil de Ochos Locos que obtuvo en una hamburguesería de la cadena Cari Jr.

Cada carta mostraba un dibujo estilizado de un animal hecho con colores chillones, y a medida que la partida progresaba y las cartas se iban amontonando boca arriba la selección de aves sonrientes y bestias esparcida sobre la colcha del motel hizo sonreír a Mavranos.