La última partida

Tim Powers · Capítulo 10 de 54

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La última partida

Capítulo 8

Abrió la puerta del coche y bajó. "Concéntrate en las cartas", se dijo.

8

Acaba de volver de entre los muertos Vaughan Trumbill y Ricky Leroy estaban jadeando sentados en un sofá en la sala de la casa-barco a cuatrocientos treinta y cinco kilómetros en dirección noreste. Los dos hombres contemplaban el flaco y mojado cuerpo desnudo del doctor Leaky, al que acababan de sacar a rastras del cuarto de baño.

Trumbill -su corpachón ocupaba más de una tercera parte del sofá- se limpió su inmensa cabeza calva con un pañuelo de seda. Se había quitado la camisa y su enorme torso en forma de pera era un arco iris de tatuajes enroscados sobre sí mismos.

–La luz del cuarto de baño, el ventilador y la bomba de agua -dijo en un tono de voz bastante alto para hacerse oír por encima del rugido del generador-. Creo que dejó de funcionar prácticamente al mismo tiempo que la batería.

–Alégrate de que no se ahogara -dijo Leroy-. Tendrías que volver a vaciarle los pulmones como aquella vez en Temple hace dos años… -Se puso en pie y se estiró-.

Bueno, supongo que volverá a estar en condiciones más o menos en el mismo momento en que lo haga la batería. Ya he salido del aeropuerto en un taxi. Será cosa de media hora.

El cuerpo que yacía sobre la alfombra se removió débilmente. – ¿Ves? –

dijo Leroy-. Ya me está captando. – Cogió una toalla del cuarto de baño y la arrojó sobre la pelvis cubierta de manchas marrones y cicatrices del anciano. Después se acuclilló junto a él y examinó la mejilla y la frente del doctor Leaky-. Espero que no se haya caído sobre el mismo lado de la cara que la última vez. Tuvieron que reconstruirle el cráneo con coral.

Trumbill enarcó las cejas. – ¿Coral? ¿Como…, como las conchas y los arrecifes coralinos…, como esa clase de coral?

–Exacto. He oído comentar que ahora usan una especie de cerámica porosa. No, el viejo loco no parece tener ningún tornillo fuera de sitio…

Leroy se incorporó.

–Me gustaría que estuvieras lejos de él el tiempo suficiente para que se muriese de una vez.

–Tardaría lo suyo. Hay unas cuantas protecciones muy potentes que se ocupan de ese cuerpo, ¿sabes? Y…

–Ya lo sé. La criogénica y el clonaje.

–Se están acercando más a cada día que pasa… y este…, este recipiente de mi ADN aún no se ha roto.

El viejo cuerpo desnudo bostezó, se frotó los ojos y se sentó. La toalla se deslizó a un lado.

–Pero cada día da más asco -observó Trumbill.

–Bienvenido, doctor -dijo Leroy con voz cansada. – ¿Todos bien? –

preguntó el doctor Leaky.

–Todo el mundo está estupendamente, doctor.

–Buen chico -dijo el anciano desnudo. Contempló a los dos hombres sentados en el sofá y se rascó los pelos blancos que cubrían su flaco pecho-.

Una vez en el lago…, debió de ser en el…, oh, supongo que en el cuarenta y siete porque aún no tenía el Buick o…, no, fue en el cuarenta y siete…, se hundió un anzuelo en un dedo y… -Clavó los ojos primero en el rostro de Trumbill y luego en el de Leroy-. ¿Creéis que gritó? – Desdeñó cualquier réplica que pudiera haber salido de sus bocas con un rápido gesto de una mano-. ¡Ni una sola vez! Ni siquiera cuando tuve que empujar la…, la parte que…, el espolón, sí, el espolón, ni siquiera cuando tuve que empujar el espolón hasta hacerlo salir por el otro lado del dedo para poder cortarlo. Lo corté, eso es lo que hice. – Movió los dedos manejando unas tenazas imaginarias y sus ojos fueron de Trumbill a Leroy-. Ni… tan… siquiera…

lloró.

Leroy se sentía tan incómodo que había fruncido el ceño.

–Ve a tu habitación, viejo idiota, y vuelve a ponerte esa toalla. No hace falta que me lo recuerdes.

Crane salió del coche y cargó con su bolsa de plástico del 7Ele-ven a través de la acera y por los peldaños que llevaban hasta la puerta delantera de Chick Hurzer. El césped y los matorrales parecían sanos y bien cuidados.

Eso era buena señal. El negocio de coches usados de Chick debía de proporcionarle el dinero suficiente para contratar jardineros.

Llamó al timbre, oyó unos gritos estridentes en el interior de la casa y Chick abrió la puerta un instante después.

–Que me cuelguen -dijo Chick -. ¡"Espantapájaros" Smith! Me alegra volver a verte.

Esta partida necesita un buen perdedor.

Crane sonrió. Siempre había evitado terminar una ronda de partidas siendo el ganador indiscutible de la velada. – ¿Tienes sitio en tu nevera para unas cuantas cervezas?

–Claro que sí. Entra.

La luz del vestíbulo le permitió ver que Chick había disfrutado de una década de prosperidad. Estaba más gordo, tenía el rostro hinchado y surcado por un trazado de venillas rotas y las joyas de oro que eran su marca de fábrica habían aumentado de tamaño y se habían vuelto más aparatosas.

En la sala había cinco hombres sentados a una mesa en la que se estaba desarrollando una partida de póquer a siete cartas. – ¿Qué, Chick, nos has traído refuerzos? – preguntó uno de los jugadores.

–Podéis contar conmigo para la próxima mano -respondió Crane con jovialidad.

Se apoyó en la pared y les observó mientras terminaban la partida.

Estaban jugando con dinero -Crane siempre había insistido en jugar con fichas porque eso hacía que las apuestas tendieran a ser más generosas-, y al parecer estaban jugando al póquer de siete cartas simple sin alto-bajo, variables o cartas ocultas, y las apuestas parecían estar limitadas a sólo tres subidas.

Crane se preguntó si conseguiría ganar algo de dinero aquella noche.

Había puesto en marcha la partida hacía un cuarto de siglo aprovechando los restos de una partida del martes por la noche que había empezado a atraer un número excesivo de jugadores realmente buenos y ya no daba auténticos beneficios, y la había manipulado cuidadosamente para que pareciese una mera ocasión de relajarse y pasarlo bien. Los buenos perdedores se sentían a gusto, y la partida le producía unos ingresos estables y sustanciosos.

Uno de los jugadores se quedó con el dinero que había encima de la mesa.

–Siéntate, Scott -dijo Chick-. Chicos, éste es Scott Smith, conocido como "Espantapájaros". La próxima mano va a ser…, cinco cartas.

Crane se sentó. Las cartas fueron repartidas, y Crane observó cómo los jugadores sentados a la mesa inspeccionaban las que les habían correspondido. Iba a ser su primera partida de póquer en once años.

Cuando hubo captado algunas manías que podían ser pistas valiosas en cuanto se hubiese familiarizado un poco con la manera de jugar de cada uno, dobló hacia arriba las esquinas de sus cinco cartas y contempló su mano.

El doctor Leaky había conseguido anudar la toalla alrededor de su cintura, pero se detuvo cuando estaba a medio camino de su habitación y olisqueó la brisa nocturna procedente del lago que entraba por la portilla abierta.

–Hay uno -dijo.

Trumbill se puso en pie y fue hacia el anciano, pero Leroy movió una mano indicándole que se quedara quieto.

–Acaba de volver de entre los muertos -dijo Leroy-. Puede que sea capaz de captar algo. ¿Qué es, doctor?

–En el anzuelo -dijo el doctor Leaky.

–Oh, infiernos, ya nos ha contado lo del anzuelo, ¿Quiere hacer el…?

–Uno de ellos está en el anzuelo, acaba de morderlo, cartas en sus manos, sangre en el agua. Los jacks le olerán, pero ahora que está en el anzuelo tú también puedes olerle.

Tienes que encontrarle antes que ellos, y tienes que ponerle a salvo dentro de la pecera.

Leroy contempló al anciano, quien estaba parpadeando y lanzando miradas de temor imbecilizado a cuanto le rodeaba como si esperara ver surgir una horda de enemigos de las profundidades del lago y, de hecho, había un enemigo en el lago…, o, por lo menos, la cabeza de uno.

Leroy dejó transcurrir varios segundos antes de volverse hacia Trumbill.

Quizá será mejor que hagas lo que dice.

Uno de los jugadores había pedido que le excluyeran de esa mano para poder llamar a su esposa, y estaba inmóvil ante el teléfono de la cocina estrujando el auricular entre sus dedos. Podía oír con toda claridad las voces de los jugadores sentados alrededor de la mesa detrás de él.

Después de una docena de timbrazos una voz masculina contestó y repitió el número que había marcado.

–Hola, cariño -dijo nerviosamente el jugador-. Voy a llegar tarde. Estoy jugando al póquer, ¿sabes?

–Hola, encanto -dijo la voz fingiendo el tono aflautado de un homosexual-. Estás jugando al póquer, ¿eh? – El jugador oyó los suaves

chasquidos de un teclado de ordenador-. Tengo a un montón en esa lista.

¿Alguna referencia que se pueda comprobar, algún apellido?

–Eh, cariño, venga… No puedo ponerme sentimental. Es el único teléfono que hay aquí y los chicos podrían oírme.

–Capto. Bueno, entonces dame una categoría o algo…, a menos que quieras escuchar un centenar de apellidos.

–Típico de tu padre -dijo el jugador soltando una risita forzada-. Se pasa la vida yendo de pesca y nunca atrapa un pez.

–Pesca y póquer -dijo la voz-. Bueno, eso me suena a ese campeón de póquer de Cárdena que siempre se está yendo a pescar a Acapulco, y la verdad es que he oído comentar que nunca atrapa un pez. – El teclado emitió varios chasquidos casi imperceptibles-. Lo sabré cuando lo vea…, aquí vamos. El tipo se llama Obstadt, Neal.

–Eso es, querida, y eso vale cincuenta mil dólares. – El jugador volvió la cabeza hacia la habitación-. Mira, el valor neto después de que añadiera el cuarto de invitados y todo el…

–Y todo el recubrimiento de aluminio y las jodidas ardillas pintadas que hay en el jardín, sí, ya lo sé. – Más chasquidos-. Bueno, si hablamos de esas cifras sólo hay uno listado en Obstadt…, un jugador de póquer visto por última vez en el ochenta llamado Scott "Espantapájaros" Smith, hijo de Ozzie Smith, visto por última vez en el sesenta y nueve. Veo que Obstadt ha estado distribuyendo fotos por todo Los Ángeles, San Diego, Bernardino y Las Vegas desde enero del ochenta y siete. ¿Te basas en eso?

–No, la verdad es que no. La foto es bastante antigua…, lo que más me ha llamado la atención ha sido el nombre. – ¿Se hace llamar

"Espantapájaros" Smith?

–Exacto.

–Eso suena a que te has apuntado un tanto, cariño. Constitución: alta…, mediana…

–Aja.

–Mediana. Peso: gordo…, promedio…

–Sí, eso.

–Espero que la ropa nos ayude un poco más. Cabello: negro…, castaño…, rubio…, gris…

–Aja.

–Chaqueta…

–No.

–Eso nos ahorra tiempo. Camisa: a cuadros…

–Claro. Lo lógico para esta época del año.

–Entendido, franela. ¿Tejanos con qué?

–Sí, desde luego. Era de imaginar.

–Si no son playeras dilo. De acuerdo. ¿Suficiente?

El jugador se volvió hacia la mesa y contempló a los hombres sentados a su alrededor.

–Es suficiente. Oye, cariño, no tienes que preocuparte por eso. Estamos en casa de Chick Hurzer, en Washington, Venice.

–Iba a ser mi próxima pregunta. – Clickety-dickety click-. De acuerdo, ya está metido en el gran libro. No necesito la dirección de la casa. ¿Cuál es tu número de código?

–Cuatro, seis, doble, tres, dos, cero.

La voz lo repitió lentamente. – ¿Correcto?

–Sí, correcto.

El jugador pudo oír una serie de chasquidos muy rápidos.

–Te tengo en lista -dijo la voz-. Llama al número del departamento de pagos dentro de una semana. Si resulta ser ese tipo tendrás cuatro mil quinientos pavos de regalito.

El juego fue bastante bien para Crane. La docena de barajas que había traído consigo animaron a los jugadores a pedir una baraja nueva después de una pérdida, lo cual era una buena forma de empezar a reintroducir las supersticiones en el juego, y cuando sacó los bocadillos de la bolsa a medianoche éstos demostraron ser una diversión lo suficientemente buena para producir un par de ejemplos de franca estupidez con las cartas. Aparte de eso había un par de médicos en la mesa, y los médicos siempre tenían montones de dinero y jugaban a lo loco manteniéndose dentro de la partida sin importarles demasiado que hubieran obtenido una buena mano o no; y nadie estaba totalmente sobrio, y al parecer Scott era el único que padecía preocupaciones monetarias.

Cuando dejaron de jugar a las dos de la madrugada Scott llevaba ganados más de dos mil dólares. Esa suma equivalía a dos pagos de la hipoteca, y Scott estaba seguro de que conseguiría encontrar otra partida estable en el próximo par de días.

Chick Hurzer había ganado más dinero que él y estaba bebiendo escocés.

–Bueno, "Espantapájaros", ¿dónde has estado? – preguntó jovialmente mientras los otros jugadores se ponían en pie y se estiraban y uno de ellos se dirigía hacia el televisor-. Supongo que tendrás tiempo para tomar una copa, ¿no?

–Claro -dijo Scott cogiendo un vaso de whisky-. Oh, he estado por aquí y por allá…

He tenido un empleo honrado durante unos cuantos años.

Todo el mundo se rió…, y la risa de uno de los jugadores sonó un poco tensa.

Cuando le telefoneó el hombre de Obstadt se disculpó por haberle avisado con tan poca antelación, pero Al Funo se había reído y le había asegurado que no era ningún problema, y cuando empezó a hablar del pago Funo protestó diciendo que los viejos amigos no tenían que discutir por asuntos de dinero.

Funo estaba sentado detrás del volante de su Porsche 924 blanco esperando a que Scott Smith saliera de la casa de Chick Hurzer. Funo inclinó hacia abajo el espejo retrovisor y se pasó un peine por la cabellera.

Le gustaba producir una buena impresión.

Había quitado la luneta trasera del Porsche, pero el calefactor del coche hacía que se estuviera cómodo y el motor era tan silencioso y producía tan pocos gases de escape que un peatón que pasara junto al coche no habría podido darse cuenta de que estaba en marcha.

Tenía muchas ganas de conocer al tal Smith. Funo era una "persona sociable", y estaba muy orgulloso del número de gente a la que podía considerar amiga suya.

Media docena de hombres salieron por la puerta principal de la casa de Hurzer y se quedaron inmóviles bajo el resplandor del farol. Funo les observó con atención, y tardó muy poco en localizar la silueta de cabellos grises vestida con téjanos y una camisa de franela a cuadros. Unos cuantos jugadores estrecharon la mano de Smith, y Funo deseó poder haber participado en el ambiente de camaradería del juego.

Salió de su coche y empezó a caminar con paso rápido por la acera.

Estaba sonriendo, y el frío llegado del mar perceptible en la atmósfera que

olía a sal no le importaba en lo más mínimo. Los hombres ya habían acabado de despedirse y se estaban dirigiendo hacia sus coches.

Smith pareció captar la presencia de Funo cuando aún estaba a unos metros de distancia de él. Tenía una mano junto a la hebilla del cinturón como si se dispusiera a remeterse los faldones de la camisa. ¿Un arma? La sonrisa de Funo se hizo un poco más amplia.

–Eh, amigo… -dijo Funo cuando estuvo lo bastante cerca de Smith para que le pudiera oír sin necesidad de subir la voz por encima de un tono de conversación afable-. ¿Tiene un cigarrillo?

Smith le contempló en silencio durante un momento.

–Claro -dijo por fin, y sacó un paquete de Marlboro de su bolsillo-. Sólo quedan tres o cuatro -añadió-. Quédese con el paquete.

Funo se sintió conmovido. "Fíjate en el coche que conduce este tipo -

pensó-. Un viejo Torino maltrecho y cubierto de polvo, ¡y me regala sus últimos cigarrillos!" -Eh, gracias -dijo-. Hoy en día es raro encontrar a alguien poseído de una genuina generosidad. – Se ruborizó y se preguntó si los dos gen de su última frase le habrían hecho pensar que decía lo primero que se le pasaba por la cabeza-. Tenga -se apresuró a añadir mientras metía la mano en un bolsillo de sus pantalones Nordstrom-, quiero que se quede con mi encendedor.

–No, no necesito un…

–Por favor -dijo Funo-. Tengo cientos de encendedores, y usted es el primer caballero gen…, eh…, la primera persona verdaderamente educada que he conocido en los veinte años que llevo viviendo en esta maldita ciudad. – Funo sólo tenía veintiocho años y se había trasladado a Los Ángeles hacía cinco años, pero había descubierto que cuando estaba intentando hacer nuevas amistades a veces mentir ayudaba un poco-.

Por favor -repitió, y se dio cuenta de que estaba sudando.

–Bueno, yo… Claro. Gracias -dijo Smith. ¿Se sentiría incómodo por haber aceptado el encendedor?

–Tengo doscientos encendedores.

–Estupendo, gracias. ¡Cristo! ¡Pero si es un Dunhill de oro! Oiga, no puedo…

–No me insulte.

Smith pareció echarse unos centímetros hacia atrás, y Funo se preguntó si habría usado un tono de voz demasiado áspero. Bueno, ¿cómo podían

existir personas capaces de rechazar un regalo ofrecido con toda sinceridad?

–Gracias -dijo Smith-. Muchísimas gracias. Bueno… He de irme. Se está haciendo tarde. – ¡Dígamelo a mí! – se apresuró a exclamar Funo-.

Tendremos suerte si conseguimos llegar a nuestras camas antes de que amanezca, ¿eh?

–Sí, tendremos suerte si lo conseguimos -murmuró Smith, y echó a caminar hacia su viejo y maltrecho coche.

Crane no se acordó de otro consejo de Ozzie – Trescientos sesenta grados en todo momento…, pueden estar tanto detrás como delante de ti-hasta que no se fijó en el Porsche por tercera vez.

Iba en dirección este por la autopista de Santa Mónica avanzando entre la oscuridad que precede al amanecer -la luna se había ocultado hacía ya bastante rato, y los rascacielos del sur de Los Ángeles se alzaban a su izquierda como las vigas maestras aún no apagadas del todo de una mansión devorada por el fuego en la que había morado un dios-, y Crane empezó a juguetear con la idea de continuar en dirección este por la autopista, dejar atrás el punto en el que empezaba a ser conocida como la autopista de Pomona y seguir en movimiento hasta dejar atrás Ontario y Mira Loma y llegar a la conexión con la 15 en uno de aquellos extraños suburbios semidesérticos que tenían nombres como Norco y Loma Linda, y seguir luego hasta Las Vegas.

"Estaría en Las Vegas a tiempo de tomar un desayuno tardío-se dijo, y el pensamiento parecía haber surgido de la nada-. Y tienes dos de los grandes dentro del bolsillo…"

Sabía que no quería ir a ningún sitio que no fuese su casa, y mucho menos a Las Vegas, pero a pesar de ello tuvo que luchar con aquella extraña compulsión y concentrarse en la idea de torcer hacia el sur y entrar en la autopista de Santa Ana.

Y entonces vio al Porsche por tercera vez.

A aquella hora había muy pocos coches en la autopista, y Scott había podido tomar las largas curvas rozando el volante con las yemas de tres dedos, pero apenas se hubo fijado en el Porsche se puso el cinturón de seguridad y agarró firmemente el volante con las dos manos.

El Porsche iba por delante de él. Los dos coches dejaron atrás la conexión con la autopista de Long Beach, y Crane pensó que el Porsche llevaba un mínimo de diez minutos delante de él, detrás o corriendo a su

lado. Si Ozzie hubiese estado al volante en aquellos momentos habría acelerado hasta meter el coche en el carril rápido y luego habría hecho un chirriante cambio de tres carriles para salir de la autopista en Atlantic, después de lo cual habría vuelto a casa dando un largo rodeo.

Pero Crane estaba agotado.

–No, Ozzie -dijo en voz alta-. No puedo cagarme de miedo ante cada coche que está haciendo el mismo trayecto que yo. – Dejó escapar un suspiro-. Pero te diré lo que voy a hacer… No le quitaré la vista de encima,

¿de acuerdo?

El resplandor de las farolas de la autopista arrancaba destellos a la carrocería del Porsche, pero no a su luneta trasera. El esfuerzo que tuvo que hacer para distinguirlo le obligó a fruncir el ceño, pero Crane acabó dándose cuenta de que el Porsche no tenía luneta trasera.

"Una noche fría y un Porsche en muy buen estado -pensó-. ¿Y no tiene luneta trasera?"

Se imaginó a Ozzie sentado junto a él. "Abre bien los ojos", habría dicho el anciano.

–Tienes toda la razón, Ozzie -replicó Crane, y clavó los ojos en el coche que le precedía.

Y eso le permitió ver cómo el conductor se contorsionaba y alargaba el brazo por encima del asiento trasero, y vio un destello metálico en su mano.

Crane se arrojó a un lado y el parabrisas estalló hacia dentro con un bang ensordecedor. Cubitos minúsculos de cristal de parabrisas se desparramaron sobre él, y el viento entró en el coche azotándole con la fría fuerza de una galerna mientras Crane giraba el volante hacia la derecha.

Apoyó los pies en el suelo del coche y se irguió en su asiento. Después torció el gesto y se relajó un poco.

El Torino chocó con el protector de la cuneta y arrancó unas cuantas plantas. Los viejos amortiguadores quedaron clavados con un chasquido metálico, y el coche bajó el morro durante un momento y salió disparado hacia adelante por la inercia de su propio peso. En cuanto el pesado y viejo vehículo se hubo detenido después de patinar unos metros Crane metió la marcha atrás, dejó caer salvajemente su pie sobre el acelerador e hizo que el tambaleante Torino bajara de la cuneta y retrocediera por el afortunadamente vacío carril hasta la última rampa de salida que había dejado atrás.

Volvió a meter la primera, y aceleró hacia el bulevar Atlantic entrecerrando los ojos para protegerlos del vendaval. Crane serpenteó por el laberinto de las calles sumidas en la oscuridad y acabó deteniendo el coche en el aparcamiento de una gasolinera cerrada.

Apagó las luces, sacó el revólver de debajo de su cinturón y empezó a vigilar la calle.

El corazón le retumbaba dentro del pecho y sus manos temblaban de forma incontrolable. Tenía medio cuartillo de whisky Wild Turkey dentro de la guantera, y en cuanto hubieron pasado un par de minutos sin que ocurriese nada Crane lo sacó a tientas, desenroscó el tapón y tomó un buen trago.

"Cristo -pensó-. Nunca había estado tan cerca. Nunca había estado tan cerca…"

Dejó transcurrir un buen rato antes de volver a poner en marcha el motor y fue en dirección sur hasta la autopista de la Costa del Pacífico, y luego tomó por Brookhurst hasta llegar a Westminster. El coche se inclinaba perceptiblemente hacia la derecha, y Crane se preguntó qué tal estaría la suspensión y si las ruedas habrían quedado mal alineadas. – ¿Cuál pareeeeece ser el proooooblema? – susurró Arquímedes Mavranos.

Estaba sentado en el porche de Scott Crane escuchando el latir de su propio corazón.

Hacía tiempo había leído en un artículo de Isaac Asimov que el promedio de latidos con el que puede contar un ser humano es de dos mil millones, y Mavranos calculaba que sólo había gastado mil millones.

No era justo, pero la justicia era algo que debías conseguir por tu cuenta. No podías esperar a que te trajeran tu cuota de justicia a domicilio como si fuese el correo.

Bajó una mano y cogió la lata de Coors de la que había empezado a beber hacía un rato. Había leído que la cerveza Coors era anticancerígena -

no contenía nitrosaminas o algo por el estilo-, y desde entonces Mavranos bebía Coors a todas horas.

Sólo Dios sabía por qué Crane bebía Budweiser continuamente.

Mavranos no había leído nada sobre la cerveza Budweiser.

"Escupe en la palma de tu mano y golpéala con el otro puño -pensó -, y fíjate bien en qué dirección sale volando el escupitajo. Así sabrás hacia donde has de ir."

Mavranos había abandonado la secundaria cuando su novia quedó embarazada, y durante casi veinte años se había ganado bastante bien la vida comprando coches en el patio de subastas de la policía de Playa Huntington, arreglándolos y vendiéndolos luego a cambio de un beneficio razonable. No había empezado a estudiar la ciencia, las matemáticas y los mitos hasta el pasado mes de abril.

"Abril es el mes más cruel", pensó.

El mes de abril pasado había ido a la consulta de un médico porque siempre estaba cansado y ya no tenía apetito, y además le había salido un bulto debajo de la oreja izquierda. – ¿Cuál parece ser el problema? – le había preguntado el médico con voz jovial.

Y resultó que el problema era un linfoma, un cáncer del sistema linfático.

El médico le había explicado unas cuantas cosas, y después Mavranos había estado informándose por su cuenta leyendo libros y revistas especializadas. Había averiguado muchas cosas sobre la naturaleza aleatoria de las células cancerosas, y luego había estudiado la aleatoriedad…, y había empezado a discernir los patrones ocultos bajo la auténtica aleatoriedad; las bifurcaciones, los patrones que se repetían, el gordo en el plano complejo.

Un coche salió de la calle Main y se metió por la Diecisiete, pero no era el Torino de Crane.

Si hubieras tomado la decisión de medir la costa de California, limitarse a colocar una regla sobre la página de un atlas y averiguar que los diez grados de longitud que abarcaba ocupaban tantos centímetros de la regla no te serviría de mucho; pero recorrer la costa con un palito de un centímetro de largo tomando en consideración cada península del tamaño de un zapato y cada charquito de agua sería todavía más inútil. De hecho, si tomabas las medidas con demasiada precisión la respuesta final podía aproximarse al infinito. Si lo medías con la precisión suficiente cada charquito tenía un perímetro de costa virtualmente infinito.

Cuando te interesabas por aquel tipo de cosas tenías que utilizar un enfoque distinto.

Tenías que retroceder hasta encontrarte lo suficientemente lejos de ellas.

La turbulencia en una cañería del agua o el desorden en las señales enviadas a los nervios del corazón -o la histeria celular conocida con el nombre de cáncer- eran otros tantos efectos de la aleatoriedad. Y si

conseguías…, bueno, si conseguías descubrir los patrones ocultos en la aleatoriedad quizá podrías llegar a manipularlos. Quizá podrías cambiarlos y restaurar el orden perdido…

"Escupe en la palma de tu mano y golpéala con el puño", pensó Mavranos.

Y había encontrado aquel barrio, aquella casa y a Scott Crane.

Crane nunca lavaba su Torino, y Mavranos se había fijado en los dibujos que había en aquella carrocería manchada por el rocío del polvo y las cagadas de los pájaros -círculos, líneas rectas y ángulos rectos sobre una superficie curva, y en una ocasión había llegado a ver un racimo de rostros diminutos que gemían muy parecidos al de aquel cuadro de Munch -, y en otra ocasión Crane estaba en el porche hurgando cansinamente en su bolsillo buscando una moneda de veinticinco centavos para comprar el periódico y había dejado caer al suelo un puñado de monedas de veinticinco, diez y un centavo, y Mavranos le había ayudado a recogerlas y se había dado cuenta de que todas las monedas habían quedado con la cara hacia arriba; y cualquier reloj que Crane llevara puesto siempre se adelantaba.

Y siempre había animales que morían alrededor de la casa. En una ocasión Mavranos vio una hilera de hormigas muertas que señalaba hacia la tercera parte de una hamburguesa con queso olvidada en el porche; y el gato de una vecina que tenía la costumbre de dormir en el tejado de Crane había muerto. Mavranos había ido a casa de la mujer con el propósito ostensible de decirle lo mucho que lo sentía, y se había enterado de que el veterinario había diagnosticado que la causa de la muerte había sido el cáncer.

Y los zumos de fruta fermentaban a una velocidad anormalmente alta en toda la manzana, como si un dios del vino hubiera visitado aquella calle de Santa Ana y hubiese dejado caer su aliento sobre las casas a una hora tan avanzada de la noche que sólo habrían podido verle los jóvenes de movimientos furtivos que habían salido a robar baterías y estéreos de coche.

La aleatoriedad quería matarle, y Arquímedes Mavranos había decidido descubrir dónde vivía y dar con su castillo, su capilla peligrosa.

Un año antes había sacado cinco mil dólares en billetes de veinte de su cuenta corriente, le había dicho a su esposa y a sus dos hijas que volvería cuando se encontrara bien de salud y se había alejado calle abajo. Cuando

llegó a la esquina escupió en su mano y golpeó la palma con el puño, y se fue por la dirección que le indicaba el vuelo del escupitajo.

Caminó durante dos días seguidos comiendo el tasajo de buey que compraba en las licorerías, orinando detrás de los arbustos y sin afeitarse, cambiarse de ropa o dormir ni un instante; y acabó descubriendo que estaba dando vueltas y más vueltas alrededor de aquella manzana, y cuando vio un letrero anunciando que había una casa en alquiler telefoneó al número escrito en el letrero y entregó mil quinientos dólares en efectivo al propietario, y después consagró todos sus esfuerzos a la delicada tarea de averiguar la situación exacta de lo que buscaba.

No tardó en sospechar que Scott Crane era el gran letrero que indicaba el camino al castillo de la aleatoriedad, pero no había encontrado ninguna razón para confiar en que había acertado hasta que aquella noche Crane le dijo que había sido jugador profesional de póquer. Después de todo el juego era el lugar en el que las estadísticas y las profundas consecuencias humanas se encontraban de la forma más visible, y aunque los dados o los números de la ruleta también lo hacían, las cartas parecían ser las más capaces de definir e incluso dictar la…, sí, la suerte de un jugador.

La ventana de la sala de Crane estaba abierta detrás de la rejilla de alambre. Mavranos captó una presencia inmóvil a su espalda y giró sobre sí mismo sin levantarse. – ¿Scott? – susurró una voz femenina-. Ven a la cama.

–Soy yo, Susan… Arky -respondió Mavranos en un tono algo avergonzado-. Scott sigue fuera ocupado en…, en lo que esté haciendo.

–Oh. – El susurro se había debilitado-. Mis ojos todavía no están demasiado bien.

No…, no le digas que he hablado contigo, ¿de acuerdo?

Añadió algo más, pero habló en un tono de voz tan bajo que Mavranos no pudo oír lo que decía.

–Perdona, pero…

Pudo oír cómo tragaba una honda bocanada de aire -un sonido como el del viento suspirando por entre las ramas de un árbol sin hojas-, pero cuando volvió a hablar Mavranos apenas pudo captar el susurro.

–Dale una copa -dijo, y añadió unas cuantas palabras más pero Mavranos sólo entendió "ayúdanos".