La última partida
Capítulo 37
Joe-. Si no quedamos contentos con lo que salga volveremos a la ciudad y conseguiremos dos pavos más.
"Araña" Joe se limitó a mecerse sobre la alfombra durante varios segundos. Su rostro delgado y moreno estaba totalmente inexpresivo.
–De acuerdo -dijo por fin, y cogió la baraja.
37
Un muerto que no sabes cómo se llama La primera carta que quedó boca arriba sobre la mesa era el paje de copas, y el dibujo mostraba a un joven vestido a la moda del Renacimiento contemplando una lámpara colocada sobre un pedestal.
Crane descubrió que se había tensado sobre el maltrecho sofá en la penumbra de la sala de la caravana y que había aguzado los oídos esperando oír la lluvia, el sonido de los coches estrellándose en la autopista o, quizá, el ruido de las cartas emprendiendo el vuelo para lanzarse hacia su cara; pero aunque los rayos de sol que entraban en ángulo oblicuo por entre las tablillas de la persiana parecían haber adoptado de repente una indefinible cualidad cristalina -como luz vista a través de una gelatina muy clara-, y el thwick de la carta al chocar con la superficie de la mesa había sido particularmente líquido y claro, el único cambio físico que había tenido lugar en la habitación era la zumbante intrusión de dos moscas salidas de la cocina que habían empezado a trazar círculos en el aire.
La carta siguiente mostraba a un hombre con armadura delante de un globo cortado en tres secciones, y debajo del grabado se leía NABVCHODENASOR, lo que probablemente era un intento de escribir Nabucodonosor.
Crane se dio cuenta de que aquellas cartas no mostraban ninguna tendencia a revolotear impulsadas por la brisa psíquica, y se acordó de que
"Araña" Joe había dicho que la baraja era un peso pesado del mundo de las cartas.
Más moscas habían entrado en la sala de estar, y todas zumbaban alrededor de las cartas como si la baraja fuera un montón de comida que las había atraído con su aroma.
Los dedos de "Araña" Joe resiguieron los agujeros de las dos cartas.
Dejó escapar un gruñido ahogado y un instante después abrió la boca y empezó a hablar.
–Hagioplastia uno-dos-tres -dijo con voz enronquecida. Las palabras parecían ser escupidas de sus labios como otros tantos coágulos de sangre-.
Gumby gumby, pudding y pineal, y Bob es tu tío y la luna es mi madre.
Podría presentar acusaciones, pero no hay sediciones y barcazas y ríos y pescadores, y siempre está pescando allí, y por eso se le llama pescador.
Aquellas palabras carentes de sentido crearon ecos muy potentes dentro de la cabeza de Crane, y un instante después pensó que se formaban allí primero y que luego eran repetidas por "Araña" Joe. Una opresión invisible que le había estado atenazando el cerebro parecía estar esfumándose poco a poco, y Crane fue consciente de que acababa de recibir una invitación a dejar volar sus pensamientos tan libremente como si fuesen pájaros para permitirles que investigaran en todas direcciones; y de repente le pareció terriblemente importante hacer callar al ciego para impedirle que dijera todo aquello delante de las moscas.
Había cosas de todas clases, y todas ellas eran importantes. Crane comprendió que tendría que estar fuera de la caravana leyendo lo que las nubes intentarían transmitirle en cuanto saliera.
Mavranos se había inclinado hacia adelante y tenía la boca abierta. El zumbido de las moscas se había vuelto muy ruidoso-debía de haber por lo menos un centenar de ellas girando a toda velocidad en el aire por encima de la mesa-, y Crane se preguntó si Mavranos tendría intención de comérselas para enterarse de qué sabor tenían, y pensó que las moscas probablemente sabían a muchas cosas. La anciana se había levantado y estaba bailando lenta y torpemente sobre la alfombra. Tenía los brazos extendidos y el café se iba derramando de la taza que seguía sosteniendo en una mano.
–El padre juega a la bola baja por basura siguiendo la pista del jack tuerto -estaba diciendo "Araña" Joe.
–No -murmuró Mavranos con voz estrangulada. Alzó una mano temblorosa y golpeó las dos cartas haciendo que salieran despedidas de la mesa. Después se puso en pie y golpeó la mano de "Araña" Joe arrebatándole el resto de la baraja-. No -repitió en voz más alta-. Esto no es lo que quiero.
"Araña" Joe se encogió sobre sí mismo sin decir ni una palabra-el ataque de convulsiones y temblores dejó de dominar su cuerpo y su mandíbula quedó totalmente fláccida-, de tal forma que sólo sus antenas
arqueadas parecieron mantenerle en posición vertical. Las moscas se dispersaron en todas direcciones.
–Tú tampoco quieres esto -dijo Mavranos con voz temblorosa mirando a Crane.
Crane tragó una honda bocanada de aire e intentó poner algo de orden en sus pensamientos.
–No -murmuró por fin moviendo la mano para alejar a las moscas de su ojo.
La boca de "Araña" Joe se cerró con un chasquido claramente audible y un instante después se puso en pie con sorprendente agilidad. Los alambres de sus antenas oscilaron por entre las moscas que trazaban círculos a su alrededor.
–Ninguno de nosotros quiere esto -dijo. Cogió los dólares de plata que había colocado detrás de los cristales de sus gafas de sol y los arrojó sobre la mesa-.
Salgamos. Que uno de vosotros traiga a Moco.
La anciana había dejado de bailar y Mavranos la cogió por un codo y siguió a "Araña"
Joe, quien cruzó torpemente el umbral acompañado por un tañido de antenas y bajó los peldaños de madera. Crane les siguió al exterior evitando volver la mirada hacia las cartas caídas sobre la alfombra.
Los reflejos del sol en el desierto y en la autopista le obligaron a entrecerrar los ojos, y el calor repentino era como un peso sobre su cabeza, pero la plana inmensidad del paisaje suponía un gran alivio después de la atmósfera claustrofóbica de la caravana.
"Araña" Joe cruzó el patio hasta que sus antenas rozaron el parachoques de la camioneta más próxima. Después giró sobre sí mismo y volvió sobre sus pasos recorriendo la mitad de la distancia que había andado.
–Sigo siendo un canal para ellos – dijo-, y a veces toman posesión de mí de esa forma, igual que hacen los loas vudús con los haitianos. El Loco nunca lo había hecho.
"Y apostaría a que Dondi Snayheever tampoco", pensó Crane.
–El empleo de tu padre… -dijo "Araña" Joe y meneó la cabeza-.
Tendrías que haberme dicho quién eres. Creo que me habría ocupado de este asunto por teléfono o a través del correo.
–No soy… -empezó a decir Crane.
–Calla. – Mavranos y Moco se habían sentado en los peldaños del porche dejando que Crane y "Araña" Joe tuvieran todo el patio para encararse el uno con el otro -. Hace tiempo Moco y yo trabajamos para tu padre. – "Araña" Joe se frotó la cara-. Nunca hablo de esto, así que escúchame con atención. Yo era pintor miniaturista. Aprendí el oficio de pequeño en Italia, y me adiestraron para que fuese uno de los pintores de la baraja de tarot más potente que te puedas imaginar, la bomba de hidrógeno del mundo de las barajas de tarot…, la que es conocida con el nombre de baraja Lombardía Zeroth.
Extendió un brazo y señaló a Crane.
–Viste una de mis barajas cuando jugaste a la asunción. – "Araña" Joe meneó la cabeza, y una ráfaga de aire caliente agitó su barba canosa-.
Nunca ha habido más de un par de tipos en todo el mundo capaces de pintarla, y aunque seas joven y tengas la mente y el cuerpo en el mejor estado posible hace falta un mínimo de un año para pintar todo un mazo, y créeme cuando te digo que no es un año muy agradable…, y después necesitas unas largas vacaciones. Te aseguro que puedes pedir lo que te dé la gana a cambio.
"Araña" Joe empezó a moverse y trazó un rápido círculo en sentido contrario a las agujas del reloj, y Crane pensó que el sentido de la acción era el mismo que el persignarse de un católico.
–Moco era una rémora -siguió diciendo "Araña" Joe-. Le hacía pequeños trabajos a cambio del tipo de gran vida más elegante que Las Vegas podía proporcionar, e incluso en los años cuarenta y cincuenta podía ser una gran vida realmente a lo grande. En 1960 había una mujer que suponía una amenaza para él. Moco entró en contacto con ella, se hizo amiga suya y la…, la convenció de que quedara con ella en el Sahara una noche.
Moco no acudió a la cita, y Vaughan Trumbill apareció en su lugar y mató a la mujer.
Acababa de tener un bebé, una niña, y Trumbill no consiguió acabar con él, pero Moco también se había encargado de hacer los arreglos para que el bebé muriese.
Crane no pudo contenerse y volvió la cabeza hacia la anciana. Su rostro estaba totalmente inexpresivo.
–Le pinté una baraja -dijo "Araña" Joe-. La necesitaba para la primavera del sesenta y nueve, ¿entiendes? La utilizó, y un día Moco y yo fuimos a verle porque teníamos una cita con él. – "Araña" Joe había tensado los puños, pero su voz seguía sonando firme y tranquila-. Estaba en uno de los cuerpos que había asumido después de la partida, una mujer llamada Betsy, y mientras le escuchábamos ella…, bueno, sólo llevaba uno o dos días dentro del cuerpo y…, y ella salió a la superficie durante unos segundos, y durante unos segundos esa mujer, esa tal Betsy, pudo ver a través de sus ojos.
Crane volvió a mirar a Moco. Su rostro seguía sin mostrar ninguna emoción, pero sus arrugadas mejillas estaban cubiertas de lágrimas.
–Estaba llorando -dijo "Araña" Joe en voz baja-, y nos suplicó que…, que la sostuviéramos, que hiciéramos algo, lo que fue-se…, que impidiéramos que volviera a hundirse para toda la eternidad en la laguna oscura donde se mueven los Arquetipos y donde las mentes individuales están condenadas a disolverse en las profundidades. – "Araña" Joe tragó una honda bocanada de aire y la dejó escapar-. Y un instante después él volvió a recuperar el control. La mujer se había esfumado, se había perdido en la oscuridad y…, y entonces descubrimos que sabíamos bastante más sobre la Muerte de lo que sabíamos al entrar en esa habitación. Moco y yo recibimos nuestras órdenes, salimos de allí y nos marchamos del mundo…, dejamos atrás nuestras casas y nuestros coches, nuestros platos de gourmet y nuestro soberbio guardarropa, incluso nuestros nombres…, y no volvimos nunca. Moco se cortó la lengua con los dientes y yo me saqué los ojos. –
¡Jesús! – le oyó murmurar Crane a Mavranos detrás de él.
Y durante un par de segundos Crane no pudo creerlo. Después clavó la mirada en las mejillas cubiertas de profundas arrugas de "Araña" Joe y recordó el trauma psíquico resultado de haber visto las cartas de la baraja Lombardía Zeroth…, e intentó imaginar hasta dónde podía llegar el horror de descubrir que los muertos no siempre se desvanecen en la nada y el olvido sino que pueden volver para encararse contigo y mostrarte sus sufrimientos; y pensó que después de todo quizá fuese cierto que aquella mujer había escogido enmudecer para siempre antes que volver a hacer posible una muerte con sus mentiras; o que aquel hombre hubiera preferido infligirse la ceguera para no ser capaz de volver a pintar otra baraja como aquélla.
"Araña" Joe se encogió de hombros.
–El empleo de tu padre -repitió -. Tengo que decirte que tu padre ya casi te tiene en sus manos. Ya te ha obligado a realizar un sacrificio humano y…
-¿Cuándo? – Crane meneó la cabeza-. ¡Nunca he matado a nadie!
"Salvo a Susan -pensó-. Una enfermedad aleatoria. Causada por mí. ¿Y
Diana? ¿También la maté?" -Quizá no supieras lo que estabas haciendo, muchacho -dijo "Araña" Joe, y por su tono de voz casi parecía como si intentara consolarle-, pero te entregó el cuchillo y tú lo utilizaste. La lectura fue muy breve, pero incluso así pude verlo en el perfil de tu personalidad tan claramente como si fuese una marca de nacimiento. Ya te he dicho que quizá no llegaste a enterarte… Debió de ser en algún momento de esta última semana, indudablemente de noche y es probable que estuviera relacionado con el jugar a las cartas, y también es probable que la víctima procediera de un lugar separado de éste por agua no domesticada…, quizá del otro lado del mar.
–Aaah, Dios -gimió Crane-, el inglés.
"En este país hay matones por todas partes", había dicho aquel hombre y tenía razón.
"Un montón de matones que ni siquiera saben que lo son", pensó Crane.
Parpadeó a toda velocidad, y consiguió expulsar el recuerdo del rostro jovial del inglés de su mente.
–El empleo de tu padre -volvió a decir "Araña" Joe-. Es tu padre, así que teóricamente podrías conseguirlo. No sé cómo… Tienes que consultar con un viejo Rey. – ¿Quién?
–No lo sé. – ¿Dónde puedo encontrarle?
–No lo sé. Probablemente en un cementerio…, los viejos Reyes casi siempre están muertos.
–Pero ¿cómo voy a…?
–Eso es todo -dijo "Araña" Joe-. La lectura se ha acabado. Vete de aquí.
Probablemente debería matarte…, podría hacerlo, ¿sabes? Y te aseguro que es lo que haré si se te ocurre volver aquí.
La brisa siseó entre los matorrales resecos que flanqueaban la autopista.
Mavranos se había puesto en pie y había empezado a caminar hacia la Suburban.
–Bueno, yo también les deseo que tengan un buen día -dijo-. Vamos, Scott.
Crane parpadeó y meneó la cabeza, y un instante después descubrió que estaba siguiendo a su amigo. – ¡Oh, una cosa más! – gritó "Araña" Joe.
Crane se detuvo y giró sobre sí mismo.
–El otro día te encontraste con tu padre…, bueno, por lo menos te encontraste con su viejo cuerpo, el que ya no utiliza. Lo vi cuando estaba poseído por el Loco. El cuerpo estaba jugando al póquer bola baja, y las apuestas no valían nada.
"Araña" Joe se volvió hacia la caravana y fue hacia Moco. Sus antenas dejaron líneas sobre el polvo.
–Bueno -dijo Mavranos mientras hacía girar el volante y pisaba el acelerador-, eso lo aclara todo, ¿eh? – Había bajado el cristal de su ventanilla, y el aire que empezó a entrar por ella en cuanto la camioneta fue adquiriendo velocidad agitó su negra cabellera.
Mavranos alzó la lata de Coors que acababa de abrir y tomó un sorbo de ella-. Basta con que le hagas unas cuantas preguntas a un muerto, un muerto que no sabes cómo se llama y que no tienes ni idea de dónde está enterrado… Mierda, es tan fácil que creo que lo habremos resuelto todo para la hora de cenar.
Crane estaba contemplando los arbustos y las rocas que se convertían en manchones borrosos en la media distancia y que se esfumaban confundiéndose con la nítida línea del horizonte que se recortaba contra el azul del cielo.
–Me pareció que tenía cien años -dijo Crane en voz baja-, pero cumplirá los noventa y nueve este año. ¿Cómo le llamaron? ¿Coronel Blip? No…
Doctor Leaky.
Mavranos volvió la cabeza hacia él y le dirigió una sonrisa vacilante. –
¿Quién es ese tipo? ¿Tu Rey muerto?
–En cierto modo. No, es el cuerpo de mi verdadero padre. No es más que una ruina senil, y supongo que ya no lo utiliza y que le deja dar vueltas por donde le dé la gana.
Recuerdo que…, que me llevaba a pescar al Lago Mead y que me enseñó a poner el cebo en el anzuelo, y el último día que estuve con él yo tenía cinco años y me llevó a desayunar al Flamingo y después almorzamos en el Moulin Rouge. Creo que se quemó en la década de los sesenta.
Crane meneó la cabeza y deseó poder tomarse una de las cervezas de Mavranos.
"Una cerveza realmente fría bebida lo más deprisa posible -pensó-, y luego sientes cómo el líquido frío se va desenroscando en tu estómago…
No, y menos ahora que tengo algo que hacer." -Aquella noche me destrozó el ojo derecho. Me arrojó una baraja de esas cartas Lombardía Zeroth a la cara, y el canto de una se me clavó en el ojo. No me extraña que la personalidad de Perro Mordedor encaje tan bien conmigo…, un trozo desprendido de un niño herido y abandonado que ha sido cauterizado hasta que es incapaz de sentir nada.
–Pogo, te juro que estoy intentando creerte, pero… Bueno, tendrías que ayudarme un poco, ¿sabes?
Crane no estaba escuchando a Mavranos.
–Creo que si hubiera sabido quién era ese viejo decrépito cuando me encontré con él hace dos días habría… No sé que habría hecho. Quizá habría sentido el deseo de abrazarle, o puede que incluso le hubiera pedido que me perdonase lo que le hizo enfadarse tanto conmigo fuera lo que fuese. Creo que aún le quiero, creo que la parte de mi ser que sigue siendo un crío de cinco años aún le quiere. – Crane sacudió el paquete de Camel de Mavranos hasta sacar un cigarrillo, rascó un fósforo y lo encendió protegiendo la llamita del viento con la mano-. Pero eso era antes de que su gordo matara a Ozzie. – Apagó el fósforo de un soplido y lo metió en el cenicero-. Ahora creo que me gustaría destrozar esa cabeza de viejo que no para de parpadear con una palanqueta…
La expresión de Mavranos indicaba sin lugar a dudas que apenas había entendido nada, pero acabó asintiendo con la cabeza.
–Así me gusta, Pogo.
Crane volvió a observar la autopista en ambas direcciones intentando detectar el Jaguar gris.
No prestó ni la más mínima atención a la enorme caravana Winnebago de color marrón con la baca llena de bicicletas y una pegatina CLUB DEL
BUEN SAM adherida a la ventanilla trasera. La dejaron atrás y la caravana siguió avanzando laboriosamente detrás de la estela de polvo, pero no llegó a perderles de vista del todo ni un instante.
Hicieron una parada en un Burger King para almorzar, y Crane se comió dos hamburguesas de queso mientras Mavranos conseguía engullir la mayor parte de un batido de vainilla. Crane pensó que Mavranos parecía tener dificultades para tragar.
Consiguieron una habitación en un pequeño motel de la avenida Parkway pagándola en efectivo, y mientras Mavranos dormía para recuperar fuerzas antes de ir a una tienda de animales a comprar un pez dorado e iniciar otra noche en la que perseguiría su cambio de fase estadístico Crane sacó unas cuantas latas de Coca-Cola de la máquina que había en la recepción del motel; y después estuvo dando vueltas alrededor de la piscina contemplando el agua mientras intentaba pensar en alguna forma de encontrar un Rey muerto.
Arky entró tambaleándose en la habitación a medianoche. Crane estaba sentado en el saco de dormir que había colocado sobre el suelo y hacía garabatos en un bloc.
–Fuera luces, Pogo -dijo Mavranos con la voz enronquecida por el agotamiento, y se derrumbó sobre una cama sin haberse quitado la ropa.
Crane se puso en pie, apagó la luz y volvió a meterse en el saco de dormir, pero permaneció despierto durante mucho rato con los ojos clavados en el techo de la habitación.
Faltaban dos días para que la luna estuviese llena. Georges León puso el auricular del teléfono sobre su soporte manejándolo con mucha delicadeza y pensó en lo mucho que le irritaba el que los rayos de la luna que entraban por la ventanilla de la Winnebago aparcada al este de Paradise brillaran con una intensidad superior a la de cualquier luz artificial. Odiaba la luz natural, especialmente la de la luna.
No estaba dispuesto a dejarse irritar por las cosas que Moynihan le había dicho mientras hablaban por teléfono, ni por la cantidad de dinero que había pedido.
Podía oír el ruido que hacía Trumbill chapoteando en la pequeña bañera, y la fría atmósfera olía a apio, sangre, hígado y aceite de oliva a pesar de que el aparato de aire acondicionado estaba puesto a la máxima potencia.
León esperaría a que Trumbill saliera.
No quería entrar y ver el enorme cuerpo desnudo cubierto de tatuajes arrodillado en el suelo con la cabeza y los brazos enterrados en la asombrosa ensalada que había preparado dentro de la bañera y que estaba devorando a toda velocidad.
León estaba usando a Benet, un cuerpo viejo que tenía las piernas arqueadas -tendría que asegurarse de que nadie siguiera llamándole Beany-, y temía el momento en el que tendría que dar órdenes y emitir una aureola
de autoridad llevándolo puesto. El rostro era demasiado redondo y enrojecido, las mejillas y los ojos estaban demasiado impregnados por la sonrisa fatua que León le había permitido asumir cuando le había dejado funcionando en piloto automático para que trabajara como relleno de partidas de póquer en varios casinos. Le recordaba a Mickey Rooney, e incluso la voz seguía intentando sonar estridente y quebradiza, y León no había podido evitar notarlo cuando estaba hablando por teléfono.
El soberbio cuerpo de Art Hanari seguía reposando en una cama de La Maison Dieu y conservaba toda su perfección física, naturalmente, pero León quería reservar aquel cuerpo para estrenarlo la noche del miércoles cuando empezara la primera de las partidas de la Semana Santa que se celebrarían en el lago.
Bueno, ya sólo faltaban cuatro días para eso y mientras tanto se las arreglaría con Benet.
Y el Sábado Santo podría empezar a asumir los cuerpos que había definido y pagado en 1969.
Ya era hora, desde luego. Habían sido veintiún años muy largos, y meterse en unos cuantos anfitriones nuevos resultaría muy agradable. Scott Crane tenía bastante buen aspecto -León volvió la mirada hacia la ventana para asegurarse de que la habitación del motel ocupada por Crane seguía a oscuras-, y unos cuantos de los que Trumbill ya había capturado y llenado de sedantes hasta las cejas estaban pero que muy bien. La gente cuidaba su físico mucho mejor que antes.
Oyó ruido de agua corriendo en el cuarto de baño y los gruñidos que soltaba Trumbill mientras se secaba con una toalla. La caravana Winnebago se bamboleó levemente sobre sus amortiguadores.
Unos minutos después Vaughan Trumbill entró en la pequeña habitación. Las voluminosas perneras de sus pantalones bailoteaban alrededor de los tonos azules y rojos de sus pies descalzos y la tela se hinchaba alrededor de su enorme vientre como si fuese la vela de un navío.
El vendaje que había encima de su oreja ya había empezado a teñirse de rojo otra vez, y León pensó que la presión sanguínea de Trumbill no tenía nada que envidiar a la que ejercía el agua sobre la presa Hoover. – ¿Vienen?
– preguntó Trumbill.
–Ha dicho que no vendrán hasta mañana, y tendrá que hacerse lejos de las multitudes y me dijo que se limitaría a llevarse un cuerpo inconsciente.
Creo que sus hombres ni siquiera irán armados.
Trumbill enarcó las cejas y el vendaje se movió de un lado a otro.
–Moynihan no me conoce -siguió diciendo León obligándose a hablar con voz firme y tranquila-. Le dije que Betsy Reculver y yo teníamos negocios juntos, y me dijo que tendría que haber hecho que fuera ella quien le telefonease…, o por lo menos Ricky Leroy. Le dije a Moynihan que hablara contigo del asunto, y replicó que había oído comentar que te habían disparado. ¿Qué tal van tu brazo y tu pierna?
Trumbill movió su gigantesco hombro derecho.
–Ahora sólo lo siento un poco cansado y dolorido, como si hubiera estado mucho rato cavando trincheras. Ya no está entumecido, y he estado comiendo unas cuantas cosas para recuperar toda la sangre que he perdido.
– Volvió la cabeza hacia la ventana y contempló la habitación a oscuras-.
Odio las heridas en la cabeza.
–Tuviste suerte. Richard y el guardia de seguridad fueron borrados del mapa. – León acarició su nueva frente -. Es la segunda vez que me echan a tiros de un cuerpo en una semana.
Trumbill dio la espalda a la ventana y le contempló con expresión impasible.
–Es muy molesto, ¿verdad?
León sonrió, pero dejó de hacerlo en cuanto se acordó del aspecto que adquiría su cara de payaso en cuanto sonreía.
–Llamaré al garaje al amanecer y ordenaré que nos envíen el Cámaro -
dijo-. Este trasto puede seguirles, pero no serviría de nada en una auténtica persecución.
–De acuerdo, y yo he cargado la pistola tranquilizadora.
León se sentó y movió la silla hasta dejarla enfilada a la ventana.
–Me ocuparé del primer turno de guardia -dijo -. Te despertaré sobre las… -Echó un vistazo al reloj colgado en el panel de madera de la pared-.
Sobre las cuatro.
–De acuerdo. – Trumbill se puso de lado y avanzó lentamente hacia el catre de la parte trasera de la caravana-. Puede que el cuarto de baño esté un poco perfumado cuando llegue la mañana.
–En cuanto hayamos metido a Crane dentro de una jaula venderemos este trasto esté como esté.
El sol había subido en el cielo, y el aire ya estaba bastante caliente cuando Crane volvió de la recepción del motel y golpeó la puerta de la habitación con la punta del pie.
Tanto su rostro como su cabellera indicaban que se había despertado hacía poco rato, y cuando Mavranos abrió la puerta y parpadeó ante la claridad solar Crane le alargó una de las latas de Coca-Cola frías.
–No tienen café -dijo entrando en la habitación y cerrando la puerta-.
Esto servirá.
Por lo menos tiene cafeína.
–Cristo.
Mavranos abrió la lata, bebió un sorbo y se estremeció.
Crane se apoyó en la maltrecha mesita.
–Arky, ¿has hecho submarinismo alguna vez? – preguntó.
–Fui un chico de ciudad.
–Maldición. Bueno, puedes esperar en el bote.
–Es lo que pienso hacer. Esperaré en el bote. Así que tu Rey muerto está debajo del agua, ¿eh? ¿Dónde se encuentra?
–Creo que está en el Lago Mead -dijo Crane -. Por lo menos creo que su cabeza está ahí…
Mavranos tomó otro sorbo de Coca-Cola, dejó la lata sobre la mesilla y salió de la habitación. Crane oyó el ruido de la puerta de la camioneta, y cuando volvió a entrar en la habitación Mavranos llevaba en la mano una lata de Coors de la que caían gotitas.
–Vi las moscas zumbando alrededor de las cartas -dijo Mavranos hablando muy despacio después de haber tomado un buen trago de cerveza-, y oí las palabras del tal Snayheever saliendo de la boca de Joe el Patas…, y dijo cosas muy raras. Y estoy dispuesto a admitir que están ocurriendo cosas muy raras. Pero ¿cómo demonios vas a mantener una conversación con una cabeza sin cuerpo debajo del agua? – Mavranos dejó escapar una carcajada en la que no había ni rastro de buen humor-. Y con ese trasto que los submarinistas llevan metido en la boca, claro…
–Oh -dijo Crane moviendo la mano distraídamente como si abofeteara el aire-, en cuanto a eso… No lo sé.
Mavranos suspiró y se sentó en la cama. – ¿Por qué crees que está en el lago? – preguntó.
–Cuando Snayheever habló con Diana por teléfono dijo que alguien intentó hundir una cabeza en el Lago Mead. – Crane había empezado a ir y venir por la habitación, y las palabras iban brotando de sus labios cada vez más deprisa-. Snayheever sabe mucho de estas cosas aunque esté chiflado, y puede que echar cabezas cercenadas en el lago sea algo que las personas que están metidas en toda esta mierda suelen hacer. Y por lo que dijo…
Bueno, saqué la impresión de que el lago no la aceptó y de que ese tipo cometió una estupidez intentándolo porque… Bueno, porque dentro del lago ya había una cabeza, ¿entiendes? El lago no podía aceptar otra, por lo menos no de esa clase. El Lago Mead es agua domesticada… ¿Te acuerdas de que Ozzie lo dijo? Quizá domestica todo lo que se le eche dentro, y sería un buen sitio en el que guardar la cabeza de un viejo Rey si eres el nuevo Rey y quieres que el anterior no esté en condiciones de crearte problemas.
Y no creo que fuera mi verdadero padre, el Rey actual, el que hizo que…, mierda, que matara a un pobre inglés en una mesa de póquer en el Horseshoe. Creo que fue el Rey del lago el que me obligó a hacerlo. Creo que era él quien me sonreía desde el dos de bastos con su cabeza cortada y dos varillas metálicas atravesándola.
Crane se volvió hacia Mavranos y sus labios se curvaron en una sonrisa de loco. – ¿Me vas siguiendo?
–Tú… Pobre hijo de perra, estás realmente jodido.
–Y aparte del dos de bastos en el que había esa cabeza cercenada tenía un rey de espadas muy extraño, un brazo que sobresalía de una masa de agua sosteniendo una espada en la mano como si el arma estuviera siendo ofrecida por alguien que se encontraba debajo de la superficie.
Mavranos se limitó a poner cara de irritación y perplejidad…, y a parecer terriblemente cansado. – ¿Y…?
–Y cuando sueño que estoy jugando a la asunción en el Lago Mead veo al Loco bailando junto al borde de un acantilado, pero también veo…, bueno, no, la verdad es que lo percibo más que verlo…, me doy cuenta de que hay un gigante oculto en el lago, y aunque no puedo verle sé que sólo tiene un ojo.
–El Orfeo de los mitos griegos… Le cortaron la cabeza y siguió hablando durante un tiempo. Profecías y ese tipo de cosas… – Mavranos se puso en pie-. De acuerdo, de acuerdo. ¿Has hecho submarinismo con anterioridad?
–Oh, claro. La última vez que me sumergí me atravesé el tobillo con el arpón.
Crane acompañó las palabras con una sonrisa, pero un instante después se acordó de que Diana -que por aquel entonces tenía quince años-, le había telefoneado tan pronto como volvió a casa del hospital y torció el gesto.
–Bueno, supongo que será mejor que vayamos allí lo más pronto posible -dijo Mavranos-. Mi cura misticomática no quiere aparecer, así que…
Crane abrió la puerta. – ¡Puede que lo que estás esperando esté meneándose en el baile esta noche! – dijo repitiendo lo que Riff le había dicho a Tony en West Side Story.
Mavranos sonrió con amargura, y se palmeó el bolsillo para asegurarse de que las llaves estaban dentro.
–Acuérdate de que Riff y Tony acabaron muertos.
Vaughan Trumbill dejó atrás el paso elevado de la 93, cogió el teléfono a pilas del Cámaro y pulsó el botón de la memoria para volver a llamar.
Había echado el asiento todo lo atrás que permitían las guías, pero el volante no paraba de rozar su vientre y el coche seguía apestando al perfume a flores típico de una anciana que empleaba Betsy Reculver.
–Sí, Vaughan -dijo la voz estridente de Benet al otro lado de la línea.
–Bea… Eh, Benet…
–A partir de ahora limítate a llamarme Georges, ¿entendido?
Trumbill le había conocido en muchos cuerpos, pero se dio cuenta de que nunca le había llamado por ese nombre. Cuando empezó a trabajar para él León ya ocupaba el cuerpo de Richard Leroy.
–De acuerdo, Georges. Van hacia Fremont. O piensan volver al sitio en el que ese chico resultó herido o van a seguir por la autopista Boulder hasta llegar al lago.
–Donde ese chico resultó herido. – Trumbill no sabía por qué, pero la voz de Georges sonaba dura e inflexible a pesar de que era producida por las cuerdas vocales del cuerpo de Benet-. Sí, me acuerdo de ese sitio. Una estúpida destruyó un Chevrolet estupendo de mi propiedad allí mismo. – El teléfono que Trumbill sostenía junto a su oreja permaneció silencioso durante unos momentos, y lo único que pudo oír fue el rugido ahogado del motor del Cámaro -. De acuerdo -siguió diciendo Georges-, si se detienen allí encárgate de ellos cuando salgan de la camioneta. Es un sitio estupendo
y muy discreto, y no veo que haya ninguna razón para que vayan armados.
¿Sigues teniendo a los chicos de Moynihan cerca?
Trumbill echó un vistazo al espejo retrovisor. La camioneta de la floristería seguía allí, un par de coches por detrás de él.
–Sí.
–Bien, mata al bigotudo y clávale un dardo a Crane. Pero si pasan de largo por allí y si se dirigen al lago… ¿Por qué van a ir al lago? Es una pregunta retórica, no necesito oír tus hipótesis. Si van allí… No me gusta. –
Suspiró-. Encárgate de ellos en algún lugar del desierto al norte de Henderson. Dispara contra un neumático o haz lo que te parezca más adecuado, y luego encárgate de ellos, ¿entendido?
–En el desierto.
Trumbill tuvo que hacer un esfuerzo para expulsar de su mente el recuerdo de haber visto a la Muerte hacía tan sólo tres días, el espectáculo obsceno del esqueleto debajo del vestido de piel seca que saltaba y danzaba en el desierto al sur de la ciudad.
"Encárgate de ellos -pensó mientras aceleraba el Cámaro a través del cruce del Desert Inn Road y veía cómo la polvorienta camioneta azul seguía avanzando por la reluciente cinta de la autopista delante de él-. El viejo me considera una herramienta valiosa -pensó-, pero cuando llega el momento de la verdad no soy más que un factor de la ecuación del que puede prescindir si no hay más remedio. Cosa que siempre he sabido, claro…"
Dejó escapar un prolongado suspiro.
–Si me matan espero que no olvidarás cumplir con tu parte del trato que hicimos hace tanto tiempo -dijo acercando los labios al teléfono atrapado debajo de los oscilantes pliegues de carne de su papada.
Georges también suspiró, y Trumbill oyó su suspiro con toda claridad.
–Vaughan, antes de que haya transcurrido una hora de tu muerte tu cuerpo estará metido en un cubo de cemento. No te preocupes, ¿de acuerdo? Pero no creo que haya muchas probabilidades de que esos tipos acaben contigo. Lo que acabará contigo será tu presión sanguínea, amigo mío. Algún día tendrás la madre de todos los infartos.
Trumbill sonrió sin apartar sus ojos impasibles de la camioneta que avanzaba delante de él.
–De acuerdo. Te llamaré después.
Colgó el teléfono en el soporte, y volvió a concentrar toda su atención en la camioneta azul.
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