La última partida
Capítulo 12
muerto. Pero tu amigo hippie quizá…, en fin, quizá haría bien limitando su relación contigo a las llamadas telefónicas -dijo Ozzie.
Crane parpadeó y contempló lo que le rodeaba. Nada había cambiado -
las personas que iban y venían por delante de las tiendas que había calle arriba seguían moviéndose -, pero parecía haber una débil vibración en el aire y un temblor en el pavimento, como si acabara de ocurrir algo.
"Causado por mí…"
Crane y el anciano reanudaron su lento avance por la acera.
–Mi amigo hippie -dijo distraídamente Crane, y bostezó -. Es… Bueno, para él ya es demasiado tarde porque mi amigo hippie ya tiene cáncer. Lo tenía antes de encontrarme.
Crane se sentía muy cansado -la noche anterior no había dormido ni un minuto-, pero su corazón latía a toda velocidad y las náuseas le habían cubierto la frente de un sudor helado.
–No me haría ninguna gracia tener que verle comer a través de ese bigote.
Ozzie estaba mirando hacia delante. Crane siguió la dirección de su mirada y vio a Mavranos sentado sobre un enorme macetero de ladrillos.
–Sí, es todo un espectáculo -replicó Crane de forma automática.
Alzó una mano. Mavranos se levantó del macetero y empezó a caminar hacia ellos.
–Dijiste que él te había encontrado a ti -murmuró Ozzie-. ¿Por qué te estaba buscando?
Hablar era un esfuerzo.
–Cree que le conduciré hasta el sitio en el que vive la aleatoriedad… -Se quedó callado e intentó tragar una honda bocanada de aire -. Y cree que será capaz de engañar a la aleatoriedad para que le libre de su cáncer.
Ozzie lanzó una risita ahogada sin dejar de fruncir el ceño.
–No está mal. Como subir la apuesta al límite y luego arrojar tus cinco cartas y pedir una nueva mano… Es una estupidez que no puede salir bien, pero me gusta su estilo. – La mano del anciano seguía metida dentro del bolsillo de su chaqueta-. Hmmm… ¿Por qué no vas a explicarle lo de mi arma?
12
A la capilla peligrosa Estaban sentados sobre el macetero de ladrillos.
Ozzie estaba en un extremo, a medio metro de Crane, y echó un vistazo a su reloj.
–Bien, chicos, puedo concederos diez minutos -dijo el anciano-, y luego no volveré a ver a ninguno de los dos en este mundo.
Ozzie desvió la mirada y estrechó los dedos de Crane durante un momento.
–Después de que Diana me llamara anoche me puse en contacto con algunos amigos -dijo Ozzie-. Han estado vigilando los coches que aparcaban y el transbordador, y os consideraron dos tipos de aspecto dudoso en cuanto os vieron bajar de la camioneta. Si no me separo de vosotros después de que haya transcurrido media hora desde el momento en que empecé a hablar contigo, un par de ellos vendrán hasta aquí y me escoltarán hasta un lugar seguro… y si voy más lejos del sitio donde estamos ahora contigo os matarán a los dos. Y, naturalmente, si otra persona se une a nosotros imponiéndonos su compañía por la fuerza -e incluso un helicóptero tendría algunas dificultades para entrar o salir de aquí-, lo más probable es que los tres muramos al instante.
Los ojos de Mavranos fueron más allá de Scott y se posaron durante un momento en el rostro de Ozzie. Mavranos se rió.
–Scott, este viejo cabrón me cae bien -dijo con mucha calma.
Crane se obligó a pensar.
–Esa partida sobre el agua, la partida del Lago Mead… ¿De qué forma hizo que Ricky Leroy pudiera establecer una conexión con mi cuerpo? –
preguntó hablando lo más deprisa posible.
Ozzie deslizó su mano libre por su escasa cabellera blanca.
–El predecir la fortuna mediante las cartas funciona a veces, pero es un procedimiento más prescriptivo que descriptivo. Cuando funciona si aceptas dinero por una mano has vendido la mano y has vendido la suerte en las finanzas o la mala suerte con las chicas o lo que sea que las cartas representen en ese momento. Si pagas dinero la has comprado…, has comprado esas cualidades y has comprado esa suerte, ¿entiendes? Y una mano de póquer representa un montón de cualidades. La suma de las cinco cartas puede significar que eres rico pero impotente, o que serás feliz pero morirás joven, o cualquier otra combinación de factores. Compras o vendes
las cinco cartas a la vez, o las siete si estás jugando al póquer de siete cartas. Ya te conté todo eso hace muchos años.
–Sí, yo…
–Calla. Ésa es la forma de comprar o vender… consecuencias con las cartas, pero con los cuerpos la cosa resulta bastante más complicada. Si quieres comprar el cuerpo de un tipo antes has de convertirte en su padre.
No sé cómo funciona eso. Tiene algo que ver con el hecho de que tanto los genes como las cartas son cosas cuantificadas y discretas, y con el hecho de que lo que define al individuo resultante es una selección aleatoria de las dos fuentes. Había una mano que era una combinación de las cartas de dos personas, y esa mano te definía, y después aceptaste dinero a cambio de ella. Esa mano eras tú y todo lo que hay en ti de una forma tan segura e irrevocable como la disposición de tus genes, y permitiste que Ricky Leroy la asumiera. Dejaste que comprara tu cuerpo. Leroy te ha permitido circular dentro de él durante veinte años, pero después de la próxima partida habrá comprado a otro montón de idiotas y tomará posesión de los idiotas de la cosecha anterior que ya estén maduros.
El anciano había mantenido los ojos clavados en el pavimento mientras hablaba, y cuando hubo acabado de hacerlo tensó los labios. – ¿Y no hay nada que pueda hacer para…, aunque sólo sea para que eso no ocurra tan deprisa?
Ozzie alzó la mirada y dejó escapar el aliento.
–Oh, para que no ocurra tan deprisa… Claro. No bebas alcohol.
Dionisos anda de bastante mal humor últimamente… También se le conoce como Baco, el dios del vino, y está del lado de Leroy. De hecho, probablemente se podría llegar a demostrar que Leroy es Dionisos.
Mantente cerca del agua y encima de ella si puedes, aunque la visión del agua pronto empezará a resultarte tan insoportable como si fueses un perro con hidrofobia. No juegues a las cartas porque si lo haces él podrá captar tu presencia…, pero después de la Pascua todo esto no servirá absolutamente de nada. – Ozzie meneó la cabeza-. Lo siento muchísimo, hijo.
Crane tragó una honda bocanada del fresco aire marino.
–Voy a luchar -dijo, y él mismo se sorprendió al darse cuenta de que hablaba en serio-. Le plantaré cara.
Ozzie se encogió de hombros y asintió.
–Tener algo en que ocupar tu tiempo te sentará bien.
Mavranos se inclinó hacia adelante.
–Yo y mi cáncer… ¿Hay alguna posibilidad de que pueda librarme de él?
Ozzie le sonrió con afabilidad, y aunque la sonrisa hizo más profundas sus arrugas también le hizo parecer más joven.
–Claro. Una posibilidad tan ínfima que no vale nada, pero no es peor que jugar a la lotería. Si consigues llegar a un…, un sitio, un foco en el que una pauta estadística de recurrencia muy elevada se vuelva aleatoria o viceversa…, algo así como lo que ocurre cuando el flujo en una mesa de dados pasa del caliente al frío, si consiguieras estar en un juego donde se apostara muchísimo cuando la corriente cambia de dirección… Creo que el único sitio en el que podrías hacerlo es en Las Vegas, claro, porque necesitarías que las posibilidades revolotearan alrededor de ti formando un auténtico enjambre. Tendría que haber montones de partidas distintas de toda clase de juegos en marcha…, y todas tendrían que pasar de la sincronía al no estar en sincronía en el mismo instante; tendría que producirse un cambio de fase en el que tú participaras y entonces…, bueno, cuando salieras de allí es posible que tus células se hubieran olvidado de que querían volverse cancerosas.
–Como lo que Arturo Guiñare hizo con los mosquitos -dijo Mavranos.
Se dio cuenta de que Ozzie le miraba con cara de no entenderle, y se lo explicó-. Los mosquitos comen y duermen siguiendo un ciclo regular, y el…, el mecanismo de cronometraje es la luz del sol que aparece y desaparece cada día. Puedes acortar o alargar ese ciclo reajustando el cronometraje manteniéndolos en un lugar cerrado y alterando los períodos de luz y de oscuridad, y si haces un gráfico de todas las pautas posibles acabas obteniendo un esquema que contiene lo que las matemáticas llaman una singularidad. Si enfocas una luz potente sobre los mosquitos en el instante adecuado pierden el ciclo y se limitan a dormir, volar o a quedarse quietos de forma totalmente aleatoria y sin que haya ninguna pauta discernible. Otro destello calculado de la misma forma volverá a mecerlos dentro del ciclo.
Ozzie miró fijamente a Mavranos.
–Sí. Estupendo. Es un ejemplo bastante mejor que el de mi mesa de dados, aunque sigo creyendo que tendrías que intentarlo en Las Vegas. Es el sitio donde existe el flujo de números y posibilidades más libre posible
moviéndose a tu alrededor…, y ocurre lo mismo con los factores psíquicos, y te aconsejo que no te olvides nunca de ellos. Ah, llegar allí con un objeto o una persona muy conspicuamente ordenada te ayudaría bastante porque cuando la ola de recolocación se derrumbase serviría como incentivo para que todo quedara dispuesto en el lado del orden. Como un cristal-semilla…
-El anciano bostezó y se encogió de hombros-. Bueno, eso creo.
Crane se sacudió para despabilarse y hurgó en su bolsillo. – ¿Y qué podemos hacer para salvar a Diana?
Ozzie se irguió de repente y le prestó toda su atención. – ¿De qué hay que salvarla?
–Mira esto -dijo Crane, y le pasó la foto de Lady Issit-. Supongo que
"clausurar" quiere decir "matar", ¿no?
–Sí, eso es lo que quiere decir -murmuró el anciano. Echó un vistazo a la foto y leyó la nota sujeta al dorso-. Estoy casi seguro de que no le ocurrirá nada. A algunos de ellos les encantaría utilizarla o matarla, pero Diana no es conspicua…, nunca ha jugado a la asunción. Y aunque nos capturasen ahora mismo y nos llenaran hasta las cejas de pentotal sódico no les serviría de nada porque ninguno de los dos sabe dónde está. – Ozzie le devolvió la foto-. No, hijo, lo mejor que puedes hacer por ella es no tratar de localizarla.
Ozzie echó un vistazo a su reloj y se bajó del macetero.
–Se acabó el tiempo. – El anciano extendió su mano derecha con una especie de formalidad melancólica, y Crane la aceptó-. Ahora me iré a disfrutar de lo que me queda de vida -dijo Ozzie en el tono algo vacilante de quien recita un discurso previamente aprendido de memoria-, y sugiero que vosotros…, que vosotros dos hagáis lo mismo. Tal como están las cosas parece que os sobreviviré, y lo lamento sinceramente. Scott, me alegra mucho haber vuelto a verte…, y me alegra saber que te casaste. A veces pienso que me gustaría haberme casado. Arquímedes, te deseo suerte.
Crane también bajó del macetero.
–Diana no dijo dónde estaba viviendo -murmuró -, pero dijo que estaba… ¿Qué fue lo que dijo?
–Que estaba volando en la hierba -dijo Mavranos.
Los ojos de Ozzie perdieron su brillo durante un momento y su cabeza se inclinó ligeramente hacia abajo. Después inhaló y exhaló, se irguió y alzó el puño tres veces.
El claxon de un coche sonó dos veces en algún lugar de la calle.
Ozzie se volvió hacia Crane y le observó con expresión preocupada.
–Eso significa "Rogamos confirmación".
Volvió a levantar el puño tres veces por encima de su cabeza.
El claxon volvió a sonar, y una embarcación que flotaba sobre las aguas del canal detrás de ellos hizo sonar su sirena.
–De acuerdo -dijo Ozzie, y su voz tembló por primera vez desde que Crane había vuelto a verle-. Acabas de conseguir un poco más de tiempo.
Repíteme todo lo que dijo.
Después de que Crane le hubiera contado todo lo que podía recordar que le había dicho Diana – Mavranos le ayudó en un par de ocasiones recordándole algunos detalles que le había mencionado la noche anterior cuando le estaba vendando la pierna-, Ozzie se apoyó en el macetero y alzó los ojos hacia el cada vez más negro cielo. Transcurrieron un par de minutos y Crane abrió la boca para hablar, pero Ozzie movió una mano indicándole que guardara silencio.
El anciano acabó bajando la cabeza y miró a Crane.
–Quieres salvarla -dijo.
–Es… Prácticamente es el único deseo que me queda -dijo Crane.
–Entonces tendremos que volver a tu casa para usar tu teléfono, y tendrás que volver a clavarte el cuchillo o algo por el estilo…, si no hay más remedio tendrás que meter una mano en el triturador de la basura,
¿entiendes? Y cuando llame le diré que se largue del sitio en el que está. Si se queda allí estará acabada, estará muerta o algo todavía peor, especialmente dado lo poco que sabe sobre las cartas y todo lo demás.
Pensé que correría menos peligro de esa forma, y mira en qué sitio se le ocurre esconderse a la muy idiota… Pero le diré que se vaya de allí, y le diré cómo ha de hacerlo. Diana me escuchará y me hará caso. ¿De acuerdo?
–Meter una mano en el triturador de la basura.
–No te lo tomes tan al pie de la letra, pero… Lo que sea preciso hacer.
¿De acuerdo?
–Claro, Oz.
Crane intentó inyectar algo de ironía en su respuesta, pero hasta él tuvo la impresión de que su voz sonaba débil, aterrorizada y ansiosa de complacer al anciano.
Mavranos estaba sonriendo.
–Antes de que empieces a convertirte en salchichas, Pogo, antes de que volvamos a tu casa… Llamemos a tu número. Si han cortado la línea o si tienen a alguien dentro ir allí no serviría de nada, y no hablemos del hacerte picadillo.
–Buena idea -dijo Crane, y deseó tener algo de beber a mano.
Había un teléfono público a poca distancia calle arriba en la entrada del Village Inn.
Ozzie metió una moneda de veinticinco centavos en la ranura e inclinó el auricular hacia un lado mientras tecleaba el número que no había olvidado.
Dos timbrazos después obtuvo respuesta.
–Sí -se apresuró a decir una voz masculina que sonaba bastante joven-.
Aquí la residencia de Scott Crane, él está… Oiga, ¿podría esperar un minuto?
–Claro -dijo Ozzie mientras volvía la cabeza y obsequiaba a Mavranos con una sonrisa torcida.
Oyeron el clunk del teléfono al ser dejado sobre una mesa al otro lado de la línea. Un perro ladraba en alguna parte, y la alarma de un coche zumbaba añadiéndose al telón de fondo sonoro.
La voz volvió a hablar unos momentos después.
–Eh, ¿me oye?
–Por favor ¿podría hablar con Scott Crane?
–Cristo, Scott ha tenido un accidente -dijo la voz-. Él… Espere, acabo de ver llegar el coche de Jim. Ha ido a visitarle al hospital. Jim es un amigo suyo y ha tenido que decir que era su hermano para poder llegar hasta él,
¿sabe? ¿Puede esperar hasta que llegue Jim? Él podrá explicarle qué tal están las cosas.
–Verá, trabajo para el Orange County Register y sólo llamaba para saber si quería suscribirse -dijo Ozzie-. Siento haberle importunado en tan mal momento.
El anciano puso la mano sobre la palanca de cortar la conexión y la bajó.
–Uf -dijo Crane-. Tienen a un tipo en mi casa.
–No hables durante un minuto -dijo Ozzie. Se apartó del teléfono y volvió la cabeza hacia la ventana para contemplar la calle bañada en una difusa claridad amarilla que se extendía bajo la negrura del cielo-. Podría
poner un mensaje en la sección de anuncios personales -dijo en voz baja-, pero ni siquiera podría tener la esperanza de que lo vería o que se enteraría de que está allí a menos que utilizara su nombre, y no me atrevo a hacer eso…, y ni siquiera sé cómo se apellida ahora… -Meneó la cabeza, frunció el ceño y puso cara de sentirse profundamente desgraciado-. Vayamos fuera.
Crane y Mavranos siguieron al anciano hasta la acera de la avenida Marina y acompasaron su paso a su lento caminar en dirección sur de vuelta al agua. Tejados de ripias humeaban bajo la luz del sol en las casas que se alineaban a lo largo de la calle, a pesar de que la lluvia empezaba a caer en silencio manchando el pavimento.
–No he cogido una baraja de cartas desde aquella partida en el Horseshoe el año sesenta y nueve -dijo Ozzie-. No podía correr el riesgo de que alguien me reconociera y de que la noticia llegara hasta ti. Tenía sesenta y un años, un coche y veinticuatro mil dólares, una hija adoptiva de nueve años de edad y ninguna habilidad u oficio con el que ganarme la vida.
Crane abrió la boca para decir algo, pero Ozzie le redujo al silencio con un gesto.
–Ya has dicho que lo sientes -siguió diciendo el anciano-, y ha pasado mucho tiempo desde entonces. Bueno, ella y yo fuimos a un sitio en el que una persona puede vivir con muy poco dinero, y algún tiempo después conseguí un trabajo, el primero que he tenido en mi vida, y Diana fue a la escuela. Hice algunas inversiones que dieron buenos resultados, y durante estos últimos…, digamos que durante estos últimos diez años me he sentido cómodo y a gusto. Sé lo suficiente sobre cómo funcionan las cosas para poder conseguir el tipo de ayuda del que he dispuesto esta mañana, y si sólo ocurre una vez muy de cuando en cuando incluso puedo permitírmelo.
Ozzie se rió. – ¿Sabes en qué trabajo ahora? Hago ceniceros, juegos de café y cacharros de barro.
Tengo un horno para cocer el barro en mi patio trasero. Los vendo a esos comercios que parecen boutiques, esa clase de sitios donde casi todos los clientes son turistas…
Siempre los he firmado con un nombre falso. Cada vez que la demanda empieza a aumentar de una forma seria dejo de hacerlos durante un año o un poco más de tiempo hasta que la gente se olvida de que quería comprar esos cacharros. En una ocasión un periódico local quiso publicar un artículo
sobre mí. Después de eso dejé de hacer esos malditos cacharros durante seis años. No quiero publicidad.
La lluvia había empezado a caer con más abundancia, y la luz se estaba debilitando por momentos. – ¿Alguno de vosotros ha estado alguna vez en la cárcel? – preguntó Ozzie.
Los dos hombres asintieron.
–Voy a deciros qué es lo que más odio. Lo que más odio es esa tacita de retrete minúscula que no tiene tapa y el que haya seis tipos que quieren utilizarla, y odio la idea de que algún día quizá me encuentre viviendo detrás de un vertedero llevando puestas cuatro camisas sucias y tres pares de pantalones viejos rarísimos al mismo tiempo…, y la idea de que me den una paliza realmente seria, ya sabéis a qué me refiero, esa clase de palizas en las que puedes sentir cómo se te van rompiendo cosas por dentro y los tipos no dejan de darte patadas, y odio la idea de estar ingresado en un hospital con catéteres y conductos de respiración metidos en cada uno de mis agujeros. Bacinillas de cama, baños de cama, llagas de llevar tanto tiempo en la cama.
Ozzie suspiró.
–Lo que me gusta es mi casa, esa vieja casita de estilo español en la que vivo y que está totalmente pagada, y mis gatos y mis novelas de Louis L'Amour y mi escocés Ballantine y la vieja pipa Kaywoodie llena de cavendish Ánfora Rojo. Ah, y tengo a todo Benny Goodman, Glenn Miller y Bing Crosby en cassettes.
–Eso es lo que te gusta -dijo Mavranos en voz baja.
–Exacto -dijo Ozzie, y clavó los ojos en el agua-. A Diana la quiero. –
La lluvia había mojado su viejo rostro lleno de arrugas-. Pero me pregunto…, me pregunto si podré hacer algo. Naturalmente eso que acabáis de oír lo han dicho mis gatos, mis novelas de Louis L'Amour y mis cassettes. "Un viejo de ochenta y dos años no puede hacer nada al respecto, así que por lamentable que sea quédate en casa con nosotros."
Sí, eso es lo que dicen… -¿Qué significa eso de "volando en la hierba"?
– preguntó Crane sintiéndose bastante incómodo.
Ozzie parpadeó y volvió la cabeza hacia él. – ¿Hmmm? Oh… Es una frase que usaban los pilotos hace bastantes años para indicar que estaban volando muy bajo cuando iban pegados al suelo porque querían evitar que su avión apareciera en las pantallas de radar. Si te pegas a las colinas y
vuelas tan bajo que estás a punto de chocar con el tendido eléctrico no eres más que otro fragmento del ruido básico que emiten los accidentes del suelo. Puedes estar justo debajo de la nariz del enemigo, pero eres tan discreto que ni te ve.
Volvían a estar junto al cartel del desagüe de tormenta, y Ozzie les llevó hacia la derecha a lo largo del paseo marítimo, en dirección al transbordador. Mavranos -evidentemente impaciente ante lo despacio que caminaban sus acompañantes- empezó a caminar de espaldas haciendo zigzags por delante de ellos. – ¿De cuánto dispones para los gastos del viaje? – preguntó el anciano-. Creo que no sería muy prudente acercarse a tu casa.
–Bueno, la verdad es que llevo dos de los grandes encima -dijo Crane acariciándose el bolsillo.
–Yo también tengo algo de dinero -dijo Mavranos-, y Scott tiene un Smith Wesson 357 en la camioneta, y yo tengo un 38 Especial en la guantera, y supongo que tú también tienes un arma. Podemos conseguir una escopeta y municiones por el camino…, y una caja con cerradura para que seamos legales cuando crucemos la frontera.
Ozzie estaba asintiendo. – ¿La frontera? – repitió Crane -. ¿Adonde vamos?
–Al sitio en el que está tu hermana adoptiva -dijo Mavranos con impaciencia-, a la Capilla Peligrosa del Erial, a Las Vegas.
Ozzie había empezado a temblar.
–Sí. De vuelta a Las Vegas… -Apretó el paso-. Bien, caballeros, pongámonos en marcha -dijo con voz quebradiza y en un tono casi jovial-.
¿Tienes un calentador en esa ridícula camioneta tuya, Arquímedes?
Probablemente se me ha olvidado decir que otra de las cosas que odio es pasar frío.
–Tengo un calentador que es capaz de freír huevos aunque los lleves en el bolsillo de la camisa -le aseguró Mavranos-, pero no tengo aire acondicionado. Eso será un factor con el que habrá que contar cuando estemos en el centro de la nada del desierto de Mojave.
Llenaron el tanque de gasolina y el radiador de la Suburban y comprobaron los neumáticos, y después gastaron doscientos dólares en Grant Boys del bulevar Newport y compraron una escopeta Mossberg y una caja de cartuchos del número seis. La escopeta era una calibre doce de
repetición con un cañón de cuarenta y cinco centímetros. No tenía culata, sólo una empuñadura de pistola de plástico negro, y Crane torció el gesto al pensar en todo el retroceso que produciría al dispararse estrellándose en la palma de su mano. Si tenía que dispararla alguna vez Ozzie probablemente se destrozaría su vieja muñeca. También compraron un estuche para armas de un metro veinte de largo con un acabado de plástico color naranja moldeado para que pareciese piel de caimán. El estuche tenía una bisagra tipo piano en el lado más largo opuesto al asa, y cuando se abría y se colocaba sobre una superficie plana mostraba un interior consistente en dos láminas de goma espuma gris cubiertas por una pauta de protuberancias que tenían la forma de pirámides redondeadas. Mavranos dijo que parecía los átomos de un cristal vistos por un microscopio electrónico, y Ozzie replicó secamente que ya se había dado cuenta de que Mavranos era un tipo muy listo y que no hacía falta que se lo recordase continuamente.
Ozzie dejó que Crane y Mavranos llevaran las compras a la camioneta –
Scott caminando despacio y procurando evitar que su pierna herida soportara mucho peso -, y después el anciano trepó cautelosamente al asiento trasero y se acomodó en él antes de que Mavranos pusiera en marcha el motor y torciera hacia la derecha para entrar en el bulevar.
El interior de la camioneta estaba bastante recalentado, y Crane bajó el cristal de su ventanilla para obtener un poco de aire fresco que hiciese más soportables los olores a aceite de motor, calcetines sucios y viejas bolsas de la Taco Bell arrugadas y convertidas en bolas que habían contenido comida para llevar.
El bulevar Newport acababa de ensancharse convirtiéndose en la autopista de Newport cuando Ozzie se removió en el asiento trasero, se inclinó hacia ellos y dio un par de golpecitos en el hombro de Mavranos.
–Coge la 405 al norte de ahí como si fueses al aeropuerto LAX.
Crane volvió la cabeza hacia el anciano y le contempló por encima del hombro.
–Creí que íbamos a Las Vegas…, pensé que tomaríamos por la 55 hasta llegar a la 91 este.
–Arquímedes, ten la bondad de hacer lo que te he dicho -dijo Ozzie.
Mavranos se encogió de hombros y desvió la camioneta en dirección norte para iniciar el largo rodeo que les llevaría hasta la 405. Después tomó un sorbo de una lata de Coors que acababa de abrir.
–Uh -dijo Crane-. Éste es…, es el camino más largo para ir a Las Vegas,
¿no?
–Crees que tu viejo está chiflado -dijo Ozzie con voz cansada mientras se mecía en el asiento trasero balanceándose lentamente de un lado a otro junto a una linterna sorda de estaño llena de abolladuras, y suspiró-.
Escucha, supongo que nunca se te ocurriría navegar ni aunque fuese a…, digamos que a Catalina sin informarte antes de cómo está el tiempo y saber lo necesario sobre las corrientes y las mareas, ¿verdad? Y entre aquí y Catalina no hay nada que tenga un deseo particular de verte muerto, y de todas formas sólo son cuarenta kilómetros… Bueno, chico, lo que pretendes hacer ahora es recorrer trescientos veinte kilómetros moviéndote a través de toda clase de cambios de tiempo y unas mareas de las que ni siquiera has oído hablar jamás con un montón de chicos muy malos que quieren localizarte. – Ozzie meneó la cabeza-. Antes de empezar el viaje tienes que cronometrar el ir y venir de las mareas, muchacho. – El anciano enseñó sus dientes amarillos en lo que quizá fuese una sonrisa-. Tenemos que informarnos de cómo anda el tiempo. Hay que lamerse un dedo y ponerlo al viento para saber qué clase de aparejos utilizaremos. Iremos a Gardena.
Mavranos alzó la mirada hacia el espejo retrovisor y entrecerró los ojos.
– ¿Gardena?
–En Gardena hay clubs de póquer legales -dijo Crane-, y también los hay en un montón de zonas de los alrededores de Los Ángeles. – Se removió en su asiento-. Pero siempre dijiste que no querías jugar en esos sitios.
–No por dinero, desde luego -dijo Ozzie-, no pagando por tu asiento y jugando con personas que no tienes ni idea de cómo acostumbran apostar.
Pero hoy no andamos detrás del dinero, ¿verdad? Y lo peor que tiene el intentar ganar dinero en esos grandes emporios del póquer en los que hay cincuenta o cien mesas funcionando al mismo tiempo es que, naturalmente, el efecto de predicción de la fortuna se da con una frecuencia mucho mayor que en otros sitios, y cuando empieza a producirse en una mesa es bastante normal que se extienda.
–El cristal-semilla otra vez -dijo Mavranos.
–Exacto. Descubrirás que los jugadores experimentados siempre tienen un cigarrillo encendido cerca incluso si no fuman porque eso les permite ver qué tal se comporta el humo. Si empieza a acumularse sobre el centro