La última partida

Tim Powers · Capítulo 26 de 54

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La última partida

Capítulo 23

vez daba al oeste. ¿Estaría girando? – ¿Algo así como…, como un pozo? –

preguntó Diana hablando muy despacio-. ¿Agua de lluvia?

El espejo retrovisor mostraba que el lado derecho de su cara quedaba emblanquecido por las palabras casino holiday que se encendían y apagaban con parpadeos eléctricos sobre la enorme rueda de paletas de la embarcación.

Crane pensó en el aspecto que había tenido aquel lugar cuando fue allí con su auténtico padre hacía ya tanto tiempo. El Frontier no era más que un local al estilo del oeste, El Rancho Vegas que se divisaba ante ellos había sido un pequeño albergue de aspecto español y el Flamingo alzaba su solitaria grandeza muy a lo lejos en la oscuridad del sur.

–O los cubitos de hielo de las bebidas que sirvieron en los años cuarenta

-le dijo a Diana.

23

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Haz un cerdito con él El bar-carrusel del Circus Circus se encontraba en el segundo piso, y en realidad consistía en una espaciosa balconada rodeada por una barandilla que recorría toda la circunferencia del enorme casino de tal forma que las hileras de ruidosas máquinas tragaperras eran visibles en la oscuridad que había debajo. De hecho el casino estaba hueco; arriba, más allá de las gigantescas redes suspendidas en el punto central de la altura del casino, acróbatas vestidos con mallas cubiertas de lentejuelas giraban a través del firmamento saltando de un trapecio a otro bajo el distante techo salpicado de luces.

El bar giraba lentamente y mientras seguía a Diana hasta el suelo en movimiento -apretando un poco el paso para llegar a la puerta al mismo tiempo que ella y no tener que esperar a que la rotación hiciese aparecer la puerta siguiente -, Crane recordó haberse preguntado si todo el Holiday estaba girando poco a poco sobre un eje central.

Mavranos estaba sentado en un reservado con Oliver al lado. Diana se instaló junto a su hijo y le abrazó, y Crane desvió la mirada para no ver la expresión desdeñosa de Oliver.

–Creen que se recuperará -dijo Diana.

Mavranos miró a Crane y enarcó las cejas, y Crane respondió con un encogimiento de hombros impregnado de impotencia.

–Voy a llevar a Diana y a Oliver a recepción y les conseguiré una habitación -dijo Ozzie poniendo una mano sobre el hombro de Diana-.

Vamos, cariño.

Diana se puso en pie tirando de la mano de Oliver y siguió al anciano hasta los taburetes del centro, donde al parecer Ozzie le dijo que le esperase.

Ozzie volvió cojeando al reservado cuando Crane acababa de sentarse delante de Mavranos.

–No te culpa de lo ocurrido -dijo Ozzie en voz baja-. Te quiere, pero quiere más al chico, naturalmente, y en estos momentos no puede pensar con mucha claridad.

–Gracias, Ozzie. Yo también la quiero. Y a ti.

El anciano asintió.

–Coged una habitación para los dos, y si puedes utiliza el apellido de Arky. Si podéis ayudarnos en algo me pondré en contacto con vosotros.

Ozzie giró sobre sí mismo y volvió al sitio en el que le esperaban Diana y el niño, y los tres salieron de la superficie giratoria y no tardaron en desaparecer entre las multitudes que iban y venían de un lado a otro sin dejar de hablar y reír.

Mavranos cogió el vaso medio lleno de cerveza que tenía delante e hizo girar el líquido. – ¿Sigues queriendo esas dos cervezas?

Crane se estremeció. Quería beberse las dos cervezas de las que había hablado en la cima de la colina cuando el mundo aún no se había derrumbado, pero quería tomarse seis antes de esas dos. Maldición, ¿acaso había alguna razón por la que no debiera emborracharse?

"Que los teléfonos públicos empiecen a sonar -pensó-. Es casi seguro que nunca volveré a ver a Diana, y Susan…, la criatura que conseguiré tomar por Susan si estoy lo suficientemente borracho…, bueno, es probable que a estas alturas ya haya conseguido ser bastante sólida."

Pero Ozzie había dicho que Diana aún le quería, y que se pondría en contacto con Crane si podía ser de alguna ayuda. Si había estado bebiendo lo único que conseguiría sería llevar a Dionisos hasta ella.

"Pero no puedo ayudarles en nada…"

El carrusel ya había completado la mitad de su rotación. Crane había quedado de espaldas a los comercios brillantemente iluminados del segundo nivel, y podía ver el abismo en el que tintineaban las máquinas tragaperras.

–Claro -dijo.

Mavranos se encogió de hombros e hizo una seña a una camarera que estaba pasando junto al reservado, y unos instantes después Crane tenía delante dos botellas frías de Budweiser, dos recipientes de cristal oscuro cubiertos de una delgadísima capa de escarcha.

Mavranos había pedido otra Coors para él y tomó un sorbo. – ¿Qué tal ha ido todo? – preguntó-. Creía que a estas alturas estarías en la cárcel.

Crane le describió su breve conversación con el agente de policía.

–Supongo que estaba claro que fue un caso de defensa propia -dijo como conclusión -. Me dijo que les comunicara dónde me alojaba.

–Uh. Escucha, tendrías que haber oído al joven Perro Mordedor cuando veníamos hacia aquí. – ¿Perro Mordedor? – murmuró distraídamente Crane

-. Oh, claro, Oliver… ¿Qué te dijo?

Mavranos contempló a Crane con los ojos entrecerrados y se preguntó cómo podía explicárselo.

El chico olía a cerveza, y Mavranos comprendió que debía de haber metido la mano en la nevera en cuanto Mavranos cogió el 38 y echó a correr hacia el camino de tierra apisonada. Le había parecido que el impulso resultaba bastante extraño -sobre todo teniendo en cuenta que su hermano pequeño corría peligro en la cima de la colina-, pero Mavranos había pensado que no era el momento de darle una bronca por haberse bebido una cerveza a escondidas, y aunque lo hubiese sido tampoco era algo que le correspondiera hacer a él.

Pero cuando puso en marcha el Mustang de Diana y torció hacia el norte por la autopista de Boulder viendo cómo las luces de la Suburban se alejaban a gran velocidad por delante de ellos, el chico dejó escapar una risita.

Mavranos volvió rápidamente la cabeza hacia él.

–Bien, Oliver, ¿ha ocurrido algo gracioso de lo que no me haya enterado?

El chico frunció el ceño.

–Mi nombre…

–He oído decir que te llaman Perro Mordedor.

Oliver se relajó. – ¿Algo gracioso? – dijo -. No lo sé. Quizá resulte gracioso que un niño crezca de golpe en una noche. – ¿Quién ha hecho eso?

¿Tú?

–Claro. Mis amigos me han explicado que la vida y la muerte están en las cartas, y que si alguien cercano a ti muere lo que has de hacer es encogerte de hombros y seguir jugando. No me había dado cuenta de que tenían razón…, hasta ahora.

Mavranos recordó la noche en que una de sus hijas había sido arrestada por robar en una tienda de discos. Tenía quince años, y cuando Mavranos fue a la tienda para recogerla se mostró tan desafiante como si ya no le quedara más salida que una vida de crímenes y estuviera convencida de que debía empezar a comportarse como una criminal lo más deprisa posible.

Acordarse de eso hizo que Mavranos decidiera emplear su tono de voz más afable.

–No eres responsable de esto. Le diste esquinazo esta noche cuando estabais jugando, de acuerdo, y eso estuvo mal pero no es culpa tuya que…

–Lo hecho hecho está.

Mavranos estaba empezando a impacientarse. – ¿Quiénes son esos amigos tuyos? ¿Quiénes son esos tipos tan importantes que te han puesto el apodo de Perro Ladrador? – ¡Tú te llamas Arquímedes! – replicó secamente Oliver-. ¿Crees que no es un…, un nombre de mierda? – Hizo unas cuantas inspiraciones profundas y aquella extraña calma de antes volvió a adueñarse de él-. Pero… Sí, más o menos. La gente ya me llamaba así, pero esta noche lo convirtieron en mi nombre del club. Es mi persona, si es que puedes entenderlo… Van de un lado a otro en furgonetas blancas El Camino, pero quitan El y la C del logotipo del parachoques para que sólo quede "amino".

Se llaman los Amino Ácidos. – ¿Y todos tienen vehículo? ¿Qué edad tienen esos chicos?

–No son chicos, son…

El niño se quedó callado de repente y cuando Mavranos le miró al principio tuvo la impresión de que estaba intentando no echarse a llorar.

Después abrió los párpados y sus ojos giraron hacia arriba, y Mavranos pensó que tendría que seguir a Crane hasta el hospital porque Oliver parecía estar sufriendo un ataque; pero un instante después el niño se relajó y contempló lo que tenían delante con expresión hosca. – ¿Estás bien, chico?

– le preguntó Mavranos, que se había puesto bastante nervioso.

–No soy un chico.

No volvieron a hablar hasta que Ozzie, Diana y Crane se reunieron con ellos en el bar-carrusel.

Mavranos le describió la conversación a Crane mientras el bar giraba lentamente, y sintió una vaga curiosidad al darse cuenta de que Crane aún no había tocado ninguna de sus dos cervezas.

–Tu hermana tiene un crío muy raro -concluyó Mavranos-.

Estaba oyendo hablar a un niño pequeño, desde luego, pero era como si una parte suya se hubiese secado…, como si se hubiera despedido de la infancia con un beso y se hubiera convertido en adulto porque no podía hacer otra cosa, como he leído que puede ocurrir cuando se le quitan ciertas glándulas a una larva y ésta se envuelve en un capullo antes de lo que debería, y la mariposa adulta que acaba saliendo de él es una criatura deforme y horrible que no puede volar y tiene que arrastrarse.

Crane estaba pensando en el club de los Amino Ácidos y en la observación de que "todo estaba en las cartas", y acabó decidiendo que tenía que contárselo a Ozzie.

Mavranos señaló las dos botellas de cerveza que había delante de Crane.

– ¿Vas a beberte esas cervezas?

Crane cogió una, la olisqueó y acabó dejando escapar un suspiro.

–No -dijo-. Puedes quedártelas.

Mavranos cogió una botella y la inclinó para llevársela a la boca…, y un instante después se atragantó y volvió a dejarla sobre la mesa. La espuma se deslizó por su cuello, brotó de la botella y empezó a formar un charquito encima de la mesa.

Mavranos tosió y miró a su alrededor con expresión avergonzada.

–Debo de haber tirado un poco de ceniza de cigarrillo dentro sin darme cuenta. La ceniza de los cigarrillos hace que empiecen a echar espuma como locas.

Crane asintió, pero sospechaba que la responsable era Susan. Debía de estar irritada por la grosería de Crane. Había pedido las cervezas y luego había cambiado de parecer y se las había pasado a un amigo, y eso significaba que acababa de rechazarla.

–Deja que te invite a una Coors, Arky -dijo obligándose a usar un tono de voz jovial y despreocupado-. Creo que tampoco vas a tener mucha suerte con la otra botella.

Conseguir una habitación pagándola con dinero en efectivo demostró ser lo más sencillo del mundo, y Crane fue en línea recta hacia el teléfono después de que Mavranos hubiese abierto la puerta. Telefoneó a la policía metropolitana y le pusieron en comunicación con el detective Frits, quien anotó el número de la habitación.

–Oh, señor Crane -añadió Frits-, un equipo de agentes fue a la autopista Boulder y encontró ese cobertizo. Dicen que había sangre, cristales rotos y una silla con trozos de cinta adhesiva pegada a ella y un arma tirada sobre la arena fuera del cobertizo, pero no había nadie. Unas huellas de neumáticos detrás del cobertizo indican que puede haberse marchado en un coche muy pequeño.

–Vi el coche -se apresuró a decir Crane-. Se me olvidó mencionárselo…

Es una cosita que parece una caja, algo así como un Volkswagen británico…, un Morris. Estaba tan cubierto de polvo que no había forma de adivinar su color.

–Ah. Eso nos ayudará, gracias.

Crane colgó el auricular y Mavranos abrió la puerta que daba al pasillo.

–Voy a recorrer la ciudad, Pogo -dijo -. Tienes tu llave, ¿no?

–Sí. Que te diviertas. – ¿Cómo podría no hacerlo en una noche como ésta? – respondió Mavranos con voz opaca.

Salió de la habitación, cerró la puerta a su espalda y movió el picaporte haciéndolo sonar para asegurarse de que había quedado cerrada.

Crane contempló la habitación. La alfombra y las sillas eran de un color rojo fuerte, y las paredes estaban cubiertas de rayas azules, rosas y rojas.

Apagó la luz.

Se desnudó envuelto en aquella misericordiosa penumbra que casi llegaba a ser oscuridad y se metió en la cama que había junto a la ventana preguntándose si conseguiría dormir. Durante el último centenar de horas se había convertido en un noctámbulo, pero se suponía que en aquella ciudad eso no tenía ni la más mínima importancia.

Logró quedarse adormilado, pero abrió los ojos unas cuantas horas después…, y tensó los músculos sintiendo cómo el sudor brotaba de repente de sus poros para cubrir todo su cuerpo.

Una rata que casi era lo bastante grande para parecer una zarigüeya colgaba de la pantalla de la lámpara que había al otro extremo de la habitación. La rata se estaba comiendo muy despacio un insecto muy grande -uno de esos escarabajos blancos conocidos como gorgojos de ¡a patata o grillos de Jerusalén que los españoles llaman niños de la tierra -, haciendo girar su pata libre y bajando la cabeza y volviéndola a subir de tal forma que sus ojos brillaban al reflejar la luz que entraba por la rendija de las cortinas. El insecto también se movía lentamente y agitaba sus largas y gruesas patas llenas de articulaciones. Toda aquella actividad no creaba ningún sonido.

Crane se limitó a contemplar el espectáculo suspendiendo todo juicio consciente mientras su corazón latía a toda velocidad.

Permaneció totalmente inmóvil, tan rígido como una estatua y casi sin respirar, durante lo que quizá fueran diez minutos y observó cómo la rata devoraba al escarabajo, y después de hacerlo la rata dejó de moverse.

Primero la cabeza detuvo su lenta oscilación, y después la larga cola que había estado flexionándose en el aire se enroscó alrededor del cuerpo y desapareció. El insecto ya no existía y las patas delanteras de la rata se doblaron, y a partir de entonces el bulto de oscuridad suspendido de la pantalla de la lámpara ya no hizo ningún movimiento más.

Crane estiró el brazo desplazándolo con la misma inquietante lentitud que habían estado utilizando los dos bandos que habían tomado parte en aquel combate de animales y encendió la lamparita que había al lado de su cabeza.

La repentina claridad amarilla le permitió ver que la masa oscura pegada a la pantalla de la lámpara no era más que su camisa, arrojada allí descuidadamente cuando se había quitado la ropa.

Crane vio que Mavranos aún no había regresado. Salió de la cama y fue hacia la lámpara. Se quedó inmóvil durante un rato contemplando su camisa, y acabó levantándola con mucha cautela y la arrojó a una esquina de la habitación.

Volvió a meterse en la cama -su facultad de emitir juicios seguía inactiva-, cerró los ojos y esperó a que el sueño le reclamara.

–He visto a su amiguito entrando y saliendo -dijo pacientemente Trumbill-, pero hasta el momento ella aún no ha aparecido.

Estaba sentado en una silla junto al marco de aluminio de la ventana y sólo llevaba puesto un holgado par de pantalones cortos blancos. Aparte de la silla el austero apartamento sólo contenía una mesilla de televisión, un teléfono, dos ventiladores en funcionamiento, una nevera de plástico y un montón de tubos de antitranspirante Ban vacíos esparcidos alrededor de las patas de la silla. Trumbill estaba esparciendo el contenido de un tubo recién abierto sobre los tatuajes de colores chillones que cubrían su enorme vientre.

Había alquilado a toda prisa aquel apartamento al amanecer, y aunque el propietario había conseguido conectar el teléfono el aparato del aire acondicionado no funcionaba, y Trumbill estaba perdiendo su preciosa humedad corporal a pesar de los antitranspirantes.

–Seguiré insistiendo en lo del aire acondicionado -dijo Betsy Reculver,-

que estaba de pie detrás de él-, pero tienes que quedarte aquí. No podemos perderla tal como perdiste a Se…, como perdiste a Crane en California.

La alfombra barata no conseguía amortiguar los ecos quebradizos de su voz.

Trumbill le alargó el tubo de Ban sin apartar los ojos de la ventana. –

¿Te ocupas de mi espalda?

–Olvídalo Trumbill pudo captar claramente la repugnancia que había en su voz.

Se encogió de hombros y siguió esparciendo Ban sobre su carne densamente ilustrada sin apartar la mirada del hueco entre las cortinas a través del que podía ver el dúplex blanco que se alzaba al otro lado de la calle.

Deseó estar en casa haciendo las labores domésticas o rastrillando su jardín de gravilla, o transportando el viejo cuerpo de León a alguna parte en el Jaguar con aire acondicionado, pero comprendía que aquello tenía que hacerse. Estaba claro que aquella mujer era la Diana a la que intentaban encontrar. El informe policial había relacionado a la Diana que vivía en la dirección del dúplex con Scott y Ozzie Crane, y Betsy enseguida se había dado cuenta de que la dirección era Isis en Venus. – ¿No lo has gastado todo? – preguntó Betsy.

Durante un momento Trumbill pensó que había cambiado de parecer en cuanto a lo de untarle la espalda, pero la mujer estaba junto a la mesa y sostenía en su mano una masa de semtex rosa tan grande como un puño.

–Con toda esa cantidad se podría volar la mitad de la calle -dijo-. Los dos trozos que eran como pelotas de golf que pegué a las rejas del sótano serán más que suficientes…, y aunque sólo he colocado esos dos trozos no pienso estar pegado a esta ventana cuando lo haga estallar. Estaré en el pasillo al otro lado de la esquina.

–Parece…, parece mazapán.

–Adelante, haz un cerdito con él. No puede estallar sin un detonador.

Probablemente hasta podrías comerlo sin que te ocurriese nada.

La mujer se estremeció y dejó el trozo de semtex sobre la mesa.

–Supongo que te gusta esta decoración -dijo pasados unos momentos.

Trumbill se permitió lanzar una rápida mirada a la desnudez de las paredes amarillas y el techo lleno de manchas.

–Pintado de blanco y mucho más fresco no estaría nada mal. – ¿Qué tienes contra las cosas más…, con más vida?

"Las amo, Betsy -pensó Trumbill-, pero quiero que todas estén dentro de las fronteras de mi piel." -¿No tienes que ir a ver a Newt?

–No hasta esta tarde, pero… Muy bien, te dejaré a solas. – Trumbill oyó el sonido de sus pies moviéndose sobre la alfombra en dirección a la puerta-. Pero te llamaré cada quince minutos más o menos -añadió.

–No hace falta que me llames -dijo Trumbill, pero la mujer ya había cruzado el umbral y acababa de cerrar la puerta detrás de ella.

Aquello significaba que la tendría al teléfono cada dos por tres durante todo el día…, a menos que Diana apareciese de una vez. Trumbill suspiró, clavó los ojos en el dúplex y metió la mano en la nevera para coger una de las tiras de carne de cordero cruda.

Los rayos del sol del mediodía que entraban por la ventana ardían con un resplandor rojo en el pisapapeles con forma de prisma que el detective Frits tenía sobre su desordenado escritorio, pero naturalmente el despacho estaba helado. Crane se había instalado en una silla giratoria enfrente de la que ocupaba Frits, y estaba deseando haberse traído una chaqueta. Su taza de café seguía humeando junto al canto del escritorio, pero ya casi se la había acabado y Crane aún no quería apurarla hasta el final.

Crane acababa de contar a Frits la misma historia que había contado al agente de la policía metropolitana la noche anterior, y el detective estaba pasando las páginas de un cuadernillo de anotaciones aparentemente al azar y sin buscar nada en concreto. Su rizada cabellera castaña estaba desordenada y el nacimiento del cabello ya había empezado a apartarse de su amplia frente, y cuando Crane estrechó su mano por primera vez pensó que aquel detective alto y flaco probablemente había sido músico de rock durante su no tan lejana juventud.

Los pensamientos de Crane estaban muy lejos del pequeño despacho y el desgarbado detective.

"Apostarlo todo…"

Crane no estaba seguro de si su alucinación de anoche -la visión de la rata devorando el escarabajo- había sido el fruto de un leve ataque de delirium tremens o no, pero tanto si lo era como si no había tomado la decisión de mantenerse sobrio.

Cuando él y Mavranos iban a la cafetería del Circus Circus a desayunar aquella mañana una mujer de mediana edad había interpuesto un cochecito de bebé en su camino y había pedido a Crane que curase a su hijito tocándole. Crane había rozado la frente del bebé para librarse de ella -fuera cual fuese su problema no hubo ninguna mejoría visible -, pero cuando le pusieron delante sus huevos fritos con bacon un rato después Crane pensó que aquella mujer quizá no fuese una simple chiflada. Quizá había captado qué clase de…, de príncipe heredero era Crane.

Y también le pasó por la cabeza que a pesar de que había aceptado el dinero por la mano de asunción en el sesenta y nueve Diana quizá no fuese

la única persona que podía convertirse en un blanco capaz de devolver los disparos…, que, por utilizar la expresión de Ozzie, podía apostarlo todo.

Quizá la única forma de sobrevivir era desafiar a su auténtico padre en los términos fijados por el viejo.

Frits había detenido su hojear en una página del cuadernillo de anotaciones y acababa de alzar la mirada hacia él.

–Así que ustedes tres decidieron hacer una visita a su hermana adoptiva.

Crane parpadeó y se obligó a prestar atención a lo que acababa de decirle.

–Exacto.

–Y Mavranos es su vecino…, vive al lado de usted en Santa Ana.

–Exacto. Tiene cáncer, y nunca había estado en Las Vegas. – ¿Y dónde vive su padre adoptivo?

–No lo sé -dijo Crane meneando la cabeza y pidiéndole disculpas con una sonrisa-.

Nos encontramos con él por casualidad en Isla Balboa. – Se encogió de hombros -. Fue una de esas decisiones que se toman al momento, ya sabe.

–Casi toda la gente que viene aquí hace lo mismo.

Frits suspiró y siguió pasando las páginas de su cuadernillo de anotaciones.

Crane asintió y cogió su café con una mano que ya no temblaba, y no permitió que su rostro, su respiración o cualquier otra reacción visible delatara el alivio que sentía.

Frits alzó la mirada y al verle sonreír Crane pensó que iba a hacer otra observación sobre los viajes improvisados a Las Vegas. – ¿Por qué gritó

"Todo el mundo al suelo" cuando el Porsche se detuvo?

–Me pareció obvio que no era un buen samaritano que venía a ayudarnos -dijo Crane al instante comprando la virtud de una réplica aparentemente no muy meditada al precio de comprometerse con un comienzo aleatorio -. Después de todo había dos vehículos aparcados tocándose el uno al otro como si estuviéramos usando cables de batería, y cuatro adultos y un par de niños visibles. – Ya lo tenía-. Estaba claro que no necesitábamos ayuda. Pensé que tenía que ser un socio del secuestrador, un observador que nos había estado vigilando desde lejos y que había acudido a toda velocidad en cuanto Arky llegó con la Suburban y bajó de ella con un arma en la mano.

–Y de hecho luego disparó contra el niño.

–Exacto -dijo Crane. Se acordaba de lo que le había dicho al agente de policía la noche anterior, por lo que siguió hablando-. Pero después Diana nos contó que aquel tipo del Porsche había intentado ligar con ella y tuve la impresión que se trataba del mismo al que Ozzie había llamado zombi el día anterior…, y parece que no era socio del secuestrador después de todo. –

Meneó la cabeza-. Aunque tal como acabaron saliendo las cosas es como si lo fuese.

Frits le contempló en silencio. Crane le devolvió la mirada, al principio con el rostro inexpresivo y luego con una débil sonrisa de interrogación, la misma que habría empleado con alguien que tardara mucho rato en abandonar la partida o decidir si aceptaba un farol.

–Podría hacerle arrestar -dijo Frits. – ¿Por qué motivo? – se apresuró a preguntar Crane, y no necesitó fingir alarma-. ¿Por disparar contra el chiflado que secuestró al niño o por disparar contra el Porsche?

–Digamos que por disparar contra el Porsche. – Frits siguió mirándole durante un momento, y Crane se limitó a devolverle la mirada con los ojos un poco más abiertos que antes-. ¿Dónde conoció a Alfred Funo? –

preguntó Frits.

Crane dejó escapar el aliento.

–Supongo que es el nombre del tipo que ocupó la habitación contigua a la nuestra en el motel, ¿no? Nunca lo había oído antes. ¿Cómo iba a conocerle? ¿Vive en el condado de Orange?

–No, en el condado de Los Ángeles.

–Nunca había oído el nombre de ese tipo. Nunca había visto el coche antes del día de ayer, a menos que pasara a mi lado por la autopista en algún momento.

Frits dejó transcurrir tres segundos que Crane encontró muy largos, antes de volver a bajar la mirada hacia su cuadernillo de anotaciones. – ¿Se aloja en el Circus Circus?

–Exacto, en la habitación a nombre de Mavranos.

–De acuerdo. – Frits se echó hacia atrás y sonrió-. Nos mantendremos en contacto.

Gracias por venir.

Crane se inclinó hacia adelante frunciendo el rostro en una mueca de concentración.

–Oiga, puede que esta…, esta actitud amenazadora y estas insinuaciones sean el procedimiento habitual, pero si realmente cree que estoy involucrado en este asunto me gustaría que me lo dijera claramente para que pudiera explicarle lo que sea que no ve claro. No…

Frits había estado asintiendo con expresión comprensiva. El detective alzó una mano y Crane dejó de hablar.

–Gracias por venir -dijo Frits.

Crane vaciló y acabó dejando el café sobre el escritorio.

–Eh… Gracias a usted.

Se levantó de la silla y salió del despacho.

Mavranos le estaba esperando en la camioneta.

–No has tardado mucho -dijo después de que Crane entrara y cerrase la puerta-. ¿Y Diana y Ozzie? ¿Estaban ahí?

–No -dijo Crane -, supongo que habló con ellos previamente. Habría preferido que Ozzie no se los hubiera llevado a todos antes de que tuviéramos ocasión de comentar la historia un rato. "¡Nos encontramos con Ozzie en Balboa por casualidad, lo dejamos todo y nos fuimos corriendo a Las Vegas!" ¿Qué tal se comportó ese detective contigo?

–Como si todo fuese una…, una mera formalidad. – Mavranos puso en marcha el motor y la Suburban vibró -. Se limitó a hacerme recitar toda la historia. ¿Por qué lo preguntas? ¿Estuvo duro contigo?

–Sí, un poco.

–Uh. Bueno, por lo menos sigues libre.

Mavranos hizo girar la camioneta azul y atravesó el aparcamiento en dirección a la salida que daba al Strip.

–Oye, voy a probar suerte en las apuestas deportivas del Caesars…, tienen una sala tan grande como un hangar de aviones en la que debe de haber algo así como cien pantallas de televisor adornando la pared, y los efectos de lo que aparece en las pantallas se extienden en ondulaciones sobre las personas que las están observando igual que el viento sobre un campo de trigo. Puede que encuentre una pista allí. ¿Quieres venir conmigo o te dejo en algún sitio?

–Sí, puedes dejarme en…, en el próximo salón de lectura de cartas que veas.

Mavranos le lanzó una mirada llena de curiosidad.