La última partida

Tim Powers · Capítulo 13 de 54

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La última partida

Capítulo 11

La puerta del armario estaba abierta, y ella estaba acurrucada sobre el montón de prendas que había arrancado de los colgadores.

–Dejándome sola para irte con tus amigotes -murmuró.

Crane no la miró.

–Estás… -empezó a decir, y se calló porque se sentía incapaz de pronunciar la palabra muerta. Se arrodilló sobre la cama y empezó a reptar hacia la ventana-. No eres ella -dijo con voz temblorosa.

–Me estoy convirtiendo en ella. Pronto lo seré. – Y de repente el olor del café caliente invadió la habitación-. Llenaré la cavidad.

–He…, he de irme -dijo Crane aferrándose a todo lo que había de prosaico y cotidiano en aquella frase.

Deslizó cautelosamente su pierna sobre el marco de la ventana, pasó la otra pierna y se agarró a los montantes laterales. El aire nocturno estaba bastante frío.

Oyó golpes y gemidos ahogados pero violentos dentro del armario. Al parecer la criatura estaba sufriendo alguna especie de ataque. Crane puso los pies sobre la hierba reseca y se alejó cojeando a través del patio sumido en las tinieblas en dirección al hueco de la valla.

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¿Cómo me maté?

Crane entrecerró los ojos para protegerlos de los reflejos que el sol de la mañana arrancaba al pavimento de la autopista que desfilaba velozmente debajo de él.

La lluvia había estado repiqueteando en los desagües del tejado y siseaba en los árboles cuando él y Mavranos salieron furtivamente del apartamento de éste utilizando la puerta trasera un par de horas antes del amanecer; pero después de que hubieran desayunado en una cafetería al otro extremo de la ciudad y hubiesen vuelto al estacionamiento -Mavranos chupaba distraídamente un palillo-, el sol brillaba en un cielo azul libre de nubes, y sólo el frío del tirador de la puerta y la manivela de la ventanilla recordaron a Crane que aún no era verano.

Iban en una camioneta que Mavranos había comprado en algún patio de subastas el otoño pasado, una Suburban del setenta y dos grande y de forma cuadrada que tenía el parabrisas resquebrajado, los neumáticos demasiado grandes para aquel modelo y una vieja capa de pintura azul erosionada por el desierto. La camioneta vibraba y temblaba mientras corría por la autopista de Newport, pero Mavranos la manejaba sin problemas con sólo una mano sobre el enorme volante mientras la otra sostenía una lata de Coors envuelta en lo que Mavranos llamaba un "camuflador", un rectángulo de plástico flexible con el logotipo de la Coca-Cola impreso en él.

Crane ocupaba el asiento contiguo. Había subido las rodillas a causa del montón de libros, ropa vieja y llaves inglesas que había en el suelo, y tomaba sorbos de café tibio de un vaso de plástico mientras intentaba sujetarse para notar lo menos posible las vibraciones de la camioneta.

Mavranos le había vendado el muslo herido con la relajada competencia de un viejo boy scout y le había asegurado que no se infectaría, pero la pierna le dolía y no paraba de palpitarle, y cuando se dio un golpe en ella con el brazo de un sillón el mundo perdió todos los colores, y Crane tuvo que clavar los ojos en el suelo y respirar hondo para no perder el conocimiento.

Llevaba unos téjanos viejos de Mavranos con las perneras enrolladas sobre los tobillos como si fuese un crío porque le quedaban demasiado largos.

Crane apoyó su frente un poco sudorosa sobre el frío cristal de la ventanilla, y comprendió que debía de haber pasado mucho tiempo desde la última vez en que había viajado por aquella autopista. Recordaba haber

visto enormes campos de judías y fresas irrigados mediante rociadores automáticos extendiéndose hasta perderse de vista a cada lado, pero los campos habían sido sustituidos por "Auto-Centros Comerciales" y gigantescos edificios de cristal color bronce sobre los que se leían nombres como UNISYS y WANG, racimos de bancos y relucientes apartamentos recién edificados y hoteles que se apelotonaban alrededor de la masa de mármol, claraboyas y helechos del centro comercial Plaza Costa Sur.

Estaba viajando por un condado de Orange donde ya no había naranjos, una región conquistada por los promotores inmobiliarios que la habían vuelto estéril al mismo tiempo que la convertían en fabulosamente valiosa, y la adinerada complacencia de toda aquella zona parecía excluir por definición la presencia de personas como él y Arky de forma tan implacable como había acabado excluyendo a los granjeros.

–Trajes de tres piezas -gruñó Mavranos después de haber apartado la mirada durante unos momentos del tráfico que se movía por delante de ellos-. Se… -Hizo una pausa para tomar un sorbo de cerveza-. Se reproducen. Las autopistas están atascadas la mitad del tiempo, no puedes hacer ejercicio porque la atmósfera es irrespirable y no puedes comer el pescado que capturan en la bahía, y nadie que esté dispuesto a hablar contigo o conmigo puede permitirse el lujo de comprar una casa a pesar de que los malditos trajes de tres piezas han aplanado todas las viejas colinas y cañones con sus malditos artefactos… ¿Te has dado cuenta de que esos tipos no hacen nada? Todos son intermediarios… Venden cosas, son agentes que manejan cosas, empaquetan cosas, anuncian cosas o especulan con las cosas.

Crane sonrió débilmente sin apartar la cabeza del cristal de la ventanilla.

–Algunos de ellos tienen que fabricar cosas, Arky.

–Supongo que sí…, pero no tardarán en ser aplastados. Los trajes de tres piezas de los que te hablo están creciendo y se reproducen continuamente a expensas de todo lo demás, incluso de algo tan sencillo y tan antiguo como la tierra y el agua.

Un BMW nuevo les adelantó a gran velocidad por la derecha.

–Mi esposa… Susan está muerta -dijo Crane de repente. Mavranos volvió la cabeza hacia él, le contempló en silencio durante un momento y sacó el pie del acelerador. – ¿Cuándo ocurrió? – ladró -. ¿Cómo? ¿Cuándo te enteraste de eso?

–Ocurrió hace trece semanas. ¿Te acuerdas del día en que vino la ambulancia y yo dije que se había desmayado? – Crane se acabó el café y arrojó el vaso de plástico hacia la parte trasera de la camioneta-. Bueno, pues la verdad es que murió. Fibrilación.

Tuvo un ataque cardíaco. – ¿Que Susan murió hace trece semanas? ¡No digas gilipolleces! Yo…

–Esa criatura a la que viste y con la que hablaste no es ella. Es… No sé qué es, quizá una especie de fantasma. Te lo habría contado antes, pero hasta anoche no…, no comprendí que debía de tener algún tipo de relación con todo lo de las cartas.

Mavranos meneó la cabeza mientras fruncía salvajemente el ceño. –

¿Estás…, estás seguro? De que está muerta, quiero decir… ¿No estarías borracho y te dejó o algo por el estilo?

–Arky, yo… -Crane extendió las manos y puso cara de impotencia-.

Estoy seguro.

–Maldita sea. – Mavranos había vuelto a clavar la mirada en el tráfico, pero estaba tragando saliva y le brillaban los ojos-. Será mejor que me cuentes todo lo que sepas sobre esa mierda, Pogo.

Crane le quitó la lata de cerveza de entre los dedos y tomó un buen trago de ella.

–Una mañana Susan estaba bebiendo café… -empezó a decir.

Se detuvieron en un aparcamiento enorme al oeste del muelle de Balboa y se alejaron del trueno y el espumear del oleaje hasta llegar a la angosta avenida sombreada por los árboles que era la calle Main. La pierna de Crane palpitaba y le dolía, y en varias ocasiones tuvo que pedir a Mavranos que hicieran una parada para respirar profundamente y descargar su peso sobre la pierna buena.

Aquella mañana de primavera Balboa estaba muy tranquila y silenciosa.

Los coches se movían sobre el pavimento mojado del bulevar Balboa con un siseo de neumáticos, pero había plazas de aparcamiento vacías esparcidas a lo largo de las aceras y las únicas personas visibles en ellas parecían ser habitantes de Balboa que se dirigían hacia la panadería atraídos por el olor del café caliente que flotaba en la brisa fresca. – ¿Dónde solíais ir a por esos…, esos godonuts? – preguntó Mavranos.

Llevaba las manos metidas en los bolsillos de su maltrecha chaqueta caqui.

–Dobonuts -dijo Crane -. Mi hermana pequeña se inventó la palabra.

Quiere decir "donuts de Balboa". No es aquí. Hay que ir a la isla.

"Hay que ir a la isla…" Crane no sabía por qué, pero la frase le pareció inquietante, y la idea de que había montones de agua cerca -el canal estaba delante de ellos y el océano se hallaba a su espalda- no le gustaba en lo más mínimo.

–"Teme la muerte por el agua" -dijo Mavranos.

Crane volvió rápidamente la cabeza hacia él. – ¿Qué has dicho?

–Es de El erial…, ya sabes, T. S. Eliot. Al comienzo del poema cuando Madame Sosostris está interpretando las cartas del tarot… Y aquí está el mercader tuerto, y esta carta en la que no hay nada, es algo que lleva a su espalda y que me está prohibido ver.

No encuentro al Ahorcado. Teme la muerte por el agua."

Crane volvió a detenerse y le miró. Una gaviota estaba caminando por la acera, y oyó el estridente grito de otra en algún punto por encima de su cabeza.

–Así que has leído a T. S. Eliot -dijo Crane.

Mavranos se volvió hacia él, entrecerró los ojos y adoptó una expresión beligerante.

–He estudiado, ¿sabes? Puede que no haya leído todo tu Hemingway, tu Proust y tu H. Salt Fitzgerald, pero me he enterado de montones de cosas leyendo toda clase de libros y todas esas cosas tienen que ver con el encontrar una cura a mi enfermedad…, y si no eres capaz de darte cuenta de que también están relacionadas con tus problemas entonces…

–No, no, lo veo. Tendrás que contarme muchas más cosas sobre El erial y sobre Eliot.

Es solo que… Bueno, no es muy frecuente encontrarse con alguien que te suelta una cita de Eliot así como si tal cosa.

–Está claro que aún no te has dado cuenta de que soy una persona muy rara, Pogo.

Crane guió a Mavranos por la calle Main moviéndose con una mezcla de deslizamiento y cojera. Dejaron atrás el elegante restaurante especializado en pescado y mariscos, y llegaron al extremo de la calzada.

Las embarcaciones de recreo atracadas junto a ella se mecían sobre las aguas verdigrises al otro lado de la barandilla. El muelle del transbordador estaba a su izquierda, detrás de la Zona de Diversión con sus atracciones,

sus lectores de la palma de la mano y sus puestos de plátano-helado-en-un-palito, pero incluso aquella angosta franja de terreno había adquirido una aureola de sofisticación que no existía en los días en que Crane solía ir allí con Ozzie y Diana.

En aquellos tiempos sólo había edificios de madera pintados con colores chillones, hippies y borrachos tumbados o sentados sobre el cemento manchado de la acera; pero todo aquello había desaparecido y había sido sustituido por barandillas de estaño que conducían hasta terrazas de restaurantes repletas de sombrillas, salones en los que parpadeaban los juegos de vídeo y un tiovivo que parecía nuevo y emitía una versión extrañamente acelerada de "¿Verdad que nos estamos divirtiendo?".

Crane se sintió todavía más fuera de lugar allí de lo que se había sentido en la autopista.

Había un transbordador atracado en el muelle. Su puerta de hierro giró hacia arriba para dejar que tres coches se movieran por la rampa de madera entre chirridos y golpes sordos hasta llegar al pavimento. Otro transbordador se estaba alejando, y ya había recorrido la mitad del kilómetro y medio de anchura del canal. La gastada pintura roja y blanca y los viejos tablones de madera de la cubierta de los transbordadores hacían que pareciesen los únicos elementos de la escena local que databan de la época de Crane.

Crane subió a bordo. El lento mecerse de la cubierta no le hizo ninguna gracia. "Teme la muerte por el agua", pensó.

Los espaciosos asientos de madera aún estaban salpicados por los charquitos de la lluvia de la mañana. Crane y Mavranos entregaron dos monedas de veinticinco centavos a la chica vestida con un impermeable amarillo que llevaba el aparato para dar cambio sujeto a su cinturón de loneta, y decidieron quedarse de pie sobre la lona alquitranada pintada de gris que protegía la cubierta mientras el motor empezaba a acelerar y la embarcación se deslizaba grácil-mente sobre las aguas. Crane y Mavranos permanecieron en silencio contemplando cómo las palmeras, los mástiles de las embarcaciones y los edificios de poca altura de la isla Balboa se iban acercando poco a poco.

Mavranos echó hacia atrás su revuelta cabellera negra y miró por encima de la barandilla.

–Dios, fíjate en todos esos peces…, róbalos y atunes, y eso es un tiburón de los arenales. Si disparases una escopeta apuntando al agua podrías matar una docena.

Crane bajó la mirada hacia el agua y la multitud de formas borrosas que se agitaban bajo la superficie.

–Apuesto a que esta noche Saturno brillará mucho -dijo en voz baja-, y a que todas sus lunas se estarán moviendo detrás de él.

Bajaron del transbordador en el muelle de la isla y fueron en dirección este por el espacioso paseo de la playa avanzando entre las mansiones desprovistas de patio y de aspecto muy caro que había a la izquierda y un corto tramo de playa que hacía pendiente y estaba puntuado por atracaderos privados a la derecha. Crane caminaba bastante de prisa a pesar de su cojera, pero estaba pálido y tenía el rostro sudoroso.

Unos nubarrones oscuros volvieron a aparecer procedentes del norte y el oeste contrastando vividamente con los retazos de cielo azul. Crane alzó la mirada y vio cómo los rayos del sol convertían a las gaviotas que trazaban círculos en lo alto en puntitos blancos que se recortaban contra un telón de cúmulos negros.

En el extremo sur de la calle Marina una cañería muy gruesa asomaba de la pendiente arenosa y se adentraba unos cuantos metros en el agua.

PELIGRO -decía el letrero colocado sobre ella-, FINAL DE UN

DESAGÜE DE TORMENTA.

"Más agua -pensó Crane -, y peligrosa…" -Es a la izquierda -dijo en un tono de voz un poco nervioso -. Hay un mercado delante. Verduras, pan…, es el sitio donde solíamos comprar los donuts. Es muy antiguo, ha estado allí desde la década de los veinte. Espérame aquí.

–Quizá pueda serte útil.

–Pareces Gengis Khan. Confía en mí y espera aquí.

–De acuerdo, Pogo, pero si el viejo está ahí procura acordarte de todo lo que te diga.

–Eh, hoy estoy sobrio, ¿te acuerdas?

Crane se alejó cojeando hacia el final de la calle. Seguía moviéndose bajo la luz del sol, pero avanzaba hacia la oscuridad que se acurrucaba bajo las nubes llegadas del norte. Casas de fachadas muy estrechas se apelotonaban en las aceras, y las únicas personas a las que vio eran mujeres arrodilladas en jardines diminutos y hombres que hacían trabajos

incomprensibles con herramientas que zumbaban y chirriaban en garajes con la puerta abierta para dejar entrar la mañana del sábado.

El mercado había cambiado el nombre de Mercado Lechero de Arden que recordaba Crane por el de Mercado Hershey, y lo que había sido una farmacia-droguería al otro lado de la calle se había convertido en una agencia inmobiliaria, pero las siluetas de los edificios eran las mismas y Crane intentó caminar más deprisa.

–Quieto, Scott.

La voz que no había olvidado seguía siendo autoritaria, y Crane obedeció de forma automática. Volvió la cabeza lentamente y con cierta vacilación, y vio una silueta alta y delgada inmóvil en las sombras debajo del toldo del restaurante Village Inn a seis metros de distancia al otro lado de la calle llena de charcos. – ¿Oz?

–Tengo un arma lista para disparar cartuchos con punta hueca, y el cañón está apuntando a mi corazón, no al tuyo -dijo el anciano con voz tensa-. ¿Quién es ese amigo tuyo que se ha quedado junto a la playa?

–Es un vecino mío. Está metido en la misma clase de lío que yo. Yo… -

¿Qué maldita clase de camioneta es ésa? ¿Cómo podéis ir en un trasto así?

– ¿La camioneta…? ¿La camioneta en la que hemos venido? Es suya. Es una Suburban. Compra coches en los patios de subastas y…

–Olvídalo. ¿Qué libro estabas leyendo cuando fuimos en busca de Diana?

–Maldita sea, Oz, no tienes derecho a esperar que me acuerde de algo así, pero era Los hombres monstruo, de Edgar Rice…

–De acuerdo, así que aún no ha celebrado la próxima partida…, pero probablemente decida empezar esta Pascua.

El anciano salió de las sombras apoyándose en un bastón ortopédico de aluminio con una base cuadripodal. Su cabello era una delgada nubecilla de un blanco algodonoso que parecía flotar sobre la piel rosada de su cuero cabelludo, y vestía un traje gris oscuro bastante holgado con una camisa blanca y una corbata azul. Su mano libre se mantuvo dentro del bolsillo derecho de su chaqueta mientras cruzaba el pavimento mojado en dirección a Crane. – ¿Qué quieres de mí? – preguntó.

Las lágrimas invadieron los ojos de Crane haciéndole ver borroso. –

¿Qué te parecería empezar con un "¿Qué tal has estado?"? Cristo, cometí un error, me comporté como un crío estúpido… ¿Hay muchos crios que no

sean estúpidos? ¿Es que no vas a perdonarme ni siquiera ahora que han pasado veinte años? Empiezo a creer que no saldré vivo de este lío y tú actúas como si…

–Estás horrible -dijo el anciano con voz enronquecida-. Bebes demasiado, ¿verdad? Y ahora que ya es demasiado tarde te dedicas a dar vueltas por ahí con un vagabundo en una camioneta ridícula intentando dar con una forma de conseguir que deje de llover. Mierda. – Dejó que su bastón se sostuviera sobre la base cuadripodal, dio un paso hacia adelante y rodeó a Crane con el brazo libre-. Te quiero, chico, pero eres hombre muerto -dijo, y el cuello de la camisa de Crane ahogó su voz.

–Cristo, Oz, yo también te quiero -dijo Crane, y estrechó los delgados hombros del anciano entre sus dedos-. Y aunque esté muerto me alegra volver a verte, pero… Oye, tienes que contarme lo que ha ocurrido. ¿Cómo me maté tomando parte en esa…, esa maldita partida?

Ozzie dio un paso hacia atrás, tensó la mano libre sobre la empuñadura de goma de su bastón ortopédico y Crane pudo ver que los años habían marchitado aquel rostro que en tiempos había sido tan decidido y enérgico, y se dio cuenta de que habían extinguido la evidencia de todas las emociones salvo la preocupación y -sí, quizá aún estuviese allí-un resto del sentido del humor de antaño.

–Asunción -dijo Ozzie-. Ese tipo, ese tal Ricky Leroy… Te asumió.

Creó una relación con tu cuerpo, una especie de lazoglobo… Mierda, hijo, después de haberte perdido he leído montones de libros y he hecho bastantes preguntas…, e incluso antes de hacerlo ya sabía mucho sobre los peligros de las cartas, todo eso que tú creías era una superstición con tan poco fundamento como la de que si pisas una grieta cuando vayas de camino a la escuela tu madre acabará con la espalda fracturada.

Un coche estaba avanzando por la angosta calzada de la calle, y Crane y Ozzie subieron a la acera.

–Sigues siendo tú mismo -dijo Ozzie-. Sigues viendo por tus ojos, pero después de la próxima partida en el lago tu cuerpo será suyo y también se quedará con los cuerpos de todos los que aceptaron dinero por las manos asumidas en esa partida del sesenta y nueve…, en esa serie de partidas.

Leroy podrá disponer de todos vosotros para utilizaros como si fueseis un conjunto de monitores de televisión móviles manejados a control remoto.

No empieces a leer ningún libro demasiado largo, hijo. – El anciano meneó

la cabeza. Tenía los ojos humedecidos-. Y no creas que me gusta tener que contarte todo esto.

Crane apretó los puños y acarició los músculos de sus palmas con las yemas de los dedos sintiendo un cosquilleo. – ¿No hay…, no puedo hacer nada para evitarlo? ¿Se acabó y eso es todo? ¿No puedo…, no sé…, no puedo matar a ese tipo?

Ozzie meneó la cabeza en un gesto impregnado de tristeza.

–Volvamos al sitio en el que te está esperando tu amigo. No, no puedes matarle.

Podrías matar uno de los cuerpos en los que está, o incluso un par, pero debe de tener por lo menos uno guardado en algún sitio del que no podrías enterarte y mucho menos llegar a él, y aparte de eso ya ha empezado a matarte. Está debilitando tu alma para cuando llegue el momento de la expulsión. La mano de Dionisos te rodea el cuello bajo la forma de la bebida, y los familiares o animales domésticos que tengas empezarán a morir a causa de enfermedades aleatorias. Cáncer, irregularidades cardíacas…

"Irregularidades cardíacas", pensó Crane.

Irregularidades cardíacas.

Siguió caminando. – ¿Y todo eso ha sido…, ha sido causado por mí? –

preguntó en el tono de voz más tranquilo y firme del que fue capaz.

Ozzie le taladró con la mirada.

–Mierda, lo siento… No tendría que habértelo dicho. Ya ha ocurrido,

¿verdad? Claro… ¿Quién?

–Mi esposa. Ella… -Y de repente Crane se encontró sentado en la acera-. Un ataque cardíaco.

Tenía la sensación de que su cuerpo había quedado vacío, y sus manos se movieron lentamente delante de él como si estuvieran buscando a tientas en la oscuridad intentando encontrar algo cuya forma no conocía.

"Una de las enfermedades aleatorias", oyó que decía la voz de Ozzie resonando en su memoria, y después oyó su propia voz. "¿Causado por mí?" -Levanta, Scott. – Ozzie extendió su mano libre, la puso sobre el hombro de Crane y le sacudió, y Crane se fue incorporando lentamente y ni siquiera torció el gesto cuando su pierna herida tuvo que aguantar el peso de su cuerpo-. Es… Bueno, la verdad es que eres tan poco culpable como si hubieras estado conduciendo, hubieras tenido un accidente y ella hubiese