La última partida
Capítulo 28
El teléfono que había delante de él sonó. Crane cogió el auricular y se lo llevó a la oreja.
–Hola, Susan -dijo. Tragó aire, lanzó una mirada impregnada de indiferencia a la barra buscando algún factor que pudiera retrasar lo que iba a ocurrir, no encontró ninguno y siguió hablando -. ¿Podrás perdonarme?
Y en el vestíbulo, el casino y los restaurantes de la Riviera la voz sin cuerpo del sistema de megafonía repitió unas cuantas veces "Llamando a Oliver Crane, llamando a Oliver Crane" por encima del parloteo de los huéspedes y los jugadores y el incesante tintinear de las fichas hasta que decidió olvidarse de él, y pasó a dar otros avisos y llamadas.
Libro tercero – Jugando las manos Mas una voz se oyó entre los himnos sagrados cual de las aguas surgida, pues en los profundos abismos tiene su morada, tranquila aunque vientos airados hagan temblar el mundo, y cuando los continentes son por ellos azotados poder tiene para caminar sobre las aguas como nuestro Señor.
ALFRED, LORD TENNYSON, Los idilios del Rey Y en un cielo de cobre ardiente el Sol de sangre, al mediodía, encima del mástil se hallaba y no mayor que la Luna parecía.
SAMUEL TAYLOR COLERIDGE, La oda del viejo marinero Nano: Y
ahora, dulce alma mía, dime de entre tal variedad qué cuerpo escogerías para conservar de tu posición la calidad. andrógino: A decir verdad, aquí estoy y aquí me quedaría. nano: ¿Porque aquí el deleite de cada sexo ya variar no se podría? andrógino: Ay, esos placeres se han ajado y olvidado.
BEN JONSON, El zorro Las esperanzas mueren, y sus tumbas son la prueba de que el fin de su pena y su alegría llega cuando el tiempo que con todos los hombres acaba ha acabado con la fe que a los amigos unía.
ALGERNON CHARLES SWINBURNE, Dedicatoria
28
Por fin es hora de acostarse, ¿eh?
Ozzie llevaba más de veinte años ausente de Las Vegas antes de aquel viaje, pero conocía aquella clase de bar alejado del Strip. A primera hora de la noche habría estado lleno de corpulentos obreros de la construcción que bebían sus cervezas de después del trabajo, pero cuando entró en él la clientela estaba formada por gente del teatro y de los casinos, y la bebida servida con más frecuencia era el vino blanco frío. Después de la
medianoche las prostitutas aparecerían para tomar la bebida que estuviera más de moda últimamente entre ellas.
Para Ozzie aquel bar era el ojo del huracán, el período de calma que separa la primera pelea de la última.
Ozzie abrió el paquete de Chesterfield que había comprado en la máquina de cigarrillos del rincón y lo sacudió hasta sacar uno. Había dejado de fumar en 1966, pero nunca había logrado olvidar del todo la a veces profunda satisfacción que le proporcionaba encender un cigarrillo y aspirar el humo hasta llenarse los pulmones con él.
El camarero dejó caer una carterita de cerillas sobre la barra junto a la jarra de cerveza que había pedido Ozzie.
Ozzie le dirigió una sonrisa cansada.
–Gracias.
Rascó una cerilla y encendió el cigarrillo.
Antes de guardarse la carterita echó un vistazo a las otras posibilidades.
"Un mensaje en la columna de anuncios personales del Sun o el Review-Journal -pensó -. No, Scott no leerá los periódicos… Y quizá ya he hecho más que suficiente dejando el mensaje en la recepción del Circus Circus -pensó un instante después-. He dejado al joven Oliver con una mujer llamada Helen Sully que vive en Searchlight. Figura en el listín telefónico. El último deseo de Diana era que cuidaras de sus dos hijos. Es lo que puedes hacer…, hazlo. Te quiere, Ozzie.
Pero Scott quizá no volviera al Circus Circus.
Ozzie tomó un sorbo de cerveza fría, frunció el ceño y se acordó del niño regordete y de cómo le había suplicado que le dejara quedarse con él.
–No eres demasiado viejo para ser nuestro padre -le había dicho Oliver con los ojos llenos de lágrimas mientras Ozzie conducía el Mustang de Diana en dirección sur por la 95 aquella tarde yendo hacia Searchlight-.
Scat y yo necesitamos un padre.
El chico seguía pareciendo asustado y aún temblaba un poco. La explosión de su hogar y la muerte de su madre le habían arrebatado toda su arrogancia anterior.
–Intentaré conseguir que tengáis un padre, Oliver -había dicho Ozzie-.
Lo siento… ¿Te molesta que te llame Oliver?
–Es tu nombre -había dicho el niño-. No me molesta. No me llames nunca por ese otro nombre…, el que quería que utilizarais antes. Era el…
No sé qué era. Lo arranqué y lo eché fuera…
Helen Sully vivía en una casa muy grande estilo rancho que se encontraba justo allí donde terminaba Searchlight. Había trabajado con Diana en una pizzería hacía cuatro años, se había encariñado con ella y había seguido siendo amiga suya. Tenía seis niños, y accedió sin hacerse de rogar a cuidar de uno o de los dos chicos de Diana hasta que su tío volviera a aparecer.
"Lo arranqué y lo eché fuera…"
Ozzie dio una profunda calada al cigarrillo y no tosió. Sus pulmones se acordaban del humo, y no cabía duda de que se habían estado preguntando qué había sido de él. "Y lo que dijo el chico no era ninguna metáfora -pensó Ozzie mientras tomaba otro sorbo de cerveza-. Cuando estaba delante de las ruinas del apartamento vi cómo la personalidad de Perro Mordedor se alejaba de él."
No, Scott quizá no iría al hotel y un anuncio en el periódico no daría ningún resultado.
Ozzie acabó su cerveza y apagó el cigarrillo aplastándolo en un cenicero.
Después volvió la vista hacia el camarero hasta que consiguió atraer su atención. – ¿Tiene una baraja a mano? – preguntó.
–Creo que sí.
El camarero hurgó entre los objetos que se amontonaban al-rededor de la caja registradora, y acabó arrojando una cajita sobre la barra delante de Ozzie. La tapa estaba adornada con una foto a color de una mujer desnuda que sonreía, y cuando la abrió y sacó las gastadas cartas de ella Ozzie vio que en el dorso de cada una había la misma foto.
–Qué maravilla -dijo secamente.
–Puede apostar a que sí. ¿Sabe hacer algún truco con las cartas?
–No. – Ozzie se preguntó por qué nunca había aprendido a hacer nada con las cartas aparte de ganarse la vida con ellas de la forma más discreta y cautelosa posible-.
Siempre les he tenido demasiado miedo -dijo. Alzó la mirada hacia el camarero y se dio cuenta de que aunque era de mediana edad y tenía una considerable barriga que tensaba su delantal era más joven que Scott, e incalculablemente más joven que el mismo Ozzie.
"No hay tiempo que perder", pensó-. ¿Se las puedo comprar? –
preguntó, y golpeó la vieja y gastada baraja con las puntas de los dedos.
La expresión de perplejidad del camarero se convirtió en desprecio mal disimulado.
–Puede quedárselas, abuelo -dijo.
El camarero giró sobre sí mismo y clavó los ojos en el televisor que colgaba debajo del techo encima de un estante.
Ozzie sonrió amargamente para sí mismo. "Cree que voy a volver a alguna habitación de hotel y…, y que haré algunos trucos con las cartas -
pensó-. Cree que usaré este patético y repetitivo harén de papel para… Oh, bueno, La opinión que un camarero tenga de mí es un factor muy poco importante en todo esto."
Pero se dio cuenta de que estaba empezando a enrojecer, y acarició el nudo cuidadosamente hecho de su corbata sintiéndose un poco incómodo.
Se acordó de que el norte estaba a su derecha. Barajó rápidamente las cartas siete veces y colocó cuatro cartas sobre la barra formando una cruz.
La carta que quedó en el extremo norte de la cruz era el jack de corazones.
"Bien, pues al norte", pensó. Bajó del taburete apoyándose en su bastón ortopédico de aluminio, metió la mano en el bolsillo para pagar la cerveza y, como siempre, dejó el quince por ciento de la consumición como propina.
Crane se removió en su asiento y observó el curso de las apuestas que se estaban desarrollando sobre el fieltro verde.
Se encontraba en la sala de juego del Binion's Horseshoe, justo a la derecha de la nueva puerta que se abrió en la pared cuando el Horseshoe compró el Mint. Los paneles de madera que cubrían las paredes estaban llenos de fotos enmarcadas de los miembros del Salón de la Fama del Póquer – Wild Bill Hickock, Johnny Moss, Doyle Brunson-, que parecían contemplar las partidas desde lo alto, y mientras tomaba un sorbo del último bourbon con hielo que le habían servido Crane se preguntó qué pensarían los viejos maestros de su forma de jugar.
Había abierto con el cañón apuntándole -Crane era el primer jugador a la izquierda del que daba cartas-, teniendo tres jacks. Aquella noche parecía incapaz de obtener una mano mala jugara donde jugase, y tres jugadores más acababan de ver los cincuenta dólares que había apostado. Eso era bueno. Pediría dos cartas para añadirlas a sus jacks, y los otros jugadores probablemente pensarían que estaba tan borracho que su objetivo era una
pareja reforzada, o incluso un full, o nada salvo sueños en vez de lo que realmente andaba buscando.
Y no cabía duda de que estaba borracho. Su campo visual parecía estar cambiando continuamente, como si se hubiera convertido en un aparato de televisión que tenía problemas de sincronía vertical, y Crane se veía obligado a bajar la cabeza a cada momento para centrar su mirada en algo.
Y cada vez que echaba un vistazo a sus cartas tenía que cerrar su ojo de plástico porque si no lo hacía veía la mano como si estuviera formada por cartas de tarot. No eran cartas de la baraja letal de su padre, gracias a Dios, y ni siquiera de la que el pobre Joshua había intentado utilizar con él, sino de una baraja con la que había soñado…, la baraja en la que el dos de bastos era la cabeza de un querubín atravesada por dos varillas metálicas. –
¿Cartas? – preguntó en voz alta el empleado del casino.
Crane comprendió que se estaba dirigiendo a él, y pensó que probablemente era la segunda vez que se lo preguntaba. Alzó dos dedos y se desprendió del cuatro y el nueve de corazones. Las cartas que recibió a cambio eran el nueve y el dos de picas, y no le servían de nada.
Los dos jugadores sentados a su izquierda se limitaron a golpear la mesa con los nudillos. Estaban satisfechos o, por lo menos, había decidido fingir que sus manos eran inmejorables.
"Y tanto el uno como el otro han estado jugando de una forma muy conservadora -pensó Crane con tristeza-. Si tienen doble pareja de valor bajo lo dejan correr, no intentan conseguir escaleras y al parecer jamás se echan faroles…" Había muchas probabilidades de que tuvieran manos inmejorables, y Crane estaba seguro de que por lo menos uno de ellos la tenía.
Lástima de tres jacks.
Crane pasó en vez de apostar y cuando uno de los jugadores apostó y el otro subió la apuesta y la apuesta "fría" llegó a él deslizó dos de sus jacks debajo de sus fichas, y arrojó las otras tres cartas sobre la mesa. Cuando le pidieran que enseñase las cartas con que abría el juego mostraría la pareja, que era el mínimo exigido para que un jugador pudiera abrir; y dado el puesto que ocupaba en la mesa abrir con sólo un par de jacks era una jugada carente de sentido. Dar la impresión de que había cometido esa estupidez serviría para confirmarle como un borracho imprudente ante los ojos de los otros jugadores.
Crane llevaba unas dieciséis horas jugando al póquer por toda la ciudad.
Había empezado en la sala de juego del Flamingo después de recibir la primera llamada telefónica del fantasma de Susan. Después de aquella llamada el fantasma le había telefoneado en varias ocasiones haciendo sonar teléfonos públicos situados cerca de Crane. Su voz sonaba muy ronca, y nunca hablaba más tiempo del necesario para decirle que le perdonaba y le quería. Crane sabía que fuera cual fuese el motel que escogiera le estaría aguardando acostada sobre la cama de la habitación de motel en la que acabaría, pero se sentía como un novio nervioso en su noche de bodas y quería tomar un par de copas más antes de…, de retirarse.
Entre los mil fragmentos de conversaciones que habían llegado a sus oídos había dos -la primera vez en el Sands, y la segunda cuando un taxista le preguntó a qué se dedicaba-, que hacían referencia a una serie de partidas de póquer que se jugarían en una casa-barco del Lago Mead la semana próxima. La serie de póquer empezaría el miércoles por la noche y continuaría hasta que acabara el Viernes Santo.
Crane intentó no pensar en aquello.
Alargó la mano hacia su bebida, vaciló antes de que sus dedos se hubieran cerrado sobre ella y miró a su derecha…, pero, naturalmente, no había ninguna mujer de pie a su lado. Llevaba todo el día captando aquellos fugaces atisbos por el rabillo de su ojo de plástico. Crane no estaba muy seguro del porqué, pero el que fuera capaz de ver a través del hemisferio de plástico pintado no le preocupaba en lo más mínimo. En lo más hondo de su ser siempre había sabido que su padre era capaz de devolverle lo que le había arrebatado.
Richard Leroy y Vaughan Trumbill estaban a quince metros de él contemplando la partida de póquer por encima de dos tragaperras cuyas pantallas de vídeo mostraban cartas de póquer. El Horseshoe estaba repleto incluso a una hora tan tardía una noche de miércoles, y los dos hombres no paraban de introducir monedas de veinticinco centavos en las ranuras y pulsaban los botones sin prestar ninguna atención al resultado para no perder el sitio.
–Beany va a tener que gastar más dinero en fichas -dijo Trumbill contemplando la partida con expresión impasible. – ¿Hmmm? – murmuró Richard siguiendo la dirección de la mirada del gordo-. Oh, sí.
Su rostro volvió a quedar vacío de toda expresión. Un hombrecillo de cabellos blancos sentado a la mesa de póquer, que tenía un inhalador contra el asma delante de él, sacó un fajo de billetes del bolsillo de su chaqueta y separó de él veinte billetes de cien dólares.
Los arrojó sobre el fieltro verde, y el empleado deslizó varios montones de fichas verdes hacia él.
La animación volvió al rostro de Leroy un instante después.
–Ya está -dijo-. Eh, ¿has visto lo que ha hecho nuestro pez? Abrir con jacks con el cañón apuntándole… Está tan maduro que le debe de faltar muy poco para caer del árbol.
–Enseñó dos jacks, Betsy -dijo Trumbill-. Lo siento, quería decir Richard… Podría haber sacado doble pareja o incluso un trío. No estoy convencido de que esté tan a punto de ser recogido corno crees.
Si hubiera estado usando el cuerpo de Betsy Reculver el anciano seguramente se habría enfadado, pero estaba usando el de Richard y se limitó a reír.
–Vamos, pero si lleva todo el día bebiendo como una esponja… Está tan suelto como un coágulo de sangre viajando por una arteria.
Trumbill se limitó a encogerse de hombros, pero estaba un poco nervioso y la comparación empleada por el anciano no le había hecho ninguna gracia. Varios hombres que conducían coches con matrículas de Nevada habían estado en el motel en el que se había alojado Crane haciendo preguntas sobre Scott "Espantapájaros" Smith, y Trumbill temía que algún jack andará tras la pista de Crane y que quisiera eliminar uno de los cuerpos que Georges León se disponía a asumir dejándole sin su valioso pez, y aunque no estaba muy seguro del porqué seguía estando preocupado por el asesinato de aquella mañana…, quizá porque lo habitual era que las explosiones despedazaran los cuerpos y arrojaran los fragmentos en todas direcciones para que acabaran secándose sobre los tejados y las ramas de los árboles, y Trumbill seguía notando el incómodo peso de LaShane en su estómago. Aquella tarde -totalmente desnudo salvo por el esplendor de sus mil tatuajes-, Trumbill había arrastrado el perro muerto hasta el patio y se había comido un poco más de la mitad crudo. Después Richard se había encargado de limpiarle con una manguera.
Un joven que llevaba un suéter fue hacia Trumbill.
–Uno de los coches que estaban en el motel acaba de aparcar al lado de la licorería en la esquina de la Primera -murmuró-. Tres tipos que no paran de arrojar monedas al aire, vienen hacia aquí.
Trumbill asintió.
–Que tus chicos sigan vigilándoles -dijo en voz baja.
El joven asintió y se fue a toda prisa.
Richard le estaba contemplando con las cejas enarcadas.
–No somos los únicos que hemos captado el que estuviera jugando -dijo Trumbill-.
Tres tipos vienen hacia aquí…, tienen que trabajar para algún jack.
¿Aún no puedes sacarlo del agua? – preguntó Trumbill.
–No, no hasta el día antes de Pascua. – ¿Por qué no lo intentas? Si tenemos que salir a toda prisa nos ayudaría bastante el que cooperase.
Richard vaciló durante unos momentos, pero acabó asintiendo con la cabeza y clavó los ojos en Crane.
Crane se estaba llevando el vaso a la boca…, y de repente su brazo sufrió un espasmo y el borde del vaso le golpeó en la nariz, y sintió el escozor del bourbon en los ojos. Su boca se abrió de golpe y emitió una especie de prolongado rebuzno.
Después parpadeó rápidamente sintiendo cómo su rostro se enrojecía con la aparatosa vergüenza del borracho, y bajó cautelosamente el vaso vacío hasta dejarlo sobre la servilleta de papel que había encima del fieltro verde.
–Eh… Lo he hecho para despabilarme -le dijo al empleado del casino, quien le estaba contemplando con cara de sorpresa.
–Quizá sea hora de irse a acostar -sugirió el empleado.
Crane se imaginó una cama de motel en una habitación sumida en la penumbra iluminada por el resplandor blanco del farol que se alzaba al otro lado de la cortina, y una silueta acostada en la cama que extendía sus blancos brazos hacia él.
–No, todavía no. ¡Aún me queda algo de dinero!
–Claro, déjele jugar -dijo el hombre de negocios bien vestido y aparentemente inglés que había ganado la partida iniciada por Crane. La línea del nacimiento de su cabellera canosa estaba un poco humedecida, y hasta el momento había jugado de una forma muy cautelosa y conservadora. Crane supuso que se sentía incómodo en una mesa con
apuestas altas, y que agradecía la presencia de un imbécil borracho -.
Estamos en un país libre, ¿no? – dijo el hombre obsequiando a Crane con una sonrisa nerviosa.
Crane asintió lentamente.
–Desde luego que sí.
–Y es un país maravilloso -se apresuró a añadir el hombre de negocios-, aunque tienen muchos matones.
El empleado del casino se encogió de hombros y empezó a repartir cartas a los jugadores desrizándolas sobre la mesa. El botón que indicaba la banca honoraria quedó colocado delante de Crane, y la primera carta fue entregada al jugador sentado a la izquierda de Crane, el inglés. – ¿Que tenemos un montón de qué? – preguntó Crane.
–De matones -dijo el inglés-. Mires donde mires hay matones por todas partes.
El empleado del casino era muy rápido. Cada uno de los ocho jugadores ya tenía cinco cartas boca abajo delante.
Crane asintió con cara de perplejidad.
–Sí, supongo que sí.
–Es inútil -dijo Richard Leroy apoyando los codos sobre la máquina tragaperras.
Metió distraídamente una moneda de veinticinco centavos en la ranura, pulsó el botón que daba cartas y la pechera de su chaqueta quedó iluminada por un parpadeo multicolor cuando las cartas aparecieron en la pantalla.
–Desde luego, a menos que quieras provocarle un ataque -murmuró Trumbill.
Crane se limpió el mentón con la manga de la camisa y alzó su vaso vacío hacia la camarera cuando pasó a su lado.
"Temblorinas y ruidos animales -pensó confusamente-. Bueno, por lo menos estoy consiguiendo fabricarme una imagen de lo más impresionante… Espero que no acabaré vomitando, perdiendo el control de mis tripas o algo por el estilo."
El inglés había abierto el juego en primera posición, y Crane estaba seguro de que como mínimo debía de tener un par de ases. Ningún jugador aceptó la apuesta de cincuenta dólares de apertura, y cuando le llegó el turno Crane se acordó de que debía curvar hacia arriba la esquina de sus cartas, cosa que no había hecho todavía, y las contempló con su ojo derecho
cerrado. Tenía los reyes de picas y tréboles, el dos de picas y el de diamantes y el siete de corazones, una bonita doble pareja. Dejó que las cartas volvieran a caer sobre la mesa y empujó hacia adelante una ficha negra de cien dólares.
–Subo la apuesta -dijo articulando claramente cada palabra.
El inglés aceptó el envite y pidió una carta. Crane no creía que tuviera el valor necesario para tratar de conseguir una escalera o color contra una subida de la apuesta; probablemente quería obtener una doble pareja, y era improbable que consiguiera algo capaz de vencer a los reyes de Crane.
Crane pensó en plantarse para asustarle y hacerle abandonar, pero acabó decidiendo que el inglés supondría que se estaba echando un farol o, quizá, que estaba lo bastante borracho para ver un color donde no existía; y lo que hizo finalmente fue desprenderse del siete y arriesgarse con la probabilidad entre once de obtener otro dos u otro rey y conseguir un full.
Pero cuando tiró del siete el dos de diamantes le acompañó como si las dos cartas estuvieran pegadas.
Crane alzó las cartas de la mesa poniendo expresión sorprendida y abrió su ojo derecho. Después cerró el izquierdo.
Visto a través del ojo de plástico de Crane el rey de tréboles era un rey que sostenía una varilla metálica y estaba sentado en un trono con forma de león; el rey de picas era un extraño rey de espadas reducido a una cabeza coronada que asomaba de la superficie de una masa de agua y cuyo brazo levantado por encima del agua sostenía en alto una espada; y el dos de tréboles era el a esas alturas ya bastante familiar dos de bastos, la cabeza de querubín atravesada por dos varillas metálicas.
Las tres caras estaban vueltas hacia él, y sus ojos pintados parecían lanzar una mirada apremiante que se clavaba en el ojo de plástico de Crane.
Crane deseó sin mucho entusiasmo que todo aquello acabara de una vez. ¿Dónde demonios estaba la bebida que había pedido?
Pero arrojó obedientemente las otras dos cartas sobre la mesa conservando los reyes y el querubín.
Cerró su ojo derecho y abrió el izquierdo. La sesión de guiños y forzar la vista unida al baño de bourbon había hecho que le empezaran a lagrimear los ojos.
–Dos -le dijo al empleado del casino.
A pesar de las lágrimas que corrían por sus mejillas estaba muy tranquilo, y su voz sonó firme y segura de sí misma.
Vistas con su ojo izquierdo las tres cartas que tenía en la mano volvían a ser los reyes de picas y tréboles y el dos de tréboles. Romper la doble pareja y quedarse con una pareja era una decisión que ningún jugador de póquer mínimamente experto habría aprobado, pero las dos cartas que el empleado del casino hizo deslizarse hacia él resultaron ser los reyes de corazones y diamantes. Crane tenía cuatro reyes, lo que casi con toda seguridad era mejor que la mano que pudiera tener el inglés.
Su único oponente empujó cuatro fichas de veinticinco dólares hacia el centro de la mesa y Crane subió la apuesta con ocho fichas, y el inglés la volvió a subir, y Crane también, y se fueron alternando en subir la apuesta que hacía cada uno -la única pausa fue el tiempo que necesitó Crane para apurar de un trago la bebida que acababan de servirle y pedir otra-, hasta que los algo más de mil doscientos dólares en fichas de Crane quedaron acumulados en el centro de la mesa. Tenía dinero en los bolsillos, y Crane deseó que las reglas le permitieran comprar más fichas durante una mano.
Crane parpadeó y contempló con curiosidad al inglés, al que a juzgar por su aspecto parecía faltarle muy poco para imitarle arrojándose una bebida a la cara y empezando a rebuznar. Estaba temblando, y tenía los labios muy blancos. – ¿Y bien? – murmuró con voz quebradiza. Crane puso sus cartas boca arriba sobre la mesa.
–Cuatro reyes -dijo.
El inglés parpadeó. Todo su rostro se había puesto blanco, pero estaba sonriendo y meneando la cabeza, y un instante después se incorporó bruscamente para clavar la mirada en las cartas de Crane.
Sus labios se movieron sin emitir ningún sonido como si estuviera contando los reyes…, y su cuerpo se estremeció violentamente y rodó hacia atrás derribando su silla y desplomándose sobre la moqueta que cubría el suelo.
El empleado del casino se puso en pie y alzó una mano. Unos segundos después dos guardias de seguridad aparecieron junto a la mesa, evaluaron la situación con un rápido vistazo y se inclinaron sobre el inglés caído en el suelo.
–Parece el corazón -dijo uno de ellos-. Sí, las uñas casi están negras…
Empezó a golpear el pecho del inglés con un puño mientras el otro guardia de seguridad cogía su radio portátil del cinturón y hablaba por ella.
Crane había oído decir en más de una ocasión que los jugadores de Las Vegas sólo pensaban en el juego, pero varias personas abandonaron las máquinas tragaperras o incluso partidas de póquer para acercarse y contemplar al hombre caído en el suelo.
Mientras especulaban en susurros sobre las posibilidades de salir bien librado que tenía Crane, se alegró de que no pudieran saber que había sido él quien había provocado el infarto de aquel inglés inofensivo. Volvió a pasarse el puño de la camisa por los ojos para limpiarse las lágrimas.
"Podría haber arrojado las cinco cartas -pensó-. Pero ¿cómo podía saberlo?
No ha sido culpa mía. ¿Para qué estaba jugando si no podía permitirse el perder?"
El empleado del casino se inclinó sobre la mesa -las dos puntas de su corbata de lazo se bambolearon debajo de su mentón, cada una con HORSESHOE escrito en letras plateadas-, y fue poniendo lentamente boca arriba las cartas del inglés con expresión pensativa.
Un ocho y cuatro reinas. Sí, el inglés había sido derrotado de forma inapelable.
Crane cerró su ojo izquierdo y contempló las cartas que había dejado sobre la mesa.
Los reyes y la cabeza de querubín atravesada por las varillas metálicas sonreían con expresión triunfal.
–Que venga alguien con una bandeja para mis fichas -le dijo al empleado del casino con voz áspera-. Quiero cambiar lo que he ganado.
El empleado del casino le lanzó una mirada totalmente inexpresiva.
–Por fin es hora de acostarse, ¿eh?
Cuando vio que Crane se levantaba de la mesa Trumbill giró sobre sí mismo e hizo una seña al joven del suéter, quien estaba alimentando con gestos mecánicos una máquina tragaperras a tres hileras de distancia. El joven asintió y movió la mano haciendo una señal a alguien que estaba más atrás.
–Me encargaré de él en cuanto estemos fuera -dijo Trumbill volviéndose hacia Leroy-. No me ha visto nunca, y la gente confía en los gordos.
–Si sonríen -dijo Leroy con voz tensa mientras observaba cómo Crane iba colocando los montoncitos de fichas en la bandeja de madera que le
habían traído-. ¿Puedes sonreír?
Miró a Trumbill.
Las mejillas de Trumbill se tensaron hacia arriba, su labio inferior se abultó separándose de sus dientes y sus ojos se convirtieron en rendijas chispeantes.
–Jo, jo, jo -dijo.
–Olvídalo -dijo Leroy. Crane acababa de coger la bandeja y había empezado a abrirse paso por entre la multitud en dirección al recinto del cajero, y Leroy le siguió con Trumbill al lado-. Finje que estás tan triste como si hubieras perdido los ahorros de toda tu vida -dijo Leroy mientras avanzaban a base de codazos por entre las falanges de jugadores-. Supongo que un gordo triste también servirá.
Crane colocó la bandeja sobre el mostrador de caja y la mujer que ocupaba el recinto la metió dentro.
–Cristo, efectivo otra vez -dijo Trumbill unos instantes después viendo cómo Crane aceptaba un rollo de billetes, lo doblaba y se lo metía en el bolsillo-. Con lo que ha ganado en el Dunes y el Mirage debe de llevar encima veinte de los grandes.
–Puedes quedarte el dinero cuando le hayamos echado el guante. Va hacia la puerta… Los chicos de Moynihan tendrán una furgoneta esperando en algún lugar de la acera. Mételo dentro.
–De acuerdo. – ¡Maaaaaaala suerte!
El piquete seguía yendo y viniendo por la acera de la Calle Fremont, y la joven de cabellos cortos había vuelto a usar su megáfono eléctrico. –
¡Maaaaaala suerte en el casino! – zumbó su átona voz amplificada naciendo vibrar la atmósfera recalentada cuando Crane salió tambaleándose a la noche repleta de luces del sur de Las Vegas-. ¡Salid, peeeeeeeerdedores!
"Ya voy -pensó Crane mientras se daba palmadas en los bolsillos intentando encontrar sus cigarrillos-. Por suerte para el medio ambiente soy sociodegradable."
Encontró un paquete de Camels de Arky, logró extraer un cigarrillo y lo metió entre sus labios resecos. Bien, ¿tenía cerillas? Volvió a palmearse los bolsillos.
El humo y el agotamiento le habían irritado el ojo sano, por lo que Crane permitió que se cerrara y contempló lo que le rodeaba con su ojo de plástico. Vistos a través de él la calle y los casinos resultaban tan exóticos
como una alucinación, paisajes imposibles de Samarkanda repletos de palacios resplandecientes y enormes avenidas en las que se movían reyes y reinas vestidos con mantos y túnicas.
Crane sonrió y tragó una honda bocanada de aire mientras sentía el zumbido del licor en sus venas.
Y de repente todo empezó a cambiar. El clank-clank-clank metálico de las máquinas tragaperras se convirtió en el veloz sonido de fondo de una música salvaje y martilleante que sólo podía ser interpretada por una orquesta de bocinazos enfurecidos, tacones que repiqueteaban sobre el pavimento y gritos de borrachos. – ¡Hora de ir a casa, peeeeeerdedores! –
gritó la huelguista en estridente contrapunto a esos sonidos.
Las personas que caminaban por las aceras se movían tan espasmódicamente como si fuesen marionetas; al parecer eran participantes involuntarios en una degradante danza mecánica.
Crane tuvo la repentina sensación de estar al borde del pánico. Abrió los dos ojos y respiró profundamente. Captó el olor de los humos que brotaban de los tubos de escape, del sudor y del eterno viento cálido del desierto.
Estaba en la calle Fremont y las personas que había a su alrededor no eran más que turistas traídos allí por el azar, y lo único que le ocurría era que estaba borracho.
El cigarrillo seguía colgando de su labio inferior, y Crane pensó que si conseguía encenderlo se sentiría mejor y no tan borracho. – ¿Necesita lumbre? – preguntó alguien a su lado.
Crane giró sobre sí mismo empezando a curvar los labios en una sonrisa de alivio…, y se quedó paralizado ante la superposición de imágenes con la que se encontró en cuanto hubo completado el movimiento.
Por su ojo izquierdo veía al gordo que había registrado su apartamento, el gordo que tenía aquel sobre con la anotación CLAUSURAR CON LA MÁXIMA URGENCIA referente a Diana sobre el asiento del Jaguar gris, el gordo que se había comido las hojas de la planta que había delante de su casa de Santa Ana al otro lado de la calle.
Y por su ojo derecho Crane veía a una esfera negra del tamaño de un hombre con una cabeza negra recubierta de verrugas y brazos rechonchos erizados de vello negro; y lejos de los confines de aquella criatura y excluidos por ella hervía un aura Kirlian de zarcillos verdes, caparazones agrietados, colas de pez de color verde y arterias rojas.
"¡Manillar! – pensó Crane-. No, el Hombre Mandelbrot…" Y un instante después ya había echado a correr ignorando la quemadura del dolor en su pierna herida, tambaleándose por entre la multitud sin poder oír nada salvo el gemido que resonaba dentro de su cabeza.
Un semáforo debía de estar verde bajo los soles azules y blancos de los neones del Horseshoe, pues la multitud se estiró hasta ocupar toda la anchura de la calle Fremont y Crane se encontró en la acera de enfrente antes de haberse dado cuenta de que había puesto los pies en la calzada.
El gentío parecía ser menos espeso a su izquierda, y Crane corrió en esa dirección.
Sus zapatos golpeteaban rítmicamente el pavimento lleno de manchas oscuras. Una calle se abrió a su derecha, y Crane dobló la esquina y estuvo a punto de perder el equilibrio cuando su rodilla derecha se negó a flexionarse, y medio saltó y medio trotó hacia los neones azules y rojos que anunciaban marcas de cervezas de la licorería que había delante de él.
Su confusión aumentó al ver que aquella calle estaba casi vacía. Había un taxi con el motor en punto muerto aparcado junto a la acera delante de él, y un hombre vestido con un mono de faena caminaba por la otra acera moviéndose lentamente bajo la cornisa de un garaje. Crane echó a correr hacia el taxi…, pero vio por el rabillo del ojo que el hombre del mono se tensaba, miraba hacia la calle Fremont y le señalaba. – ¡Sí! – gritó alguien detrás de Crane.
De repente el hombre del mono se volvió hasta quedar de cara a él, se agazapó y extendió los puños apretados hacia Crane.
Bam.
Un chispazo de luz blanca que sólo duró un segundo hizo desaparecer los puños del hombre, y trocitos de cemento salieron despedidos de la pared y golpearon la espalda de Crane.
Crane bajó la cremallera de su chaqueta casi sin pensar, como si otra persona estuviera actuando a través de él, y sacó el 357. Otro disparo estalló en el borde de la acera delante de él, pero Crane alzó el revólver con las dos manos, apuntó el cañón hacia el hombre inmóvil al otro lado de la calle y tiró del gatillo.
La explosión le ensordeció y el destello le deslumbró, y el retroceso pareció destrozar los huesos de su maltrecha muñeca. Crane dio un paso hacia atrás, cayó pesadamente y acabó sentado en la acera.