La última partida
Capítulo 21
estéreo, así que… Oliver, mete algo de ropa en tu bolsa de viaje. Coge unas cuantas mudas de ropa interior, tu cepillo de dientes y tu pijama.
El teléfono sonó de repente. Hans agitó melodramáticamente las manos pidiendo silencio y se volvió hacia él.
–No -dijo secamente Mavranos-. Que conteste la señora. Scott, escucha la conversación.
Diana miró a Mavranos como si la hubiese abofeteado, pero dejó que Crane fuera hacia el teléfono de la cocina. – ¿Diga? – murmuró Diana después de descolgar el auricular.
–Isis -dijo la voz de un hombre joven que parecía estar bastante nervioso al otro extremo de la línea-, tengo a tu hijo.
21
Viejas imágenes de las ruinas -No me llamo Isis, se ha equivocado de número…
Tanto Mavranos como Ozzie estaban haciéndole señas de asentimiento con la cabeza.
"Eres Isis", articularon los dos en silencio.
–Eres tan Isis -dijo el joven, y soltó una risita-. He visto tu cara, Madre.
La he visto en la carta de la reina de corazones y en las líneas de mis mapas… De lo contrario, ¿qué…, qué indicarían las señales?
Crane hizo una seña a Mavranos y Ozzie, quienes fueron corriendo a la cocina. Crane cogió un lápiz y empezó a escribir sobre la fórmica blanca del mostrador.
CHIFLADO DE BAKER, escribió. MAPAS. ADELANTE PEZ.
"Quizá pueda ayudarla -pensó sintiendo una considerable excitación-.
Quizá podamos rescatar a su hijo… Si es por Diana soy capaz de mantenerme sobrio." -Madre, necesito hablar contigo -dijo la voz-. Ahora podría decirse que estoy en un teléfono, claro, pero enseguida me iré a mi caja de Las Vegas, que no tiene teléfono y que es el sitio en el que está tu hijo con cinta adhesiva sujetándole a una silla. Es una caja Skinner, como las de las palomas que juegan a los bolos… Está fuera de la ciudad, en la autopista de Boulder más allá de Sunset Road. Sigue hasta ver una gasolinera cerrada a tu derecha, y allí hay un camino de tierra apisonada que pasa por detrás de la gasolinera.
Mi caja está casi allí, no se la puede ver desde la autopista.
–Mi hijo… ¿Se encuentra bien?
–Scat, eso me ha dicho. Su verdadero nombre es Aristarco. Está estupendamente, no le puse cinta adhesiva en la nariz. Si vienes y hablas conmigo esta noche no le haré daño; si no vienes le cortaré la cabeza y hablaré contigo más tarde. – Se rió-. Un hombre intentó hundir una cabeza en el Lago Mead ayer, ¿te lo puedes imaginar? El lago hizo que los murciélagos le echasen de allí.
–Iré a hablar contigo -se apresuró a decir Diana.
La mano con la que sostenía el auricular estaba junto a la mejilla de Crane, y tenía los dedos muy fríos.
–Sé con toda exactitud el tiempo que se tarda en llegar desde tu templo de Isis donde estás ahora hasta la caja -dijo la voz-, así que no hables con la policía. Si la policía sale en la foto mataré a Aristarco, pero tú no les llamarás y podremos hablar. Todo esto te molesta y es ártico que te moleste, claro. No quería…, no quería molestarte, pero tuve que hacer algo para asegurarme de que hablarías conmigo. Por lo menos no fui a visitarte ayer,
¿verdad? Ayer era mi día, y venir a visitarte con mis plumas puestas habría sido una grosería.
ESPOSO, garabateó Crane, y encima escribió LLEVA A TU.
Diana asintió.
–Yo… No… Tendré que ir con mi esposo. Si no puede venir no dejará que te vea nunca.
Hubo un silencio muy largo, y Crane se preguntó si lo habría echado todo a perder y si el joven no se limitaría a colgar el auricular. – ¿Está mi padre contigo? – preguntó por fin la voz desde el otro extremo de la línea.
Crane mostró los dientes en una mueca de indecisión, pero acabó encogiéndose de hombros y asintió.
–Sí.
–Claro. Salid de allí ahora mismo. El reloj ha empezado a hacer tic-tac.
Hubo un chasquido lejano seguido por la señal de marcar. Diana colgó el auricular.
–Vamos, Scott -murmuró.
–Bien -dijo Crane sintiendo cómo su cuerpo se iba tensando a causa de una excitación que casi era alegría a pesar del miedo evidente que empalidecía el rostro de Diana haciendo que pareciese más delgada-. Podéis seguirnos, pero manteneos alejados -dijo volviéndose hacia Mavranos-.
Iremos por un camino de tierra apisonada que está detrás de una gasolinera cerrada fuera de la ciudad en la autopista Boulder, a la derecha después de algo llamado Sunset Road. Llevaré la 357 debajo de la camisa. – ¡Estás loco! – chilló Hans-. ¡Voy a llamar a la policía! Cuando se produce un secuestro siempre se llama a la policía. Los policías están adiestrados para…
Las viejas facciones llenas de arrugas de Ozzie se retorcieron como si se estuviera enfrentando a una luz demasiado brillante.
–Diana, ese tipo sabía quién era Scott y sabe quién eres. Sabe que eres la Reina de Corazones…, Isis, o por lo menos su hija. Si llamas a la policía existe una posibilidad de que también se entere, y de todas formas la policía te obligaría a quedarte en la ciudad durante un tiempo…, y si te quedas estoy convencido de que morirás y de que tus hijos también morirán. –
¿Qué es todo esto, algo sobrenatural o qué? – chilló Hans-. ¿Crees que es Isis, la diosa egipcia? Dame ese teléfono.
–Soy su madre -dijo enérgicamente Diana volviéndose hacia él-. Soy la que ha de tomar la decisión. Iré, y nada de llamar a la policía. Y tenemos que salir de aquí ahora mismo.
Hans estaba meneando la cabeza mientras hacía profundas y ruidosas inhalaciones de aire. – ¡De acuerdo, de acuerdo! Tú eres la madre, y la decisión es tuya…, pero en ese caso iré contigo. Prácticamente soy tu esposo, y te aseguro que sé hablar mucho mejor que este vagabundo.
Diana se volvió en cuanto llegó a la puerta.
–No. No te pareces en nada a lo que debería ser un esposo.
Ozzie señaló al niño regordete.
–Oliver tendría que venir con Arquímedes y conmigo.
Hans soltó una risa forzada. – ¿Arquímedes? ¿Quién más está fuera en el coche, Platón? Dejad que se encargue de hablar.
Los cinco salieron de la casa y corrieron hacia los vehículos ignorando el chorro de protestas que seguía lanzando Hans.
Los dientes de Al Funo estaban castañeteando a toda velocidad y su rostro estaba hinchado y manchado por las lágrimas, pero se limpió los ojos con la manga de su camisa de seda en cuanto vio unas siluetas que salían rápidamente del dúplex al final de la manzana.
"Ahí está Scott Crane -pensó-, con una mujer que debe de ser la famosa Diana. El señor Bigotes le está dando a Crane algo del otro vehículo, y
ahora Crane y Diana se meten dentro del Mustang; y el señor Bigotes y Ozzie y un chaval se meten en el otro vehículo. ¡Qué trasto más ridículo, si parece una especie de jeep! Pero no cabe duda de que corre lo suyo… -
admitió ante sí mismo-. Aparte de un conductor profesional, dudo mucho que haya alguien capaz de haberles seguido tal como hice yo cuando salieron de ese supermercado. Me alegra haberme dado cuenta de que estaban persiguiendo a ese Mustang y no intentando despistarme antes de que tuviera la oportunidad de ponerme a su lado y dispararles, porque en ese caso jamás habría tenido ocasión de conocer a Diana… Y es una mujer muy atractiva. Bueno, eso no es ningún problema para mí. No soy uno de esos tipos que se sienten amenazados por las mujeres atractivas."
Puso en marcha el motor y dio unas palmaditas sobre el volante. "Y esta vez podré mantenerme pegado a ellos -pensó-. Este Porsche es capaz de seguir a lo que sea y adelantarlo si hace falta. No encontrarás gentuza sin importancia conduciendo un Porsche, no señor…"
Diana conducía. El viento nocturno que entraba por el hueco de su ventanilla hacía revolotear su cabellera rubia.
–Chiflado -dijo con voz inexpresiva-. Baker. Mapas. Adelante Pez. –
Volvió la cabeza hacia Crane-. ¿Quién es ese tipo y cómo ha dado con mi hijo?
–Bueno, se llama… -Crane puso cara de impaciencia y chasqueó los dedos un par de veces-. Snayheever, Dondi Snayheever, y creo que está chiflado. Le conocimos en Baker, y habla como…, como si estuviera chiflado. Es una de las personas que han sido… despertadas, motivadas, galvanizadas o llámalo como quieras por todas las cosas que están ocurriendo aquí y ahora. El vendaval de Pascua está a punto de llegar de nuevo, y es muy probable que la partida del lago empiece la semana próxima por primera vez en veintiún años. No es el único con el que nos encontramos al atravesar el desierto, y probablemente haya unos cuantos más viniendo hacia aquí desde otras direcciones. En Baker habló de ti…, es decir, de la Reina de Corazones. Tenía un montón de mapas que creía podían conducirle hasta ti. Le robamos unos cuantos, pero supongo que alguno de los que le quedaban le ha permitido encontrarte. – ¿No le llevasteis hasta mí?
–No. Llegamos justo a tiempo para ayudarte a responder al teléfono. Te hemos estado buscando en todos los supermercados de la ciudad desde la
noche del sábado. Esta noche estuvimos a punto de no encontrarte. Te reconocí.
La luz de un farol sombreó las facciones de Diana durante un momento y quedó atrás enseguida. – ¿Así que todo esto es cierto? – preguntó con irritación-. ¿Toda esa mierda sobrenatural es verdad?
Crane pensó en la criatura que había parecido ser el fantasma de su difunta esposa.
–Creo que debe de serlo.
–Dios. – Diana tragó una honda bocanada de aire y la dejó escapar-. Me parece que nunca llegué a creerme de verdad todas las advertencias de Ozzie.
–No te sientas mal por ello. Yo tampoco las creí. – ¿Qué quieres decir con eso de que no me sienta mal? Me recuerdas a ese loco del teléfono. "Ya sé que esto debe molestarte…" La vida de mi hijo corre peligro porque no hice caso de lo que me dijo ese anciano.
–Diana, mi esposa murió porque yo tampoco le hice caso. Te aseguro que no intentaba dar la impresión de que no te estaba tomando en serio.
Diana le contempló en silencio durante unos momentos.
–Lo sé, y lo siento. Cuando murió… Lo capté, ¿sabes? Pensé llamarte, pero no se me ocurrió qué podía decirte y luego me…, me pareció que ya era demasiado tarde.
–Habría fingido que mi esposa se encontraba estupendamente. Engañé a todo el mundo…, al final incluso conseguí engañarme a mí mismo.
–Bien, ¿qué vamos a hacer cuando lleguemos allí?
–Cristo, no lo sé. Creo que sólo quiere hablar contigo, pero también es posible que sólo quiera matarte. No creo que tenga nada contra tu hijo…
¿Scat?
–Un apodo. Se llama Scott. Le puse tu nombre.
Crane recordó que había escrito Scott en el retrato suyo que había hecho cuando tenía ocho años de edad -había cruzado la T con una- barra porque le parecía que así quedaba muy elegante-, y se le llenaron los ojos de lágrimas.
–Diana, te juro que os sacaremos de este lío. Diana no respondió y siguió con los ojos clavados en los coches que tenían delante, pero alargó un brazo y le apretó la mano.
Era su primer contacto en dos décadas.
Nardie Dinh se desmayó sobre el volante de su taxi mientras esperaba pasaje delante del Four Queens. Sólo estuvo inconsciente durante un momento, y por fortuna no durante el tiempo suficiente para que algún sueño iluminara su subconsciente indicando su posición a su hermano, pero su taxi rodó hacia adelante y tocó el parachoques del taxi que tenía enfrente.
Dinh abrió la puerta del taxi y salió con paso tambaleante al pavimento ruidoso, atestado de gente e iluminado por los trallazos de claridad. Sacó a tientas una botellita de plástico del bolsillo de su camisa y masticó dos cápsulas de anfetamina.
El conductor del otro taxi estaba de pie junto al parachoques delantero de Dinh. Había estado maldiciendo hasta que vio que el conductor descuidado era una hermosa joven asiática, y a juzgar por su expresión ya sólo estaba un poco malhumorado.
–Un momento -le dijo Dinh-, volveré dentro de un momento.
Entró corriendo en el casino y se abrió paso por entre la penumbra que olía a tabaco hasta que encontró una mesa de blackjack. El empleado estaba utilizando una baraja múltiple, y dos de las manos que había sobre el fieltro rojo que cubría la mesa mostraban un jack de corazones al lado de una reina de corazones.
–Mierda -murmuró Dinh.
Estaba realmente asustada por primera vez desde que había escapado de DuLac.
Dondi Snayheever estuvo esperando dentro de su coche con el motor al ralentí en el aparcamiento de la gasolinera abandonada hasta que no hubo faros demasiado cerca de él en ninguna de las dos direcciones. Snayheever apagó sus faros, salió del aparcamiento avanzando muy despacio sobre el viejo pavimento lleno de grietas y se metió por el camino de tierra.
Su padre había comprado aquel terreno a comienzos de la década de los cincuenta, y quizá aún fuese propietario de él. El viejo había dicho que aquel lugar tenía unas vibraciones muy fuertes, y que sería un buen sitio para que un chico aprendiera porque allí las cartas estarían más animadas.
Su padre… Su padre venía a verle por primera vez en nueve años. ¡Y
con su madre!
Snayheever no parecía ser capaz de capturar ninguna sensación referente a su padre.
Durante los años transcurridos desde 1981 hubo momentos en los que había echado de menos al viejo de una forma tan insoportable que había vuelto a la caja de Baker, había entrado en ella arrastrándose y le había llamado a gritos hasta enronquecer pensando que quizá podría hacer retroceder el tiempo de tal manera que su padre aún no habría desaparecido; y hubo otros momentos en los que había querido matarle por abandonar a su hijo permitiendo que se enfrentara a un mundo incomprensible en la soledad más absoluta.
El pequeño Morris llegó a la cima de la colina con un último bamboleo, y Snayheever pudo ver su caja. La estructura de madera se alzaba a la izquierda entre un macizo de yucas.
De repente, y sin saber por qué, Snayheever pensó que el pequeño Aristarco era su hermano. Snayheever le estaba tratando de una forma un poco dura para ser un hermano. Tendría que levantar al chico y colocar un almohadón sobre el asiento para que estuviese más cómodo.
Habían salido de la ciudad. Los haces luminosos de los faros del Mustang se deslizaban sobre la autopista que venía velozmente a su encuentro, y eran las únicas luces visibles aparte de la débil claridad plateada arrojada por la media luna.
"Tendría que haber sacado a los chicos de la ciudad en cuanto colgué el auricular después de hablar con Scott la noche del viernes -pensó Diana-.
Tendría que haber hecho algo, cualquier cosa…, como la madre de Moisés que puso a su bebé en un botecito y dejó que el río se lo llevara, pero no tendría que haber permitido que siguieran en Las Vegas para que acabara ocurriéndoles esto. Eso es lo que habría hecho una buena madre. Por lo menos Oliver está en la camioneta con su abuelo a cien metros detrás de nosotros…" -La gasolinera cerrada está delante nuestro -dijo Scott.
–La veo.
Diana redujo la velocidad e indicó que iba a girar a la derecha…, y entonces vio algo por el rabillo del ojo, dio más gas e hizo girar bruscamente el volante, y el coche se desvió sobre la gravilla y acabó deteniéndose junto a la cuneta meciéndose sobre los maltratados amortiguadores con el capó señalando hacia la dirección por la que habían venido. El motor se había calado y ya no hacía ningún ruido. – ¿Qué ocurre? – murmuró Scott con voz apremiante.
Su mano se había deslizado debajo de su camisa y tenía los dedos cerrados sobre la culata del revólver.
–Un coche… -El polvo levantado por los giros se arremolinaba al otro lado de las ventanillas del coche, que seguía meciéndose cada vez más lentamente, pero Diana podía ver lo suficiente para darse cuenta de que había sido una alucinación-. Debo de estar volviéndome loca. Creí ver un coche que salía por el camino a toda velocidad y estallaba…, por ahí arriba.
Señaló hacia un muro de cemento medio derruido que se alzaba al sur del aparcamiento de la gasolinera.
Crane volvió la cabeza hacia la dirección que le estaba señalando y entrecerró los ojos, y durante una fracción de segundo pudo ver una bola de fuego que se iba hinchando y se volvía de color negro en los bordes alzándose hacia el cielo en el silencio más absoluto…, y un instante después la bola de fuego había desaparecido sin dejar más rastro que un manchón negro en su campo visual.
–Yo también lo he visto durante un segundo… -empezó a decir Crane.
Después se calló, pero siguió con la boca abierta. Lo había visto con su ojo derecho.
Con el ojo de plástico… -¿Qué está pasando? ¿Qué era?
–No lo sé -dijo Crane.
Abrió la puerta y puso los pies sobre el pavimento de la autopista. El muro de cemento del extremo sur del solar estaba lleno de grietas y se había derrumbado en algunos puntos, y la basura traída por el viento se acumulaba a su alrededor. Parecía como si nadie se hubiera acercado a él durante décadas.
Diana también había salido del Mustang y estaba inmóvil sobre la acera.
El viento nocturno barrió el polvo y se lo llevó hacia el desierto.
Crane la miró y se encogió de hombros.
–Quizá fuese algo que ocurrió aquí hace mucho tiempo, y el que el jack y la Reina de Corazones hayan llegado juntos ha extraído viejas imágenes de las ruinas.
–Bueno, volvamos al coche. El camino está…
El seco chasquido ahogado de un disparo resonando al aire libre la interrumpió, y Crane oyó el gemido de un proyectil rebotando en el asfalto una docena de metros a su derecha. – ¡Mi padre primero! – gritó una voz desde lo alto de una colina que había detrás de la gasolinera-. Mi madre
espera en el coche, sólo un minuto. ¡Todo va estupendamente! ¡Todo va estupendamente!
"Bueno, parece que sí tienes un arma", pensó Crane recordando lo que Snayheever les había dicho en Baker hacía dos días.
–De acuerdo -murmuró-. Ozzie y Arky están aparcados un poco más atrás. Puedes ver su vehículo con las luces apagadas… ¿Lo ves? Si oyes otro disparo ve corriendo hacia allí. Ellos tendrán algunas ideas. – ¡Pero tú no eres el padre de ese tipo! ¿No crees que se dará cuenta enseguida?
–Está muy oscuro, y aparte de eso está chiflado -dijo Crane-. Si puedo acercarme a él y no está apuntando con un arma a tu hijo le mataré.
Supongo que apuntará el arma hacia mí…
–Y entonces serás tú el que morirá.
–Quizá no. De todas formas ya estoy muerto…, pregúntaselo a Ozzie.
Se irguió y fue cojeando lentamente hacia el coche. Diana había apagado los faros del Mustang y la única luz era la de la luna, pero su resplandor era lo suficientemente intenso para revelar la gasolinera abandonada, el aparcamiento y el camino de tierra que serpenteaba alejándose detrás de ella hasta llegar a la cima de la colina.
–Scott.
Crane volvió la cabeza. Diana estaba inmóvil detrás del coche, y en cuanto la miró corrió hacia él y le estrechó entre sus brazos.
–Te quiero -dijo-. Vuelve.
–Dos pajaritos enamorados -canturreó Snayheever en lo alto de la colina-, sentaditos en un árbol be e ese a ene de o ese e…
–Cristo -murmuró Diana-, aleja a mi hijo de ese hombre.
–Lo haré -dijo Crane mientras volvía a ponerse en movimiento hacia la colina-.
Quédate detrás del coche y no te muevas de ahí.
Crane subió cojeando por el camino lleno de baches y desniveles, y la brisa no sólo enfrió su piel sino que pareció clavarle un millón de aguijones como si se hubiera frotado todo el cuerpo con loción para después del afeitado. Su pierna herida le dolía mucho. ¿Por qué no había obtenido una cerveza de Mavranos aparte del arma?
Se preguntó si se parecería mucho al padre de Snayheever, y si el joven chiflado se limitaría a dispararle desde lejos en cuanto viese que Crane no
era el hombre al que estaba esperando. ¿Estaría tensando su dedo sobre el gatillo en aquel mismo instante?
Crane se encogió sobre sí mismo, pero continuó cojeando colina arriba.
Intentó imaginarse lo que sentiría al recibir un disparo con la débil esperanza de que imaginarlo le permitiría enfrentarse a ello en vez de quedarse quieto donde estaba durante un momento, girar sobre sí mismo y volver al coche cojeando, resbalando y lanzando gemidos.
"Un impacto como el de un martillazo y luego te encuentras caído en el suelo -pensó-, y después empiezas a sentir que el sitio en el que te han herido se pone caliente, se entumece y va sangrando…"
No le sirvió de nada. Cada segundo era una difícil elección entre el seguir avanzando y el volver corriendo a la maravillosa y acogedora penumbra proyectada por la carrocería del coche.
"Si te mata lo único que ocurrirá es que te reunirás con Susan", se dijo.
Pero la única imagen de Susan que podía conjurar en aquellos momentos era la de la criatura que se había estado convulsionando dentro del armario cuando Crane salió por entre los cristales rotos de la ventana de su dormitorio la noche del viernes.
"Vas a morir de todas formas por haber cometido la estupidez de haberte sentado a la mesa en esa partida de asunción -pensó con desesperación-. De esta forma morirás intentando salvar la vida del hijo de Diana…, será una muerte con un propósito en vez de una muerte totalmente inútil…, pero el morir a causa de la partida de asunción no es algo que vaya a ocurrir esta noche. Si sales corriendo mañana podrás desayunar, te podrás comer un buen desayuno acompañado por un bloody mary enorme en algún local agradable sentado al lado de Ozzie… ¿Qué haría el viejo si diera la vuelta?
¿Me lo reprocharía, me odiaría por ello? Sí -pensó Crane con desesperación y casi con enfado -, lo haría…"
Empezó a alargar el paso gruñendo al sentir las punzadas de dolor que recorrían la pierna en la que se había clavado el cuchillo. – ¡Papá! – gritó Snayheever.
Crane se detuvo tan de repente que se bamboleó hacia adelante y alzó sus ojos irritados por el sudor, pero no pudo verle. – ¿Sí, hijo?
–Has cambiado. Veo que conseguiste hacer el truco que les tiene tan nerviosos a todos. ¡Has sacado las cartas de un nuevo cuerpo! – La
excitación hizo que la carcajada del joven sonara muy estridente-. ¿Ahora también eres hermano mío?
Crane no podía aplicar la lógica a todo aquello, por lo que se limitó a responder a gritos. – ¡Exacto!
Y siguió cojeando colina arriba.
–Eso ha sido un disparo -dijo Mavranos clavando la mirada en una zona del parabrisas de la Suburban donde no había grietas y observando lo que tenían delante.
–Sí -dijo Ozzie-, pero Scott empezó a subir por la colina sin tratar de ocultarse. ¿Y Diana? ¿Sigue junto al coche?
–Sí, está agazapada detrás de él. ¿Cuánto tiempo quieres que esperemos antes de ir para allá?
–No lo sé.
Desde el asiento trasero llegó la especie de estornudo ahogado de una lata de cerveza al ser abierta.
Mavranos miró hacia atrás, se inclinó sobre el asiento y aceptó la lata que le ofrecía Oliver.
–Gracias, chico…, pero a partir de ahora yo seré el único que tocará las cervezas, ¿de acuerdo?
–Yo bebo cerveza -dijo Oliver poniéndose a la defensiva-. Dame un arma… Soy pequeño. Puedo acercarme sin que me vea y cargarme a ese gilipollas.
–A ver si hablamos mejor, Oliver -dijo Ozzie con voz malhumorada sin apartar la mirada del Mustang.
–Me llaman Perro Mordedor. – Los acontecimientos de aquella noche parecían haber provocado una excitación febril en el niño-. Hablo en serio.
Yo metí al crío en esto por dejarle solo, y puedo sacarle del lío.
–No te muevas de donde estás, Oliver -dijo Mavranos con impaciencia-, y si sales de esta camioneta te atraparé y te daré una azotaina en el trasero tal como haría con un niño pequeño, ¿entendido? Y te la daré al lado de la carretera para que todo el mundo pueda verlo.
Un deportivo blanco había pasado junto a ellos y los pilotos traseros brillaron cuando se detuvo detrás del Mustang. – ¿Quién infiernos es ése? –
preguntó Ozzie.
–Probablemente un desconocido que cree que Diana necesita ayuda.
Espero que consiga librarse de él.
–Vete preparando para llegar allí lo más deprisa posible.
Diana había albergado la débil esperanza de que el coche que acababa de llegar fuese de la policía, pero en cuanto vio al desconocido elegantemente vestido que bajó de él y empezó a caminar hacia ella se mordió el labio y fingió estar contemplando las protuberancias de la funda de cuero que cubría su volante.
Después alzó los ojos hacia él y le sonrió.
–No necesito ayuda, gracias. Mi marido se fue a buscar un teléfono hace ya bastante rato. Volverá con una grúa en cualquier momento.
–No tendrías que estar agazapada en la carretera de esa forma, Diana -
dijo el desconocido-. Un coche podría atropellarte, ¿sabes? Y si conozco a Scott te apuesto dólares contra donuts a que se ha largado en busca de una partida de póquer.
Diana se incorporó lentamente sintiéndose incapaz de hacer una inspiración profunda.
Aquel hombre debía de ser socio del chiflado de la colina.
–Tú y yo podemos ser amigos, ¿verdad? – preguntó el joven.
Estaba sonriendo, pero la claridad de la luna revelaba un rostro hinchado donde el rubor alternaba con la palidez.
–Claro -se apresuró a decir Diana.
Al parecer aquel hombre también estaba loco. "Cuando tratas con chiflados hay que seguirles la corriente", se dijo.
El joven dejó escapar el aliento como si sintiera un gran alivio y le puso un brazo sobre los hombros. Diana se obligó a no retroceder y a mantener la mueca que tensaba los músculos de sus mejillas sin preguntarse qué clase de sonrisa estarían formando.
–Dime la verdad -murmuró el hombre -. ¿Me encuentras atractivo?
"Oh, Dios", pensó Diana.
–Claro que sí -dijo. El hombre no se movió. Su cabeza aún estaba inclinada hacia abajo, como si estuviera aguzando el oído. Al parecer lo que le había dicho no era suficiente -. Yo… -Diana no sabía qué decir-. No creo que exista ninguna mujer que no le encuentre atractivo.
"Scott, ¿qué estás haciendo? – pensó-. ¿Tienes a Scat? Mata al chiflado de ahí arriba, baja enseguida y mata a este otro chiflado…"
El hombre soltó una risita.
–En esta ciudad hay algunas mujeres muy extrañas, Diana, y no lo digo en broma.
Scott puede llevar tu coche a Las Vegas, ¿verdad? ¿Qué te parece si tú y yo nos metemos en mi Porsche y vamos a cenar? Las Vegas puede ser una ciudad muy romántica… -Le apretó los hombros-…, si posees la madurez y la confianza en ti mismo necesarias y si estás abierto a nuevas experiencias.
–Creía que…, que ustedes querían hablar conmigo…, los dos, quiero decir. ¿Y mi hijo? – ¿Tienes un hijo? Estupendo, me gustan las mujeres que han tenido un poco de experiencia de la vida. Yo… -¿Sabe por qué estoy aquí?
–Supongo que habrás tenido algún problema con el coche.
Probablemente será algo muy sencillo, algo que Scott no posee la aptitud mecánica necesaria para resolver.
Después de la cena podemos…
Diana se retorció librándose de aquel medio abrazo y retrocedió dos pasos sobre el pavimento. – ¿Me está diciendo que no es más que un tipo que pasaba por aquí? ¿No tiene nada que ver con todo esto?
–Quiero participar en lo que ocurre -se apresuró a decir el hombre-.
Deja que te ayude. Sé comportarme durante las crisis…
Diana estaba sollozando de pura furia. – ¡Déjame en paz, montón de mierda! ¡Largo, joder! Llévate ese culito de inútil tuyo a ese coche de mamón, ponlo en marcha y sal pitando de aquí. ¡Vete!
El hombre había empezado a retroceder.
–D-D-Diana, no voy a tolerar…
Diana abrió la puerta derecha del Mustang, se metió dentro y la cerró dando un golpe seco.
–Esfúmate, cebo para maricas -dijo.
El hombre volvió corriendo a su coche, lo puso en marcha y pasó a toda velocidad junto al Mustang a tan poca distancia que Diana tensó los músculos preparándose para el impacto. El hombre esquivó el Mustang por los pelos, y un instante después su coche blanco ya no era más que dos puntitos rojos que se fueron empequeñeciendo en el espejo retrovisor.
–Tendría que matarte, papá.
La brisa que soplaba en lo alto de la colina enfriaba el rostro sudoroso de Crane.
Estaba jadeando, en gran parte por el esfuerzo que le había exigido subir hasta la cima.
–No conoces toda la historia -dijo.
Quería volver la cabeza para mirar hacia el sitio en el que le esperaba Diana, pero se obligó a clavar la mirada en los ojos de Snayhee-ver y a sonreír confiadamente mientras concentraba una parte de su atención en la pequeña automática que el joven sostenía en su mano. – ¿He visto este cuerpo antes…, el nuevo?
–No lo creo -dijo Crane.
Agradeció el que su cabellera empapada en sudor le hubiese caído sobre la frente y el haber estado en el aparcamiento de El Griego Loco durante casi toda la partida de Adelante Pez.
Snayheever mantuvo su arma apuntada hacia él durante casi diez segundos mientras el viento siseaba por entre los matorrales resecos.
Después se volvió y apuntó el cañón hacia el desierto.
–Vayamos a la caja -dijo-. Me alegra que estés aquí, eso es lo que es la verdad.
Necesito saber más cosas sobre mi madre antes de hablar con ella.
Crane sabía muy bien que lo que debía hacer era sacar su arma y disparar contra el joven sin perder ni un instante -y su mano se movió hacia el faldón de la camisa que aleteaba en el viento-, pero un instante después Snayheever ya había hecho girar el cañón de su automática y el arma apuntaba al plexo solar de Crane.
El momento había pasado.
–Después de ti, papá -dijo el joven.
Crane se encogió de hombros hirviendo de furia por dentro y reprochándose su indecisión, y empezó a caminar.
La caja resultó ser una especie de cobertizo hecho con delgadas planchas de madera.
Crane tuvo que inclinarse para entrar en ella. Había una claraboya, y la luz de luna que se filtraba en el interior le permitió ver un niño sentado en una silla. Una ancha tira de cinta adhesiva brillaba sobre su boca y sobre sus muñecas allí donde estaban sujetas a las patas de atrás de la silla. El niño tenía los ojos muy abiertos.
Crane volvió la mirada hacia Snayheever, quien había entrado detrás de él. El cañón del arma de Snayheever apuntaba a un punto intermedio entre
Scat y Crane.
"Todavía no -pensó Crane-. Espera hasta que haya desviado el arma o, por lo menos, hasta que me apunte de lleno."
Contempló el interior del cobertizo mientras intentaba parecer lo más relajado posible.
En un rincón había una caja cubierta con una tela que parecía franela, y la presencia de la claraboya le sorprendió lo suficiente para alzar los ojos hacia ella. La claraboya era de cristales coloreados, aunque en aquellos momentos sólo emitía un espectro de grises.
Crane había soñado con aquel sitio el día anterior. En el sueño había una copa y una punta de lanza sobre la caja tapada con la tela.
–Aja -dijo Snayheever asintiendo espasmódicamente con la cabeza-.
Ayer fui el cuidador. El Sábado Santo todos tendréis que luchar para decidir quién se queda con ellas durante el próximo ciclo.
Snayheever estaba temblando y tenía el ceño fruncido. Crane hizo un ensayo mental de cómo sacaría la 357, la apuntaría y dispararía.
–Estos temblores son culpa tuya -dijo Snayheever-. Disquinesia tardía provocada por las cantidades excesivas de torazina que me administraron. –
Movió el arma que oscilaba hacia arriba y hacia abajo, y señaló con el cañón al niño de la silla-. Ahora mamá está aquí, y la verdad es que no necesito hermanos. En mi cabeza algunas veces los ojos ruedan a causa de esto, y después Aristarco se soltaría y me mataría para no compartir a la madre.
El niño tenía los ojos abiertos como platos. Sus muñecas sujetas por la cinta adhesiva tiraban de las patas de la silla, y un zumbido estridente escapaba de debajo de la tira que le cubría la boca.
Crane no podía disparar contra Snayheever…, no mientras su arma apuntase a Scat.
Había muchas probabilidades de que el shock provocado por el impacto de una bala hiciese que Snayheever apretara el gatillo.
Cuando abrió la boca y habló, Crane pudo sentir el palpitar de la sangre en sus oídos.
–Mira lo que te he traído -dijo en voz baja y suave.
Snayheever hizo girar el arma hacia él, y Crane movió la mano y sacó la 357 de debajo de su cinturón.
La pequeña automática de Snayheever disparó, y mientras disparaba su arma Crane sintió aquel puñetazo caliente en su costado justo sobre el extremo de su pelvis. Amartilló el revólver para volver a disparar, saltó a un lado haciendo caer la silla al suelo y se puso de rodillas detrás de ella ocultando a Scat con su cuerpo para protegerlo de nuevos disparos.
La detonación del 357 había hecho que le zumbaran los oídos y el destello surgido del cañón casi le había cegado, pero pudo ver cómo Snayheever buscaba a tientas la automática. El arma giraba sobre el suelo en el centro de un charco de claridad lunar.
Crane alzó el revólver por encima de su hombro y lo dejó caer con fuerza sobre la nuca de Snayheever.
El revólver casi le dislocó la muñeca cuando volvió a disparar pillándole por sorpresa y sin que tuviera los músculos preparados para aguantar el retroceso, y mientras se desplomaba hacia adelante cayendo sobre el cuerpo de Snayheever fue rociado por un diluvio de trocitos de cristal.
Crane se sentó en el suelo, cogió el arma de Snayheever con su mano izquierda y la arrojó por el hueco de la claraboya destrozada. Después se puso en pie y se apoyó en la caja-altar para no perder el equilibrio.
Snayheever parecía estar inconsciente. Crane volvió a guardar el revólver recalentado por los disparos debajo de su cinturón y metió la mano en el bolsillo para coger su cuchillo. Todo su cuerpo temblaba violentamente.
La Suburban ya estaba aparcada detrás del Mustang cuando Crane y el chico llegaron a la cima de la colina, y Mavranos había recorrido la mitad de la distancia que había entre la cima y la autopista corriendo agazapado con la 38 brillando en su mano. Ozzie abrazaba a Diana al lado del Mustang, quizá para impedirle que se moviese de allí. – ¡Todo va bien! –
gritó Crane con voz enronquecida, y se tambaleó. Tenía la mano derecha tensa sobre el costado-. ¡Soy yo, con el chico!
Mavranos corrió el resto de la distancia hasta la cima y se detuvo junto a él jadeando.
–Maldita sea, Pogo -boqueó Mavranos-, ¿estás herido?
–Sí -murmuró Crane entre dientes-. Salgamos de aquí antes de ocuparnos de eso.
El chiflado está inconsciente dentro de un cobertizo que hay por ahí atrás. No creo que haga falta volver y matarle, ¿no te parece?
–No, no, limitémonos a salir de aquí tal como dices. Diana y sus crios pueden estar en Provo o en algún otro lugar al amanecer. Y tú, chico, ¿estás bien?
Scat asintió en silencio.
–Tu mamá está ahí abajo. Ve a decirle hola. El chico miró colina abajo, vio el Mustang de Diana y echó a correr. – ¡Con cuidado, chico! – gritó Mavranos siguiéndole con la mirada. Después se inclinó y tiró de la camisa de Crane apartando la tela empapada en sangre de su costado-. Oh, esto no es tan grave como parece, amigo. Sólo te ha hecho un surco…, ni siquiera ha tocado la capa muscular, y la hemorragia no es más abundante que la que obtendrías de un corte profundo. No hay derramamiento arterial. Puedo vendártelo; no es nada comparado con lo que le hiciste a tu pierna.
Crane dejó que sus hombros se encorvaran.
–Estupendo. Ocúpate de eso y luego nos iremos de aquí.
Se había pasado todo el apresurado y difícil trayecto desde la caja hasta la cima de la colina imaginándose que iba a desmayarse por la pérdida de sangre, y que en el mejor de los casos acabaría despertando en una cama de hospital con el cuerpo convertido en un alfiletero de drenajes y tubos intravenosos y con una bolsa de colostomía.
–Arky -dijo con un hilo de voz-, cuando lleguemos ahí abajo me beberé una de tus cervezas a toda velocidad, y luego me beberé otra muy despacio.
Mavranos se echó a reír.
–Y yo te acompañaré, y si el viejo Ozzie pone pegas me sentaré encima de él.
Mavranos deslizó un brazo bajo los hombros de Crane sosteniendo su peso y empezaron a bajar por el camino de tierra. Crane pudo ver cómo Diana se apartaba de Ozzie y echaba a correr atravesando el aparcamiento de la gasolinera y dejaba atrás el muro de cemento.
–Ahí viene Diana -dijo Crane. Se sentía tan feliz que se olvidó de tragar aire-. He salvado a su hijo.
–Y has obtenido una herida en la batalla -dijo Mavranos-. Quizá debería dejar que fuese ella quien se encargara de remendarte…
Unos faros se aproximaban por la autopista desde el sur, y la velocidad con que venían hacia ellos disminuyó en cuanto estuvieron más cerca de los