La última partida

Tim Powers · Capítulo 9 de 54

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La última partida

Capítulo 7

Scott empezó a alargar los dos brazos hacia el montón de billetes, pero Leroy -quien había abandonado la mesa después de vender su mano a Scott-acababa de volver y dio un paso hacia adelante.

–Puede que no consigan vencer al propietario del barco en el que estamos jugando -dijo, y sonrió mostrando unos dientes bien formados, grandes y muy blancos-. Creo que hay trece mil seiscientos cincuenta sobre la mesa.

Sacó una billetera de cuero del bolsillo interior de su chaqueta y separó cuidadosamente trece billetes de mil dólares, seis de cien y uno de cincuenta del fajo que contenía. Después se inclinó hacia adelante y los puso sobre el montón de dinero.

Una ráfaga de aire seco y cálido procedente del desierto entró por las portillas abiertas, y Scott sintió el olor de la piedra recalentada abrasándole la garganta.

–Reclamo la asunción -dijo Leroy.

7

Es toda suya Scott se echó hacia atrás, puso las manos sobre el canto de la mesa y sonrió a su nuevo oponente mientras le contemplaba con curiosidad. Se había olvidado de que Newt le había explicado que a Leroy le encantaba hacer aquella apuesta.

Scott había invertido tres mil cincuenta dólares en aquella partida contando los mil doscientos que había pagado por la mano de Leroy. Si perdía eso reduciría su capital de los más de veinticinco mil con que creía contar antes de que Leroy hubiese hablado -unas tres veces más de lo que tenía al subir a la embarcación- a menos de doce mil; pero si ganaba…, si ganaba entonces tendría casi treinta y ocho mil dólares, y como mínimo las probabilidades estaban a favor de Scott.

El jugador que repartía se encogió de hombros, recogió las cartas y las barajó varias veces, se las entregó a otro jugador para que cortase y deslizó la baraja sobre el fieltro hasta que el montón de cartas se detuvo delante de Scott después de haberse movido tan lenta y pesadamente como un ladrillo.

El humo de los cigarrillos había formado un embudo invertido que flotaba sobre el centro de la mesa como si fuera un tornado diminuto moviéndose a cámara lenta.

Scott deslizó los dedos sobre los bordes del mazo de cartas sin dejar de sonreír y cortó por el medio levantando la mitad superior y enseñando la carta puesta al descubierto a los jugadores -lo que le valió algunas miradas de simpatía-, y mirándola después.

Era el tres de copas. Sólo había cuatro cartas en la baraja que tuvieran menos valor -los doses-, y sólo tres que pudieran ligar con ella. Siete cartas de entre setenta y cinco…, una posibilidad entre ocho y media.

Scott se acabó la cerveza sin dejar de enseñar la carta sintiendose orgulloso de que su mano no temblara ante lo que era una derrota casi segura. No tuvo que echar el vaso demasiado hacia atrás para apurar la cerveza.

Volvió a poner las cartas sobre el resto de la baraja, y la empujó a través de la mesa en dirección al jugador que daba cartas, quien volvió a barajar, la pasó para que fuese cortada y la deslizó hasta el sitio en el que se había sentado Leroy.

Leroy se inclinó hacia adelante y curvó su mano morena sobre las cartas. Durante un momento pareció estar acariciándolas con mucha delicadeza, y Scott tuvo la certeza de que estaba haciendo trampas y de que Leroy buscaba una señal en los bordes. Ozzie le había enseñado hacía mucho tiempo que los tramposos debían ser utilizados o evitados pero nunca desafiados, especialmente si estabas jugando una partida con desconocidos.

Leroy alzó un segmento de la baraja, y la carta que quedó al descubierto era el dos de bastos.

Los otros jugadores lanzaron suspiros y algunos silbidos ahogados, pero Scott apenas los oyó porque la emoción de comprender que había ganado después de todo hizo que le empezaran a zumbar los oídos.

Alargó una mano, y empezó a recoger los billetes y ordenarlos en montoncitos alegrándose de poder sentir el contacto del revólver que le presionaba el hueso de la cadera por debajo del suéter.

Leroy se sentó a su lado y Scott le miró.

–Gracias -dijo.

Las pupilas de Leroy estaban un poco más dilatadas de lo normal, y el pulso latía rápidamente en su cuello.

–Sí -dijo con voz impasible mientras meneaba la cabeza-. No sé cuándo aprenderé que debería dejar de hacer este tipo de apuestas.

Scott dejó de recoger billetes y amontonarlos. "Todo eso son pistas falsas -pensó -.

Leroy está fingiendo que lamenta haber perdido." -Se va a llevar el dinero por la mano -observó Scott.

–Eh… Sí.

Scott volvió a ser consciente del contacto del metal pegado a su cadera.

–Vendió la mano.

–Supongo que podría expresarlo de esa forma.

–Y yo la he comprado -dijo Leroy-. La he asumido.

Le ofreció su mano derecha.

Scott dejó unos cuantos billetes sobre la mesa, puso cara de perplejidad y acabó extendiendo el brazo para estrechar la mano del hombretón del traje blanco.

–Es toda suya -dijo Scott.

Es toda suya.

Y veintiún años después Scott Crane estaba sentado detrás del volante de su viejo Ford Torino yendo en dirección norte atravesando la oscuridad de la carretera 5 hacia la 10 y Venice, y recordó el consejo que le había dado Ozzie sobre las partidas en las que el humo y los niveles de las bebidas se comportaban de una forma extraña: Abandona. No sabes qué podrías ganar o perder cuando llegue el momento de enseñar las cartas.

No había vuelto a ver a Ozzie después de la partida en el lago.

Cuando Scott regresó al Mint el anciano ya se había marchado del hotel.

Scott alquiló un coche y cruzó el desierto en dirección oeste hasta llegar a Orange y Santa Ana, y cuando llegó a la casa se encontró con que estaba vacía y vio un sobre clavado con una chincheta en el marco de la puerta principal.

El sobre contenía una copia legalizada de un documento de renuncia a la propiedad que cedía la casa a Scott.

Scott había hablado con Diana unas cuantas veces por teléfono en los años transcurridos desde entonces, y la conversación más reciente había tenido lugar en 1975 después de que se hubiese atravesado el tobillo con el arpón, pero tampoco había vuelto a verla…, y no tenía ni la más mínima idea de dónde podían estar viviendo Ozzie o ella.

Crane echaba de menos a Diana bastante más que al viejo Ozzie.

Crane tenía diecisiete años cuando él y Ozzie fueron a Las Vegas en 1960 para recoger a Diana. La partida en el lago aún estaba a nueve años en el futuro.

Crane y Ozzie volvían a casa después de haber visto una película -Scott aún recordaba que habían visto Psicosis-, y en la radio estaba sonando Estás solo esta noche de Elvis Presley cuando Ozzie detuvo el Studebaker junto a la acera del bulevar Harbor. – ¿Qué aspecto te parece que tiene la luna? –

preguntó Ozzie.

Scott se había vuelto hacia el anciano preguntándose si se trataría de alguna adivinanza. – ¿La luna?

–Mírala.

Scott se inclinó sobre el salpicadero para alzar los ojos hacia el cielo; y pasados unos segundos acabó abriendo la puerta y bajó a la acera para verla con más claridad.

Los puntitos y manchas grisáceas esparcidas sobre la luna le daban el aspecto de una calavera que estuviese gimiendo. El puntito brillante que era Venus estaba muy cerca de ella, más o menos allí donde habría tenido que estar la clavícula derecha de la luna.

Oyó aullar a unos perros…, y aunque no había nubes visibles la lluvia empezó a caer del cielo y creó puntitos negros sobre la acera. Scott volvió a entrar en el coche y cerró la puerta.

–Bueno, parece una calavera -admitió.

La tendencia a ver portentos en los acontecimientos más corrientes de la que siempre daba muestra Ozzie empezaba a irritarle un poco, y esperaba que el anciano no insistiría en que fuesen a nadar en el océano o que subieran a la cima del Monte Wilson, tal como había hecho alguna que otra vez en el pasado.

–Una calavera que sufre -dijo Ozzie-. ¿Hay una baraja en el coche? –

¡Es noviembre! – protestó Scott.

Las normas de Ozzie prohibían tener ningún tipo de contacto con las cartas hasta la primavera.

–Sí…, y de todas formas es mejor no mirar por la ventanilla -dijo el anciano con voz pensativa-. Algo podría devolverte la mirada. Bueno, ¿y monedas de plata? Eh… Tres monedas, y que haya mujeres en ellas.

La guantera estaba llena de matriculaciones viejas, cigarrillos rotos y fichas de dólar procedentes de una docena de casinos. Scott hurgó entre

aquella acumulación de desperdicios y acabó encontrando tres dólares de plata.

–Ahí dentro tiene que haber un rollo de cinta adhesiva -dijo Ozzie -.

Sujeta unos centavos en la cruz de las monedas. Hace tiempo le oí decir a una mujer que era medio bruja que el cobre es el metal de Venus.

Scott encontró la cinta adhesiva y pegó centavos a los dólares de plata mientras envidiaba a sus amigos de la secundaria que no tenían padres que les obligaran a hacer aquel tipo de cosas.

–Y necesitamos una caja para ponerlas dentro -siguió diciendo Ozzie--.

Hay una caja de galletas de vainilla por abrir en el asiento de atrás. Tira las galletas a la calle…, todavía no. Hazlo cuando estemos cruzando Chapman.

Es mejor hacerlo en una intersección…, un cruce de caminos.

Ozzie volvió a poner el coche en marcha y siguieron avanzando.

Scott abrió la caja y arrojó las galletas por la ventanilla mientras el Studebaker se deslizaba por el cruce, y después dejó caer los dólares de plata dentro de la caja.

–Sacúdelos como si fuesen dados -dijo Ozzie- y dime cuántas caras y cruces salen.

Scott sacudió la caja y tuvo que volver a hurgar en la guantera hasta encontrar una linterna.

–Eh… Dos cruces y una cara -dijo sosteniendo la linterna junto a su oreja y contemplando el interior de la caja.

–Y vamos hacia el sur -dijo Ozzie -. Voy a hacer unos cuantos desvíos.

Sigue sacudiéndolas y ve fijándote en lo que sale, y avísame cuando sólo haya caras.

Ozzie se desvió hacia el este por el bulevar Westminster y un instante después Scott bajó la mirada hacia la caja y vio tres caras, tres bajorrelieves de plata que formaban tres perfiles de mujer, y no pudo evitar sentir un escalofrío.

–Ahora son todo caras -dijo.

–Bien, pues hacia el este -dijo Ozzie, y pisó el acelerador.

Las monedas les hicieron salir del área de Los Ángeles y cruzar San Bernardino y Victorville antes de que Scott reuniera el valor suficiente para preguntar a Ozzie adonde iban. Scott había albergado la esperanza de pasar la noche terminando la novela de Edgar Rice Burroughs que había empezado a leer.

–No estoy seguro -replicó el anciano con voz tensa-, pero parece que a Las Vegas.

"Bueno, adiós a Los hombres monstruo", pensó Scott. – ¿Y por qué vamos allí? – preguntó consiguiendo que su tono de voz apenas delatara su impaciencia.

–Ya viste la luna -dijo Ozzie.

Scott se obligó a contar hasta diez muy despacio antes de volver a hablar. – ¿Y qué diferencia habrá entre la luna de Las Vegas y la que habríamos visto en casa?

–Alguien está matando a la luna…, a la diosa. Parece que alguna mujer ha asumido la…, la divinidad y alguien la está matando. Creo que es demasiado tarde para ella y no conozco las circunstancias exactas, pero tiene una niña pequeña… Un bebé, de hecho, a juzgar por lo cerca que estaba Venus de la luna cuando la vimos.

"Y aquí estoy yo -pensó Scott-, sosteniendo una caja de galletas de vainilla dentro de la que hay tres dólares de plata llenos de migajas con centavos pegados a ellos, yendo a Las Vegas y no pudiendo leer a Edgar Rice Burroughs…, porque esta noche Venus estaba muy cerca de la luna, y lo más probable es que Venus siempre esté muy cerca de la luna." -Papá -

dijo Scott haciendo acopio de todo el valor de sus diecisiete años-, no pretendo faltarte al respeto, pero…, pero todo esto es una locura. Para empezar, puede que estén matando a una señora en Las Vegas esta noche, pero eso no es algo de lo que puedas enterarte mirando al cielo, y si tiene un bebé eso no tiene nada que ver con Venus. Lo siento, no quería… Y aun suponiendo que fuera así, ¿qué se supone que hemos de hacer al respecto?

¿Cuál es la razón de que eso deba preocupar a dos tipos de California y no a alguien de Las Vegas?

Ozzie se rió sin apartar la mirada ni un instante de la autopista que corría hacia ellos al otro lado del parabrisas.

–Crees que tu viejo está chiflado, ¿eh? Bueno, puedo asegurarte que en Las Vegas hay un montón de personas a las que les encantaría encargarse del asunto. Esa cría es hija de la diosa, y puedes apostar a que eso la convierte en una A-M-E-N-A-Z-A para ellos…, una gran amenaza. Si crece podría echar del trono al Rey, y a ciertas personas no les haría ninguna gracia que eso ocurriera… Y hay otras personas que quieren que crezca, pero que querrían ser…, bueno, querrían ser algo así como su agente

artístico, ¿entiendes? Darle órdenes, utilizarla…, trepar hasta lo alto de la torre mediante su cabellera de Rapunzel, igual que en el cuento de hadas…, sí señor, treparían por su cabellera hasta llegar a lo alto de la torre, te lo aseguro.

Scott suspiró y se removió en el asiento.

–Vale, vale, pero… Oye, si no encontramos ningún bebé supongo que estarás de acuerdo en que…

–Lo encontraremos. Te encontré a ti, ¿no? Scott parpadeó. – ¿A mí? ¿Es así como me encontraste?

–Aja.

Scott guardó silencio durante medio minuto. – ¿Metiste monedas dentro de una caja de galletas y las sacudiste? – ¡Ja! ¡Sarcasmo! – Ozzie se volvió hacia él y le guiñó un ojo -. Crees que tu viejo está chiflado, ¿verdad? Eh, una tarde del cuarenta y ocho estaba nadando en Laguna y el oleaje estaba lleno de peces. ¿Sabes lo que se siente cuando no paran de chocar contigo por debajo del agua y no te queda más remedio que salir porque sabes que acabarán atrayendo a las barracudas? Bueno, pues eso es lo que me ocurrió entonces, y el cielo estaba lleno de cirros, y parecía como si estuviesen deletreando algo en un lenguaje para el que de momento nadie ha encontrado la piedra de Rosetta que permita descifrarlo, y ese anochecer Saturno brillaba en el cielo como si fuese la cabeza de un fósforo y estoy seguro de que si hubiese tenido un telescopio a mano habría podido ver cómo todas sus lunas desaparecían detrás del planeta y eran devoradas tal como los mitos dicen que Saturno devoró a sus hijos… Goya pintó un cuadro sobre eso, y si lo vieras te aseguro que te cagarías de miedo.

Los carteles de la autopista estaban empezando a hablar de Barstow, pero Scott no le pidió a su padre adoptivo que parase para cenar.

–Cogí una baraja -siguió diciendo Ozzie- y empecé a barajar las cartas y a desplegarlas para averiguar dónde tenía que ir, y las cartas me llevaron a Lakewood, donde te encontré dentro de esa embarcación; y crucé el aparcamiento caminando muy, muy despacio con mi mano apretando la culata del viejo 45 que usaba en aquellos tiempos porque sabía que no era el único que te habría estado siguiendo la pista. Siempre hay algún Rey Herodes en circulación… Y cuando fui a ver al doctor Malk seguí una ruta llena de giros y desvíos, eso también puedo asegurártelo.

Scott meneó la cabeza. No quería creer que cosas tan extrañas y morbosas pudieran ser realidad.

–Así que soy el hijo de una diosa, ¿eh?

–Eres el hijo de un Rey, y de la peor especie…, un Saturno honorario.

Te busqué hasta encontrarte por la misma razón por la que vamos a encontrar a esa pequeña esta noche…, para que pudieses crecer fuera de la red y decidir lo que querías hacer en cuanto fueses lo bastante mayor para comprender las reglas del juego.

Llegaron a Las Vegas alrededor de medianoche. Ozzie ordenó a Scott que siguiera sacudiendo la caja y le informara continuamente de los resultados mientras el coche avanzaba por las calles brillantemente iluminadas. La pila de la linterna ya estaba empezando a debilitarse cuando de repente doblaron una esquina y vieron las luces rojas de los coches de policía girando a toda velocidad junto a una de las entradas laterales del Stardust.

Ozzie aparcó el coche y se unieron a la multitud que se apelotonaba en la acera alrededor de los coches patrulla. El aire nocturno era caliente, y un viento seco procedente de las montañas soplaba sobre la ciudad alejándose en dirección al oeste.

–Alguien le ha disparado a una mujer -dijo un hombre en respuesta al

"¿Qué ha ocurrido?" de Ozzie.

–Le han disparado a Lady Issit, la que ha estado haciendo picadillo a todo el mundo en las mesas de póquer -añadió otro hombre-. He oído comentar que un gordo le disparó dos o tres veces en plena cara.

Ozzie se había alejado y estaba sacudiendo la caja de galletas de vainilla para hacer bailar las monedas. Scott le siguió.

–Ha escondido al bebé o Venus habría estado detrás de la luna -dijo Ozzie-. Y la luna sigue arriba y Venus está abajo, así que el bebé tiene que seguir vivo en algún sitio.

Recorrieron el bulevar Las Vegas en un sentido y en otro durante más de una hora.

Ozzie no paraba de sacudir la caja y contemplar las monedas, y Scott se iba sintiendo más incómodo e impaciente a cada nuevo recorrido.

Y aunque le disgustó admitirlo Scott no sintió ni la más mínima sorpresa cuando oyeron el llanto de un bebé detrás de una hilera de arbustos en el lado sur del Sands.

–Cuidado -dijo Ozzie nada más oír el llanto.

El anciano ya había metido una mano dentro de su chaqueta, y Scott supo que acababa de agarrar la culata del Smith Wesson del 38.

–Toma. – Ozzie se volvió hacia Scott y le entregó el arma-. Mantenía oculta a menos que veas que alguien viene hacia mí.

Estaban a pocos pasos de los arbustos, y Ozzie volvió enseguida sosteniendo en sus brazos un bebé envuelto en una manta de color crema.

–Volvamos al coche -dijo Ozzie con voz tensa-, y no te fijes en nosotros…, mira a tu alrededor.

El bebé había dejado de llorar y estaba chupando un dedo del anciano.

Scott se puso detrás de Ozzie e hizo girar su cabeza de un lado a otro, y de vez en cuando caminaba hacia atrás para controlar los 360 grados de los alrededores. Ya no dudaba de su padre adoptivo.

Sólo tardaron cinco minutos en llegar al coche. Ozzie abrió la puerta del asiento de pasajeros y recuperó el arma, Scott entró en el coche y Ozzie le alargó el bebé… … y durante un momento Scott pudo sentir no sólo el peso del bebé en sus brazos, sino que también pudo sentir el contacto de la manta que le rodeaba y unos brazos que se curvaban sobre su cuerpo para protegerlo. Una parte de su mente o de su alma que había vivido años sin estar conectada dejándose empujar de un lado a otro por las brisas psíquicas por fin había logrado establecer la conexión, y Scott estaba compartiendo las sensaciones del bebé…, y supo que el bebé estaba compartiendo las suyas.

Su mente captó la presencia de una personalidad en la que sólo había miedo y asombro. "Estás a salvo -pensó-. Cuidaremos de ti; vamos a llevarte a casa."

La conexión que compartía con el bebé estaba empezando a debilitarse, pero Scott aún tuvo tiempo de captar una débil emanación de alivio, esperanza y gratitud.

Ozzie se sentó detrás del volante y puso en marcha el motor. – ¿Estás bien? – preguntó lanzando una rápida mirada de soslayo a Scott.

–Uh… -balbuceó Scott. La conexión había desaparecido o se había debilitado hasta quedar por debajo del nivel en el que podía captarla, pero aún estaba tan afectado por la experiencia que no estaba muy seguro de si se echaría a llorar, a reír o a temblar incontrolablemente dentro de un momento-. Claro – logró decir por fin -. Es sólo que…

Bueno, nunca había tenido en brazos a un recién nacido.

El anciano le contempló en silencio durante un instante antes de poner la primera y llevar el coche hacia la calzada.

–No había pensado en eso -dijo combinando las miradas hacia adelante con los rápidos vistazos al espejo retrovisor-. Es algo que… no había tomado… en consideración. – Volvió la cabeza hacia Scott y le observó unos instantes con expresión preocupada-. ¿Crees que podrás aguantarlo?

"Pregúntaselo a ella", pensó Scott.

–Claro -dijo.

Durante el largo trayecto a casa Ozzie había alternado el conducir muy deprisa con el ir muy despacio y no había parado de preguntar a Scott qué faros veía detrás de ellos.

Cuando llegaron a las familiares calles de Santa Ana el anciano estuvo más de una hora conduciendo en círculos encendiendo las luces y apagándolas antes de acabar deteniendo el coche delante de su casa.

La presencia de Diana fue justificada diciendo que era otro bebé ilegítimo de la prima de Ozzie. La prima inexistente ya tenía una pésima reputación.

Scott Crane entró en la calle Washington y detuvo el Torino delante del bungalow de Chick Hurzer. Apagó el motor y los faros, y se quedó inmóvil en la oscuridad durante unos minutos. Por primera vez en trece semanas estaba pensando en una pérdida distinta a la de su esposa.

Ozzie, Diana y Scott.

Durante el tiempo que pasaron viviendo en aquella vieja casa habían sido una familia…, su familia. Scott había alimentado a Diana, la había ayudado a aprender a leer y había admirado los dibujos hechos con rotulador que traía a casa cuando estaba en primero y en segundo curso. El año 1968 Diana hizo un dibujo suyo como regalo de Navidad. En una ocasión se fracturó el brazo al caerse del laberinto metálico de la zona de juegos infantiles del parque, y en otra ocasión el hijo de un vecino le arrojó una roca a la frente y Diana sufrió una leve conmoción; y en ambas ocasiones Scott se encontraba a kilómetros de distancia pero se había enterado al instante de lo ocurrido y había corrido a reunirse con ella.

"No tendría que haber ido a esa partida en el lago -pensó mientras parpadeaba impacientemente para librarse de las lágrimas-, y Ozzie no tendría que haberme dejado ir allí."