La última partida

Tim Powers · Capítulo 30 de 54

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La última partida

Capítulo 27

Diana había echado a correr hacia la puerta trasera gritándole que la siguiera en cuanto oyó la primera palabra.

Hans incluso llegó a colgar el auricular y dar un paso en pos de ella antes de acordarse de su orgullo. "No necesito tener a mi lado a una maldita histérica -se dijo -. Soy un escritor…, un creador que no necesita ayuda de nadie para crear."

27

El coche me da igual, pero ¿podríamos irnos ahora?

Trumbill lanzó una última mirada al dúplex que se alzaba al otro lado de la calle, dejó el auricular sobre su soporte, cogió el diminuto transmisor de radio y se levantó. Se había puesto los pantalones, la camisa y los zapatos en cuanto vio llegar a la policía, y un instante después ya estaba doblando la esquina del pasillo llevando consigo el transmisor para estar lo más lejos posible del cristal de la ventana.

Diana corrió por entre los cubos de basura y la barbacoa de gas y cruzó a toda velocidad la extensión de hierba seca y rala dirigiéndose hacia la valla de madera que había en la parte trasera del patio, y en el mismo instante en que se preguntaba si no estaría haciendo el ridículo ya había saltado hacia arriba, se había agarrado a la parte superior de un par de tablones sintiendo cómo amenazaban con astillarse bajo sus dedos y estaba corriendo a través de la calzada desierta de la avenida Sun con la vieja mantita amarilla aleteando suspendida de su puño.

Ozzie había abierto la puerta del taxi, había sacado los pies para colocarlos encima del pavimento y había empezado a incorporarse… …

cuando el bam ensordecedor golpeó el aire y cerró la puerta del taxi haciéndola chocar con él y derribándole sobre la hierba.

Toda la parte delantera del apartamento de Diana acababa de estallar convirtiéndose en un millón de tablones y trozos de cemento que volaron por los aires y se esparcieron por la calle, y cuando el aturdido anciano consiguió sentarse sobre la hierba vio cómo una nube de humo sucio se alzaba hacia el cielo azul igual que si fuera un hongo. Lo único que podía oír era el estridente zumbido de sus oídos, pero pudo ver trozos de tejas y ladrillos que caían sobre la hierba a su derecha y se desmenuzaban al chocar con la acera repentinamente cubierta de humo, y sintió la picazón de un acre olor químico muy parecido al del ozono empezando a irritarle la nariz.

Oliver ya había salido del taxi y corría hacia el apartamento destrozado.

El taxista tiró de Ozzie ayudándole a levantarse. Estaba gritando algo, pero Ozzie le apartó de un empujón y echó a correr en pos del chico.

Era como caminar en ciertos sueños particularmente frustrantes que había tenido. El esfuerzo de arrastrar primero una pierna y luego la otra moviéndolas a través de la espesa sopa en que se había convertido el aire resultaba tan agotador que Ozzie tuvo que bajar la vista hacia la acera llena de escombros para asegurarse de que estaba avanzando, y de que su cuerpo no se limitaba a flexionar los músculos y sudar sin moverse del sitio.

Un trozo de cañería metálica de medio metro de longitud se estrelló contra el pavimento delante de él y salió despedido al instante para destrozar un arbusto de la acera, y Ozzie oyó el tañido débil y distante que había producido al caer. Un chorro de llamas de un metro de largo aleteaba allí donde había estado la cocina. El apartamento contiguo estaba relativamente intacto, aunque no había cristales en ninguna de sus ventanas.

Oliver estaba inmóvil en la acera con los brazos extendidos a los lados.

Un instante después cayó de rodillas y pareció estar vomitando violentamente o sufriendo convulsiones, y Ozzie tuvo la impresión de que el chico se estaba obligando a hacer todo aquello -a pesar de que los espasmos parecían estar a punto de romperle las costillas-, de la misma forma en que una persona podría cortarse la mano hasta convertirla en un montón de cintas ensangrentadas sólo para separar de su carne la insoportable intrusión de una astilla que no tenía nada que ver con ella.

Un instante después Ozzie parpadeó y se frotó los ojos, y se preguntó si habría sufrido una conmoción al ser golpeado por la puerta del taxi, pues le pareció estar viendo doble.

Al lado del niño acurrucado sobre la acera y ocultando la mitad de su cuerpo había un duplicado suyo semitransparente.

Oliver no se movió, pero el duplicado se puso en pie, giró sobre sí mismo y se fue volviendo cada vez más transparente hasta alcanzar la invisibilidad.

Ozzie tenía dificultades para respirar, y cuando dejó escapar el aire se dio cuenta de que le sangraba la nariz. Debía de haber sangre por toda la pechera de su camisa.

Logró cojear hasta Oliver, que se había puesto de rodillas. Ozzie se arrodilló a su lado.

El rostro del niño estaba muy rojo y convulsionado por violentos sollozos, y cuando Ozzie le rodeó con sus brazos Oliver se aferró al anciano como si fuera la única persona que había en el mundo aparte de él.

Diana estaba en la lavandería del edificio de apartamentos que había al otro lado de la avenida Sun. Se había apoyado en una lavadora y esperaba a que su respiración y su pulso se calmaran un poco.

La terrible onda expansiva que había hecho temblar la calle bajo sus pies la había dejado demasiado aturdida para llorar, pero en su cabeza sólo había un gemido incesante que repetía una y otra vez la misma palabra.

"Hans, Hans, Hans…"

Pasado un rato logró respirar por la nariz y se irguió. Sacó tres monedas de veinticinco centavos de su bolsillo -más que nada porque se encontraba delante de una lavadora-, las puso en los agujeros que había en el mango de la máquina y lo empujó hacia dentro.

La lavadora se puso en marcha con un clunk ahogado y Diana pudo oír el ruido del agua moviéndose dentro de ella. La atmósfera encalmada de la habitación olía a lejía y detergente.

"Hans, maldito idiota arrogante y falso -pensó -. No te merecías ningún futuro maravilloso, pero sí algo mejor que esto…"

Se obligó a no recordar los momentos -en la cama, pero también cuando preparaba la cena o cuando estaba de vacaciones con Scat y Oliver- en los que Hans había sido considerado y tierno y la había hecho reír. – ¿Qué ha sido eso, una bomba? – preguntó una voz de mujer detrás de ella.

Diana giró sobre sí misma. Una mujer de cabellos blancos que empujaba un caminador de aluminio estaba entrando en ángulo por el umbral, impulsando delante de ella una cesta de plástico llena de ropa a base de darle patadas.

Diana comprendió que debía decir algo y dar la impresión de que sentía curiosidad.

–No lo sé -dijo-. Eh… Parecía una bomba, sí.

–Ojalá pudiera ir a echar un vistazo. Estaba empujando esto por el patio y de repente, buuuum, ¡veo salir volando toda esa mierda por los aires!

Probablemente era una fábrica de droga.

–Una fábrica de droga…

–PCP -dijo la anciana-. Oiga, ¿podría poner mi ropa ahí? Agacharme me destroza la espalda.

–Claro.

Diana se guardó la mantita amarilla en el tenso bolsillo de su cadera, sacó las ropas de la cesta y las metió dentro de una lavadora.

–Necesitan productos químicos para fabricar su PCP…, éter y no sé qué más, y tienen que calentarlos, y como están drogados no son lo bastante cuidadosos. ¡Buuum! – La anciana volvió la cabeza hacia la otra lavadora, que seguía haciendo girar su tambor vacío-. Encanto, esas lavadoras están reservadas a los inquilinos.

–Acabo de mudarme.-Diana sacó un billete de veinte dólares de su bolsillo -.

Todavía no tengo coche. ¿Podría pagar a alguien de aquí para que me lleve a trabajar?

Está…, un poco más allá de la universidad.

La anciana clavó los ojos en el billete.

–Si puede esperar a que acabe de lavar la ropa yo misma puedo llevarla, siempre que no le importe que la vean en un Plymouth que tiene diez años y está bastante baqueteado.

–El coche me da igual, pero ¿podríamos irnos ahora? – ¿Y sus ropas?

Diana movió una mano señalando el estante de madera que había en la pared blanca.

–Estoy segura de que la próxima persona que utilice la lavadora las dejará ahí.

–Seguro. – La anciana cogió el billete de veinte dólares -. De acuerdo, si vuelve a sacar mis ropas y las lleva al apartamento. Supongo que puedo lavarlas luego.

–Estupendo -dijo Diana.

Sus codos y sus rodillas habían empezado a temblar y sabía que no tardaría en perder el control y se echaría a llorar, y no quería que ocurriese mientras seguía estando cerca de aquel barrio de cuerpos celestes que parecían traer tan mala suerte.

Crane se disponía a salir de su habitación del Circus Circus cuando sonó el teléfono.

Había dejado una nota para Mavranos, quien estaba fuera persiguiendo su cambio de fase estadístico en algún lugar de la ciudad. Había deslizado su 357 debajo del cinturón y había subido la cremallera de su chaqueta de

nylon, pero se quedó inmóvil con la mano sobre el picaporte y volvió la cabeza hacia el teléfono, que seguía sonando.

"Ozzie o Arky -pensó-. Ni siquiera Diana sabe que estamos aquí. Si es Arky querrá que le ayude a hacer alguna estupidez, y he de ir a la caravana de "Araña" Joe. Si es Ozzie tendrá noticias sobre Diana, naturalmente; me dará alguna forma de que pueda ayudarla, algo que me permita redimirme ante sus ojos aunque sólo sea un poquito… Si es por Diana retrasaré otro día el ver a "Araña" Joe", pensó mientras empezaba a retroceder hacia el teléfono.

Cogió el auricular. – ¿Diga?

Al principio no supo quién era, sólo que estaba sollozando. – ¿Qué? –

murmuró Crane empezando a ponerse nervioso -. ¡Hable!

–Soy Ozzie, hijo. – Las lágrimas hacían que la voz del anciano sonara débil y estrangulada-. Vuelvo a estar en la comisaría de policía, y quieren que tú también vengas aquí. Y Arquímedes. – ¿Por qué? ¡Deprisa!

–Está muerta, Scott. – El anciano sorbió aire por la nariz-. Diana ha muerto. Volvió a su apartamento para coger algo y la hicieron volar por los aires. Yo estaba allí, lo vi y…, la habría seguido y habría entrado con ella, pero tenía a Oliver conmigo y… Oh, Dios, ¿de qué os he servido a los dos?

Diana estaba muerta.

Toda la tensión y la esperanza se esfumaron, y cuando volvió a hablar Crane usó el tono de voz suave y relajado de la desesperación más absoluta.

–Has…, has sido un buen padre, Ozzie. Todo el mundo muere, pero nadie ha tenido un padre mejor de lo que tú lo has sido para nosotros dos.

Ella te quería, y yo te quiero, y los dos siempre supimos que nos querías. –

Suspiró, y bostezó -. Oz… Vete a casa.

Vuelve a las cosas que dijiste que te gustaban, a tus novelas de Louis L'Amour y tus pipas Kaywoodie.

"Aléjate sin prisas hacia esa noche amable -pensó-, reposa en paz con la muerte de la luz."

El auricular era un peso tan tremendo que estaba empezando a fatigarle, pero Crane lo colgó sin hacer ni el más mínimo ruido.

Permaneció un rato sentado en la cama sin pensar prácticamente en nada. Sabía que la policía quería hablar con él y que acabaría llamando a su puerta, pero no sentía el impulso de ir en su busca o de evitarles.

El teléfono volvía a sonar. Crane dejó que sonara.

Había leído en algún sitio que el peso del aire al nivel del mar era de aproximadamente un kilo por centímetro cuadrado, y se preguntó distraídamente si sería capaz de aguantarlo o, incluso, si podría impedir que le echase hacia atrás obligándole a desplomarse sobre la cama.

Un olor acabó abriéndose paso hasta su cerebro, un olor matinal. Crane sabía qué era…, café caliente.

Volvió la cabeza hacia la mesilla de noche…, y se estremeció.

Había una taza de café humeante al lado del reloj, una taza blanca modelo "Buenos días" del McDonald's idéntica a aquella media docena que él y Susan habían sacado ya no recordaba de dónde.

Crane se puso en pie y salió de la habitación.

La policía podía ir a buscarle al bar-carrusel, por lo que Crane cogió el ascensor hasta la planta baja y salió por la puerta principal del Circus Circus, y cruzó el enorme aparcamiento en el que un gigantesco mono de piedra blanca hacía señas al tráfico que iba en dirección sur a lo largo del bulevar Las Vegas bañado por el sol. Llamó un taxi y pidió que le llevase al Flamingo.

El taxista le dejó en su destino y Crane cruzó lentamente la acera repleta de gente, subió los peldaños, dejó atrás la puerta de cristal con marco de estaño y entró en el casino. Después avanzó por la repentina penumbra enmoquetada serpenteando por entre las máquinas tragaperras y las mesas de blackjack hasta llegar al bar de la parte de atrás.

–Un Wild Turkey y una Bud para acompañarlo -le dijo a la camarera que acabó acercándose a la mesa de un rincón en la que se había instalado -.

Oh, ¿podría traerme un teléfono a esta mesa? Estoy esperando una llamada.

El bar estaba casi vacío a aquella hora tan temprana de la mañana, y se encontraba lo suficientemente iluminado para que la sala de juego que se extendía más allá de la arcada quedara convertida en una masa de oscuridad llena de ruidos sin sentido y luces que parpadeaban.

–Encanto, puedo traerle un teléfono, pero será mejor que llame usted a esa persona.

Tenemos un montón de líneas…, hay muy pocas probabilidades de que reciba una llamada aquí.

Crane se limitó a asentir y despidió a la camarera con un gesto de la mano.

Se echó hacia atrás y lanzó una nerviosa ojeada a los cuadros enmarcados que colgaban de las paredes. "El sitio favorito de mi padre -

pensó -. Me pregunto si sigue viniendo aquí, si aún tiene un escondite para las cosas que podrían hacerle daño… En tal caso podría estar en cualquier parte. No podría estar en el mismo sitio de antes, en ese agujero del estuco debajo de los peldaños de la entrada. Esos peldaños han desaparecido junto con la Torre Champagne, la rosaleda de Siegel y la extensión de césped que había delante del casino. Quizá siga volviendo aquí…, quizá volverá en algún momento del futuro utilizando mi cuerpo en cuanto se haya apoderado de él."

Crane pensó en su padre y en las muchas veces que le había llevado a pescar al Lago Mead cuando era pequeño, en cómo le había enseñado a comprender las mareas de las cartas…, y en el daño que le había hecho después y en cómo había desaparecido de su existencia para siempre.

El whisky y la cerveza llegaron junto con el teléfono, y después de haber pagado a la camarera Crane se limitó a quedarse inmóvil y contempló durante unos momentos los tres objetos que había sobre la superficie de madera oscura.

"Adiós a la idea del blanco que devuelve los disparos -pensó-. Adiós al apostarlo todo. Estoy a punto de quedar al descubierto con las manos vacías; de abandonar después de haber aguantado todas las apuestas salvo esa última y terrible subida…" ¿Qué había dicho Ozzie?

"La hicieron volar por los aires."

"Supongo que no sentí su muerte a través de nuestra vieja conexión psíquica porque ella tampoco la sintió -pensó Crane -. Destrucción instantánea… No hubo nada que transmitir, ¿verdad?"

Alzó el vaso de whisky y contempló el líquido ambarino que contenía.

"Podría no hacerlo -pensó-. Podría dejar este vaso encima de la mesa y coger un taxi para ir a la comisaría de policía. Podría ver la apuesta y seguir viviendo… ¿Para qué? No compartí su dolor porque no hubo ningún dolor que compartir, pero quizá estoy compartiendo su muerte."

Apuró el whisky de un solo trago, y sintió cómo la agradable quemadura del líquido le calentaba la garganta y el estómago. Después se bebió la mitad de la Budweiser helada, se echó hacia atrás hasta quedar apoyado en el respaldo de la silla de lona y esperó parpadeando de vez en cuando. Sus ojos estaban totalmente inexpresivos.