La última partida

Tim Powers · Capítulo 28 de 54

Páginas del PDF

La última partida

Capítulo 25

profundidad y volumen físicos por la única razón de que siempre estaban de cara a él, y que la apariencia de sus superficies cambiaba en cuanto él se movía.

Las personas habían dejado de ser una distracción, y eso le permitía ver a los dioses.

Los había visto mientras caminaba por la acera del Strip bajo la lluvia de aquel anochecer sintiendo como si estuviese nadando y utilizaba su mano torpemente vendada igual que si fuera una aleta, y la irrelevancia del tamaño aparente hizo que en un momento parecieran empequeñecer con su mole los gigantescos casinos cuando caminaron junto a ellos y, al siguiente, que dieran la impresión de imitar los adornos de los capós de los coches que pasaban a su lado.

En la entrada del Imperial Palace había visto al Mago sentado ante una mesa cubierta por un fieltro verde sobre la que había una pila de monedas, una copa y un globo ocular; y la Muerte momificada había caminado por el centro de la calle moviéndose sobre piernas tan largas como zancos en las que las rodillas eran la parte más gruesa, esparciendo un lento temblor por las multitudes de siluetas que parecían hechas con líneas; y el Ahorcado se había balanceado en el cielo que se oscurecía sobre el Flamingo, y la plácida mirada invertida de aquel rostro puesto del revés se había posado sobre Snayheever.

Las siluetas que había delante de él estaban empezando a moverse de forma más nerviosa, y Snayheever se puso en pie. Las llamas habían empezado a brotar de la cima del volcán.

Pero de repente ya no era el volcán del Mirage. Era la Torre, altísima e inmensa, y tan vieja que sus piedras estaban erosionadas como las de una protuberancia natural del terreno, y un relámpago cegador cayó del cielo para golpear las ruinosas almenas de sus baluartes; trozos inmensos de la estructura giraron por el aire mientras caían moviéndose a cámara lenta, y una silueta envuelta en un manto que sólo podía ser el Emperador cayó con ellos.

Snayheever giró sobre sí mismo y se fue alejando lentamente entre la penumbra relativa de los casinos que se alineaban a lo largo del Strip.

25

Y te has reservado para mí Los nubarrones de tormenta se acumulaban sobre el desierto como navíos gigantescos. Las cortinas de lluvia empezaron creando neblinas de polvo, y después fueron llenando los lechos de los arroyos y las cañadas con torrentes de agua marrón. La larga curva de la 1-15 se oscureció y no tardó en reflejar los haces luminosos de los faros que se movían a lo largo de ella como lentas balas trazadoras.

En la calle Fremont los coches mojados relucían con el reflejo de los arco iris de neón, y los niños que esperaban a sus padres sobre las alfombras de las aceras se habían refugiado en las entradas de los casinos. El siseo de la lluvia era el sonido dominante.

Ahogaba el tintineo veloz como ráfagas de ametralladora de las máquinas tragaperras, y aunque los huelguistas apostados delante del Binion's Horseshoe seguían yendo de un lado a otro enarbolando sus pancartas la ausencia de su megáfono eléctrico había hecho que los gritos de la joven que encabezaba el piquete sonaran menos estridentes.

Dentro de los casinos lo único que podía revelar a la clientela que fuera estaba lloviendo era la ocasional vaharada a humedad que brotaba de una cabellera mojada, pero en las mesas de blackjack las cartas ganadoras quedaban reveladas en una de cada dos ocasiones, y las mesas en las que se jugara activamente a la ruleta resultaban difíciles de encontrar debido al número de ruletas que habían sido detenidas para someterlas a una comprobación porque daban el cero y el doble cero con más frecuencia de la que deberían hacerlo; y unos cuantos de los asiduos a las tragaperras más veteranos tuvieron que ser acompañados fuera del casino mientras lloraban y se quejaban de que las máquinas les estaban mirando.

Había mucho tráfico en el extremo sur de la calle Fremont -autobuses, viejos escarabajos Volkswagen, Rolls-Royce nuevos y una procesión de Chevrolet blancos modelo El Camino -, y había hileras de gente vestida con trajes de noche y fracs esperando pacientemente bajo la lluvia iluminada por las luces blancas delante de las capillas nupciales. Los grandes casinos del sur -el Sands, el Caesars Palace, el Mirage y el Flamingo- eran masas de colores chillones que ardían en la noche lluviosa.

Diana estrechó los pliegues del albornoz alrededor de su cuerpo en el tejado del inmenso edificio rosa y blanco del Circus Circus entre cables y tuberías, por debajo del bosque de antenas y platos de las parabólicas, y se estremeció mientras la lluvia tamborileaba y crepitaba a su alrededor.

La ciudad que se extendía debajo de ella en todos sus palacios y arterias incandescentes parecía estar tan lejos como los nubarrones oscuros que había sobre su cabeza. La luna lejana que en aquellos momentos ni siquiera era visible parecía estar más cerca.

Había telefoneado al hospital hacía una hora, y el doctor Band-holtz le había dicho que el estado de Scat había empeorado un poco.

El chico ya había sido conectado a un catéter insertado por debajo de una clavícula que se las arreglaba para deslizarse por una vena primero y por el "corazón derecho" hasta acabar alojándose en la arteria pulmonar -su función era asegurarse de que la presión sanguínea dentro de los pulmones no aumentaba, pues si lo hacía los pulmones no serían capaces de seguir absorbiendo oxígeno-; pero en aquellos momentos estaba respirando a través de un "tubo endotraqueal" sujeto a su boca. Si su respiración no se estabilizaba pronto tendrían que colocarle en un IMV, y Diana supuso que se trataría de una máquina de respiración asistida utilizada en casos realmente graves.

Después de hablar con el hospital Diana marcó el número de su apartamento.

Y lanzó un suspiro de alivio y frustración en cuanto Hans cogió el auricular. Por lo menos seguía vivo.

–Hans -le dijo -, tienes que salir de ahí. No es un lugar seguro.

–Diana, confío en la policía -había dicho él.

Diana había esperado unos momentos pensando que le oiría decir que si hubiese permitido que la policía se ocupara del secuestro la noche anterior Scat no estaría muñéndose en el hospital. Hans se lo había dicho cuando le telefoneó la noche anterior y Diana le había colgado, y sabía que si lo repetía volvería a hacer lo mismo.

Hans no lo repitió.

–Además tu hermano adoptivo le pegó un tiro a ese tipo, ¿no? – dijo Hans.

–No, ¿es que no me escuchas? El hombre que hirió a Scat no tiene nada que ver con todo esto, conoce mi dirección y probablemente aún está en la ciudad. Sal de ese apartamento ahora mismo.

–Si me estás expulsando tengo derecho a que se me avise con treinta días de antelación -replicó Hans en su mejor tono altisonante. – ¡Esas personas no te darán ni treinta segundos, idiota! – Diana pensó que Hans

era culpable de lo que Ozzie solía llamar "estupidez criminal" -. Telefonearé a la policía y les contaré que tienes plantas de marihuana, y… -¿Has visitado a Scat hoy? – la interrumpió Hans con voz irritada.

–No -murmuró Diana.

–Hmmm… No sé por qué, pero me lo había imaginado. ¿Irás a visitarle esta noche?

–No lo sé.

–Comprendo. ¿Por qué no consultas con un tablero Guija para averiguar si sería peligroso ir a verle? – preguntó Hans, y el peso del sarcasmo hizo temblar su voz. – ¡Sal de ahí! – chilló Diana, y colgó el auricular un instante después.

Si sería peligroso.

"Alfred Funo -pensó mientras la lluvia repiqueteaba en los charcos que había alrededor de sus pies descalzos -. Espero que algún día podré ajustarle las cuentas al señor Alfred Funo."

Funo se había marchado del motel antes de que la policía fuera en su busca la noche anterior, pero su partida parecía haber sido un poco apresurada y los agentes habían descubierto un par de balas de 9 milímetros debajo de la cama. Diana no tenía ni la más mínima duda de que Funo era el hombre que había herido a su hijo.

Y había otros rondando por la ciudad. Aquella criatura llamada Snayheever, y el gordo del Jaguar y, según Ozzie, decenas más…

"Báñate en el agua fresca y salvaje de este lugar", le había dicho Ozzie.

Su falda empapada, sus zapatos, su blusa y su ropa interior colgaban sobre un cable tenso encima de un enorme aparato de aire acondicionado.

Diana abrió su albornoz, lo dejó caer de-tras de ella y permaneció inmóvil bajo el aguacero que azotaba su cuerpo.

"Madre -pensó alzando los ojos hacia el cielo-. Madre, escucha a tu hija.

Necesito tu ayuda."

Transcurrió un minuto durante el cual lo único que ocurrió fue que la intensidad del aguacero disminuyó un poco y el aire se enfrió. Los charcos que había alrededor de sus pies hervían y burbujeaban, y era como si se estuviese bañando en soda. Diana se estremeció y apretó las mandíbulas para impedir que le castañeteasen los dientes.

"¿Qué estoy haciendo? – se preguntó de repente-. Si sigo aquí me van a arrestar.

Nada de todo esto es verdad."

Se volvió hacia donde sus ropas colgaban en la oscuridad, pero se quedó inmóvil antes de ir hacia ellas.

"Ozzie lo cree -pensó-. Le debes mucho. ¿No puedes creerlo tú también aunque sólo sea durante unos minutos?

"¿Y qué otra posibilidad os queda a ti a y tus hijos?

"Y, de todas formas, ¿qué he de creer? ¿Que soy capaz de encontrar un hombre con el que compartir mi vida? ¿Que Scat está bien? ¿Que Oliver es un chico normal? ¿Que soy capaz de obtener esa cosa que necesito tanto como las flores necesitan la luz del sol, una familia que sea algo más que la caricatura patética de una familia? ¿Qué razón has tenido en el pasado para creer en alguna de esas cosas?

"Intentaré creer en esto -pensó mientras las lágrimas se mezclaban con la fría agua de lluvia que goteaba por su rostro-. Soy la hija de la diosa de la luna. Eso es lo que soy, y puedo llamarla."

Volvió a alzar la mirada hacia las nubes que llenaban el cielo. La lluvia volvió a caer de repente todavía con más intensidad que antes y le aguijoneó el rostro, los hombros y los pechos, pero a pesar de que las ráfagas de viento la obligaron a dar un paso hacia atrás para no perder el equilibrio no tuvo frío. Su corazón latía a toda velocidad, y sus dedos extendidos fueron recorridos por un veloz cosquilleo, y el abismo de veintinueve pisos que había más allá del extremo del tejado y que la había puesto algo nerviosa cuando abrió la puerta y cruzó el umbral se había convertido en una presencia tonificante.

Durante un momento un reflejo muy, muy viejo la hizo desear que su hermano adoptivo pudiera estar allí experimentando todo aquello con ella, pero Diana expulsó el pensamiento de su mente.

"Madre… -Intentó arrojar el pensamiento hacia el cielo como si fuese una lanza-.

Quieren matarme… Ayúdame a luchar contra ellos."

Diana creyó distinguir un creciente lunar brillando en el cielo por entre los nubarrones oscuros que desfilaban velozmente sobre su cabeza.

Las nubes parecían haberse convertido en alas o capas inmensas, y Diana creyó oír música bajo el siseo de la lluvia, un coro de miles de voces que sonaba débil sólo porque le llegaba desde una distancia titánica.

Otra ráfaga de viento muy fuerte creó un chorro horizontal de lluvia, y en ese mismo instante Diana tuvo la seguridad de que ya no estaba sola en el tejado.

Se apoyó en el cable tenso. La ráfaga de viento había hecho que la lona alquitranada que recubría el tejado pareciera balancearse como la cubierta de un barco, y un momento después sus fosas nasales se dilataron y captaron un olor imposible, el aroma salado del mar, y el retumbar del trueno le pareció el estrépito de unas olas colosales que se estrellaban contra los acantilados.

La espuma salada hizo que le escocieran los ojos, y cuando volvió a ser capaz de parpadear y contemplar lo que la rodeaba vio que estaba en un barco, y se estremeció aunque su mente se negaba a creerlo. Estaba apoyada en una barandilla de madera, y le habría bastado con caminar unos metros sobre las planchas de la cubierta para llegar a la escalerilla del castillo de proa. Las olas chocaban con las rocas en algún punto de la oscuridad que la envolvía.

"Ha ocurrido cuando pensé en un barco -se dijo frenéticamente-. No cabe duda de que realmente está pasando algo, pero se está adornando con mi imaginación."

Volvió a distinguir el creciente lunar que había entrevisto antes sobre su cabeza, pero enseguida se dio cuenta de que no era la luna…, y tampoco podía haberlo sido cuando lo vio hacía unos momentos, pues se acordaba de que aquella noche había media luna. El creciente reposaba sobre la coronilla de una mujer inmóvil en el castillo de proa. La mujer vestía una túnica, y su rostro era hermoso y de rasgos enérgicos y bien definidos, pero en los ojos abiertos no había ni rastro de humanidad.

El coro sonaba más potente -quizá estuviera en la costa que le ocultaba la oscuridad-, y estaba claro que los sonidos que llegaban del cielo eran un batir de alas.

La frente de Diana entró en contacto con las planchas mojadas de la cubierta, y comprendió que había caído y estaba apoyada en las manos y las rodillas.

Había caído sobre la cubierta porque el núcleo más viejo y profundo de su mente acababa de comprender que estaba en presencia de la diosa.

Aquella mujer era Isis, la misma que había devuelto la integridad corporal a Osiris, el dios del sol que era su hermano y su esposo, después de que

hubiera sido asesinado y desmembrado en el antiguo Egipto; la misma que en Babilonia había rescatado a Tammuz del mundo subterráneo; era Artemisa, la hermana gemela de Apolo, y también era Palas Atenea, la diosa de la virginidad, y Eileitia, la diosa del parto.

Los griegos habían sacrificado una doncella a la diosa antes de zarpar hacia Troya; había devuelto la vida a su hijo Horus después de que le matara la picadura de un escorpión; y aunque los animales salvajes le estaban consagrados era la cazadora de los dioses.

Era Perséfone, la doncella de la primavera y la amante de Adonis, la que había sido raptada por el rey de los muertos para llevarla al mundo subterráneo.

Y un instante después el pavor que se había adueñado de Diana se desvaneció por sí solo o fue expulsado por una fuerza misteriosa, y volvió a ser consciente de la existencia de una mujer llamada Diana Ryan que residía en una ciudad llamada Las Vegas.

Se puso en pie y se movió cautelosamente sobre la cubierta que se bamboleaba de un lado a otro.

La mujer que se encontraba en aquella otra cubierta situada por encima de ella la estaba mirando a los ojos, y Diana comprendió que la mujer la amaba, que la había amado cuando era un bebé y que había seguido amándola durante los treinta años que había durado su separación.

"¡Madre!", pensó, y dio un paso hacia adelante. Las planchas de la cubierta eran una superficie resbaladiza y llena de bultos bajo las plantas de sus pies desnudos.

Pero había siluetas que se interponían entre ella y la escalerilla, siluetas que le daban la cara y le obstruían el paso. Diana entrecerró los ojos para protegerlos de las rociadas de espuma y se volvió hacia la más próxima…, y de repente sintió el frío de la noche en toda su terrible intensidad.

Era Wally Ryan, su ex esposo, el hombre que había muerto en el accidente de coche hacía dos años. Los ojos que la contemplaban debajo de la cabellera pegada al cráneo por la lluvia estaban tranquilos y totalmente inexpresivos…, pero estaba claro que no la dejaría pasar.

Y a su lado estaba Hans, su rala barba oscurecida por la lluvia. "Oh, no -

pensó Diana-, ¿él también es un fantasma? ¿Le mataron en un intento de llegar hasta mí? ¡Pero si hablé con él hace menos de una hora!"

Había un par de figuras más, pero Diana no alzó la mirada hacia sus rostros.

Alzó la vista hacia la mujer, quien parecía estar contemplándola con amor y compasión.

Diana dio un paso hacia atrás. El retumbar del oleaje se había hecho más fuerte. La canción del lejano coro de voces que no podía oír con claridad había adquirido una amenazadora monotonía.

"No son fantasmas -pensó-. No, no se trata de eso… Hans no está muerto. Son imágenes de los hombres que han sido mis amantes. Los hombres con los que he vivido me impiden llegar hasta mi madre…"

Diana intentó disolver los fantasmas con un esfuerzo de voluntad, tal como había sido capaz de hacer en sueños que habían empezado a desintegrarse convirtiéndose en el estado de vigilia…, pero las siluetas siguieron inmóviles donde estaban, tan aparentemente sólidas como la cubierta y la barandilla. Todo aquello era fruto de su imaginación, pero Diana no lo controlaba.

"¿Por qué? – pensó sintiéndose inmensamente desgraciada-. ¿Se suponía que debía haber permanecido virgen durante todos estos años?"

Alzó la cabeza entrecerrando los ojos entre la lluvia hasta que su mirada se encontró con la de la diosa, e intentó creer que la respuesta era no.

Durante un período de tiempo que quizá no excedió el minuto siguió intentando creer que la respuesta era no mientras las siluetas que se alzaban delante de ella no se movían salvo para seguir las oscilaciones de la cubierta, y la lluvia caía sobre las planchas repiqueteando como una granizada de fichas de barro.

Y acabó rindiéndose.

Intentó enviar la idea de que no era justo, de que era una persona que vivía en aquel mundo, no en otro.

Después bajó la vista y clavó los ojos en sus pies descalzos inmóviles sobre la cubierta, e intentó recordar cuáles habían sido las circunstancias para su madre.

Y no pudo recordarlas.

"Madre -pensó volviendo a alzar la cabeza y lanzándole una mirada de desesperación-, ¿no hay ninguna forma de que pueda llegar hasta ti?"

Y entonces un concepto surgió de repente en su cerebro, una idea abstracta y totalmente desprovista de palabras o imágenes. Mientras se

desvanecía Diana intentó sostener palabras delante de él con el objetivo de definirlo para sí misma. "¿Símbolo? – pensó-. ¿Reliquia, eslabón, talismán, recordatorio?" ¿Algo de un tiempo en el que habían estado juntas?

El concepto se esfumó, y lo único que le quedó en la mente eran las palabras que recordaba haber intentado encajar en él.

El rayo brilló sobre las luces de la ciudad, y el retumbar que lo siguió era un trueno, no el oleaje. Estaba en el tejado del Circus Circus, sola, temblando bajo la lluvia.

Permaneció inmóvil durante varios minutos con la vista alzada hacia el cielo. Después volvió a ponerse de mala gana sus ropas empapadas y fue lentamente hacia la puerta del tejado.

Nardie Dinh había captado el terrible acercamiento, y había sentido la proximidad de la luna que aún no era su madre.

Por suerte no llevaba pasaje en el taxi. Hizo girar el volante y cruzó el pavimento mojado de dos carriles del Strip provocando bocinazos irritados de los coches que iban detrás de ella, y pisó el pedal del freno con todas sus fuerzas deteniendo el taxi junto a una acera roja en Hacienda Camperland al sur de la avenida Tropicana.

Y perdió el conocimiento mientras apagaba el motor.

Y soñó. En el sueño volvía a estar en aquella habitación larga de techo muy alto de la casa de masajes cercana a Tonopah, y aunque los veintidós cuadros de las paredes parecían estar moviéndose dentro de sus marcos Dinh no los miró.

Las paredes retumbaban y crujían a su alrededor como si todas las chicas de los cuartitos que había alrededor de aquella estancia estuvieran ocupadas atendiendo a clientes enormes, minotauros y sátiros en vez de simples hombres de negocios y camioneros. Dinh se sentó sobre la moqueta que cubría el suelo, y se obligó a respirar de forma regular y sin hacer ruido con la esperanza de que el poder de su hermano seguiría teniendo vigencia incluso en un sueño, y de que su medio hermana iba a estar prisionera en el centro de aquel foco de carnalidad pero no tendría que participar de ninguna manera en él.

Los cuadros habían empezado a emitir ruidos. Pudo oír unas risas muy débiles, gritos y música marcial. Los marcos repiqueteaban contra los muros de yeso.

Después oyó otro repiqueteo más débil. Era el picaporte de la puerta que había delante de ella. Dinh retrocedió moviéndose sobre las manos y los pies hasta quedar detenida por la pared que había enfrente de la puerta, y recordó que el cuadro que colgaba sobre su cabeza mostraba al Loco.

La puerta giró sobre sus goznes y su hermano entró en la habitación.

Su negra cabellera estaba untada con brillantina y echada hacia atrás formando una cola de caballo, y llevaba una túnica negro azabache que llegaba hasta el suelo y resultaba curiosamente incongruente. En su mano derecha sostenía una cruz de oro que terminaba en un aro, el ankh egipcio.

–Así que por fin estás soñando, mi encantadora hermanita asiática -dijo Ray-Joe Pogue con su voz meliflua y afectada. Su delgado rostro estaba retorcido en una sonrisa, y fue lentamente hacia ella. Los cuadros chocaron violentamente contra las paredes cuando pasó junto a ellos -. Y te has reservado para mí.

–No me he reservado para ti -logró decir Dinh en un tono de vez lo suficientemente alto para que pudiese ser oído por encima del estrépito.

"Despierta -se apremió -. Pon la frente sobre el anillo de la bocina, abre la puerta del taxi, escucha las llamadas de la centralita…" -Y justo en la ciudad, ¿eh? – dijo Pogue-. Al sur de donde estoy, cerca de Marina y la Tropicana. Voy hacia allá. Tú y yo tenemos que recuperar montones de tiempo perdido.

No disponía de la mitad femenina de la magia, y me he encontrado con muchos obstáculos… Tuve que matar a Max, y después el Lago Mead se negó a aceptar su cabeza. Creo que el lago la aceptará si se la das, o si se la damos los dos después de habernos apareado. ¿Quieres que lo averigüemos?

Dinh se puso en pie lentamente deslizando la espalda por la pared, y siguió empujando con los hombros incluso cuando sintió el temblor del marco del Loco rozándolos.

El cuadro se soltó del clavo y cayó, y durante un momento vio cómo la boca de su hermano se abría en una mueca de abatimiento y decepción…, y cuando el cuadro chocó con el suelo el ruido que hizo no fue el de la madera chocando con la moqueta.

Era el sonido de un bocinazo, y cuando levantó la cabeza apartándola del volante el bocinazo dejó de sonar y Dinh se echó hacia atrás y apoyó la espalda en el asiento de su taxi aparcado junto a la acera, jadeó y vio cómo

el limpiaparabrisas iba y venía limpiando los goterones de lluvia que caían sobre el cristal. Alargó una mano temblorosa e hizo girar la llave del encendido.

El motor se puso en marcha al instante. Dinh metió la marcha y se deslizó cautelosamente entre el tráfico.

"Esta vez he logrado escapar -pensó -, pero ahora sabe que estoy en la ciudad. Iré a la 15 por el norte y saldré de ella en algún sitio cerca de la calle Fremont."

Su rostro estaba cubierto por una capa de sudor helado.

"Si supiera rezar diría una plegaria por el alma del pobre Max -pensó -, que en tiempos me amó…, pero ojalá arda en el infierno para siempre."

Al Funo se desperezó en el asiento trasero del Dodge del 71 que acababa de comprar e intentó ponerse cómodo. El coche estaba aparcado en una oscura calleja lateral, y al parecer los propietarios anteriores habían tenido un perro al que le gustaba viajar en aquel asiento pero que odiaba bañarse.

Funo había vendido su Porsche a un tratante en coches usados de Charleston para poder comprar regalos con auténtica clase que entregar a Diana y Scott. Los dos estuches negros de joyero meticulosamente envueltos -contenían dos collares de oro macizo que le habían costado casi mil dólares cada uno- estaban dentro del bolsillo de su chaqueta en el asiento delantero.

Tenía que comprar regalos para sus amigos para borrar cualquier posible malentendido, pero seguía estando enfadado con el tratante en coches usados porque había dicho que el Porsche 924 no era más que "un Volkswagen con ínfulas", y sólo le había dado tres mil quinientos dólares a cambio de él. El Dodge le había costado mil, y al final del día sólo le quedaban quinientos dólares; y Funo no quería usar una tarjeta de crédito si podía evitarlo. Estaba casi seguro de que a esas alturas la policía ya debía conocer su identidad, y si utilizaba una tarjeta estaría dejando un rastro.

Tendría que salir de la ciudad lo más pronto posible, no sólo por la policía sino porque Vaughan Trumbill también le estaría buscando…, y Funo podía sentir una tensión en el aire, como si alguien se estuviera apoyando sobre el cristal de un escaparate ejerciendo una presión cada vez mayor, o como si una fiebre intensa acompañada por convulsiones y alucinaciones estuviera subiendo poco a poco en algún lugar. Iba a ocurrir