La última partida

Tim Powers · Capítulo 32 de 54

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La última partida

Capítulo 29

Dos detonaciones procedentes de la calle Fremont crearon nuevos ecos a su alrededor. Crane miró en esa dirección parpadeando a toda velocidad en un intento de ver algo a través del manchón rojizo que flotaba delante de sus ojos, y vio a la criatura que era al mismo tiempo el gordo y la esfera negra. Estaba aumentando de tamaño, y agitaba sus brazos deformes mientras corría hacia él.

Crane se puso en pie y amartilló el arma temiendo lo que otro retroceso podía hacer con su muñeca, y por el rabillo de su ojo de plástico captó un fugaz atisbo de una mujer inmóvil a su lado y, una vez más, se volvió de forma involuntaria para mirar.

Y aquella vez estaba allí. Era una asiática bajita que parecía tener veintitantos años.

Vestía uniforme de taxista, y le había cogido del brazo.

–Dispáreles desde el taxi mientras nos alejamos -dijo-. ¡Deprisa, entre!

El pulgar de Crane bajó el percutor del revólver mientras abría la puerta derecha del taxi y se deslizaba en el asiento de pasajeros. La joven ya estaba sentada detrás del volante, y la repentina aceleración incrustó a Crane en el respaldo del asiento mientras cerraba la puerta.

29

El mismísimo señor Apolo Júnior Crane deslizó el revólver debajo de su cinturón. El taxi hizo un chirriante giro a la izquierda con los faros apagados para meterse por Bridger, aceleró dejando atrás la masa oscura del edificio de los tribunales y pilló todos los semáforos en verde a lo largo del Strip y los barrios sumidos en las tinieblas que había más allá. – ¿Le he dado? – jadeo Crane mientras se agarraba al brazo del asiento y clavaba los ojos en el asfalto que corría hacia ellos-. El tipo al que…, al que le disparé…

–No -dijo la taxista-, pero el gordo que le seguía sí le dio. Dos disparos, y los dos dieron en el blanco… El señor Mono de Faena acabó caído sobre la acera. ¿Quién era ese gordo?

Crane frunció el ceño, y su cerebro aturdido por el alcohol intentó imaginarse una razón por la que el gordo quisiera salvarle.

Acabó rindiéndose antes de haberla encontrado.

–La verdad es que no lo sé -dijo-. ¿Quién es usted?

–Me llamo Bernardette Dinh -dijo la taxista.

Había girado a la derecha por Maryland Parkway, y estaba conduciendo el taxi a velocidad normal por un vecindario lleno de árboles, farolas y casas bastante viejas.

Había dos gorras de béisbol en el asiento entre ellos. Dinh cogió una y la colocó en la parte de atrás de su cabeza de tal forma que su larga cabellera negra quedó atrapada debajo de ella. La rapidez y facilidad con que lo hizo indicaban que tenía mucha práctica.

–Llámeme Nardie, y póngase la otra gorra. – ¿Qué papel juega usted en todo esto? – preguntó Crane mientras se ponía la gorra.

–Dentro de un minuto. Abra la guantera. Eso que hay ahí dentro y que parece una piel de ratón es un bigote postizo. Póngaselo.

Crane abrió la guantera. El bigote se parecía más a una tira de cuero de caballo que a una piel de ratón, y cuando hubo colocado el lado adhesivo sobre su labio superior -que empezaba a necesitar un afeitado-, las cerdas del bigote le colgaron encima de la boca.

Crane pensó que debía parecerse bastante a Mavranos.

Se encogió en el asiento para que el tambor del 357 no se le clavara en el hueso de la cadera.

"Esta noche había montones de armas en la calle Fremont", pensó.

El pensamiento creó un eco dentro de su cabeza, y un instante después Crane estaba lanzando risitas suaves y muy poco alegres porque acababa de comprender que cuando le habló de que "había matones por todas partes" el pobre inglés del casino debía de referirse a aquello.

–Daremos una vuelta a la manzana alrededor del Flamingo en la dirección del parabrisas para asegurarnos de que no captan su presencia -

dijo la joven.

Crane se limpió los ojos con el puño de la camisa. – ¿El parabrisas?

–Sí, daremos una vuelta en el sentido del parabrisas -dijo-. Ya sabe, en sentido contrario a las agujas del reloj… Diesel quiere decir en el sentido de las agujas del reloj.

Crane se acordó de que Ozzie había utilizado aquellas palabras cuando hizo que él y Arky cambiaran de lado los neumáticos de la Suburban. "Así que el viejo estaba hablando de eso… Gilipolleces que no sirven de nada."

Crane dejó escapar un suspiro y apoyó la espalda en la maltrecha tapicería del asiento.

–Apesta a alcohol -dijo Nardie, y parecía sorprendida-. ¡Y de bastantes grados! ¿Está borracho?

Crane pensó en lo que le acababa de preguntar.

–Me encuentro más sobrio que cuando estaba en el casino -dijo por fin-, pero…, sí, no cabe duda de que estoy borracho.

–Y aun así los dados me condujeron hasta usted -murmuró Nardie con voz pensativa-. Sí, debe de ser el hijo biológico. Un mero… aspirante ambicioso como mi medio hermano quedaría descalificado para siempre con sólo tomar un sorbito de cerveza. Yo nunca he probado el alcohol.

–No se le ocurra empezar nunca -dijo Crane. Los faroles pasaban sobre su cabeza en un desfile de brillante monotonía, y estaba empezando a entrarle sueño-. No es para aficionados.

Vio las luces del supermercado Smith en el que había trabajado Diana delante de ellos, pero por suerte Nardie giró hacia la derecha y se metió por la avenida Sahara.

–No soy una aficionada, amigo -dijo Nardie en un tono de voz tan salvaje que Crane volvió la mirada hacia el esbelto perfil revelado por las luces junto a las que pasaban-. ¿De acuerdo?

–De acuerdo -dijo Crane-. ¿Qué es?

–Soy una aspirante. Oiga, sé que acaba de encontrarse con la aspirante a Reina de Corazones que tiene más posibilidades. Yo… Cuando usted y ella se tocaron por primera vez el lunes por la noche lo sentí, ¿entiende? Y esta noche me lo encuentro actuando en contra de sus propios intereses. Se emborracha, deja que los tipos de Neal Obstadt estén a punto de matarle…

–Está muerta -dijo Crane, y su voz parecía llegar desde muy lejos-.

Alguien mató a la Reina de Corazones esta mañana.

Nardie Dinh le miró fijamente. – ¿Esta mañana?

–A primera hora.

La joven parpadeó, abrió la boca y volvió a cerrarla.

–De acuerdo -dijo por fin-. Vale, así que la han borrado del mapa, ¿no?

Bueno, mire, usted es… -Le miró-. Sabe qué está ocurriendo, ¿verdad?

¿Sabe qué es?

Crane se había derrumbado en el asiento y tenía los ojos casi totalmente cerrados.

–Soy el hijo del Rey malvado -canturreó-. Eh, ¿no podríamos parar en algún sitio a tomar un trago?

–No. ¿Acaso no sabe que el alcohol le debilita, que le deja a merced del Rey y de todos los jacks? Si no la caga tiene una posibilidad bastante buena de quitarle el puesto a su padre. – Nardie se frotó el rostro con una mano y exhaló -. Pero hay una cosa que no tiene.

–Un diploma -dijo Crane con voz adormilada pensando en la película El mago de Oz -. Una medalla. Una placa conmemorativa.

–Una Reina -dijo Nardie con impaciencia-. Necesita dos cartas para entrar en la partida…, en este caso necesita un Rey y una Reina.

Crane se acordó de que la joven había dicho que era una aspirante. Se irguió en el asiento y la observó atentamente con los dos ojos, aunque apenas podía ver nada por el de plástico.

Vista con el ojo izquierdo no cabía duda de que era una esbelta joven asiática vestida con el uniforme de taxista y bastante atractiva a pesar de la expresión de dureza de su boca. ¿Había algo distinto en ella vista a través de su ojo de plástico? ¿La sospecha de un débil resplandor, la sombra de un creciente lunar suspendido sobre su gorra?

–Eh… ¿Se…, se está ofreciendo para el puesto? – balbuceó.

–La hija de la luna ha muerto, y ahora soy lo mejor que puede encontrar

-respondió Nardie-. He estado expuesta a las imágenes. Debo dar por supuesto que sabe a qué imágenes me refiero, claro…

Crane suspiró. ¿Dónde podría encontrar algo de beber? Susan le estaba esperando.

–Sí, conozco las malditas imágenes.

Volvió la cabeza hacia la ventanilla y vio un letrero. ART, BAR Y

RESTAURANTE -ESPECIAL NOCHE, leyó. "Oh, sí, no hay nada como las noches de Las Vegas", pensó.

–Y llevo años sin comer carne roja o algo que haya sido cocinado en una sartén de hierro y… -La joven clavó los ojos en su rostro-. Y soy virgen.

"Cristo", pensó Crane.

–Me alegro, me alegro… ¿Cómo has dicho que te llamabas? Disculpa, pero se me ha olvidado.

–Nardie Dinh.

–Estupendo, Nardie. Escucha, pareces buena chica así que voy a darte un consejo que creo deberías seguir, ¿de acuerdo? Márchate de Las Vegas y olvida todo esto. Vete a Nueva York, vete a París, vete muy lejos de aquí y

no juegues nunca a las cartas. Si te metes en estos asuntos sólo conseguirás que te maten. Dios mío, hace unos minutos viste cómo le disparaban a un tipo. ¿Es que eso no…?

–Cierra… tu… jodida… boca -dijo Nardie.

Había tensado las manos sobre el volante y el aire silbaba al salir por sus fosas nasales. La joven tenía la mitad de su edad, pero Crane descubrió que estaba encogiéndose sobre sí mismo para alejarse de ella y su más que evidente rabia le hizo enrojecer. – ¡Osiris! – escupió Nardie-. Adonis, Tammuz, el mismísimo señor Apolo Júnior…, no sólo es un viejo borracho que no se sostiene en pie, sino que además es… ¡Es un idiota presuntuoso que no ve lo que tiene delante de los ojos! Cristo, juro que comparado contigo mi hermano es una maravilla.

El taxi se había detenido en el carril de giro a la izquierda delante del cruce con el Strip.

–Oye -dijo Crane empezando a tirar de la manija de la puerta-, me voy a bajar aquí y…

Nardie dejó caer el pie sobre el pedal del acelerador, y el taxi salió disparado hacia el tráfico del Strip mientras la joven hacía girar el volante para torcer a la izquierda y desviar el vehículo del torrente de faros que se lanzaba sobre ellos. La puerta que Crane acababa de abrir giró sobre sus goznes, y Crane tuvo que plantar los pies en el suelo y apoyar su mano izquierda en el salpicadero para no caer sobre el pavimento que pasaba velozmente junto a él. Las bocinas sonaron y los neumáticos chirriaron, y Crane oyó por lo menos un ruido metálico a su espalda antes de que Nardie hiciera girar el volante en sentido contrario y acelerase por el afortunadamente vacío carril que llevaba en dirección sur.

Crane se relajó un poco. Cuando el viento impulsó la puerta abierta hacia él agarró la manija y cerró la puerta con tanta fuerza que se quedó con la manija entre los dedos.

"Un coche es un arma mortal -pensó-, y no quiero morir estando más sobrio de lo que sea estrictamente necesario, así que síguele la corriente a esta lunática." -Me refería a que… -empezó a decir Crane en un tono de conversación tan jovial que resultaba grotesco, pero la joven le interrumpió.

–Oh, no -dijo con fingida alegría-, deja que acabe de decir lo que me está pasando por la cabeza, querido. – Estaba conduciendo a gran velocidad y dejaba atrás otros vehículos mientras el horrible payaso gigante de color

blanco y rosa que había delante del Circus Circus pasaba velozmente al lado de Crane-. Veamos… Para empezar no soy una chica, ¿de acuerdo?

Creo que nunca lo he sido. Y tampoco soy buena…, la víspera de Año Nuevo acuchillé a una vieja en una casa cerca de Tonopah, y espero que mi hermano sea la única persona a la que tenga que matar entre este momento y la Pascua, pero no vacilaré en hacerlo… Si tu Reina de Corazones no estuviese muerta no habría vacilado en matarla apenas se hubiese interpuesto en mi camino. – Hablar parecía haber servido para disipar su ira, y Nardie meneó la cabeza con una expresión casi de perplejidad-. Si fuera una buena chica no podría salvarte la vida.

Crane había vuelto a relajarse en el asiento y estaba ordenando a los músculos de sus párpados que se flexionaran rítmicamente para mantenerlos abiertos.

–De todas formas no creo que puedas hacerlo, Nardie -dijo-. Mi padre me ha clavado el anzuelo muy hondo. Creo que no ha habido ninguna esperanza para mí desde el sesenta y nueve cuando jugué a la asunción en su casa-barco.

Nardie giró bruscamente a la derecha y metió el taxi en el aparcamiento del Caesars Palace. Después aceleró por el carril de entra-da y acabó deteniéndose al final de la hilera de taxis que esperaban en la parada.

Luego giró en el asiento hasta quedar de cara a él. Tenía los ojos muy abiertos. – ¿Jugaste a la asunción?

Crane asintió con un lento y pesado movimiento de cabeza.

–Y… Bueno, supongo que se podría decir que gané. Acepté dinero a cambio de mi mano concebida.

–Pero… No, ¿por qué iba a hacer eso? Ya eras su hijo.

–No lo sabía. Yo tampoco lo sabía. – ¿Y cómo demonios fuiste a parar a su embarcación? ¿Fuiste atraído hacia ella o algo por el estilo?

Crane se encogió de hombros.

–No lo sé. Era jugador de póquer profesional, igual que mi padre adoptivo. Era una partida de póquer.

–Sal del coche.

Crane alzó la manija desprendida de la puerta.

–Tendrás que dejarme salir.

Un instante después Nardie ya había abierto su puerta, había pasado corriendo por delante del coche y había abierto la puerta de Crane.