La última partida
Capítulo 40
"Un viejo Rey muerto", pensó con un estremecimiento en el que había algo más que temor o preocupación, y volvió a impulsarse hacia adelante moviendo las piernas.
Una columna de piedra en forma de pirámide recubierta de protuberancias nudosas fue materializando su silueta en la penumbra por delante de él. Crane volvió a erguirse en el agua permitiendo que el CRF a medio hinchar le mantuviera en un estado de flotabilidad neutral, y fue impulsándose con las manos para acercarse lo más despacio posible a la torre sumergida.
El aire que siseaba en el regulador cuando inhalaba estaba más caliente que hacía unos momentos, y llevaba consigo los olores del humo de los cigarrillos, la ginebra y el papel de los billetes.
Cuando estuvo a un metro del objeto pudo ver que el bulto que había en lo alto de aquella especie de columna era una cabeza, un cráneo envuelto por algas en vez de por carne.
Los pómulos y las cuencas oculares se habían convertido en coral, y una perla de gran tamaño relucía en la órbita izquierda.
Crane comprendió que aquel cambio marino era una reparación de los daños sufridos, una especie de curación póstuma, y pensó en la cabeza de querubín con las dos varillas metálicas atravesándole la cara dibujada en la carta de la baraja Lombardía Zeroth.
La música sonaba más fuerte, y Crane casi pudo distinguir palabras en el telón de fondo de las voces y las risas. Sus fosas nasales captaron con toda claridad el olor del bistec a la plancha y la salsa bearnesa.
Crane extendió lentamente un brazo a través del agua fangosa, y acarició la perla que era el ojo de la cabeza con la yema de su dedo índice.
40
La mosca Y retrocedió violentamente dejando escapar un chorro de aire en un involuntario grito de sorpresa.
Estaba sentado en una silla junto a una mesa delante del hombre al que había visto pescando en el bote, y se encontraban en una habitación alargada de techo bajo con dos grandes ventanales detrás del pescador que permitían ver un cielo azul lleno de sol.
Crane permaneció lo más inmóvil posible.
La boquilla del regulador seguía estando entre sus dientes, pero ya no llevaba una máscara de buceo y a pesar de eso podía ver con toda claridad, lo cual quería decir que estaba fuera del agua.
Movió un brazo con mucha lentitud y se sacó el regulador de la boca.
Y su boca se llenó al instante de agua del lago. Crane volvió a ponerse la boquilla del regulador entre los labios y expulsó el agua por la válvula de salida.
"De acuerdo -pensó asintiendo para sí mismo mientras intentaba contener el pánico que amenazaba con adueñarse de él-. Sigues estando debajo del agua. Esto es una visión…, una alucinación. Este hombre debe de ser el famoso Rey muerto."
Crane aún no quería enfrentarse a la mirada de su anfitrión, y fue moviendo la cabeza lentamente de un lado a otro para contemplar la habitación. Una gran viga de cemento atravesada en ángulo recto por vigas de madera corría a lo largo del techo; paisajes enmarcados colgaban de las paredes color crema y divanes, sillones y mesas estaban esparcidos como al azar sobre la enorme alfombra marrón claro. Las ventanas abiertas que había detrás de su anfitrión le permitieron oír risas y el chapoteo indicador de que alguien acababa de lanzarse a una piscina.
Todo aquello resultaba confuso y difícil de entender.
El aire que había en su boca olía levemente a cloro, y por debajo de ese olor estaban los débiles aromas del cuero y la loción para después del afeitado.
Crane acabó volviendo la mirada hacia el hombre sentado al otro lado de la mesa.
Y, una vez más, vio que parecía tener treinta y pocos años, cabellos castaño oscuros alisados hacia atrás gracias a la brillantina, labios gruesos y ojos con pestañas muy largas que hacían que su leve sonrisa pareciese ocultar un secreto. Una chaqueta a rayas de corte excelente abierta revelaba una camisa de seda blanca con unas solapas muy grandes.
La reluciente superficie de la mesa que se interponía entre ellos contenía dos terrones de azúcar envueltos en papel, una lata de insecticida Flit, una copa dorada parecida a un cáliz y una hoja oxidada y sin mango que mediría unos quince centímetros de longitud.
Crane se acordó de que las copas eran su palo en la baraja del tarot, y alargó una mano -vio que él también parecía llevar una camisa de seda con
gemelos de ónice, cosa que no le sorprendió demasiado- y señaló la copa.
El hombre sonrió, aparentemente complacido, y se puso en pie. Crane vio que llevaba unos pantalones a rayas de cintura muy alta que hacían juego con la chaqueta, y unos zapatos de cuero con las punteras muy puntiagudas que parecían bastante caros.
–Sigues siendo tú -dijo el hombre, y Crane se dio cuenta de que la voz no estaba del todo sincronizada con el movimiento de los labios-. Temía que no fuera así. – Metió una mano dentro de su chaqueta y sacó de ella una reluciente pistola automática. Crane se tensó disponiéndose a saltar sobre él, pero el hombre cogió el arma por el cañón y la dejó encima de la mesa delante de Crane-. Cógela. El seguro no está puesto, y hay una bala en la recámara. Lo único que has de hacer es echar el percutor hacia atrás y apretar el gatillo.
Crane cogió el arma. Era una Springfield Arms del calibre 45 con cachas de madera, y pesaba bastante. Después de haberla cogido se quedó inmóvil durante unos momentos preguntándose si su anfitrión quería que hiciera algo con ella, y un instante después vio que el hombre se daba la vuelta hasta quedar de espaldas a él. Crane se encogió de hombros, y deslizó la pistola automática debajo del cinturón de los pantalones grises que habían sustituido a los pantalones de goma negra del traje de buceo.
El hombre fue hacia una puerta corredera de cristal abierta que había en una esquina del lado de la habitación que daba a la piscina, miró hacia atrás y le indicó que le siguiera con una mano pulcramente manicurada.
Crane se puso en pie -se dio cuenta de que llevaba zapatos en vez de pies de pato y de que no parecía sentir el peso del tanque de oxígeno sobre su espalda-, cruzó la alfombra y siguió a su anfitrión hasta salir a una pequeña terraza cuadrada.
Debajo de ellos había una extensión de césped puntuada por palmeras que llegaba hasta la franja de cemento que circundaba la piscina, y al otro lado de la piscina estaba el casino, un edificio pintado de color verde pistacho. Más allá del casino y de la angosta franja de la autopista el desierto se extendía hasta confundirse con el horizonte, y Crane tuvo que inclinarse sobre la barandilla de la terraza y mirar a su derecha para ver el edificio más próximo, una estructura no muy alta situada al otro lado de la autopista a un kilómetro en dirección norte.
La reconoció. Había estado allí muchas veces cuando era pequeño.
Era el Last Frontier, una mezcla de rancho, casino y motel decorado al estilo del oeste detrás del que había una "calle" formada por edificios de pueblos fantasma desmontados y vueltos a montar allí que servía para entretener a los niños.
Después fue vendido, se volvió a abrir en 1955 después de que se le cambiara el nombre por el de New Frontier y acabó siendo derribado en 1965. El Casino Frontier en el que había estado jugando al póquer la semana pasada había sido construido en 1967 en el mismo sitio.
Y, naturalmente, sabía dónde se encontraba. Miró hacia abajo y se estremeció al ver la rosaleda que tan bien recordaba.
Estaba en el nivel de apartamentos-terraza del Hotel Flamingo tal como había sido el lugar a comienzos del año 1947 antes del asesinato de Benjamin Siegel, popularmente conocido como "Bugsy", aunque casi nadie se había atrevido a utilizar aquel apodo delante de él. Ése era el aspecto que había tenido el Flamingo cuando era el único casino-hotel elegante de Las Vegas, cuando sus cuatro pisos lo habían convertido en el edificio más alto que había en un radio de quince kilómetros.
Crane se irguió y contempló al hombre vestido con elegancia un tanto chillona que tenía delante. Intentó decir "Señor Siegel", pero sólo consiguió soltar aire por el regulador.
–Sabes qué sitio es éste -dijo Siegel.
Crane captó una débil huella de acento neoyorquino, y se dio cuenta de que el sonido había conseguido sincronizarse con el movimiento de los labios.
Crane asintió.
–Mi castillo… -dijo Siegel girando sobre sí mismo y volviendo a entrar en la sala-.
Tu padre probablemente te trajo aquí después de disparar contra mí.
Se detuvo delante de una librería adosada a la pared cuya parte inferior estaba incrustada en la mampostería. Siegel le guiñó un ojo y levantó el estante que estaba al nivel de su rodilla esparciendo los libros por el suelo.
Debajo del estante en vez del estrecho recinto de un armarito había un pozo rectangular que se iba alejando hasta perderse en la oscuridad que había más abajo con una escalerilla de madera instalada en la pared del otro lado.
–Caja fuerte y escondite -dijo Siegel.
Arrojó el estante a un lado, fue hasta la mesa y volvió a sentarse.
–Siéntate -dijo Siegel.
Crane cruzó la alfombra y se instaló en el borde de la silla que había delante de Siegel consciente del bulto duro de la pistola automática que llevaba debajo del cinturón. Se recordó que debía respirar despacio y con regularidad sin contener el aliento en ningún momento. En el mundo real del año 1990 podía estar subiendo o bajando, e incluso era posible que estuviese flotando en la superficie del lago.
–En una ocasión John Scarne me enseñó un truco para proponer una apuesta -dijo Siegel, y empezó a desenvolver los terrones de azúcar.
Después dejó los cubitos blancos encima de la mesa y desenroscó la parte superior de la lata de Flit-. Se llama la mosca.
Siegel metió una mano debajo de la mesa y cogió el micrófono de un intercomunicador.
–Eh, chef -dijo -. Aquí Benny. Jack está aquí y necesitamos una mosca viva.
Soltó el micrófono, y éste se disolvió convirtiéndose en humo.
Siegel introdujo un dedo en la lata de insecticida y rozó la parte superior de cada terrón con la yema.
–Una vez le gané diez de los grandes a Willie Moretti con este truco en esta misma habitación. Verás, la idea es que apuestas sobre en qué terrón de azúcar se posará la mosca. Parece una apuesta cincuenta-sobre-cincuenta,
¿verdad? Pero lo que haces es dar la vuelta a los terrones para que el que ha escogido el otro jugador tenga la cara con DDT arriba, y dejas el segundo terrón con la cara del DDT abajo. La mosca siempre acaba posándose encima de la cara que no está envenenada, y tú ganas la apuesta.
Un golpecito suave resonó en el pasillo detrás de Crane. – ¡Entre! – dijo Siegel.
Crane oyó el ruido de una puerta abriéndose, y un instante después una silueta vestida de frac pasó junto a su espalda y se detuvo al lado de su silla.
Siegel señaló la mesa.
Crane consiguió no gritar a través del regulador, pero en cuanto vio la mano del camarero del servicio de habitaciones se retorció en su asiento echándose hacia atrás.
Era la mano de un esqueleto, y los huesos estaban cubiertos de algas húmedas de color marrón. Los largos dedos depositaron delicadamente una
cajita de cartón con la tapa agujereada de la que brotaba un estridente zumbido encima de la mesa.
Uno de los ojos de Siegel se había vuelto blanco y había adquirido el lustre de una perla, pero su anfitrión sonrió a Crane y dio la vuelta a uno de los terrones de azúcar y después levantó la tapa de la cajita.
La mosca era un insecto zumbante que parecía tener el tamaño de una ciruela. Un instante después ya estaba fuera de la cajita y había empezado a revolotear alrededor de la mesa con sus patas multiarticuladas colgando fláccidamente debajo del cuerpo rechoncho.
Crane se encogió sobre sí mismo para apartarse de ella, pero la mosca ya estaba trazando círculos sobre los terrones de azúcar.
–Digamos que apuestas cinco de los grandes a que se posa encima de ése -dijo Siegel con voz jovial señalando el terrón que tenía la cara untada con DDT hacia arriba.
La mosca se posó sobre el otro terrón. Sus largas patas parecieron abrazar el cubo de azúcar, y su cabeza empezó a moverse sobre la superficie.
La luz que entraba por las ventanas se estaba debilitando. Siegel movió una mano morena y varias lámparas se encendieron proyectando una claridad amarilla sobre la mesa. El movimiento había asustado a la mosca haciendo que emprendiera el vuelo, y mientras volvía a trazar lentos círculos por el aire Siegel cogió el terrón que el insecto había despreciado y lo arrojó por encima de su hombro. El terrón salió volando por la ventana.
–Eso era para apostar -dijo Siegel. Su voz se había vuelto un poco rasposa, y Crane le miró. La piel bronceada de la mejilla de Siegel se estaba desprendiendo y dejaba al descubierto la rugosa superficie azulada del coral-. Esto es… una lección.
La mosca volvió a posarse sobre el terrón de azúcar y empezó a mordisquearlo. Crane pudo oír un rechinar casi imperceptible.
–Sabe que hay un terrón envenenado -jadeó Siegel-, pero no se ha dado cuenta de que es éste. Ve la cara dulce y comestible, y no sabe que esconde el mismo veneno.
Unos puntitos parecieron materializarse y esfumarse sobre la cara del terrón convirtiéndolo en un dado blanco; y un instante después las marcas que aparecían y desaparecían en la penumbra de la sala parecieron convertirse en figuras de las cartas.
La mosca estaba arrojando a un lado fragmentos del terrón en su apresuramiento por devorarlo, y su cabeza erizada de pelos había quedado enterrada en el agujero que había hecho en el cubo de azúcar.
Y de repente la mosca se estremeció y cayó del terrón. Quedó acostada de espaldas moviendo sus largas patas en el aire mientras un líquido oscuro brotaba de su cabeza.
–Comprende su error cuando ya es demasiado tarde -dijo la voz enronquecida de Siegel.
Las ventanas que había a su espalda estaban cerradas y, como si se hubieran convertido en los paneles de un inmenso acuario, Crane pudo ver las aguas llenas de algas del Lago Mead moviéndose lentamente detrás de él.
Las paredes y el mobiliario se estaban disolviendo, y la luz se debilitaba muy deprisa.
La cabeza de Siegel flotaba en la penumbra humeante delante del rostro de Crane. La cabellera había desaparecido, y la piel se había convertido en una lustrosa superficie lisa salvo allí donde se veía el coral.
–Me mató -rechinó la cabeza-. ¡Me reventó un ojo de un disparo, me cortó la cabeza en la funeraria y la arrojó al lago! Haz esto también en memoria mía.
El reborde de goma de la máscara de buceo volvió a ejercer presión sobre el rostro de Crane y sus lados le obstruyeron la visión periférica, y pudo sentir el deslizarse de la delgada capa de agua que había entre su piel y el traje de neopreno. Cuando se alejó de la cabeza que reposaba en el extremo de la columna impulsándose con las piernas sus pies de pato le desplazaron una considerable distancia hacia atrás, y la cabeza se convirtió en un bulto que coronaba la columna y que apenas podía verse entre las aguas fangosas.
Crane se debatió espasmódicamente respirando a toda velocidad por la boquilla del regulador, y avanzó rápidamente a través del agua fría y sucia.
"De acuerdo -se dijo nerviosamente-, piensa. ¿Qué he sacado en claro de todo esto? Me he enterado de que mi padre mató a Bugsy Siegel, quien al parecer fue Rey antes que él. Pero ¿qué hago ahora? ¿Qué se supone que he de hacer…, echar un terrón de azúcar envenenado en el café de mi padre o algo por el estilo?"
Fuera lo que fuese lo que había ocurrido en el lago estaba claro que había terminado.
Crane giró sobre sí mismo y empezó a nadar en la dirección por la que había venido. Su pierna izquierda estaba rígida y dolorida, y cada vez que respiraba podía oír un brooong metálico en el tanque de oxígeno, una señal inequívoca de que le quedaba poco aire.
Arqueó la espalda hacia arriba disponiéndose a subir hacia la superficie…, y vio las siluetas de dos buceadores moviéndose por encima de él. Los dos llevaban fusiles lanza-arpones.
Y estaba claro que ambos acababan de captar su presencia. Los buceadores se doblaron sobre sí mismos y empezaron a bajar extendiendo los fusiles lanza-arpones hacia él.
Crane se retorció con una mezcla de sorpresa y horror, y empezó a debatirse con la esperanza de bajar lo más deprisa posible hacia las oscuras profundidades del lago, pero los arpones le golpearon un instante después.
Uno de ellos le hizo girar la cabeza al arrancarle la máscara, y el otro chocó con la hebilla y la gruesa trama de su cinturón de lastre. Crane se dio cuenta de que el segundo impacto le había herido.
Los espolones se habían enganchado en el desgarrón de su traje de goma, y Crane pudo sentir el tirón hacia arriba. Si el arpón quedaba suelto el buceador lo recuperaría tirando del cable, volvería a cargarlo en el fusil y haría un segundo disparo. El otro buceador probablemente ya estaba recuperando su arpón, y quizá ya lo tuviera en la mano y estuviera recargando el arma.
Crane se llevó las manos al cinturón y agarró el astil del arpón enganchado. Un instante después encontró el cable y tiró de él impulsándose hacia el buceador.
Crane tenía los ojos abiertos, pero ya no llevaba puesta la máscara. No podía ver nada en el agua fangosa, y tenía que exhalar por la nariz como si fuese un novato. A pesar de su pánico una parte de su mente volvió a oír la música, Begin the Beguine, y la confusión de risas y conversaciones en voz alta.
Un instante después Crane vio la masa borrosa del buceador encima de él a pesar de haber perdido la máscara y en el mismo instante el cable se aflojó entre sus dedos. El buceador había soltado el fusil lanza-arpones, y
probablemente se estaría preparando para agarrar a Crane y liquidarle con un cuchillo.
Estaba muy cerca…, a sólo dos metros de distancia.
Crane actuó sin pensar. Movió la mano hacia atrás y volvió a cerrar los dedos sobre su cinturón…, y descubrió que la 45 de Siegel estaba allí. La sacó e hizo retroceder el percutor mientras la alzaba y apuntaba el cañón hacia la silueta, tan cercana que ya podía sentir cómo removía el agua, y apretó el gatillo.
La pistola disparó aunque Crane no vio ningún destello, y estar debajo del agua hizo que el sonido del disparo pareciese un grito enronquecido.
Crane vio cómo la silueta se convulsionaba encima de él.
"Cristo, le he herido, puede que le haya matado -pensó Crane confusamente -. ¿Cómo iba a saber que una 45 puede disparar debajo del agua?"
Oyó un chasquido ahogado y la correa de la máscara tiró de su garganta.
El otro buceador había vuelto a disparar su fusil y el arpón había vuelto a chocar con la máscara de Crane, rompiéndola y haciendo que se balanceara por debajo de su oreja derecha.
Crane alzó su mano libre y agarró el astil del arpón mientras su otra mano levantaba la 45 que había vuelto a quedar amartillada automáticamente.
Sus ojos intentaban ver algo en aquellas aguas llenas de suciedad mientras los veloces regueros de burbujas que brotaban de su nariz giraban delante de su rostro…, y un instante después Crane descubrió que volvía a ser capaz de ver con su ojo de plástico.
Una silueta de un blanco luminoso recortada contra un fondo negro que habría podido ser el cielo nocturno venía hacia él. Era un buceador con máscara y pies de pato pero, como en una doble exposición fotográfica, también era un Rey barbudo vestido con una túnica y el objeto que sostenía ante él era al mismo tiempo un fusil lanza-arpones y un cetro.
Crane alzó su brazo derecho viéndolo envuelto en una manga muy holgada y también en una funda de neopreno negro, y aunque sentía el roce de la automática del 45 en sus dedos le pareció que estaba sosteniendo un cáliz de oro.
Su tanque de oxígeno resonaba con cada inspiración que hacía -
brooong, brooong-, y no llenar de aire los pulmones a través del regulador
estaba empezando a exigirle un considerable esfuerzo.
"Tienes que disparar -se dijo intentando acallar el estridente gemido de desesperación que resonaba dentro de su cabeza-. Tienes que apretar el gatillo y matar a otro hombre…, y de todas formas puede que la pistola se niegue a disparar por segunda vez debajo del agua."
La silueta que parecía fruto de una doble exposición fotográfica ya estaba casi encima suyo. Si el arma disparaba Crane no podía fallar.
Apretó el gatillo y el breve grito del disparo volvió a hacer temblar las aguas…, y un instante después Crane sólo pudo ver el agua sucia delante de su ojo izquierdo.
Se alejó impulsándose con los pies arrastrando el arpón consigo. El único tirón transmitido por el cable era el de un fusil lanzaarpones descargado, y Crane se sintió lo suficientemente seguro como para guardar la 45 debajo de su medio desgarrado cinturón de lastre.
Miró hacia arriba, extendió el arpón por encima de su cabeza y empezó a impulsarse rumbo a la superficie. Sin la máscara no podía ver lo deprisa que subían sus burbujas y no tenía ni la más mínima idea de a qué profundidad se encontraba, por lo que se obligó a mover las piernas despacio a pesar de que sus cansados pulmones le apremiaban a subir lo más deprisa posible.
Suponiendo que quedara algo de aire dentro del tanque sus pulmones ya no tenían la energía necesaria para aspirarlo, pero Crane mantuvo el regulador sujeto entre los dientes para que le ayudara a resistir el impulso cada vez más espasmódico de tragar el agua del lago.
Crane no paraba de exhalar por la nariz, pero ya no le quedaba mucho aire dentro de los pulmones. "Vamos, he de ser capaz de contener el aliento
-pensó desesperadamente-. ¡Si el maldito tanque está vacío ya no hay presión que pueda reventarme un pulmón!"Pero recordó que en una ocasión vio cómo un buceador salía a la superficie con un pulmón reventado y el cristal de la máscara opacado por una espuma sanguinolenta, y siguió soltando aire por la nariz.
"Estoy yendo hacia abajo -pensó de repente, y sintió que le invadía una oleada de pánico -. Me he estado impulsando hacia abajo. Voy a llegar al fondo, no a la superficie…"
Se quedó inmóvil con el corazón latiéndole a toda velocidad y bajó la mirada hacia sus pies de pato y más allá de ellos para ver si el agua estaba
más iluminada en aquella dirección…, y de repente sus oídos emergieron del agua.
Echó la cabeza hacia atrás, escupió la boquilla del regulador y permaneció más de medio minuto flotando en la superficie con los ojos clavados en el cielo azul mientras se llenaba los pulmones con grandes bocanadas del aire cálido y seco. "Si estoy cerca de una embarcación de los malos que me disparen -pensó-. Por lo menos moriré con oxígeno en la sangre…"
Nadie le disparó. Pasado un rato cogió el CRF e hinchó el artefacto lo suficiente para poder flotar sin verse obligado a mover las manos o los pies.
Cuando alzó una mano para quitarse la capucha del traje de goma oyó una voz que gritaba su nombre. Crane giró sobre sí mismo y vio la Isla del Muerto, y a unos cien metros la motora con Mavranos en pie detrás del parabrisas.
Crane movió su mano libre. – ¡Arky! – chilló con voz enronquecida.
La motora rugió, enfiló su proa hacia él y empezó a aumentar de tamaño subiendo y bajando y lanzando chorros de espuma hacia los lados.
Crane esperaba que Mavranos podría manejar la motora lo suficientemente bien para no atropellarle…, y la posibilidad resultaba más preocupante porque Mavranos no paraba de mirar hacia estribor y señalaba algo con la mano.
Crane parpadeó para quitarse el agua de su ojo bueno y miró hacia allí.
Mavranos estaba apuntando su revólver hacia algo.
Crane retorció la cabeza en esa dirección, y vio otra motora con un par de siluetas de pie en ella.
Y un instante después Mavranos ya había llegado y estaba haciendo girar la motora deteniéndola entre un arco de espuma, y el casco impidió que Crane pudiera ver la otra embarcación. – ¡Arriba, Pogo!
Mavranos arrojó un cable por encima de la borda. Crane lo agarró, tiró de él y se impulsó con las piernas y logró trepar a la motora a pesar de que seguía llevando puesto el tanque y el cinturón del lastre al precio de consumir sus últimas reservas de energía.
–Coge el arma -dijo Mavranos poniendo el revólver en la mano temblorosa y goteante de Crane-. Voy a salir de aquí.
Crane obedeció e intentó sostener el arma y apuntar el cañón hacia los hombres de la otra motora. – ¿Quiénes… son? – jadeó.
–No lo sé. – Mavranos se dejó caer sobre el asiento del piloto y empujó la palanca del gas hacia adelante -. Su jefe y otro tipo se sumergieron llevando fusiles lanza-arpones poco después de que bajaras -gritó Mavranos para hacerse oír por encima del rugido del motor-, y yo les miré y ellos me miraron, pero ni ellos ni yo teníamos una auténtica excusa para armar jaleo…, pero cuando uno de ellos volvió a la superficie se pusieron realmente nerviosos. Supongo que debía de ser su jefe.
Mavranos apartó una mano del volante para señalar, y Crane corrió el riesgo de apartar la mirada de la otra embarcación el tiempo suficiente para ver la cabeza oculta por la capucha y la máscara que asomaba de las aguas y se balanceaba fláccidamente de un lado a otro detrás de ellos. La estela de su motora hizo oscilar la cabeza en ese mismo instante, y Crane vio que se bamboleaba tan libremente como si fuese una pelota de baloncesto arrojada al lago.
–No saben si está muerto -dijo Mavranos -, y creo que nos conviene estar muy lejos de aquí antes de que hayan decidido qué van a hacer.
Crane permitió que su brazo tembloroso bajara el arma y se quedó inmóvil jadeando durante una docena de saltos y rebotes sobre las olas.
Después se puso de rodillas, pulsó el botón de apertura de su cinturón de lastre… y aunque podía sentir el calor de la sangre deslizándose sobre su piel bajo el desgarrón del traje de goma contempló durante varios segundos el objeto que el cinturón había estado sosteniendo junto a su cuerpo.
Aún se lo podía reconocer como una pistola semiautomática, pero las cachas de madera habían desaparecido, la corredera había quedado soldada al marco por una capa de óxido y las costras marrones de la corrosión se habían ido acumulando sobre el agujero del cañón hasta dejar un orificio tan pequeño y de contornos tan irregulares que no habría dejado pasar ni una bala del calibre 22.
Crane dejó lo que había sido un arma sobre las protuberancias de la cubierta de plástico blanco, y pasado un momento se acordó de la herida de su flanco y alargó una mano hacia la hebilla del arnés que sostenía el tanque de oxígeno.
La sangre se había deslizado por debajo de la piel de neopreno goteando por su pierna hasta llegar muy cerca de la rodilla y le había empapado la ingle, pero el corte en sí no era muy profundo a pesar de que era bastante largo y los labios de la herida estaban considerablemente desgarrados.
Crane ató las mangas de su camisa alrededor de su cintura formando una bola con la tela encima del corte, y le pareció que la tela no tenía que absorber mucha sangre.
Cogió el arma corroída, avanzó tambaleándose hacia la proa y se dejó caer en el asiento contiguo al que ocupaba Mavranos. La caricia de la brisa del lago resultaba maravillosamente fresca sobre su pecho sudoroso y su cabellera mojada.
–Ése era…, era su jefe -dijo en voz alta-, y creo que está muerto. El lago se niega a aceptar la cabeza de un aspirante al trono muerto. Si hubiera muerto ahí abajo sería mi cabeza la que estaría asomando de las aguas.
Mavranos volvió la mirada hacia él y le contempló enarcando una ceja mientras entrecerraba los ojos. – ¿También mataste al otro tipo?
–Yo… Sí, creo que sí.
Crane había empezado a temblar. – ¿Con qué? ¿Con tu cuchillo?
–Un… Con esto.
Mavranos bajó la mirada hacia el montón de metal corroído que reposaba sobre el regazo de Crane y abrió mucho los ojos.
–Eso es una pistola, ¿verdad? ¿Qué hiciste, darles en la cabeza con ella?
Crane estaba apretándose el costado por encima de la curva de la pelvis.
La herida le estaba empezando a doler, y se preguntó si las aguas del Lago Mead estarían lo bastante sucias como para que corriese un grave peligro de infección.
–Tendría que tratar de comer algo -dijo-. Te lo contaré todo mientras cenamos en Las Vegas. Ahora lo que tenemos que hacer es devolver esta motora y alejarnos lo más deprisa posible de estas montañas. El traje está demasiado manchado de sangre para devolverlo a la tienda, y un arponazo desgarró el cinturón del lastre… Meteré todo el equipo dentro de la bolsa y la hundiremos antes de llegar al atracadero. La tienda puede cargarlo en mi Visa.
Mavranos meneó la cabeza y escupió por encima de la borda.
–Hay que ver cómo tira el dinero esta jodida familia real.
Mavranos hizo retroceder la Suburban sacándola del aparcamiento del muelle y puso la primera, pero después de hacerlo se quedó inmóvil y alzó una mano señalando el parabrisas agrietado y cubierto de polvo.
–Mira eso, Pogo -dijo.
Crane se removió en el asiento y clavó la mirada en la hilera de coches aparcados que se cocían al sol enfrente de ellos. Había tres furgonetas blancas El Camino. – ¿Quieres ir a averiguar si El C tiene problemas con la corona?
–No -dijo Crane, quien llevaba puesta una camiseta de recuerdo del Lago Mead pero seguía temblando de vez en cuando -. No, larguémonos de aquí.
–Bueno, la verdad es que no creo que haga falta ir a husmear -dijo Mavranos. Puso en marcha la camioneta y bajó por la rampa que llevaba hasta la carretera. Un cartel avisaba de que Lakeshore Road quedaba a la derecha, y Mavranos hizo girar el volante en esa dirección-. Creo que has matado al Rey de los Amino Ácidos.
El hombre vestido con harapos estaba en el aparcamiento del centro comercial Fashion Show al otro lado del Strip delante del Desert Inn contemplando la caravana aparcada mientras se tiraba del dedo índice de la mano izquierda y se preguntaba cuándo conseguiría algo de comer.
Ya no podía disfrutar los almuerzos de gambas gratis en el Lady Luck de la Tercera junto a la estación de autobuses de la Continental Trailways -
una camarera del local le había dado cinco dólares y le había dicho que si volvía a aparecer con aquellas pintas y oliendo tan mal avisaría a la policía-, pero Dondi Snayheever aún podía conseguir montones de palomitas de maíz gratis en los Slots of Fun del Strip.
Y en los abundantes bares y restaurantes baratos que había esparcidos por la ciudad se había tropezado con especímenes que tenían un aspecto mucho peor que el suyo.
Snayheever también había descubierto que el mendigar se le daba estupendamente.
Las siluetas oscuras de movimientos mecánicos solían convertirse en Personas reales cuando se aproximaba a ellas, aunque no durante mucho tiempo; y un instante después la Fuerza con su león humillado o el Ermitaño, o el hermafrodita desnudo que era el Mundo o los Amantes, suponiendo que se tratara de una pareja, dejaban caer monedas de oro en la palma de su delgada y sudorosa mano derecha. Las Personas siempre desaparecían a toda velocidad después de darle las monedas y dejaban en su lugar a los hombrecitos y las mujercitas hechos de sombras que lograban expresar una mezcla de vaga perplejidad, repugnancia y sorpresa ante lo
que acababan de hacer -a pesar de que sus rostros delgados como hojas de papel resultaban muy difíciles de ver-, y las monedas de oro se convertían en fichas y monedas de veinticinco centavos, pero Snayheever podía utilizarlas y probablemente resultaban más fáciles de gastar de lo que lo habrían sido auténticas monedas de oro.
Sabía sobre qué acantilado estaba destinado a bailar muy pronto, el próximo viernes, el Viernes Santo -había visto una foto en un expositor de postales en una tienda de recuerdos-, pero aún tenía que encontrar a su madre.
Y matar a su padre porque le había traicionado.
Esa última parte iba a ser bastante difícil porque su padre podía cambiar de cuerpos. El día anterior Snayheever había estado contemplando a las figuritas que se balanceaban en los trapecios del Circus Circus, y de repente había estado hablando con su padre -gumby gumby, pudding y pineal-, pero los guardias de seguridad le habían obligado a marcharse de allí y no había permanecido en contacto con él el tiempo suficiente para averiguar dónde se encontraba físicamente.
Los dedos de su mano derecha seguían ocultos debajo del sucio vendaje que envolvía su mano izquierda moviendo la fría carne del índice de un lado a otro.
Había visto a un hombre saliendo de la caravana aquella mañana, y estaba casi seguro de que era su padre. El hombre vestía una chaqueta de cuero blanca con lentejuelas cosidas, calzaba botas blancas de media caña y su cabellera había sido dominada con brillantina hasta formar un tupé realmente impresionante, pero se había metido en un taxi y se había ido antes de que Snayheever pudiera cruzar el aparcamiento y llegar hasta él; y debía ser consciente de la presencia de Snayheever porque se había mantenido alejado de la caravana desde aquel momento.
"No regresará hasta que me vaya -razonó Snayheever-. Cree que entonces podrá largarse en la caravana volviendo a dejarme tirado, pero pondré un localizador en su vehículo y así siempre podré saber dónde se encuentra."El dedo se desprendió por fin sin ningún dolor, pero con una débil vaharada pestilente. Snayheever lo sacó del vendaje y vio que se había vuelto de color negro. "Puede que me esté convirtiendo en un negro", pensó.