La última partida
Capítulo 48
El último aviso y la última llamada Cuando Crane hizo girar la llave en la cerradura de la puerta de la habitación del hotel y la abrió olió a café caliente. Diana y Dinh estaban junto a la ventana con una taza cada una, y se apresuraron a volver la mirada hacia él apenas entró.
–No -dijo Crane. Se quitó la peluca y se llevó la pequeña sorpresa de ver cómo su brazo se movía hacia atrás y arrojaba la gorra de cabellos rubio rojizos contra el espejo-.
No, no la ha comprado. He de volver allí antes del mediodía y he de volver a preparar la baraja antes de entonces. No tendré tiempo de dormir ni un minuto.
Diana fue corriendo hacia él y le acarició el brazo. Crane se obligó a no apartarse. – ¿Te apetece un poco de café? – le preguntó.
–Ojo de madera, ojo de madera -respondió Crane distraídamente repitiendo la penúltima frase de un viejo chiste que le gustaba mucho a Susan.
Diana le dio su taza, que estaba casi llena y seguía humeando.
–Toma -dijo-. Yo me prepararé otra. Crane la dejó sobre la mesilla de noche.
–No quiero café.
El olor del café flotaba en el aire como si fuera humo de cigarrillos, y Crane no podía quitarse de la cabeza la imagen de una taza de café metida dentro de un horno puesto al mínimo.
Y los enfermeros, y una ambulancia, y después de eso una botella para impedirle recordar los sueños.
–Es de un chiste -dijo con irritación-. "Ojo de madera, ojo de madera." -
Diana le contempló con cara de no entenderle. Al parecer nunca había oído contar aquel chiste. ¿Cómo era posible que no lo conociera? – . Acaba con
"Jorobado, jorobado" -dijo secamente Crane-, aunque también he oído una versión que acaba con "Labio leporino, labio leporino".
Mavranos acababa de llegar de la habitación contigua, y Crane le vio intercambiar una rápida mirada con Dinh. "Exacto, Arky -pensó-, me estoy volviendo loco… He empezado a hablar de jorobados y labios leporinos.
Maldita sea mi alma, removería el cielo y la tierra por una…"
El teléfono que había sobre la mesilla de noche empezó a sonar, y todos se sobresaltaron salvo Crane. Dinh dio un paso hacia él, pero Crane estaba más cerca y cogió el auricular. – ¿A quién encontrarás que puedas amar, innoble criatura, salvo a Mí…, salvo a Mí? – canturreó la voz del teléfono.
Crane reconoció la cita. Eran dos líneas del poema favorito de Susan, El sabueso del cielo, de Thompson.
Y, naturalmente, reconoció la voz.
"Es mi esposa -pensó -. No debería hablar con ella.
"¿Por qué no?
"Porque no es mi esposa -se dijo-. ¿Te acuerdas? Es la bebida o la Muerte, o algo que es ambas cosas al mismo tiempo, así que ni siquiera puedo hablar con ella… Pero ¿y si también es ella, y si también contiene una parte de la auténtica Susan? Quizá realmente es su fantasma y todo lo malo que lleva consigo no es más que un añadido.
"Y aunque no haya nada de Susan en esa criatura, ¿y si la bebida puede crear una imitación convincente de ella? Probablemente moriré mañana después de no haber conseguido repetir ese estúpido juego de manos con las cartas por tercera vez. Dejaré de existir después de que mi padre me eche a patadas de mi cuerpo… ¿No podría hablar con esa criatura un par de minutos por teléfono? ¿Qué daño me hará escuchar lo que tenga que decirme? Y quizá pueda darme alguna información que necesito, y su voz suena tan parecida a la de Susan y estoy tan cansado que estoy seguro de que puedo obligarme a creer que es Susan. Ah, si me dejaran en paz…" -Un momento -dijo por fin, y puso la palma de la mano sobre la boquilla del auricular-. Es un asunto privado -dijo mirando a las otras tres personas presentes en la habitación-. ¿Os importaría…?
–Cristo, Scott -dijo Mavranos-, esa cosa no es… -¿Os importaría? –
repitió Scott.
–A mí sí me importaría -dijo Diana, y su voz estuvo a punto de quebrarse -. Scott, por el amor de Dios…
–Bueno, si ni siquiera puedo… Todo lo que… – Crane meneó la cabeza como si intentara poner algo de orden en sus pensamientos-. Maldita sea,
¿queréis hacer el favor de ir a la otra habitación?
Mavranos, Diana y Dinh le contemplaron en silencio durante unos segundos. Después Mavranos movió bruscamente la cabeza señalando la
puerta que conectaba las dos habitaciones y los tres cruzaron el umbral sin decir ni una palabra y la puerta se cerró unos instantes después.
–Estamos solos -dijo Crane. – ¿Qué es lo que dicen en un bar cuando son las dos menos diez de la madrugada y es tu última ocasión de conseguir que te sirvan un trago? – preguntó la voz de Susan.
–Dicen "Último aviso".
Crane intentaba mantener la calma, pero le temblaba la voz.
–Éste es el último aviso y la última llamada -dijo Susan-. Es la última vez que te llamo. Después de que cuelgues el auricular me habré ido para siempre o estaré contigo para siempre.
–Eres… Hum… Eres un fantasma -dijo Crane.
Deseó poder pensar con claridad. Su ojo de plástico le estaba molestando mucho. No se lo había lavado y no había irrigado la cavidad desde el miércoles. Sabía que eso era como extender una invitación a la meningitis, y la pierna le dolía y podía sentir cómo la sangre empapaba el vendaje que llevaba debajo de las costillas del lado derecho. Una ola de agotamiento le obligó a cerrar los ojos.
–Si vinieras conmigo tú también serías un fantasma. Para toda la eternidad, y volverías a estar entero… Ve a jugar a las cartas, ¿por qué no?
Finge que me has rechazado…, adelante, vuelve a preparar tu baraja si quieres, pero déjala dentro de tu bolso. ¿A quién le importa cuáles son las manos y dónde van a parar? Y tómate una copa…
–"Y cuando seas mía -dijo Crane citando otro de los poemas favoritos de Susan-, hermosa diosa del Vino, te besaré en mi copa." -"Y yo te devolveré el beso. Es mucho más agradable si no te resistes." -Estaba citando a Lauren Bacall en Tener y no tener-. "Oh, silba y acudiré…"
La última cita era de un relato de fantasmas. Bueno, Crane estaba viviendo un relato de fantasmas.
–Sé silbar -dijo Crane con voz adormilada-. Basta con poner los labios sobre el gollete y chupar.
Le reconfortaba saber que todo aquello tenía sentido para ella y que podía entenderlo, y saber que nadie que hubiera vivido fuera de las fronteras de aquel matrimonio dentro del que había sido tan feliz y con el que se había sentido tan a gusto habría podido comprender ni una sola palabra de cuanto estaba diciendo. Sí, tenía que ser el fantasma de Susan, no podía ser otra cosa…
–"Y puedes deslizarte hasta el final de la colina y dejar atrás la luz del sol…, sobre el viejo y querido Rosebud" -dijo la voz de Susan. Susan siempre había adorado Ciudadano Kane-. Lo que traducido para ti quiere decir Bud.
La taza de café seguía humeando sobre la mesa. Crane la tocó. El asa estaba tan caliente como si hubiera estado metida dentro de un horno, pero un instante después se enfrió y quedó cubierta de vaho, y la taza se convirtió en una botella de cerveza Budweiser.
Crane la cogió y la contempló con curiosidad. Parecía una botella de verdad.
–Es la única forma que te queda de llegar hasta mí.
"Un sorbito nunca ha hecho daño a nadie", pensó Crane. Alzó la botella, pero se quedó inmóvil cuando aún estaba a unos centímetros de sus labios.
–Adelante -dijo la voz del teléfono-. Sólo verán una taza de café. Diana nunca se enterará de lo nuestro. ¿A quién le importa cuáles son las manos y dónde van a parar?
"Un traguito y a dormir -pensó-, y Susan en mis sueños." -Volverás a tener dos ojos -dijo la voz-. Tu padre no te habrá hecho daño, y nunca dejará de estar a tu lado. Yo tampoco habré dejado de estar a tu lado.
Crane podía recordar cómo había adorado a su padre cuando tenía cinco años de edad, y cómo había amado a Susan. Aquellos sentimientos habían sido hermosos y buenos; nadie podía afirmar que no lo hubieran sido.
Alguien llamó a la puerta de entrada de la habitación. Crane dio un salto y derramó un poco de cerveza fría sobre su muñeca.
–Deprisa -dijo Susan.
Fuera quien fuese la persona que estaba en el pasillo había empezado a gritar. – ¡Heidi, Heidi!
–No es más que uno de mis borrachos -dijo Susan con voz apremiante-.
Haré que se vaya. ¡Bébeme!
Crane podía sentir el frío de la cerveza en su muñeca. Se acordó del viejo Ozzie cuando preparaba los biberones para Diana. El padre adoptivo de Crane los calentaba en un cazo lleno de agua, y luego averiguaba si estaban a la temperatura adecuada dejando caer unas gotitas sobre su muñeca. Ozzie nunca le habría dado un biberón que estuviera tan frío.
"No puedo permitir que se lo tome estando tan frío -pensó Crane-. El amor que sentía hacia mi padre y el amor que sentía hacia Susan eran
buenos, pero Diana me quiere y yo la quiero, y eso es algo que está ocurriendo ahora y no algo del pasado."
Se preguntó si Diana estaría captando la tentación de reunirse con los muertos que sentía en aquellos momentos.
–No -dijo, y un instante después el frío del aire acondicionado atravesó su delgado vestido de algodón y le hizo estremecerse, y se le quebró la voz-. No… No lo haré, yo no… Yo no, tu esposo no. Si hay en ti alguna parte de mi…, de mi auténtica esposa no puedes desear que lo haga, no a este precio.
Crane dejó la cerveza sobre la mesilla de noche. – ¿Crees que puedes ayudar a tu hermana? – preguntó Susan con voz estridente -.
No puedes ayudarla. Oh, Scott, por favor… ¡Sólo puedes ayudar a tu esposa y a ti mismo!
Y a tu verdadero padre, y te recuerdo que no has pensado ni una sola vez en él y en lo que puede sentir. – ¡Heidi, Heidi! – volvió a gritar la voz desde el pasillo. – ¡Oh, muérete! – gimió Susan.
Crane pensó que probablemente estaba hablando con el hombre del pasillo, pero la desesperación le hizo decidir que las palabras iban dirigidas a él.
–Lo haré -dijo Crane- y moriré. Por lo menos yo…
"¿Qué? – pensó-. Me enteraré de lo que me ocurra. Seguiré siendo el hombre al que Diana ama."
Apartó el auricular de su oreja y lo llevó hacia el soporte del teléfono…, y sus dedos se entumecieron de repente y lo dejaron caer.
Alargó la otra mano hacia el auricular caído en el suelo y también perdió toda sensibilidad en ella, y lo único que pudo hacer fue rozar el plástico con las yemas de sus dedos repentinamente fláccidos. – ¡Tú me quieres! – chilló la voz que brotaba del auricular.
Crane se puso a cuatro patas jadeando y casi sollozando, y cogió el auricular entre los dientes. La voz suplicante y quejumbrosa de Susan era un zumbido en los músculos de sus mandíbulas, una vibración que resonaba en su cabeza. Se le nubló la vista y sintió que su mente se iba llenando de tinieblas, pero aumentó la presión que ejercía con los dientes y se puso de rodillas.
Las lágrimas y la saliva brillaron como perlitas sobre el auricular cuando por fin consiguió dejarlo caer sobre el soporte silenciando la voz, y
Crane vio que sus dientes habían dejado señales en el plástico.
Se dejó caer hacia atrás hasta apoyar la espalda en la cama y vio que la puerta que unía las dos habitaciones volvía a estar abierta. Diana y Dinh le estaban mirando con una expresión de alarma y de no entender nada, y Mavranos fue hasta la puerta de entrada y la abrió.
Dondi Snayheever entró caminando de puntillas moviendo la mano cubierta por el vendaje sucio arriba y abajo y abrió la boca enseñando todos sus dientes en una sonrisa de loco.
–Heidi, Heidi, jo -dijo.
Mavranos había retrocedido rápidamente hasta la cama y había metido la mano dentro de la bolsa de lona en la que guardaba su 38.
Crane se limpió la cara con la colcha y se puso en pie. – ¿Qué quieres?
– le preguntó a Snayheever con voz temblorosa.
Seguía jadeando, pero intentó inyectar un poco de autoridad en su tono.
Snayheever había perdido peso. Su cráneo parecía brillar a través de su piel ruborizada por la fiebre, y Crane pudo entrever una débil aura rojiza que parpadeaba alrededor del cuerpo anguloso del joven. El brazo herido seguía moviéndose espasmódicamente. Los ojos encendidos de Snayheever se posaron en Diana, su boca dejó escapar un gruñido como si acabaran de herirle y cayó de rodillas.
–El ojo del flamenco -dijo-, no el del cuervo. Por fin te he encontrado, Madre.
Diana se quedó inmóvil durante unos momentos, pero acabó yendo hacia él ignorando el ladrido de advertencia lanzado por Mavranos y acarició la cabellera grasienta de Snayheever.
–Levántate -dijo.
Snayheever se puso en pie moviéndose con bastante dificultad porque su pierna izquierda había empezado a temblar.
–Si no le detengo el otro te encontrará y te matará -dijo-, pero lo haré.
Es lo único que me queda por hacer. – Tiró de las solapas de su chaqueta de pana-. Una chaqueta que le pedí prestada a James Dean, y cantaré para vosotros dos como un pájaro, como una hermosa cigüeñita que vuela por el cielo haciendo círculos, ¿verdad que sí? Eso es de Hemingway. El vuelo es bueno y él picará. Sí, se podría decir eso… Tengo mi dedo sobre el pulso atrapado detrás de la placa de la matrícula, y está en las compuertas y los desagües y las represas, y él quiere dejar que la rueda siga girando y
girando veinte años más porque ahora tiene la nariz rota…, el pico torcido…, y no tiene Reina. Graznará y chillará en la longitud de onda para que nadie pueda oír nada hasta que sea demasiado tarde, y ensuciará el agua del baño hasta dejarla tan asquerosa que ya no se podrá usar para nada. Ray Joe, una lamentable salvación.
–Está hablando de mi hermano -murmuró Nardie-, y lo que dice tiene sentido.
–Oh, claro, cuenta con mi voto -gruñó Mavranos con su mano aparatosamente tensa sobre la culata del arma que había dentro de la bolsa-.
Diana, ¿quieres hacer el favor de alejarte de él?
Diana dio un paso hacia atrás y se puso al lado de Crane.
–Quiere decir que mi hermano está en la presa Hoover -explicó Nardie con voz tensa- y que Ray-Joe intentará retrasar la sucesión, la coronación, la resurrección del Rey en sus nuevos cuerpos…, dejará que el círculo siga en movimiento sin que se decida quién ocupará el trono. Es lo que Ray-Joe haría. Si le fracturé la nariz no puede aspirar a ser Rey. El Rey tiene que ser físicamente perfecto, y aún debe de tener los dos ojos morados y toda la cara hinchada, ¿no? Lo que hará será…, generará una especie de ruido psíquico que ahogue la señal del Rey, y creo que luego se las arreglará para que el agua quede espiritualmente contaminada, y todo el mundo tendrá que esperar veinte años más hasta que vuelvan a darse las circunstancias adecuadas. A esas alturas el viejo Rey probablemente habrá muerto al no haber podido usar ningún cuerpo nuevo, y Ray-Joe habrá tenido tiempo para adiestrar otra Reina, probablemente desde el momento de su nacimiento…, y podrá subir al trono sin ninguna oposición y…, y se sentará en él.
–Dios -dijo Crane intentando que el nervioso alivio que sentía no resultara perceptible en su voz-, ¿y tan malo te parece eso? Si tu hermano consigue que mi padre no pueda hacer su truco de prestidigitación este año no perderé mi cuerpo. Y todos podremos volver a casa, ¿no? Y yo dispondré de veinte años más para pensar en qué he de hacer cuando su…, su hora vuelva a llegar por fin.
Nardie le miró fijamente.
–Sí, tienes razón -dijo-. Pero no tendrás una esposa. Ray-Joe buscará a Diana hasta encontrarla y la matará tal como dice este tipo. Ray-Joe nunca
querría alguien como ella para que fuese su Reina y el mero hecho de que esté viva la convierte en un gran problema para él, ¿entiendes?
–El teléfono es para llamar al servicio de habitaciones -dijo Snayheever señalando el auricular que Crane había mordido -. Se pide… comida, se piden varios platos del menú y luego te los comes. Lo que no haces nunca es comerte el teléfono. – Asintió enfáticamente-. Intentará comerme, no me extrañaría nada. Siempre tengo un perro.
Porque ahora ladra toda la noche y siempre está tirando de su correa.
Alzó la mirada hacia Diana.
–Podría decirse que este hijo vino aquí porque quería despedirse de su madre -murmuró-. No volveremos a vernos.
Los ojos de Diana estaban humedecidos por las lágrimas cuando volvió a ignorar el grito de advertencia de Mavranos y fue hacia Snayheever y le abrazó, y Crane comprendió que estaba pensando en Scat y Oliver.
–Adiós -dijo un instante después.
Sus brazos dejaron de rodearle, y Diana dio un paso hacia atrás.
–Ser hijo no resulta nada fácil -dijo Snayheever, y clavó su mirada ardiente en Crane-. Te perdono, papá.
Crane contempló el vendaje mugriento y lleno de manchas que había al final del brazo tembloroso, y asintió admitiendo ante sí mismo que agradecía el haber sido perdonado.
Después Snayheever giró sobre sí mismo y salió cojeando de la habitación.
Mavranos fue hacia la puerta llevando consigo la bolsa de lona sin sacar la mano de ella y la cerró.
–Últimamente hay un montón de gente muy jodida por los alrededores -
dijo en voz baja, y se volvió hacia Nardie-. Tu hermano está en la presa,
¿no? Y si consigue desmontar el reloj del viejo vendrá en busca de Diana.
–Exacto.
Mavranos suspiró y acarició el pañuelo que llevaba anudado alrededor del cuello.
–Un día más -dijo -. Bueno, supongo que iré a la presa. ¿Alguien necesita que le lleven en dirección sur? Diana le contempló con expresión solemne.
–Gracias, Arky. Ojalá…
Mavranos la hizo callar con un gesto de la mano.