La última partida

Tim Powers · Capítulo 6 de 54

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La última partida

Capítulo 5

Betsy se acordaba de haber visitado el pueblo falso que la gente de los alrededores había bautizado con el nombre de Ciudad Apocalipsis.

–No, doctor, no son ellos. Ande, suba al coche… No eran gente de verdad, ¿entiende?

El doctor Leaky alzó laboriosamente un pie y lo metió dentro del coche.

–Ya lo sé -dijo asintiendo con lenta dignidad-. El problema es que no eran lo suficientemente realistas…

–A diferencia de los chicos de yeso que hay delante del Caesars, ¿eh?

Claro, claro.

Entre en el coche.

–Como ofrenda, como sacrificio… no eran lo bastante realistas -dijo el anciano con voz temblorosa-. Las cartas no se dejaron engañar.

Vaughan se inclinó hacia adelante para ayudar al doctor Leaky a acabar de meterse en el coche. Durante un momento Betsy pudo ver la pistola Sig-9 semiautomática de 9 mm que Vaughan llevaba en una funda especial de hombro debajo de la chaqueta.

Antes de entrar en el coche alzó el rostro hacia la brisa. Sí, por lo menos uno de los peces había crecido hasta alcanzar el tamaño suficiente para que resultase interesante.

Quizá fuese el tipo que había entrado en su mente cuando estaba en el Dunes la noche anterior. "Me pregunto quién es la bebida para él", pensó.

El ciclo exigía veinte años de espera, pero acababan madurando. En aquellos momentos alguien a quien no conocía lo estaba pasando muy mal.

Cuando llegara el Sábado Santo, el día antes de la Pascua, habría otra resurrección.

5

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Persiguiendo la línea blanca Crane se puso en pie y volvió al porche con una lata de cerveza por empezar. – ¿Qué? – preguntó.

–No pretendía leer tu correo, Pogo -dijo Mavranos-, pero si no pagas a esos tipos perderás tu casa.

Mavranos le alargó una hoja de papel en la que había números y unas cuantas líneas escritas a máquina. El sobre gris había sido abierto y dejado sobre la mesa. – ¿De quién es esa carta? ¿Es del banco?

–Exacto. Están hablando de embargar. – Mavranos tenía el ceño fruncido-. Será mejor que les pagues. No quiero correr el riesgo de que a mi nuevo vecino no le haga gracia vivir al lado de un inútil que siempre se está emborrachando con cerveza. Scott…

–Se inclinó hacia adelante. Había utilizado su nombre de pila, y eso hizo que Crane se diera cuenta de que hablaba en serio-. Scott, esto no es ninguna broma -dijo Mavranos articulando cada palabra con la máxima claridad posible-. Búscate un abogado, consigue algún subsidio del gobierno, declárate insolvente y acógete al artículo trece…, pero tienes que hacer algo.

Scott Crane acercó la hoja de papel a su ojo sano e intentó entender lo que había escrito en ella. No podía perder la casa, y menos ahora que el fantasma de Susan parecía estar en ella.

–Supongo que tendré que volver a trabajar -farfulló.

Arky le contempló en silencio y parpadeó un par de veces. – ¿Sigues trabajando en el restaurante?

–No lo creo. Me telefonearon unas cuantas veces, pero no he ido allí desde…, desde hace varias semanas. No, creo que eso se acabó. Tendré que volver a…, a mi antiguo trabajo. – ¿Y cuál es? Será mejor que te proporcione un cheque de paga pronto…, y con unos cuantos ceros.

–Si todo va bien es justo lo que sacas de él. Lo dejé hace…, hace ocho o nueve años cuando…, cuando me casé con Susan y empecé a trabajar en el Villa. Susan nunca dijo nada, pero me di cuenta de que ya iba siendo hora de dedicarme a otra cosa. Sí, funcionará, funcionará…

–Bueno, ¿y en qué consiste exactamente? Esos tipos quieren su dinero para ayer.

Scott Crane se había derramado un poco de cerveza en los pantalones y movió una mano intentando limpiarla sin conseguirlo.

–Oh, yo… ¿No te he hablado nunca de ello? Era jugador de póquer.

–Tendrías que haberlos visto esta noche -le había dicho a Susan una madrugada a las tres mientras iba sacando fajos de billetes de veinte dólares del bolsillo de sus pantalones-. Todos estaban muy callados y un poco cabreados porque se habían quedado sin droga, y cada vez que oían el golpe de una puerta de coche alzaban la cabeza y ponían los ojos como platos porque un amigo suyo que conduce una grúa había dicho que traería un poco si le llamaban para que fuera por los alrededores de donde jugaban.

Bastaba con subir cinco dólares la apuesta para dejarles fuera de la partida… Lo estaban pasando realmente mal, ¿sabes? No paraban de preguntar al tipo en cuya casa se jugaba si estaba seguro de que no tenía guardado por ahí algún espejo que hubieran usado otras veces para lamerlo, y hasta llegaron a pensar en aplastar algunas de mis pastillas No Ronque para esnifarlas. Bueno, su amigo por fin llamó a la puerta y les dio una papelina, un trocito de papel doblado varias veces dentro del que habría como una cuarta parte de una cucharada de cristales de metedrina, y después todos se pusieron muy contentos y se echaron a reír y pusieron el polvo sobre un espejito y lo dividieron en rayitas con una cuchilla de afeitar y lo esnifaron con un tubito metálico. Alegría instantánea y todos nos reímos a carcajadas, ¿entiendes? Y a partir de entonces se plantaban con la primera mano que les hubiera tocado en suerte, subían la apuesta como locos y les importaba un pimiento lo que pudieran perder. Fue maravilloso.

Pero de repente uno abrió muchísimo los ojos…, se le pusieron así,

¿sabes?…, se levantó de un salto y fue corriendo al cuarto de baño, y un minuto después todos andaban por la habitación con las piernas más separadas que si fuesen Quasimodo, y empezaron a dar puñetazos en la puerta del cuarto de baño insultando al tipo y gritándole que saliera.

Resulta que habían cortado la metedrina con un laxante infantil.

Susan se rió, pero estaba erguida en la cama y contempló con el ceño fruncido cómo se quitaba la camisa y los pantalones.

–No quiero que suene a crítica, Scott -dijo-, pero por lo que cuentas esos tipos parecen idiotas.

–Son idiotas, cariño -dijo él apartando la sábana y las mantas y acostándose en su lado de la cama -. Jugar al póquer con genios no da beneficios.

Alargó una mano y apagó la luz.

–Pero son las personas a las que…, alas que buscas y de las que no te separas en cuanto las has encontrado -murmuró ella en la oscuridad-. Son las personas con las que…, con las que trabajas o…, o alas que trabajas, o como se diga. ¿Entiendes a qué me refiero? ¿No hay ningún jugador de póquer al que admires?

–Claro que los hay, pero no soy lo suficientemente bueno para jugar con ellos y sacar mejores cartas, y tengo que ganarme la vida. Y también admiraba a mi padre adoptivo, pero desde que se fue no he encontrado a nadie con el que pueda formar equipo.

–Pasarse todo el tiempo buscando gente más estúpida que tú y evitar a los que son tan inteligentes o más…, tiene que ser una sensación muy extraña.

–Eso es lo que nos permite comer -había replicado él en un tono de voz bastante seco.

Crane dejó a Mavranos en el porche y volvió a entrar en la casa.

Consiguió absorberse durante un par de horas en las recetas, las columnas de consejos y los pasatiempos de un montón de números atrasados de Mundo femenino y Mejores casas y jardines, y fue bebiendo sus cervezas despacio dejando las latas vacías encima de los posavasos y no en el primer sitio que le venía a mano. Después vio la televisión.

Cuando la casa estuvo lo suficientemente oscura para que no le quedara más remedio que levantarse y encender la luz Crane se obligó a hacer café, y luego fue al cuarto de baño para afeitarse y darse una ducha. Las persianas de la sala estaban bajadas, y unos minutos después de haberse metido en la ducha salió de ella sin tener que ponerse nada encima y fue directamente a la silla que había junto al teléfono.

Era martes. Eso era bueno, pues una de las partidas tipo "mancha roja"

de nivel medio más perdurables que había establecido en toda su vida era la partida nocturna de los martes en el área de Los Ángeles. Cogió los listines telefónicos del condado de Orange y de Los Ángeles e intentó recordar los apellidos de algunas de las personas que se dedicaban de forma habitual al juego hacía una década.

Encontró un apellido: Budge. Ed Budge seguía viviendo en Whittier, Beverly Hills.

Debía de tener unos sesenta años. Crane marcó su número de teléfono. –

¿Diga?

–Ed, soy Scott Smith. "Espantapájaros" Smith, ¿te acuerdas? – ¡Cristo,

"Espantapájaros" Smith! ¿Qué has estado haciendo? ¿Qué tal está Ozzie?

–No lo sé, chico, hace veinte años que no le he visto. Yo…

–Y también tenía una cría de la que solía hablar mucho. ¿Cómo se llamaba?

–Diana. No lo sé, la última vez que hablé con ella debió de ser en el setenta y cinco o así, y sólo charlamos unos minutos por teléfono. Soñé…

Quiero decir que me enteré de que se había casado.

Crane tomó un sorbo de su tercera taza consecutiva de café, y deseó con todas sus fuerzas que se le pasara la borrachera lo más deprisa posible.

Recordaba la llamada de Diana. Crane había estado haciendo submarinismo en Bahía Morro, había conseguido dispararse el arpón de tres puntas en un tobillo y el teléfono había empezado a sonar justo cuando volvió a casa del Hospital Memorial Hoag el día siguiente. Diana se había negado a decirle dónde se encontraba o dónde se encontraba Ozzie, pero estaba preocupada y la alivió bastante enterarse de que Crane estaba bien.

Por aquel entonces no podía tener más de quince años. Tres años después había soñado con ella y la había visto en una boda.

Después de aquello no hubo ningún otro contacto. Al parecer ninguno de los dos había sufrido un daño serio -físico, por lo menos- durante los últimos quince años, o quizá fuese que su conexión mental se había ido debilitando hasta disolverse.

–Bueno, esa partida… -dijo Crane-. ¿Sigue funcionando?

–No lo sé, Scott. Dejé de jugar hace unos cuantos años. Un día me di cuenta de que estaba perdiendo diez de los grandes al año en el maldito juego.

Crane contuvo un suspiro. Si Crane hubiera seguido siendo la fuerza motivadora de la partida Ed nunca habría dejado de jugar. Crane sabía cómo tratar a los perdedores valiosos -elogiaba las manos con que habían conseguido ganar una partida, nunca explotaba al máximo sus debilidades y hacía que el jugar pareciese más una actividad social que financiera- de forma que volvieran una y otra vez; al igual que sabía cómo alejar a los buenos jugadores capaces de ganar con frecuencia criticando sus modales de juego, negándose a prestarles dinero e intentando ponerles nerviosos mientras animaba a los otros jugadores a que hicieran lo mismo que él.

–Oh -dijo Crane -. Bueno, ¿te has mantenido en contacto con alguno de los chicos? – ¿Mantenerme en contacto con ellos? ¿Fuera del juego? Scott,

¿te acuerdas de los viejos desayunos caseros?

Esta vez Crane no pudo contener el suspiro. En ocasiones la partida había durado dieciocho horas o más y los jugadores habían hecho un descanso para desayunar en una cafetería cercana en cuanto llegaba el amanecer; y la conversación espasmódica e incómoda mantenida en aquellas ocasiones había dejado terriblemente claro que ninguno de ellos tenía nada en común con los demás aparte del juego.

–Vale, Ed. Que disfrutes de la vida.

Colgó el auricular y empezó a hojear el listín buscando otro apellido.

"Era una partida de las que aguantan -pensó -. Tiene que seguir funcionando en algún sitio… El viejo Ozzie me enseñó cómo hay que construirlas para que duren."

Su padre adoptivo se llamaba Oliver Crane, y con el nombre de Ozzie Smith había sido uno de los jugadores de póquer a nivel medio más respetables del país desde la década de los treinta hasta mediados de la de los sesenta. Nunca había llegado a compartir la cima con superestrellas como Moss, Brunson y "Amarillo Slim" Preeston, pero las había conocido y había jugado con ellas.

Ozzie le había explicado que una buena partida de póquer es como un huracán que se mueve a cámara lenta y que puede llegar a tener su propia vida, y le había enseñado cómo ponerlas en marcha e irles insuflando vitalidad dispersándolas por todo el país como si fuesen cuentas bancarias de reserva, de tal forma que estarían allí si algún día llegabas a necesitarlas.

–Son como esa enorme mancha roja que hay en el planeta Júpiter -le había dicho el viejo-. No es más que un montón de gas que gira sobre sí mismo, pero siempre está ahí…

Si Ozzie seguía vivo debía de tener… ochenta y dos años. Crane no tenía ninguna forma de ponerse en contacto con él. Ozzie se había asegurado de ello.

Jube Kelley estaba en el listín, y vivía en Hawthorne. Crane marcó el número. – ¿Jube? Soy Scott Smith, "Espantapájaros" Smith. Oye, ¿sabes si la partida sigue funcionando? – ¡En, Scott! ¿La partida? Claro que sí. No se puede acabar con una partida así, ¿verdad? Ahora sólo voy de vez en cuando, pero sé que se celebra en casa de Chick.

Hoy es martes, ¿no? Estarán allí esta noche.

–La casa de Chick… ¿Eso está en Washington, Venice?

–Exacto -dijo Sam-. Entre los viejos canales y los estanques de Marina del Rey.

Crane había fruncido el ceño, y se preguntó por qué se sentía tan nervioso. Se dio cuenta de que no tenía muchas ganas de estar tan cerca del océano -tan rodeado de océano -, y recorrer tanta distancia en dirección oeste parecía…, parecía un poco difícil, como juntar los polos positivos de dos imanes. ¿Por qué no podían haber desplazado la partida hacia el este? –

¿Sigues ahí, "Espantapájaros"?

–Sí. ¿Qué cifras se juegan actualmente?

–Mis últimas noticias son diez y veinte.

Perfecto.

–Bueno, Jube, tengo que ponerme en marcha. Gracias.

Crane colgó el auricular y fue hacia el dormitorio caminando muy despacio. El viento fresco del anochecer suspiraba en la ventana, y no vio ningún fantasma.

Se relajó y dejó escapar el aire que había estado conteniendo de forma involuntaria, sin estar muy seguro de si se sentía desilusionado o no.

Aún estaba algo mojado de la ducha, pero se puso unos téjanos limpios, unas playeras viejas y otra camisa de franela. Se metió un mechero y tres paquetes de Marlboro sin abrir en los bolsillos y cogió la tarjeta Versatel.

Podía sacar trescientos dólares con ella y tenía alrededor de unos cuarenta en el estante. No era ninguna fortuna, pero Crane suponía que sería capaz de arreglárselas con esa cantidad. Jugaría la primera mano sin tacañerías y luego se contendría durante un buen rato.

"Y las llaves del coche están en la sala", pensó disponiéndose a cruzar el umbral del dormitorio…, y se quedó inmóvil.

Ozzie se lo había repetido una y otra vez: Si llevas encima un petardo nunca lo necesitarás. Es como el extintor del coche, el día que no está allí es justo el día en que te hace falta…

"¡Pero en una partida de diez y veinte dólares la apuesta en casa de Chick no puede hacerme falta!", pensó Crane. Dejó escapar una risita algo avergonzada, salió al pasillo y volvió a quedarse inmóvil.

Se encogió de hombros, volvió sobre sus pasos y fue hasta la cómoda que había junto a la cama. "No es el momento más adecuado para ignorar el