La última partida
Capítulo 6
bolsillo es un poco menos del veinticinco por cien de nuestro rollo.., el tuyo, el mío y el de Diana. Tenemos treinta y un mil quinientos dólares, y si no te parece que eso es más que suficiente para aguantar un año no sé qué cantidad…
–Tengo que ir, Oz.
Ozzie se puso en pie y lanzó un suspiro de cansancio. Su cabellera canosa estaba desordenada, y necesitaba un afeitado.
–Scott, van a jugar encima del agua. Con cartas de tarot, ¿entiendes? Si quieres jugar llévate nuestro dinero a cualquiera de los centenares de partidas que hay en la ciudad, pero no puedes jugar ahí.
"No puedes jugar ahí -pensó Scott mientras la cerveza amplificaba su propio agotamiento -. Eso es lo que se le dice a un niño que quiere correr con su triciclo por un parque en el que puede haber niños malos… Tengo veintiséis años, y soy un jugador condenadamente bueno incluso si estoy solo…, no únicamente cuando hago el papel del crío de Ozzie."
La culata de madera de su revólver del 38 asomaba por entre las camisas sucias que había en la maleta abierta sobre la cama. Scott sacó el arma de entre las camisas y se la metió en el bolsillo de la chaqueta.
–Me voy -dijo.
Fue hacia la puerta, la abrió de un tirón y se alejó rápidamente por el pasillo en dirección a la puerta de la escalera.
Y cuando emergió de la fresca oscuridad del casino a la abrasadora claridad solar del atardecer estaba llorando, porque durante varios pisos había oído el roce de los calcetines de Ozzie en los peldaños a su espalda y su voz quebradiza gritando y suplicándole que no fuese mientras intentaba conseguir que su viejo cuerpo agotado alcanzara al de su hijo adoptivo.
6
Ahora somos trece -Asunción -dijo Newt.
Estaba hablando muy deprisa y tenía el cuerpo encorvado sobre el volante del Cadillac mientras la oscuridad recalentada del desierto desfilaba velozmente a cada lado.
–El tal Leroy no quiere jugar a menos que haya doce personas sentadas a la mesa con él. Hay que abrir con cien dólares, ¿sabes? A cada uno se le dan dos cartas y una boca arriba, y luego hay una ronda de apuestas, a
doscientos la apuesta, y luego otra carta boca arriba y otra ronda de apuestas a doscientos la apuesta.
Scott abrió otra botella de cerveza.
–Eso son cincuenta y dos cartas -dijo con voz pastosa-. Se te han acabado las cartas salvo quizá un joker.
–No, nunca quiere jugar con un joker y aún quedan cuatro cartas más porque cada baraja tiene una carta extra, el caballero, y las figuras también son distintas. Bastos, copas, monedas y espadas…, eso es lo que hay. Pero da igual porque no se reparten más cartas.
Las luces de los bares y los burdeles de Fromyle quedaron atrás. El Cadillac se encontraba a seis kilómetros de Las Vegas, y Scott pensó que debían de estar yendo a ciento cincuenta kilómetros por hora.
–Lo que ocurre después es que cada mano de cuatro cartas tiene una ocasión de pujar -siguió diciendo Newt-. La palabra que usa él es "el apareamiento". Digamos que tienes dos reyes y un tres y otra carta boca arriba, y que ves una mano con un rey y un tres a la vista. Bueno, si ves eso te interesará porque si la consigues tendrás un full en tu mano de ocho cartas…, y suponiendo que una de las cartas que el otro tipo tiene boca abajo resultara ser el rey que falta entonces tendrías cuatro reyes,
¿entiendes? Cuando juntas las dos manos, la tuya y la que has comprado, entonces dicen que la mano de ocho cartas resultante ha sido
"concebida"…, dicen eso en vez de completada o algo por el estilo, ¿me sigues? Con la puja sueles acabar pagando a un tipo unos cien dólares más de lo que ha puesto sobre la mesa a cambio de su mano. Un montón de tipos nunca se quedan hasta el final porque lo único que quieren es vender sus manos en la subasta…, en el apareamiento; y cuando sólo quedan tres tipos que no han comprado una mano o no han vendido la suya la cosa empieza a ponerse al rojo vivo porque nadie quiere quedarse con el culo al aire sosteniendo una mano invendible de cuatro cartas que no puedes jugar…, lo que ellos llaman una mano inconcebible, ¿entiendes?
Scott asintió. Tenía los ojos clavados en el parabrisas cubierto de polvo y estaba contemplando el borroso perfil irregular de la cordillera McCullough que parecía clavarse en la negrura del cielo que se extendía delante de ellos.
–Al final puede haber hasta…, bueno, hasta seis tipos sentados a la mesa.
–Exacto, y aun suponiendo que ya no tengas cartas que jugar te quedas a ver lo que ocurre porque sigues teniendo una inversión en la mano a la que le has vendido cuatro cartas. Se te llama un "padre" de la mano, y si gana obtienes el diez por ciento del pot.
Ésa es otra razón por la que un montón de tipos sólo quieren vender sus manos y abandonar la partida. Pueden obtener un buen beneficio en el apareamiento, y luego siguen teniendo una probabilidad entre seis de obtener una décima parte de un pot bastante considerable.
Scott Crane apuró su cerveza y arrojó la botella por la ventanilla viendo cómo se esfumaba en la noche. – ¿Ya has jugado o todavía no?
–Pues claro que he jugado -dijo Newt, y pareció enfadarse -. ¿Crees que traería tipos a la partida si no hubiese jugado? Y también he jugado montones de veces al póquer con Leroy.
Y de repente Scott tuvo la seguridad de que Newt también había perdido un montón de dinero jugando con Leroy, y de que le debía algo…, por lo menos dinero; y por un instante pensó en decirle que detuviera el coche junto a la cuneta, en bajar de él y volver al Mint haciendo autoestop.
El rayo creó un tapiz de zigzaguees silenciosos sobre las montañas, como si las raíces de un árbol inmenso cuyos brotes fuesen las estrellas se hubieran puesto incandescentes durante unos momentos.
–Y luego está la opción de la asunción -dijo Newt mientras se inclinaba sobre el enorme volante del Cadillac y lo movía de un lado a otro, y a juzgar por su voz estaba tan cansado como Scott-. Si eres el padre ausente de la mano ganadora puedes poner una cantidad de tu dinero equivalente a la que haya encima de la mesa, barajar y repartir las cartas.
Scott frunció el ceño e intentó conseguir que su cada vez más entorpecido cerebro funcionara.
–Pero en ese caso ya ibas a conseguir una décima parte de lo que haya sobre la mesa. ¿Por qué arriesgar el…, el cincuenta y cinco por ciento para ganar el cuarenta y cinco con una probabilidad cincuenta-cincuenta?
Scott no estuvo seguro de si Newt había suspirado o de si el murmullo no había sido más que el roce de los neumáticos sobre el pavimento de la autopista Boulder.
–No lo sé, chico, pero a Leroy le encanta esa apuesta.
Había muchos coches aparcados en el estacionamiento del puerto deportivo de Boulder, y la gigantesca masa blanca de la casa-barco atracada
en el muelle estaba lo suficientemente iluminada para imponerse al todavía débil brillo de las estrellas que acababan de asomar en el cielo. La luna no era visible, y le faltaba un día para ofrecer la primera rebanada de la nueva fase creciente.
La gravilla crujió bajo sus pies cuando salieron del coche y fueron hacia el lago y la embarcación, y el viento que llegaba de los meandros lejanos del río Colorado agitó los mechones erizados por el sudor de Scott.
Una silueta que sólo podía ser su anfitrión estaba inmóvil en la cubierta iluminada. Era un hombretón bronceado que vestía un traje de seda blanca.
Las arrugas de su rostro hicieron que Scott supusiese que rondaría los cuarenta años, pero tenía una cabellera castaña en la que no había ni una sola hebra gris y no parecía un bisoñe, al menos con aquella iluminación.
Un gran disco solar de oro colgaba de la cadenilla que le rodeaba el cuello.
–Aquí le traigo a un joven que quiere jugar, señor Leroy -dijo Newt llevando a Scott hacia la rampa de madera de teca-. "Espantapájaros"
Smith, te presento a Ricky Leroy.
Cuando Leroy le sonrió lo hizo de forma distraída y con la cortesía mecánica de un anfitrión que tiene otras cosas en las que pensar, pero Scott abrió la boca para preguntarle qué tal le habían ido las cosas porque sin necesidad de pensarlo tuvo la seguridad de que le había conocido muy bien en el pasado. Leroy captó el destello de reconocimiento que brilló en los ojos de Scott, y enarcó una ceja mientras le lanzaba una mirada de curiosidad.
Scott se dio cuenta de que no podía recordar dónde había conocido a Leroy, y en el mismo instante se dio cuenta de la portilla abierta que había detrás de la corpulenta silueta vestida de blanco. "Nunca hables de nada importante delante de las cartas", pensó.
–Eh… Tiene una embarcación muy bonita -logró balbucear.
–Gracias, señor… Lo siento, pero no he oído bien su apellido.
–Smith.
–Señor Smith. ¡Espero que se le dé bien el juego esta noche!
Newt precedió a Scott por la cubierta durante el par de metros que les separaban de la gran puerta de doble hoja. Una gruesa alfombra roja engulló de repente el sonido de sus pasos. – ¿Ya le conocías?
–No lo sé -murmuró Scott.
Miró a su alrededor ignorando de momento al grupo de personas que estaban de pie junto al bar de la esquina o sentadas alrededor de la enorme mesa tapizada de fieltro verde.
Supuso que habrían tenido que derribar una o dos paredes para conseguir un salón tan grande. La habitación tenía por lo menos seis metros de ancho por doce de largo, y la luz amarilla de las numerosas lámparas eléctricas colgadas de las paredes hacía relucir los oscuros paneles de palorrosa.
Newt estaba hablando en susurros consigo mismo y movía un dedo de un lado a otro.
–Lo conseguí -dijo en voz muy baja-. Ahora somos trece. Siéntate.
Los motores se pusieron en marcha y la embarcación se estremeció.
–Antes quiero tomar otra cerveza.
La embarcación empezó a moverse hacia adelante justo cuando dio el primer paso en dirección al bar, y Scott estuvo a punto de quedar sentado sobre la alfombra. La persona que le cogió del brazo y le ayudó a recuperar el equilibrio era Ricky Leroy. – ¡No podemos permitir que se derrumbe tan pronto! – exclamó el hombretón con voz jovial-. Me ha dicho que se apellidaba Smith, ¿verdad? Supongo que no será pariente de Ozzie, ¿en?
–La verdad es que sí -dijo Scott dando otro paso hacia adelante y apoyándose en el mostrador-. Es mi padre. Una Miller, por favor -le dijo al obeso camarero que atendía el bar. – ¿No ha podido venir?
–Gracias -dijo Scott aceptando el vaso que le ofrecía el gordo-.
¿Hmmm? Oh, no…
No le gusta jugar encima del agua.
Leroy dejó escapar una risita indulgente.
–Supongo que es lo bastante viejo para haber adquirido un montón de supersticiones.
Leroy desplegó la baraja sobre el fieltro verde y Scott dejó de respirar.
Las nítidas imágenes en color azul, rojo y oro de aquellas cartas de tamaño superior al normal parecieron abrirse paso por la fuerza hasta su cerebro atravesando la retina de su único ojo y expulsaron, de él todos los recuerdos, opiniones y convicciones que habían sido el andamiaje de su edad adulta para que las cartas pudieran instalarse en los surcos y huecos abiertos mucho tiempo antes ocupando todos aquellos espacios libres en los que encajaban a la perfección.
Los olores a metal caliente y perfume se adueñaron de sus fosas nasales, y de repente tuvo la impresión de que fuera estaba lloviendo y de que alguien había estado cantando "Sonny Boy"; y recordó durante una fracción de segundo el rostro sonriente del joker que, no sabía por qué, le estaba contemplando desde el centro de un plato lleno de estofado de langosta.
Algo que había oculto dentro de él ya no estaba prisionero -la puerta aún no se había abierto, pero ya no estaba cerrada con llave-, y Scott pensó en una noche de hacía nueve años y en la niña que había sostenido en sus brazos durante ocho horas mientras Ozzie les llevaba de regreso a casa a través del desierto de Mojave.
Hizo varias inspiraciones de aire lo más profundas posible, encendió un cigarrillo con dedos temblorosos y tomó un sorbo de cerveza.
Contempló a los otros jugadores sentados alrededor de la mesa. Todos parecían bastante impresionados, y uno de ellos se había tapado los ojos con un pañuelo.
Leroy recogió las cartas, las puso boca abajo y empezó a barajarlas.
–Se abre con cien dólares, caballeros -dijo.
Scott expulsó los pensamientos del pasado de su cabeza y se metió la mano en el bolsillo.
La naturaleza de la asunción hacía que tendiera a ser un juego con bastante acción.
Nadie parecía querer abandonar antes del apareamiento porque eso significaría perder la ocasión de vender sus cuatro cartas o comprar cuatro que mejoraran sus posibilidades.
Cuando llegó el momento de aparear la primera mano había nueve mil cien dólares sobre la mesa. Era una quinta parte más de lo que Scott llevaba en el bolsillo al entrar, y sólo había participado con setecientos dólares.
Tenía boca abajo un caballero de Copas y un seis de espadas, y enseñaba un caballero de espadas y un seis de bastos. Cuando su mano de cuatro cartas entró en subasta las pujas subieron hasta los ochocientos dólares, pero había otra mano que mostraba un caballero, y Scott decidió esperar y pujar por ella. "Si el viento sopla en la dirección correcta saldré de esta mano con un full", pensó.
Pero el hombre que tenía el caballero compró una mano antes de que la subasta volviera a llegar a Scott. La mano del hombre había quedado
"concebida" y ya no estaba en venta.
Quedaban cinco manos por subastar, pero ninguna de ellas contenía ninguna carta que pudiera ayudar de una forma clara a Scott mejorando su mano, y se preguntó si debería haber aceptado los ochocientos dólares cuando tenía la posibilidad de hacerlo.
Y después esperó demasiado tiempo y su mano acabó siendo una de las tres no concebidas.
–Estoy dispuesto a vender -le dijo a los otros dos jugadores. Los dos le miraron y miraron las dos cartas que tenía al descubierto.
–Te daré doscientos -dijo uno de ellos, un hombre bastante delgado con un sombrero vaquero.
El otro jugador se volvió hacia el que acababa de pujar y le sonrió.
–Yo te doy trescientos por las tuyas.
El hombre del sombrero vaquero pareció estar considerando la oferta.
–Acepto cien -se apresuró a decir Scott.
El vaquero le dio un billete de cien dólares a cambio de su mano, y Scott cogió su vaso vacío y fue al bar.
Scott estaba apoyado en la barra tomando sorbos de su nueva cerveza cuando Leroy se le acercó y arrojó un montoncito de billetes sobre la madera mojada al lado del vaso de cerveza. – ¡Felicidades! – dijo Leroy con voz jovial-. Eres padre.
Scott alargó una mano y desplegó los billetes en abanico. Había diez billetes de cien y tres de veinte.
–Encima de la mesa había diez mil seiscientos dólares -dijo Leroy-, y el vaquero tenía escalera de color. Es algo relativamente frecuente en este juego. ¿Quieres igualarlo y cortar la baraja para la asunción?
–Eh… No -dijo Scott cogiendo su cerveza-. No, gracias. Creo que me voy a quedar con este dinero. Bien, ¿va a empezar la próxima partida?
Leroy movió la mano indicándole que fuera delante de él.
–Tu trono te espera.
En el apareamiento de su siguiente mano Scott tenía un dos y un seis boca abajo y dos reyes visibles, y cuando su mano entró en subasta dos jugadores -cada uno de ellos con un rey al descubierto- subieron el precio hasta dos mil dólares antes de que uno de ellos acabase abandonando la puja.
Scott se guardó sus dos mil dólares en el bolsillo y volvió al bar. Sus beneficios ya ascendían a mil ochocientos sesenta dólares -su rollo había
engordado hasta los nueve mil trescientos sesenta-, y sólo estaban en la segunda mano de la noche. ¡Y ni siquiera había ganado una sola vez!
Pero su gran ocasión llegó con la tercera mano.
Examinó rápidamente cada una de las cartas descubiertas de los otros doce jugadores tal como le había enseñado Ozzie, y después intentó observarles con la máxima atención cuando cada uno de ellos inspeccionó las cartas que tenía boca abajo. Un jugador se ruborizó ligeramente y empezó a respirar un poco más deprisa, y otro se apresuró a desviar la mirada y se dedicó a juguetear con sus fichas.
Scott pensó que los dos tenían una buena mano.
El primero tenía una reina al descubierto; y era casi seguro que las cartas puestas boca abajo eran un as y una reina porque había dos reinas y tres reyes más al descubierto sobre la mesa de juego. El otro jugador mostraba un as; por lo que probablemente tenía boca abajo otro de los dos ases que faltaban.
Scott acabó bajando la vista hacia sus cartas. Tenía un seis y un cinco boca abajo y un siete al descubierto, y no eran del mismo palo. Parecía haber una posibilidad razonable de conseguir una escalera.
Scott y todos los jugadores aguantaron una apuesta y dos subidas posteriores que terminaron dejando nueve mil cien dólares sobre la mesa.
La habitación estaba llena de humo de cigarrillo, pero la nube parecía ser un poco más espesa encima del pot.
Los jugadores recibieron la segunda carta descubierta, pero aunque observó el rostro de sus adversarios Scott no captó ninguna reacción que pudiera ayudarle. Bajó la vista hacia su carta…, un seis.
El hombre sentado a su izquierda era Ricky Leroy, quien tenía al descubierto un seis y un cinco, y Scott decidió comprar la mano de Leroy y esperar que acabaría consiguiendo un full en vez de tener que conformarse con dos parejas de bajo valor.
La ronda de apuestas acabó dejando dos mil seiscientos dólares más sobre la mesa.
Leroy accedió a ceder su mano a Scott a cambio de mil doscientos dólares, y cuando las cuatro cartas le fueron entregadas -todas boca arriba tal como exigían las reglas-, Scott se aseguró de que su única reacción visible fuese parpadear lentamente como si estuviera demasiado cansado y borracho para haberse enterado de cuáles eran.
Las cuatro cartas eran el seis y el cinco que habían estado al descubierto y un dos y un seis. Crane ya tenía cuatro seises.
Alzó su vaso con mano firme y tomó un sorbo. "Bueno, así que la embarcación de Leroy se inclina un poco a un lado -se dijo en cuanto se dio cuenta de que el nivel del líquido no estaba recto-. ¿Y qué?"
El resto del apareamiento pareció tardar horas en llevarse a cabo, pero por fin hubo seis jugadores con ocho cartas cada uno, dos al descubierto y seis boca abajo. Leroy se había ido al bar.
–Tres seises puede apostar -dijo el jugador que repartía.
–Eh… -dijo Scott, y volvió a inspeccionar las cartas que tenía boca abajo -. Paso.
El hombre que había a su izquierda apostó doscientos, el siguiente abandonó, los otros dos vieron la apuesta y el último jugador la subió doscientos más. La pila de billetes acumulada en el centro de la mesa hacía pensar en un montón de hojas verdes que un jardinero acabaría llevándose metidas en una bolsa.
–Eso son cuatrocientos para los tres seises -dijo el jugador que daba cartas.
–Veo los cuatro -dijo Scott sacando seis billetes de su rollo-, y subo dos.
–Los seises suben -observó el que daba cartas.
Todo el mundo abandonó salvo el que había subido la apuesta antes. El hombre contempló en silencio a Scott durante unos momentos que parecieron hacerse interminables. Tenía al descubierto dos caballeros y dos dieces, y dos cartas que no servían de nada.
–Y dos -dijo por fin.
"Cree que sólo tengo los tres seises -pensó Scott-, o que como mucho tengo un full de poco valor. Él tiene un buen full, probablemente caballeros y dieces, y sabe que los ases, las reinas y los reyes han desaparecido de la partida." -Y dos más -dijo Scott arrojando los billetes sobre la mesa.
El otro jugador no se movió, pero pareció encogerse sobre sí mismo.
–Cartas boca arriba -dijo deslizando dos billetes de cien sobre el fieltro verde.
Scott dio la vuelta a sus dos cartas ocultas, y el otro jugador inclinó la cabeza y arrojó su mano sobre la mesa.
–Los cuatro seises vencen al full -dijo el jugador que daba cartas.