La última partida
Capítulo 30
Crane se puso en pie y se desperezó sintiendo la seca caricia del aire caliente. – ¿Quieres que te dé un buen consejo? – dijo Nardie alzando la cabeza hacia él y lanzándole una mirada cuyo significado Crane no consiguió descifrar.
Crane sonrió.
–Supongo que es tu turno.
–No te ofendas pero, francamente, tal como están las cosas creo que lo mejor que podrías hacer es suicidarte.
–Pensaré en ello.
Nardie volvió a rodear el taxi hasta llegar a la puerta que había dejado abierta y se metió dentro. Cuando puso en marcha el motor Crane se fijó en la pegatina que había en el parachoques de atrás: UNA FAMILIA NUCLEAR PUEDE ARRUINARTE EL DÍA.
Después de que el taxi se hubiera alejado Crane se quedó inmóvil durante unos momentos con la mirada vuelta hacia el otro extremo del bulevar Las Vegas y la inmensa pira de neones que era el Flamingo.
El Flamingo empezó a aumentar de tamaño, y Crane comprendió que estaba yendo hacia él. "Supongo que siendo miércoles tendrán alguna habitación disponible", pensó.
30
Cuando crezcas quizá también podrás jugar con basura Susan le había estado esperando, naturalmente… y estaba impaciente. Crane se había quitado la ropa a toda velocidad y se había metido en la cama con ella, y habían hecho el amor desesperadamente durante horas.
Crane ni siquiera se había dado cuenta del momento en que su consciencia había acabado sucumbiendo a la nada del sueño. Había una botella de whisky Wild Turkey llena en la habitación del hotel y Crane había apartado la boca de la cálida humedad de Susan cada vez que empezaba a deshincharse debajo de él, y en cada ocasión había tomado otro trago de la botella para devolverle su exigente y sudorosa solidez…, pero cuando despertó varias horas más tarde su sobresalto fue tan intenso que casi llegó a lo audible.
Estaba desnudo sobre la alfombra en el centro de un retazo de sol, y permaneció durante varios minutos en esa postura sin realizar ningún movimiento salvo el necesario para hacer funcionar sus pulmones. La
maltratada maquinaria de su organismo tenía trabajo más que suficiente con intentar mantener a raya los dolores y envaramientos esparcidos por todo su cuerpo que parecían haberle cosido al suelo. Su cabeza y su ingle eran los cascarones inconcebiblemente resecos de animales atropellados que yacían en la cuneta de una autopista salvaje.
Un pensamiento logró acabar abriéndose paso por entre las ruinas de su mente como un hombre emergiendo por el pasillo sin techo repleto de escombros de una casa bombardeada. "Si eso era sexo me encantará entregarme a la Muerte…"
Desde donde estaba podía ver la botella de Wild Turkey vacía y caída de lado sobre la alfombra. Crane se dio cuenta de que volvía a ser incapaz de ver por su ojo de plástico.
Durante un rato no hubo más pensamientos. Crane logró ponerse de rodillas -se mareó, y se dio cuenta de que la cama estaba vacía aunque manchada de sangre y bourbon-, acabó incorporándose y se balanceó peligrosamente de un lado a otro mientras iba tambaleándose hacia la ventana desprovista de cortinas.
Debía de estar en el décimo piso. Debajo de él se extendía una enorme piscina en forma de óvalo con los extremos recortados, y el techo lleno de protuberancias de un edificio que reconoció de inmediato a pesar de verlo desde arriba por primera vez enmarcaba la piscina al este como si fuese un paréntesis.
Era el edificio de tres y cuatro pisos del Flamingo original, empequeñecido y humillado por los rascacielos de cristal que lo rodeaban por tres lados e impedían divisarlo desde el Strip, y ver todo aquel cemento y las tumbonas de color rosa con cuerpos bronceados encima cubriendo el lugar donde había estado la rosaleda de Ben Siegel hizo que Crane experimentara una inexplicable sensación de depresión.
Se apartó con paso tambaleante de la ventana y alargó una mano temblorosa hacia sus pantalones. "Si tu ojo te ofende arráncatelo -pensó -, y si el estar sobrio te ofende sal a la calle y encuentra algo para ahogar tu sobriedad."
Había una licorería en Flamingo Road justo detrás de la estructura de varios niveles del aparcamiento del hotel, y después de entrar en ella y recorrer sus angostos pasillos durante un rato Crane separó torpemente un billete de cien dólares de uno de los fajos que había en su bolsillo y compró
una docena de Budweiser y -no sabía por qué, pero le pareció que la necesitaba- una gorra de cuero barato estilo Jughead con animalitos de plástico pintados de color plateado colgando alrededor y las vegas escrito en letras de oro delante. El dependiente no tuvo ningún problema para darle cambio de cien.
Crane se puso la gorra, se metió la bolsa de papel con las cervezas debajo del brazo e inició el trayecto de vuelta al Flamingo. Después de haber dado unos cuantos pasos bajo los calientes rayos del sol sacó una lata de cerveza de la bolsa y la abrió. "En esta ciudad no hay ninguna ley que prohíba beber en la calle", se dijo.
Tomó un sorbo del líquido frío y espumoso y sonrió mientras la cerveza enfriaba la maquinaria recalentada de su organismo. "Y la malta hace más que Milton -pensó citando a A. E. Housman-, para justificar cómo Dios al hombre trata."
Había empezado a caminar más despacio disfrutando del seco calor solar de la mañana en su rostro, y empezó a cantar.
Me desayuno seis…, pop-pop-pop-pop-pop-pop…, latas de cerveza.
Luché con la bebida y la… bebida ganó.
Luché con la bebida y la… bebida ganó.
Se rió, tomó otro trago de cerveza y empezó otra canción.
He vuelto a empinar el codo otra vez, voy a cargar… con la vieja Vera Cruz otra vez daré la bienvenida a esa pérdida otra vez, y nada recordaré, ay, ay, nada recordaré esta vez.
Había media docena de hombres sentados formando un círculo al lado de un container de basura detrás de la licorería, y Crane fue hacia ellos con paso tambaleante.
Cuando estuvo a pocos metros del container los hombres alzaron la cabeza para lanzarle miradas recelosas, y Crane vio que estaban jugando a las cartas. Las edades de cinco de ellos iban desde los veintialgo a los treinta y tantos, pero el sexto parecía tener cien años. Vestía un sucio traje de poliéster verde, y su calva cabeza y sus manos huesudas estaban puntuadas por manchas marrones.
Uno de los hombres más jóvenes observó a Crane con cara de pocos amigos. – ¿Tienes algún problema, tío?
Crane sonrió mientras se acordaba de que había dejado su revólver en algún lugar de la habitación. – ¿Un problema? – dijo-. Sí, tengo un
problema. Llevo un montón de cerveza debajo del brazo, y no consigo encontrar a nadie que quiera bebérsela conmigo.
El joven se relajó y sonrió, aunque siguió con el ceño fruncido.
–Aquí tenemos la sana costumbre de ayudar a los forasteros. Siéntate.
Crane se sentó sobre el asfalto y apoyó la espalda en el metal recalentado del container. Los seis nombres estaban jugando al póquer
"bola baja", una modalidad del juego en la que ganaba la peor mano, y apostaban monedas de veinticinco, aunque Crane vio que cuando le llegaba el momento de apostar el viejo usaba óvalos marrones que antes de haber quedado aplastados habían sido monedas de veinticinco centavos.
–El doctor Leaky tiene que jugar con esa basura porque es el que paga la bebida -explicó el joven que había interpelado a Crane, y que parecía llamarse Wiz-Ding-. Si continúas por el buen camino, cuando crezcas quizá también podrás jugar con basura.
Crane logró encontrar un par de dólares en monedas de veinticinco centavos en sus bolsillos y jugó unas cuantas manos, pero seguía sacando fulls y parejas altas igual que ayer, y en el póquer "bola baja" aquellas manos siempre eran derrotadas. – ¿Venís mucho a jugar por aquí? –
preguntó Crane pasado un rato.
El viejo llamado doctor Leaky se encargó de responderle.
–He estado jugando aquí desde siempre -dijo -. Solía jugar entre los cubos de basura que había detrás del Flamingo…, había…, por aquel entonces había una especie de bungalows…, con Frank Sinatra y Ava Gardner. – Dejó escapar una risita distraída-.
Esa chica tenía una boca de lo más sucio. Nunca he vuelto a oír palabrotas semejantes.
Entre sorbo y sorbo de cerveza Wiz-Ding tomaba tragos de un perro corto, una botella de vino barato reforzada con licor igualmente barato, y no paraba de perder monedas de veinticinco centavos.
El joven fulminó a Crane con la mirada.
–Desde que te has sentado con nosotros cada vez que pido una carta saco pareja.
La cerveza se le había empezado a subir a la cabeza, pero a pesar de ello Crane comprendió que ya era hora de marcharse.
–Yo he estado sacando manos que me han hecho desear que estuviéramos jugando al póquer normal -dijo en tono conciliador-, y os
habéis quedado con todas mis monedas. – Apoyó las palmas de las manos sobre el asfalto para levantarse-. Volveré en cuanto haya cobrado el subsidio del gobierno.
Wiz-Ding golpeó a Crane mientras estaba intentando incorporarse, y Crane cayó de lado agitando los pies en el aire. La punzada de dolor que le atravesó la cuenca del ojo izquierdo le dejó totalmente desorientado.
Cuando consiguió rodar sobre sí mismo y quedar medio incorporado dos hombres habían agarrado a Wiz-Ding y le estaban conteniendo.
–Lárgate -le dijo uno de ellos.
El doctor Leaky estaba mirándoles con los ojos muy abiertos y parecía no entender nada. – ¿Su ojo? – murmuró-. ¿Qué le ha pasado a su ojo?
Crane cogió la gorra, volvió a ponérsela en la cabeza y se levantó. Tenía la experiencia suficiente en aquel tipo de situaciones para comprender que sería mejor que se largara sin abrir la boca y sin hacer el más mínimo intento de recuperar las cervezas restantes.
Se limitó a asentir con la cabeza y se volvió hacia la licorería.
"Otra copa y luego otra más -pensó, esta vez citando a Ornar Khayyám-, para ahogar el recuerdo de esta impertinencia."
Pero después de que hubiera entrado en la licorería y hubiese ido hasta las neveras volviendo al mostrador con otra docena de cervezas, el dependiente contempló el hinchado ojo izquierdo de Crane y meneó la cabeza.
Crane suspiró y salió con las manos vacías a la recalentada acera de Flamingo Road.
Cuando vio el convertible Cámaro azul aparcado junto a la acera recordó que había estado esperando verlo aparecer. Susan estaba sentada detrás del volante y parecía totalmente sólida. Su esbelto y pálido rostro reflejaba la luz del sol de una forma tan creíble como el de cualquier otra persona, y su sonrisa era radiante.
Crane fue hacia el coche después de haber permanecido inmóvil durante diez segundos y abrió la puerta de la derecha. Había una lata de Budweiser recién abierta sobre el asiento, y Crane dejó que la cerveza decidiera por él.
"Esto también es legal -pensó mientras se llevaba la lata a los labios, se sentaba y cerraba la puerta del coche con su mano libre -. Mientras la persona que conduzca no beba…" -¿Qué le ha pasado a tu ojo, querido? –
preguntó Susan mientras deslizaba el Cámaro entre el tráfico y se metía en el carril de giro a la izquierda.
–Alguien llamado Wiz-Ding -dijo Crane.
Su ojo izquierdo estaba tan hinchado que apenas podía abrirlo, pero por suerte acababa de descubrir que podía volver a ver a través de su ojo de plástico. De momento las cosas parecían tener un aspecto bastante normal: el cielo azul, la fachada roja del casino Barbary Coast alzándose a su derecha, el letrero del Dunes delante de él con la ondulación de sus luces aún débilmente visible incluso bajo la potente luz solar…
–Ah, ese tipo.
Susan se rió, y Crane comprendió que fuera lo que fuese aquella criatura con forma de mujer conocía de forma muy íntima a todas las personas que intentaban suicidarse bebiendo.
Crane sintió una punzada de celos.
El cuerpo de Crane seguía estando convencido de que le habían dado un concienzudo repaso con bates de béisbol. – ¿Qué puedes decirme sobre esos enormes escarabajos blancos? Niños de la tierra ya sabes…
Susan volvió a reír mientras giraba a la izquierda para entrar en el Strip.
–No puedes seguir estando enfadado conmigo por eso. Una mujer despreciada, ya sabes… Te había estado protegiendo del delirium tremens, me pediste que fuera a verte y cuando llegué habías cambiado de parecer y me ofreciste a tu amigo. – La criatura volvió sus ojos plateados hacia él durante un momento-. Podría haber sido algo mucho peor que una rata y un bicho al otro extremo de la habitación.
Crane se imaginó lo que habría sido aguantar a unos cuantos niños de la tierra de gran tamaño y con muchas patas en la cama, y se estremeció bajo los cálidos rayos del sol.
–Lo pasado pasado está -dijo moviendo despreocupadamente una mano-. ¿Adonde vamos?
–Apenas te acuerdas de nada, ¿eh? – dijo Susan, y asintió poniendo cara de aprobación-. Vamos a dar un paseo por el desierto. Visitaremos una capilla en ruinas que estará allí sólo para nosotros. Será muy beneficioso en el aspecto espiritual, y te ayudará a…, a convertirte en el Rey.
"O viceversa -pensó distraídamente Crane -. Ayudará al Rey a convertirse en un servidor."
La lata que sostenía en la mano estaba vacía.
–Haremos una parada en una licorería para conseguir provisiones -dijo Susan, que naturalmente ya se había dado cuenta del problema. Se rió-.
Sabes, cuando te dije que te comprases un sombrero estaba pensando en algo más…
Crane volvió la cabeza hacia ella y la obsequió con un altivo enarcamiento de ceja. – ¿Tienes alguna…, alguna crítica que hacer a mis gustos sobre tocados masculinos?
–Supongo que es un canario tirando a negro -admitió ella.
La frase le afectó a pesar de la neblina tranquilizadora en que le había envuelto el alcohol. Era una línea de uno de los libros que él y Susan -la verdadera Susan, la que había muerto-, habían amado, Luz en la neblina, de Hope Mirlees. Al protagonista del libro se le reprochaba haberse vestido de color amarillo canario en un momento de distracción cuando estaba de luto, y él intentaba defenderse alegando que era un canario tirando a negro.
Crane se preguntó si la criatura que conducía el coche sería Su-san en algún sentido real de la palabra. ¿Y si pretendía darle a entender que debería estar llevando duelo se suponía que era por Diana? ¿Por Susan?
¿Quizá…, quizá por él mismo?
Cuando estuvieron al sur del Aladdin desvió el coche hacia el aparcamiento de una pequeña licorería desde el que se podían ver las chillonas torres multicolores del Excalibur. El letrero estilo años cincuenta situado encima de la puerta decía el paraíso del licor.
–Te esperaré aquí fuera -dijo cuando hubo apagado el motor.
Crane asintió y salió del coche. Volvió la cabeza hacia la puerta de cristal de la licorería y parpadeó mientras pensaba que acababa de ver a un niño encorvado entrando en ella, pero la puerta estaba inmóvil y quizá no se hubiese abierto desde hacía horas… o días.
Crane se encogió de hombros y fue hacia ella.
El contraste con la cegadora claridad del sol del desierto hacía que el interior pareciese estar sumido en la penumbra, y Crane tuvo la impresión de que los estantes estaban llenos de latas de hortalizas cuyas etiquetas habían ido perdiendo el color con el paso del tiempo. Debajo de una estantería repleta de jarras de cerámica de Elvis para coleccionistas cubiertas de polvo, había una caja registradora y un mostrador y una anciana con una estrella tatuada en la cara que iba desde el mentón hasta la frente abarcando de una oreja a otra. Crane tardó unos momentos en verla.
La saludó con una seña de cabeza y fue hacia la parte de atrás del local.
No parecía haber nadie más.
Había una nevera de gran tamaño pegada a la pared trasera, pero los estantes sólo contenían perros cortos, botellas de litro de vinos reforzados de marcas como Thunderbird, oporto blanco Gallo o Tren Nocturno. "Oh, bueno -pensó Crane, y sonrió mientras estudiaba las etiquetas-, en una tormenta cualquier oporto es bueno…"
Los carteles sujetos con cinta adhesiva al cristal anunciaban un vino llamado Perro Mordedor. "¡Basta con decir Guau!", pregonaban los carteles.
El nombre del vino le recordó algo -algo que un niño herido podía permitirse el lujo de perder y que al parecer otro niño herido podía encontrar reconfortante-, pero Crane pensó que perseguir recuerdos a esas alturas no iba a servirle de nada. Abrió la puerta de la nevera, cogió una botella con cada mano agarrándolas por el cuello y fue hacia la caja registradora.
Ozzie acababa de pasar delante del aparcamiento de la licorería en el Mustang marrón de Diana cuando el Cámaro giró para aparcar, pero había visto cómo el Jaguar gris se detenía junto a la acera detrás de él y había comprendido que el conductor debía de ser el gordo. Mientras seguía al Cámaro después de verlo aparcado delante de la licorería al lado del Flamingo Ozzie había intentado mantener la esperanza de que era otro Jaguar de los muchos que había en Las Vegas.
Llevó el coche de Diana hacia el aparcamiento de una agencia de viajes y dio la vuelta porque quería estar preparado para salir de allí lo más deprisa posible en cuanto los otros dos coches se pusieran en movimiento.
La vieja baraja con las mujeres desnudas en el reverso de las cartas yacía esparcida sobre el asiento contiguo. Mirarlas le deprimía a pesar de que habían acabado llevándole hasta Scott, por lo que Ozzie las recogió, golpeó el mazo sobre la tapicería hasta dejarlo lo más cuadrado posible y se lo guardó en el bolsillo del pecho.
"Llevo unas cartas de lo más sucio en mi bolsillo", pensó. Se acarició el mentón y deseó haber tenido ocasión de afeitarse.
Alzó la mirada hacia el parabrisas cubierto de polvo y contempló la autopista que se cocía bajo el sol y el solar repleto de hierbajos secos que había al otro lado. "En Las Vegas -pensó-. Donde la meseta de agua espiritual está tan agotada como la del agua material, donde se da el índice
de suicidios más elevado del mundo, donde el Strip es llamado el Paraíso no por ninguna cualidad que lo asemeje al Edén sino porque hace tiempo había un club llamado el Pair ODice… No es el sitio que habría escogido, pero no puedo decir que no supiera que estaba en…, sí, en las cartas.
Compré esta mano el sábado por la mañana cuando aguanté hasta el final en la partida de póquer de siete cartas con apuestas de dos y cuatro dólares del Commerce de Los Ángeles."
El dos de picas había significado la partida y el despedirse de los seres queridos; el tres de tréboles había significado un segundo matrimonio para uno o ambos de esos seres queridos; el cinco de diamantés era un regalo de bodas que prometía felicidad y prosperidad en aquel matrimonio o matrimonios; el nueve de corazones, la "carta de los deseos" era otro regalo de bodas, el ver cómo las ambiciones se convertían en realidad.
Todas aquellas cartas eran para Scott y Diana. Las tres cartas que habían estado boca abajo eran las que había tenido que comprar para él en un intento de adquirir vidas para ellos. El cuatro de corazones era la carta del
"viejo solterón" que le identificaba; el ocho de diamantes representaba a una persona muy anciana que hacía un viaje y se encontraba muy lejos del hogar; y, naturalmente, el as de picas representaba a la Muerte.
Se removió en el asiento y sus fosas nasales captaron un resto casi imperceptible del perfume de Diana.
"Tiempo -pensó-. Tiempo…, tiempo…, tiempo."
Pero cuando se palmeó el bolsillo de la chaqueta el peso y el bulto de su pequeño revólver del 22 cargado con magnums de punta hueca le tranquilizaron un poco.
"Has tenido tres días -se dijo-. Es tiempo suficiente."
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