No amarás a un extraño

Harold Robbins · Capítulo 9 de 87

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No amarás a un extraño

ocho

 

Iba a empezar a cursar los estudios de segunda enseñanza en septiembre y, como Jerry quería ingresar en la George Washington High School, decidí ir allí. Marty también quería estudiar en ese centro. Debo aclarar que no me preocupaba en absoluto la cuestión escolar. Para mí, la escuela no era sino un mal necesario e inevitable. Pensaba dejar los estudios tan pronto cumpliese los diecisiete años y me lo permitiera la ley. Mi única ambición era llegar a ser jugador, agente de apuestas… ¡y rico!

La ceremonia de fin de curso en el Saint Thérèse resultó agradable y tranquila. Nos congregamos en el gran salón. Con nosotros estaban padres, amigos y profesores.

Después de tres discursos, empezó el reparto de diplomas. Al ser llamado, subí al estrado y recogí el mío de manos del obispo, especialmente invitado al acto. Con mi título en la mano, bajé y me senté de nuevo con el resto de mi clase. Terminada la función, deambulé observando los grupos de alumnos y familiares que sonreían, orgullosos.

Me sentía un tanto extraño allí, tan solo. Vi a Jerry y a los suyos. Una multitud les rodeaba, lisonjera y aduladora. Mi amigo no podía verme; si no, me habría llamado. Al cabo de un rato, me encaminé hacia la puerta. Parecía que nadie iba a venir a verme y pensé que me sentiría mejor fuera. En aquel preciso momento, alguien me dio un golpecito en el hombro. Era el hermano Bernhard. Le acompañaba el padre Quinn, y ambos se mostraban sonrientes.

—¡Enhorabuena! —dijo el afable hermano. El padre Quinn, todavía riéndose, le hizo coro.

Se me iluminó el semblante, al tiempo que notaba un húmedo escozor en los ojos. Por un momento, fui incapaz de articular palabra.

El hermano Bernhard me miró con ojos inquisitivos. Había ocasiones en que llegué a creer que tenía el don de leer mis pensamientos.

—Pensaste que ya no veníamos, ¿eh? —Y, sin darme tiempo a replicar, continuó —: Nosotros no nos perderíamos por nada del mundo la entrega del diploma a uno de nuestros muchachos, ¿verdad, padre?

—Por descontado. Estamos orgullosos de ti, Francis.

Por fin recuperé el habla. No en mi voz habitual, pero, al cabo, era una voz.

—Gracias, gracias.

El hermano Bernhard me rodeó por el hombro y nos dirigimos a la puerta. Empezaba a sentirme reconfortado. Ya fuera, el padre Quinn me estrechó la mano deseándome suerte, y marchó hacia su iglesia; el hermano y yo seguimos hacia el orfanato.

Silenciosos, entramos en el patio. De pronto, me detuvo.

—Francis, tengo un regalo para ti —dijo, ásperamente, tendiéndome algo.

Mi sorpresa fue tal, que me quedé mirando estúpidamente el paquete que sostenía en la mano.

—Es para ti, tómalo —insistió, alargándome el paquetito.

Lo tomé y lo abrí. Era un reloj de pulsera. Tragué saliva y lo alcé. El sol lo hacía brillar. Con dedos temblorosos, me lo coloqué en la muñeca.

—¿Te gusta?

—¡Me gusta! —afirmé con voz repentinamente clara y gozosa—. ¡Jamás he tenido nada que me haya gustado tanto!

Sonrió, me cogió de la mano y, juntos, entramos en el edificio.