No amarás a un extraño
cinco
El local de Keough estaba desierto cuando llegué. Parecía como si el negocio hubiese quebrado. Rápidamente, quité el polvo, cogí los libros y me puse a calcular a medida que iba conociendo los resultados de las carreras del día.
Alrededor de las cinco y media, llegaron unos pocos clientes para saldar cuentas. Me enviaron al sótano a por unas botellas de cerveza fría y, cuando subí, allí estaba Silk Fennelli, charlando con Keough. Me vio de soslayo y, me saludó:
—¡Hola Frankie!
—¡Hola, señor Fennelli! —contesté, orgulloso de que el gran hombre se hubiese fijado en mí.
Siguió hablando con Keough. Cuando hubo terminado, se me acercó.
—¿Qué tal si me hicieras uno de tus trabajos especiales, muchacho?
—Enseguida, señor.
Corrí a los servicios y saqué mi caja de limpiabotas. Hice lo que se dice, un buen trabajo. Froté tanto, que casi llegué a ver mi propia imagen en la punta de sus zapatos.
El señor Fennelli quedó satisfecho. Lo advertí claramente. Me dio medio dólar y me preguntó si me habían echado de algún local.
Contesté, alegremente, que no. Keough se acercó en aquel momento y el señor Fennelli le contó las circunstancias de nuestro primer encuentro. Los dos rieron.
Aparté la caja y me enzarcé nuevamente con los cálculos, mientras los dos hombres, a mi espalda, observaban atentamente mi trabajo.
—¿Te lleva la contabilidad? —inquirió Silk, admirado.
—Sí, y muy bien, por cierto. Ya conoce el asunto a la perfección. Fennelli sonrió, mirándome con expresión afectuosa.
—Sigue trabajando así, pequeño. Algún día llegarás a ser un gran hombre de negocios.
Hizo un ademán de despedida y salió. Le vi subir a su coche y desaparecer.
«Un gran hombre de negocios —pensaba. Sus palabras resonaban en mis oídos —. Eso es. El mayor jugador de la ciudad… eso es lo que seré. Dirigiré los negocios, como hace Fennelli. Los demás harán los trabajos sucios y yo me llevaré los beneficios. Tendré un coche mayor que el de Fennelli…»
Entretenido con tales quimeras, se me pasó la tarde y, antes de que me diera cuenta, llegó la hora de volver al orfanato.
Empezaba a llover cuando salí. No me seducía la idea de presentarme allí a la hora de la cena. Me dirigí paseando, hacia Broadway. Cuando llegué al establecimiento de Cabell, iba calado hasta los huesos. Entré. Martin me salió al encuentro.
—Celebro que hayas venido. ¿Te tomas lo prometido? —Me llevó hasta el mostrador.
Tomé un batido de chocolate. Cuando acabé, nos sentamos a charlar. Mi nuevo amigo era un año más joven que yo, pero hacía el mismo curso. Él iba a la escuela pública.
Llevábamos pocos minutos de cháchara cuando entró una muchacha.
—Mejor será que te apresures, Marty, o llegaremos tarde para cenar —advirtió.
Supuse que sería la hermana de mi amigo. Martin nos presentó:
—Frankie, esta es mi hermana Ruth.
—¡Hola! —dije.
—Me alegro de conocerte, Frankie —dijo la chica, sonriendo.
Tendría unos quince años y era muy bonita. Llevaba el cabello, rubio, muy corto y rizado. Sus ojos eran azules, como los de su hermano, y, como los de este, miraban fijamente a su interlocutor. Era de cuerpo delgado, bien formado y bastante alta. Yo le llevaba algo así como media cabeza y, cuando Marty me preguntó la edad, contesté que tenía casi dieciséis, esperando que tal dato la impresionase.
Martin le contó lo ocurrido aquella tarde. La joven me dirigió una mirada extraña y, sin hacer comentario alguno, se marchó. Me intrigaba lo que estaría pensando, pero no dije nada a Marty.
Mi amigo se percató de mi sorpresa y comentó:
—Las mujeres son extrañas. A propósito de lo que has dicho esta tarde. He conseguido unos guantes de boxeo, ¿qué te parece si vuelves y me das una lección?
—¿Esta noche? —pregunté.
—Claro, después de cenar. ¿Por qué no te vas a casa, cenas y después vuelves y boxeamos un ratito?
—Creo que no podrá ser. Vivo en el orfanato y si voy a cenar, ya no me será posible volver a salir.
—¡Vaya! —exclamó. Frunció el ceño, pero al momento se le iluminó, de nuevo, el rostro—. He tenido una idea. Aguarda un minuto —dijo, y se fue corriendo a la parte posterior de la tienda. Vi, por el cristal de la mampara de separación, que hablaba con su padre y señalaba hacia mí. Por fin, el padre dijo algo, y Martin salió de nuevo—. Ya está todo arreglado. Vas a cenar con nosotros. Después, me darás esa lección.
Al principio me resistí, pero acabé cediendo.
Los padres de Marty habían salido. Nosotros tres, Ruth, Marty y yo, cenamos con la criada, una joven francocanadiense de unos veintidós años llamada Julie que hablaba con un acento francés sumamente gracioso. La comida, muy sencilla, no nos llevó mucho tiempo y, cuando hubimos acabado, pasamos al salón. Tenían un aparato de radio nuevo y escuchamos música. Era la tercera vez que oía una radio y me interesé vivamente por la audición. Al cabo de una hora, Martin sugirió que fuésemos al cuarto de los trastos a boxear.
Me pareció perfecto. Ruth se quedó en el salón, leyendo.
El cuarto de los trastos resultó ser una hermosa habitación, con libros apilados contra las paredes y varios sillones desperdigados. Colocamos los muebles a un lado y nos enfundamos los guantes.
—Levanta los puños y guíate por la izquierda. Mantén la derecha pegada a la barbilla —adoctriné.
Adopté pose de boxeo y mi amigo me imitó. Retrocedí y estudié su guardia. La corregí, colocando la izquierda algo más abierta y acercándole el codo derecho al flanco.
—¡Muy bien! Ahora todo lo que tienes que hacer es tratar de pegarme.
—No quiero hacerte daño —protestó.
—No te preocupes, que no me lo harás.
Dejó caer la izquierda y atacó con la derecha. Encajé el golpe y me aproximé a mi pupilo.
—No, no es así. Abres la guardia. Si dejas caer la izquierda, puedo acercarme y pegarte así ¿ves? —Amagué un gancho—. Golpea con la izquierda. Así mantendrás distante a tu enemigo.
—Ya lo veo —dijo. Durante unos pocos segundos, lo recordó, pero pronto lo olvidó otra vez. Le permití que me atacase un par de veces, pero falló el golpe; después, detuve el combate.
—No te olvides de mantener alta la izquierda —repetí.
Habíamos reanudado la pelea cuando se abrió la puerta. Instintivamente, atisbé por encima del hombro de Marty. Era Ruth. La estaba mirando cuando su hermano me dio en el hombro. Sin pensar, lancé mi derecha, le alcancé en el ojo y le derribé.
Ruth se aproximó corriendo, fulminándome con la mirada.
—¡Bestia! ¿Por qué no te diviertes con individuos de tu talla? —me gritó.
Estaba tan confundido, que no pude ni contestar.
—No ha sido culpa suya, Ruth —me disculpó Marty—, le pedí que me enseñase a boxear.
—¡Pero tu ojo, hombre! ¡Míralo! Se está poniendo de todos los colores —gimió ella.
Con toda seguridad, Marty luciría al día siguiente un estupendo ojo a la funerala. Recuperé el habla.
—Lo siento de veras, Marty. No quería darte tan fuerte —dije, mientras le ayudaba a levantarse.
—No has podido evitarlo —exclamó Marty, riéndose.
Julie, que había oído el ruido, entró en el cuarto.
—Será mejor que te pongas una compresa fría en el ojo, de lo contrario se te hinchará terriblemente —aconsejó.
—Muy bien, seguiremos la lección otro día. Espérame aquí, enseguida vuelvo — dijo mi maltrecho alumno, quitándose los guantes.
Los dos hermanos salieron de la estancia y, a los pocos segundos, oí correr el agua en el cuarto de baño.
Yo seguía con los guantes puestos, y Julie recogió los que Marty había dejado caer al suelo.
—¿Puedo probármelos? —rogó.
—¡Adelante, no son míos! —contesté.
La criada se los puso.
—Son muy bastos —se quejó la joven.
—Te acostumbras a ellos.
—Mi padre decía que yo debí haber nacido chico. Siempre fui muy masculina en mis juegos. —Yo no contesté a eso—. Enséñame a boxear, Frankie. No en serio, solo para tener una idea.
—De acuerdo.
—Muy bien. Solo unos tanteos y lo dejaremos —repliqué, azorado.
Extendió torpemente los brazos y me dirigió un par de golpes. Falló. Se aproximó más y lo intentó por segunda vez. Paré su ataque, avancé y busqué el cuerpo a cuerpo. Con los codos, la muchacha me sujetó los brazos, apretándolos firmemente contra sus costados. Sentía su cuerpo contra el mío. El boxear con una chica me producía un efecto nuevo. Era muy excitante… y no, precisamente en el sentido deportivo de la expresión.
—Eres muy fuerte —dijo, apretándose más contra mí.
La miré. Era algo más alta que yo, tenía el cabello negro y la boca ancha y carnosa. Me estudiaba, burlona.
Durante un segundo, permanecimos abrazados. De repente, nos dimos cuenta de que Ruth nos contemplaba desde la puerta. Nos desenlazarnos inmediatamente.
—Julie también quería que le enseñase a boxear —expliqué, sonrojado. Las mejillas me ardían.
—Eres un Gene Tunney, ¿verdad? —comentó Ruth mordaz—. Martin te espera.
Me quité los guantes, se los di a Julie y seguí a Ruth hasta la habitación de Marty. Este estaba tendido en la cama, con una toalla húmeda sobre el ojo lesionado.
—Lamento lo sucedido, Frankie. Pasa por el almacén de papá, mañana, y lo intentaremos otra vez.
—Muy bien, Marty. También yo lo siento. Hasta mañana.
Ruth me precedió hasta la puerta, la abrió y salí.
—Buenas noches, Ruth —me despedí.
—Buenas noches —replicó, haciendo ademán de cerrar la puerta a mis espaldas. Se detuvo—: ¿Querrás hacerme un favor? —preguntó.
—Por supuesto, Ruth.
—Pues apártate de mi hermano. Eres un mal sujeto, eres perverso y estás corrompido, y no puedes hacerle ningún bien. —Las palabras salieron violentas de sus labios, y me dio con la puerta en las narices.
Avancé lentamente por el pasillo hacia la puerta de la calle.
—¡Psst! —me llamó alguien. Era Julie, de pie en el marco de otra puerta.
Miré a la puerta por la que acababa de salir y me pregunté qué hacía Julie en la otra puerta.
—Ven aquí —susurró con determinación. La seguí. Me llevó a la cocina y, a través de esta, a un pequeño cuarto situado en la parte más distante del piso. Cerró la puerta—. Esta es mi habitación —murmuró—. No hagas ruido.
Me estaba diciendo que no hiciera ruido. ¡Cielos! Estaba tan nervioso, que no podía hablar; solo podía mirarla. Apagó la luz y se acercó a mí. Me rodeó con los brazos y me besó. Sentía su lengua dentro y fuera de mi boca, sus manos contra mi cuerpo. También sentí que mis manos recorrían el cuerpo de ella. Julie se dejó caer en la estrecha cama.
—Eres tan fuerte… —dijo—. No me hagas daño. Por favor, no me hagas daño. —Al cabo de un rato, dijo—: Hazme daño; por favor, hazme daño…
Era ya medianoche cuando la dejé. Paseando por las calles, desiertas y húmedas, me sentí ya hombre. En realidad, no era más que un pobre tonto… ¡No tenía aún catorce años y era muy grande para mis años, demasiado grande para mi entendimiento!