No amarás a un extraño

Harold Robbins · Capítulo 3 de 87

Páginas del PDF

No amarás a un extraño

dos

 

Había vivido en el orfanato desde que tenía uso de razón. La vida en él no era tan detestable como la mayoría de la gente parece creer. Estaba bien alimentado, iba decentemente vestido y me daban buenos estudios. Si bien es cierto que no disfruté nunca de un auténtico cariño familiar, también lo es que jamás me preocupé demasiado por ello. Entre otras cosas, había nacido con un grado de autosuficiencia e independencia que otros no adquieren, por lo general, hasta más avanzada edad.

Siempre me las ingenié para trabajar en una cosa u otra, y a menudo había prestado pequeñas sumas a otros chicos de la escuela que se suponía eran más adinerados que yo. Estaba al corriente del día en que cada uno de ellos recibía su asignación, ¡y que el diablo les asistiese si no me devolvían el préstamo! Hacía unas dos semanas, había prestado veinte centavos a Peter Sanpero. A la semana siguiente, se escabulló antes de que pudiera cogerle y cuando, más tarde, di con él, estaba ya sin blanca. Pero esta semana estaba decidido a hacerme con mi dinero.

Por la tarde, después de las clases, le paré en el patio. Iba con dos amigotes.

—¡Eh Peter! —dije—, ¿qué hay de mis veinte centavos?

Peter se las daba de duro. Algo más bajo que yo, pero más ancho y pesado, se las sabía todas.

—¿Qué pasa con ellos? —preguntó.

—Que los quiero —repliqué—; te los presté, no te los di.

—¡Joróbate tú y tus veinte centavos! —vociferó con su característico tonillo nasal y, volviéndose a sus incondicionales, agregó:

—Este es el inconveniente de tratar con estos bastardos del hospicio. Pagamos su enseñanza y contribuimos a su manutención, y luego ellos actúan como si fuesen los amos del cotarro. Te los devolveré cuando me dé la gana.

Sus palabras me fastidiaron. No me preocupaba demasiado que me llamasen bastardo; ya estaba acostumbrado y no me alteraba por ello. No me parecía al pequeño McCrary, que por consejo del hermano Bernhard, añadía a su apellido la palabra «hijo» para que la gente no le llamase bastardo. Además, con frecuencia había oído decir al hermano:

—Vosotros, muchachos, sois los más afortunados. Todos somos hijos de Dios, es cierto. Pero vosotros os parecéis más a Él porque tan solo le tenéis a Él por padre.

No, que me llamasen bastardo me traía sin cuidado, pero nadie que pretendiese largarse sin pagar se saldría con la suya.

Me arrojé sobre Peter. Este, haciéndose a un lado, esquivó la acometida y me golpeó en la barbilla. Caí al suelo.

—¡Piojoso italiano! —rugí.

Peter se lanzó sobre mí, y se puso a darme puñetazos hasta hacerme sangrar por la nariz. Levanté un pie y le di una patada en la entrepierna. Palideció intensamente, al tiempo que remitía en su abrazo. Liberé mi mano derecha y le aticé con ella justo debajo de la barbilla. Con un lamento cayó de rodillas, con la cabeza hundida y apretándose con una mano la entrepierna y frotándose el costado con la otra, mientras de su boca escapaban quejidos indescifrables.

Me levanté y me incliné sobre él. Gotas de sangre de mi nariz le manchaban la ropa. Rebusqué en sus bolsillos hasta sacar un puñado de monedas. Escrupulosamente, conté veinte centavos, que enseñé a sus amigos.

—Lo único que quiero son mis veinte centavos, ¿veis? Y no intentéis nada, o ahora os tocará a vosotros.

Observaron silenciosos cómo me marchaba, enjugándome la sangre con el brazo. Luego, se agacharon sobre su compinche.

Entré a la sala de billares de Jimmy Keough. Él estaba sentado detrás del mostrador, fumando, y con la visera verde casi tapándole los ojos.

—¿Qué te ha ocurrido? —exclamó.

—Nada de importancia, señor Keough —dije orgullosamente—; un tipo que pensaba que podía dejar de cumplir conmigo… y se equivocó.

—Así me gusta, Frankie —observó el señor Keough—. Nunca permitas que nadie se haga el remolón contigo. En cuanto te descuides… vas listo. Ahora ve a lavarte ahí detrás y después barre un poco todo esto.

Cuando me dirigía hacia el lavabo, oí como Jimmy decía a uno de los hombres:

—Este chaval algún día llegará lejos. No tendrá más allá de trece años, pero ya calcula con toda facilidad mis comisiones sobre las apuestas y en cuanto a apostar, creo que me aventaja.

El lavabo apestaba a tabaco rancio y a orina. Me encaramé sobre el retrete y abrí el ventanuco, casi a la altura del techo. Me lavé la cara y las manos, me sequé con el faldón de la camisa y volví a la sala dispuesto a empezar mi trabajo.

Mis tardes en la sala de juegos de Keough eran el punto culminante de la jornada. Empezaba mi tarea barriendo la sala. Había en ella ocho mesas de billar, y barría debajo de cada una de ellas. A continuación las cepillaba con todo esmero, a fin de no estropear el pago y, por último, limpiaba sus partes de madera. Mi siguiente ocupación solía ser la de bajar a poner en hielo las gaseosas y cervezas. Estábamos en plena Ley Seca y las bebidas estaban almacenadas abajo, en el sótano. Siempre que alguno de los asiduos deseaba una cerveza o un trago de whisky, lo pedía a Jimmy y este, si estaba ocupado, me enviaba a mí a por ello.

Otras veces guardaba un par de botellas debajo del mostrador.

Sobre las cuatro, el teléfono empezaba a sonar: comenzaban a llegar los resultados de las carreras. Yo me encargaba de anotarlos en un encerado situado en un rincón de la parte trasera del local, invisible desde su parte anterior. Me cuidaba de las bolas y de los recados de los clientes y, a veces, iba al otro lado de la calle a buscar bocadillos. En los billares tenía los útiles de limpiabotas y si alguien quería que le limpiara los zapatos, yo lo hacía.

Por término medio, salía por unos tres dólares a la semana, más lo que se terciase. En total, de seis a ocho pavos de promedio semanal.

Cuando terminasen las clases, Jimmy pensaba mandarme a los garajes a recoger las apuestas de poca importancia. Aseguraba que entonces llegaría a ganar de diez a quince dólares a la semana. A eso de las seis y media, el señor Keough me entregaba las hojas en las que figuraban las apuestas del día. Yo me encargaba de calcular los porcentajes que le correspondían. A las siete, marchaba al orfanato para cenar. Después, volvía a salir unas horas, pero el señor Keough, no sé por qué, no me permitía estar entonces en su local.

Al día siguiente, Peter Sanpero no apareció por la escuela, pero sí lo hizo, en cambio, su madre. Estaba en el aula, observándome ceñuda, mientras hablaba con la hermana Anne. Esta le indicó que fuera a ver a la madre superiora. Poco después, una niña llegó con una nota para la maestra.

—Que Mary Peters lea en voz alta la lección mientras estoy fuera —dijo la hermana—. Francis, ven conmigo.

La seguí hasta el despacho de la madre superiora. Entramos. Aguardaban allí el hermano Bernhard, la superiora y la señora Sanpero. Esta estaba diciendo:

—A menos que controlen ustedes a esos rufianes o los envíen donde realmente deben estar…

Calló cuando advirtió mi presencia en la habitación.

La madre superiora habló:

—Ven aquí, Francis. —Me acerqué a ella—. ¿Qué es lo que he oído? Te has peleado con Peter y le has hecho daño. ¿Por qué? —preguntó con voz agradable.

—Me debía veinte centavos y no quería pagármelos —contesté—; y me llamó bastardo —añadí, sabiendo que así me ganaría sus simpatías.

—Francis, tendrás que aprender a controlar tus reacciones. Los motes nunca te harán daño y Jesús nos manda presentar la otra mejilla. Quiero que te disculpes con la señora Sanpero y que le digas que sientes lo ocurrido.

Como disculparme no me costaba dinero, lo hice. Me acerqué a la madre de Peter y declaré:

—Lo siento, señora. No fue mi intención pelearme con Peter. No obtuve respuesta y volví junto a la madre superiora.

—Ahora, Francis, y como castigo por haberte peleado, he pedido al hermano Bernhard que te retenga en el orfanato todos los días, durante dos semanas, después de las clases —dijo la monja.

—¡Dos semanas! —exclamé—. ¡Ustedes no pueden hacer eso, no pueden!

—¡Válgame Dios! —estalló el hermano Bernhard—. ¿Por qué no podemos?

—Porque alguien puede quitarme el trabajo en el local de Jimmy Keough.

—¿Ya tienes trabajo? —preguntó el hermano, moviendo la cabeza—. ¿Y cuál es, si se puede saber?

—Barrer, limpiar y hacer recados —repliqué.

—¡Vaya! ¿Así que barres y limpias? Pues no te preocupes que ya tendrás qué limpiar y barrer aquí, ¡descuida! —amenazó.

—Puedes volver a las clases, Francis —concluyó la madre superiora.

—Vamos, Francis —dijo la hermana Anne.

Silencioso, la seguí hasta el zaguán. Al bajar por la escalera que conducía al aula, se detuvo y, volviéndose hacia mí, me tomó de la mano. Estaba dos peldaños por debajo de mí y tenía el rostro a la altura del mío.

—No te preocupes, pequeño —aconsejó, mirándome a los ojos—. Todo irá bien, ya verás.

Antes de darme cuenta de lo que hacía, le besé la mano.

—La quiero —dije—. Usted es la única que me entiende y es amable conmigo. La quiero mucho.

Me apretó la mano con fuerza y se inclinó hacia mí con los ojos anegados en lágrimas.

—¡Pobre pequeño! —murmuró, y me besó en los labios. En ese preciso instante, ella comprendió que yo ya no era un niño. Que había dejado atrás la niñez. Se enderezó, con un jadeo sorprendido. Nuestras miradas se cruzaron un breve instante, ella se volvió, con la cabeza gacha, y continuamos ambos hacia la clase.