No amarás a un extraño
cinco
El taxi se detuvo ante una casa de pisos pequeña, recién pintada y arreglada. Sobre el portal, una placa decía: APARTAMENTOS. Salté del coche y pagué. Me volví hacia Gerro y entramos en la casa. Subimos al segundo piso. Mi amigo tocó el timbre. El corte empezaba a dolerle y su aspecto indicaba a las claras que no se sentía bien.
Ante el silencio, llamé de nuevo. Esperamos casi un minuto, sin resultado.
—Puede que tu amiga no esté en casa —comenté.
—Tengo llave —replicó Gerro; la sacó del bolsillo y abrió la puerta. Entré en el apartamento detrás de él. Encendió la luz.
En un rincón de la estancia, había una máquina de escribir, y varias hojas de papel rotas. En el otro extremo de la habitación, vi un caballete con el retrato de un hombre a medio pintar. Una mesa y varias sillas estaban desparramadas en la sala. En otro rincón, junto a la ventana, estaba la cocina, de reducidísimas dimensiones, y en la que se veía una cocina eléctrica, un frigorífico y una despensa. Una puerta se abría en la pared opuesta a la entrada. Gerro se dirigió hacia ella y miró en su interior. Por encima del hombro de mi amigo vi dos camas gemelas y un tocador. Cerró la puerta y volvió a mi lado.
—Parece que no están en casa —comentó.
Vaciló unos momentos, sin saber qué decir.
—Bien —continuó—, creo que me encuentro mucho mejor. Puedes irte a casa, Frankie. Se ha hecho muy tarde y debes de estar exhausto.
—Me iré cuando te hayas acostado y tomado las pastillas que el doctor te ha recetado.
—¡Pero si puedo arreglármelas solo! —protestó.
Tuve la impresión de que quería librarse de mí.
—¡Ni lo pienses! Entra ahí y acuéstate. Pondré agua al fuego. ¿Tienes té aquí?
Asintió con un gesto y añadió:
—Hay unas bolsitas en la despensa.
Me dirigí a la cocina, llené de agua un recipiente y lo puse sobre el fuego. Me volví y vi que Gerro estaba observándome, de pie a mi espalda.
—¡Anda, hombre! Vete a la alcoba y métete enseguida en la cama —insistí.
Sin replicar, Gerro entró en el dormitorio y cerró la puerta.
Esperé a que el agua comenzase a hervir y luego rebusqué en la despensa hasta dar con las tazas y las bolsitas de té. Coloqué una bolsa en una de las tazas, vertí el agua hirviendo y me encaminé hacia el dormitorio. Me detuve junto a la puerta.
—El té está listo —advertí.
—Pasa —respondió Gerro.
Entré. Mi amigo se había acostado en la cama más próxima a la ventana. Tenía puesto un pijama azul. Su cara de ébano resplandecía sobre la impoluta almohada. El vendaje blanco ponía una nota discordante.
—¿Cómo te sientes? —pregunté.
—Algo mejor, pero me está entrando un terrible dolor de cabeza.
—Bébete esto y te aliviará. ¿Tienes las pastillas que te ha dado el médico?
Extendió la mano. Las tenía sobre la palma.
—Tómalas —ordené—. Luego te bebes el té.
Gerro se tragó las píldoras y alargó la mano hacia la taza de té. Se la di, pero, al cogerla, vi que la mano le temblaba de tal modo, que apenas podía sostenerla. Volví a coger la taza y le di la infusión a cucharadas. Cuando se la hubo tomado, volvió a echarse.
Me senté a su lado.
—¿Deseas algo más? —inquirí.
—No, gracias. Ya has hecho bastante por hoy, ¿no crees? Permanecimos un rato en silencio. Gerro iba adormeciéndose cuando, de pronto, abrió los ojos y me preguntó:
—Frank, ¿tuviste miedo allá, en el club?
—Estaba verde de miedo —aseguré con una sonrisa.
—No es cierto —negó—. Yo te observaba y sé que no te alteraste en absoluto. Aquello parecía divertirte.
—Tú tampoco lo hiciste mal del todo —dije e, imitando su voz, añadí—: «Será mejor que baje a hablarles».
—Yo lo estaba —dijo con voz grave…—, asustado, quiero decir. La verdad es que sentía pánico. Me daba perfecta cuenta de ello y estaba avergonzado de sentirlo, porque me avergonzaba creía haber conseguido doblegar ese pánico hacía mucho tiempo. Los negros experimentamos un temor ancestral ante un grupo de hombres blancos. Arranca de mucho tiempo atrás… de los días de la esclavitud, supongo.
—Bueno, pero tú no lo demostraste —dije—. Es mejor que dejes de pensar en esas cosas y trates de dormir. Mañana todo será distinto.
—¿De verdad será todo distinto mañana? —preguntó con tono de incredulidad—. ¿Será diferente algún día? No sé. La gente no cambia de la noche a la mañana. Cuando las cosas van mal, es natural que busquen una víctima propiciatoria. Y luego, dominada por un estúpido deseo de venganza, se olvida de todo lo que esa víctima ha hecho en su favor.
Me puse en pie y dije, con determinación:
—Aparta todo eso de la mente y duérmete. Lo que tú necesitas ahora es descansar. —Me acerqué a la puerta y la abrí—. Estaré ahí, en el salón, por si me necesitas. No tienes más que llamar.
—De acuerdo, Frank. Eres un chico muy extraño —dijo, esbozando una sonrisa —. Creo habértelo dicho antes, ¿no?
—Sí —interrumpí— y puedes repetírmelo mañana, cuando te hayas repuesto. Buenas noches.
—Buenas noches, Frank.
Cerré la puerta con cuidado. Enjuagué la taza y volví a colocarla en el anaquel de la despensa. Luego, me senté y encendí un pitillo. Había dado unas cuantas caladas cuando me pareció que Gerro llamaba; me levanté y atisbé desde la puerta. Dormía. Me senté otra vez.
Sobre una mesa situada junto al caballete había un retrato de Gerro. Me acerqué y lo cogí. Era una buena pintura. Hasta aquel momento no me había dado cuenta de ello, pero Gerro, era, no cabía duda, un tipo atractivo. De gesto sensible y decidido, pómulos salientes, ojos grandes e inteligentes y una mandíbula decidida y firme. Dejé el retrato en su sitio y volví a mi asiento. Recuerdo que miré el reloj y que este señalaba la una de la madrugada; luego, debí dormirme.
Desperté al oír el ruido de una llave en la cerradura. Una rápida ojeada al reloj me indicó que eran las tres y media. Aguardé a que la puerta se abriese. Oí el rodar del cerrojo y una muchacha penetró en la habitación. Al advertir mi presencia, se detuvo casi en el umbral.
Era una verdadera belleza… menudita, cabello rojizo, ojos pardos, boca pequeña y jugosa. Llevaba el abrigo abierto, circunstancia que me permitió comprobar que su figura era espléndida… y sexy. Las cosas en su sitio… piernas preciosas y cutis de un color blanco cremoso. Parpadeé. Por eso Gerro había intentado librarse de mi compañía. Me levanté.
—¿Quién es usted? —preguntó. Su voz competía con su figura. Era suave y profunda:
—Frank Kane. Soy amigo de Gerro.
—¿Dónde está él?
Señalé el dormitorio.
—Duerme allí. Ha tenido un pequeño accidente y me he permitido acompañarle.
La muchacha cerró la puerta y se acercó. Me miró un instante, luego, tras quitarse el abrigo, se dirigió hacia el cuarto, abrió la puerta y miró al interior. Gerro seguía durmiendo. La joven entró en la alcoba y se acercó al lecho. Después volvió a la habitación en la que yo estaba, y cerró con sumo cuidado la puerta a sus espaldas.
—Tranquilícese, señorita —dije, al verla más pálida—. No ha sido nada, mañana estará como nuevo.
—¿Qué ha ocurrido?
Saqué dos cigarrillos y le ofrecí uno. Lo aceptó. Mientras fumábamos la puse al corriente de lo sucedido. Cuando terminé, se hundió en su silla.
—Debe de haber sido terrible —musitó.
—Pudo haber sido peor.
—Me refiero a él —aclaró la chica—. Usted no sabe cuánto de sí mismo había puesto en ese club. ¡Lo orgulloso que estaba de él! ¡Lo ufano que se sentía por haber sido bien aceptado! Siempre decía que aquello era solo el principio… un heraldo de un mañana mejor. Un mañana en el que las personas, cualquiera que sea su color o credo religioso, podrán vivir en paz con todos sus semejantes. ¡Debe de haber sido un golpe terrible!
—La herida no es grave —aseguré mirándola.
—El golpe físico no me preocupa. Lo olvidará pronto, sin duda. Lo otro ya es distinto. Su alma y su orgullo han sido heridos también… y esa herida tardará en cicatrizar.
—Me voy, señorita —dije, recogiendo mi chaqueta—. Si he esperado ha sido para poder advertir a quien llegase que no debía molestarle.
—No, no se vaya. Se ha hecho muy tarde. No sé si vive usted cerca lejos, pero ¿por qué no se queda esta noche? Puede dormir dentro, al lado de Gerro. Yo dormiré aquí, en el sofá. Parece usted terriblemente cansado.
—No —protesté—. Es usted muy amable, señorita, pero creo que es mejor que me vaya —añadí, y me dirigí hacia la puerta.
Me acompañó hasta ella.
—¿Por qué no quiere quedarse? —insistió—. Le aseguro que no es molestia alguna tener que dormir aquí… se lo prometo. ¡Tendré que hacerlo de todos modos!
Me limité a mirarla con expresión de incredulidad.
Se sonrojó. El rubor le subió por el cuello y le invadió el rostro; clavó los ojos en el suelo.
—Espere un momento. Creo que no me ha entendido, soy la esposa de Gerro.
—Mire, «señora» —dije, sonriendo—, no quisiera parecerle brusco ni mal pensado. Eso es asunto suyo, no mío. A mí no me importa quién o qué sea usted. Gerro es un gran tipo, incluso puede que sea un gran hombre. Yo no soy sino uno de los que tienen la suerte de conocerle. La mujer se sentó. Parecía furiosa consigo misma.
—Lamento haber dicho eso. Mentía. No soy su mujer —y añadió, levantando orgullosamente la cabeza—, pero deseo serlo. Quisiera tener la firmeza de carácter suficiente para hacer que se casara conmigo.
Clavando mis ojos en los suyos, sostuve su mirada hasta que empezó a ruborizarse de nuevo. Arrojé la chaqueta sobre una silla.
—¡Esta no es forma de tratar a un huésped! —dije—. ¿No hay nada de comer en este lugar? Estoy hambriento, señorita…
—Marianne Renoir.
—¿Qué te parece si comiéramos algo, Marianne? —pregunté alegremente.
—¿Huevos? Tendrás que conformarte con eso. No tengo otra cosa —dijo, encaminándose a la cocina—. ¿Fritos o revueltos?
Diez minutos más tarde, estábamos sentados a la mesa, comiendo, mejor dicho, yo comiendo y ella hablando.
—A Gerro no le hubiese gustado oír lo que te he dicho. No le agrada que mienta sobre lo nuestro. La verdad es siempre lo mejor, dice él. Asentí.
—Conocí a Gerro cuando cursábamos el primer año de universidad —explicó Marianne, después de encender un cigarrillo—. Ya sabes cómo son esas cosas. Estás charlando de un problema escolar y, sin darte cuenta, descubres que hay otros asuntos más importantes sobre los que conversar. De los dos, yo era la más decidida. «Desafiaremos al mundo —le decía—. ¿Qué son los convencionalismos? ¿Por qué hemos de preocuparnos por lo que la gente pueda decir o pensar? Les enseñaremos que están equivocados.» Pero Gerro jamás decía nada. Se limitaba a sonreír con aquella mirada dulce, tranquila, serena… sin pronunciar una sola palabra. Creo que él sabía, ya entonces, que yo hablaba para no tener que enfrentarme con la realidad. Mi familia jamás consentiría en nuestra unión. Soy de Haití y aunque en nosotros corre sangre negra desde los tiempos de mi bisabuela, los míos se muestran más intransigentes que los blancos puros. E igual piensa la familia de Gerro desde el punto de vista opuesto. Gerro siempre quiso ser periodista… escritor. Estudió periodismo en la universidad, pero no tardó en darse cuenta de que las oportunidades que se le abrían eran mínimas comparadas con su grado de preparación. Fue entonces cuando se entregó a esto. Pensó que si trabajaba con tesón en esta labor, que si otros hacían otro tanto, la gente acabaría por aceptarle a él del mismo modo que él aceptaba a sus semejantes; por eso pienso que lo sucedido esta noche le habrá herido en lo más profundo. Ha estado tan ocupado que no ha tenido tiempo para verme. Cuando viene, una vez por semana a lo sumo, se sienta ante la máquina y empieza a escribir cosas tan maravillosas, sinceras y generosas que no puedo entender cómo todo aquel que las lee puede contener el llanto. En esa máquina de escribir pone toda su alma y corazón y luego, cuando ha terminado, me mira sonriente y me entrega las cuartillas para que las lea. Mientras lo hago, él pasea arriba y abajo, Nervioso, fumando un cigarrillo tras otro y tratando de penetrar en mi pensamiento para conocer la opinión que su escrito me merece. Y cuando le miro para decirle lo maravilloso que es lo que allí ha expresado, aprieta las cuartillas, las agita y pregunta: «¿Es verdad lo que digo, Marianne? ¿Es verdad?». Y lo es, Frank, lo es. Es la verdad… la verdad… desnuda, cruda, honrada, sin concesiones. La verdad… el dolor del alma de un hombre, la expresión honesta de su sensibilidad ante los sufrimientos de sus semejantes. Esa verdad es como una antorcha… como una antorcha brillante y luminosa en una noche de niebla, en un mundo entenebrecido por los prejuicios y la estupidez humana.
Marianne se levantó y cogió el retrato de Gerro que yo había observado antes, y prosiguió:
—Pinté este cuadro cierto día mientras él estaba trabajando. No se dio cuenta hasta que terminó de escribir; alzó la vista y vio que estaba pintando. Con una sonrisa, le mostré el cuadro. ¿Sabes qué dijo? Dijo: «¡Por Dios, pero si me has hecho parecer estupendo!». ¡Como si yo pudiese hacer que lo pareciese sin que lo fuera realmente! ¡A él, que es maravilloso y honrado por naturaleza!
Marianne dejó el retrato y se quedó mirándolo, absorta. Yo había terminado con los huevos. La muchacha no se daba cuenta de mi presencia.
—¡Dios mío! —exclamó—. ¡Dios mío! ¡Cómo me gustaría ser su esposa!
Cuando me disponía a hablar, una voz me lo impidió. Gerro estaba de pie, junto a la puerta del dormitorio, sonriéndonos.
—Veo que ya os conocéis —dijo—. Pero, como siempre, Marianne, únicamente cuenta su versión. No te habrá dicho que obtuvo premio extraordinario de Arte en la universidad, ¿verdad? ¿Te ha dicho que su familia se cuenta entre las más acaudaladas de Haití? ¿Te ha dicho que si nos casásemos no tendríamos ni un centavo para vivir?
La joven se levantó y corrió hacia él.
—Gerro, ¡temía tanto por ti!
Mi amigo sonrió cariñosamente.
—¿Asustada tú, Marianne? Tú no. Yo, tal vez, pero tú no.
—Mira —dije, levantándome—. Estoy cansado, así que se levanta la sesión. Con mucho gusto escucharé tu versión, Gerro, pero habrá de ser mañana. Vamos a dormir, ¿os parece?
Me acosté en el sofá del estudio. Estaba a punto de dormirme, cuando oí que alguien salía de la alcoba. Miré tratando de penetrar la oscuridad que me envolvía. Era Marianne.
—Marianne —cuchicheé—. ¿Está dormido Gerro?
Se acercó y se detuvo poco antes de llegar a mi lado.
—¿Todavía sigues despierto?
—Sí.
—Gerro me ha contado lo que has hecho por él y quiero darte las gracias. No podía imaginármelo —y ahogó una risita.
—¿De qué te ríes? —pregunté, en voz baja.
—¿Sabes lo que pensé, cuando, al entrar, te vi sentado en el butacón? Pues pensé que eras un ladrón que se había dormido después de su trabajo. Cuando me miraste, había en tu cara una expresión burlona, como si estuvieses pensando: «¡Muy bien, ya estoy atrapado! ¿Y qué vas a hacer ahora conmigo, chiquilla?». Tuve miedo de entrar, pero no podía marcharme. Me quedé en la puerta, sin saber qué hacer. Algún día te pintaré así… aun cuando ahora sé que eres un buen muchacho.
Marianne se inclinó hacia mí y me besó en la mejilla. De su persona emanaba un perfume, una feminidad que capté al momento.
—Eso por haber ayudado a Gerro —dijo.
La así por los codos y la retuve junto a mí.
—Ese fue por Gerro —murmuré—, pero este es por mí.
La besé en los labios. Al principio, la sorpresa le impidió apartarse; luego, me devolvió el beso. Me rodeó la cabeza entre sus manos y sostuvo mi rostro contra el suyo. Cuando dejé de besarla, pregunté con un hilo de voz:
—¿A quién iba dedicado el discurso que pronunciaste mientras comía, a mí o a ti misma?
Por un segundo, siguió con el rostro pegado al mío, mirándome a los ojos. Luego se apartó.
—¡Perro, perro asqueroso! —exclamó con voz incierta—. Ya no podré pintarte. Eres un ladrón. Acerté cuando lo pensé al verte por primera vez. —Se dirigió al dormitorio y se detuvo a la puerta—: No quiero verte más.
—Marianne, ¿dirías lo mismo si yo no fuese amigo de Gerro? —pregunté, volviéndome hacia ella.
Entró en la alcoba sin contestar a mi pregunta. Me tendí de espaldas y me quedé mirando al techo, sonriendo por dentro. La chica tenía razón. No debía volver a verla, al menos en tanto Gerro continuase siendo amigo mío. Resultaría demasiado peligroso para ella y para mí. Marianne me gustaba… me gustaba como no me había gustado ninguna mujer. Había algo en ella, en los dos en realidad, que nos atraía mutuamente. Lo advertí en el momento en que la vi. También ella lo sabía. Me atraía su voz, su rostro expresivo y cambiante, aquellas manos suyas, de dedos largos y sensibles. Me agradaba el contacto de sus labios sobre los míos… cómo se le curvaban las comisuras de la boca; pera no debía volverla a ver. Por lo menos mientras Gerro fuera mi amigo.
Me marché al clarear el alba, antes de que se levantasen. Era lunes y tenía que trabajar. Me deslicé fuera del apartamento como un ratero… como un ladrón.