No amarás a un extraño

Harold Robbins · Capítulo 27 de 87

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No amarás a un extraño

once

 

Cuando llegué a casa, todos se estaban sentando ya a la mesa. Las niñas estaban recién duchadas. Irene había tomado asiento y su hermana ayudaba a tía Bertha.

—¡Buenas noches a todos! —dije al entrar.

—Estaba preguntándome dónde te habrías metido, Frankie. Lávate las manos enseguida. Casi hemos empezado sin ti —dijo mi tía.

La miré con extrañeza. Dado su natural amabilidad, aquella era una forma de hablar más bien áspera. Me sorprendieron las numerosas arrugas de preocupación que vi en su rostro.

—¡Pero ya me conoces, tía! —bromeé, tratando de hacerla reír—. Nunca llego tarde a la hora del condumio.

Las niñas rieron mi ocurrencia.

—Es verdad, mami —afirmó Essie—. Frankie nunca llega tarde a comer.

Entré en el salón. Junto a la ventana estaba mi tío, sentado en un sillón; su mirada parecía perdida y sus manos se aferraban nerviosamente a los brazos de la poltrona.

—Me has asustado, tío Morris. Creí que aún no habías llegado a casa.

—¿Qué hay, Frankie? Hoy he vuelto antes. Estoy cansado —intentó sonreír pero no pudo esbozar más que una mueca extraña.

Pasé al cuarto de baño para lavarme las manos. Desde allí le dije:

—Están empezando a comer, tío.

—No tengo apetito —respondió, con un hilo de voz.

Algo iba mal. La tensión flotaba en el ambiente. Temí haber hecho algo malo sin darme cuenta, pero no recordé nada. Me sequé las manos y volví a la cocina. Tío Morris no acudió.

Después de la cena, ayudé a Essie. Mi prima fregaba los platos y yo los secaba y los recogía. Luego pasamos al salón y escuchamos un poco de música. A las ocho las niñas se acostaron. Serían las nueve y media cuando anuncié mi propósito de hacer otro tanto. Me parecía que mis tíos querían hablar de algo y que yo estaba de más. Había sido una velada silenciosa y triste. Por lo general, tío Morris reía, bromeaba y jugaba con sus hijas. Aquella noche, en cambio, no había despegado los labios. Cuando le dieron el beso de despedida, antes de acostarse, se limitó a ofrecerles la mejilla, sin devolverles la caricia, como hacía siempre. Ya en mi habitación, cerré la puerta y comencé a desnudarme. A través de la misma oía a mis tíos hablar en voz baja. De vez en cuando me llegaba un grupo de palabras. Tendido sobre la cama, crucé los brazos debajo de la cabeza y miré hacia la ventana. El día había sido largo, agotador. No tardé en adormecerme, turbado por aquella sensación deprimente que se había apoderado de mí apenas llegado a casa. Me desperté de repente. Tío Morris y tía Bertha estaban hablando en el pasillo junto a mi cuarto. Miré el reloj; la esfera luminosa me indicó que eran las dos de la madrugada. Escuché.

Mi tía estaba llorando. Él hablaba.

—No hay razón para preocuparse. Ya has oído al doctor. Un par de años en Arizona y estaré como nuevo. Hemos tenido suerte de advertirlo a tiempo, en la fase inicial. Ahora es perfectamente curable.

Ella dijo algo acerca de las niñas. Luego oí mi nombre, pero no lo que siguió. Era algo referente a mi edad, a que no había cumplido los dieciséis años.

—Tampoco eso debe preocuparte —advirtió mi tío—. Allí habrá escuelas tan buenas como las de aquí. Y Frankie vendrá con nosotros. Todo lo que tenemos que hacer es explicarles el caso. Estoy seguro de que nos escucharán. Después de todo, a Frankie solo le faltan cuatro meses para cumplir los dieciséis años y supongo que se harán cargo y no pondrán inconvenientes.

Mi tía añadió algo más y oí que se cerraba la puerta de su alcoba. Me preguntaba para qué teníamos que ir a Arizona y qué tenía que ver con ello el hecho de que yo no tuviera aún dieciséis años. Me incorporé en la cama de un salto. Arizona… clima seco… tuberculosis. ¡Eso era! Sí, eso explicaba aquella tos que había durado todo el invierno. No era un resfriado, era tuberculosis.

Salté de la cama y salí al pasillo. Al llegar ante la puerta de su dormitorio, vacilé un instante. Me decidí y llamé.

—Soy yo —musité—, ¿puedo pasar?

—Sí —dijo tío Morris. Abrí la puerta y entré.

—¿Qué estás haciendo levantado a estas horas? —preguntó.

—Os he oído hablar —aclaré— y me he despertado. Algo ocurre. Lo noto perfectamente. ¿Qué pasa?

Mis tíos cambiaron una mirada. Él habló:

—Nada. Estamos pensando en mudarnos.

—Sí, ya lo sé. A Arizona. ¿Por qué?

No contestaron.

—¿Es porque estás enfermo?

—¿Lo has oído? —preguntó al fin su tío.

—Creo que he podido entenderlo. No soy ningún niño.

—Bien, puesto que lo sabes…

—Mira —dije, y me acerqué y me senté en el borde de la cama—, tengo algún dinero en un banco de Broadway. Si lo necesitas…

—No, gracias —sonrió—. Podemos arreglarnos. Guárdatelo.

—Si lo necesitáis, es vuestro —insistí—. Son más de mil quinientos dólares.

—¡Mil quinientos dólares! Eso es mucho dinero. ¿Dónde lo conseguiste? — exclamó mi tío, evidentemente perplejo.

—Tenía un trabajo —dije, levantándome—. Algún día os lo contaré con más detalles. Pero si alguna vez lo necesitáis, no tenéis más que decírmelo.

—No, hijo. No lo necesitamos, pero gracias de todos modos —dijo tío Morris. doce

Iba a salir, cuando tía Bertha me llamó.

—Ven aquí y dame un beso. —Me arrodillé sonriendo—. Ahora vuelve a la cama y no te preocupes. Todo saldrá bien.

Regresé a mi cuarto y me acosté. Recordé entonces lo que habían dicho sobre mi edad. Se me había olvidado preguntarles acerca de eso.

A punto estuve de volverme a levantar para aclarar aquel punto, pero decidí que sería mejor esperar a la mañana siguiente. Luego pensé que si todo era cuestión de dinero, tenía lo suficiente para pagarles mis gastos. Después me dormí.